Mostrando entradas con la etiqueta IDENTIDAD PERSONAL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta IDENTIDAD PERSONAL. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de mayo de 2024

Sobre que los genes no definen la singularidad de una persona...

La fusión de dos hermanas en una única mujer sugiere que la identidad del ser humano no está en su ADN

El biólogo Alfonso Martínez Arias defiende en un provocador libro que los genes no definen la singularidad de una persona, con ejemplos como el de Karen Keegan, que tiene dos genomas


Imagen de un feto de ocho semanas tomada con las técnicas del neurobiólogo Alain Chédotal.
ALAIN CHÉDOTAL Y MORGANE BELLE / INSTITUTO DE LA VISIÓN




Dos óvulos fecundados por dos espermatozoides coincidieron en un útero y, en vez de dar lugar a dos hermanas, se fusionaron para formar una sola persona: Karen Keegan. Cuando tenía 52 años, esta mujer de Boston sufrió un gravísimo fallo renal, pero por suerte tenía tres hijos dispuestos a donarle un riñón. Los médicos hicieron pruebas genéticas para ver qué descendiente era más compatible y se llevaron una sorpresa mayúscula: el test decía que dos de ellos no eran sus hijos. La realidad era más asombrosa todavía: Karen Keegan tenía dos secuencias de ADN distintas, dos genomas, dependiendo de la célula que se mirase. El biólogo Alfonso Martínez Arias sostiene que esta mujer quimérica es una prueba contundente de que el ADN no define la identidad de una persona.


El libro de ciencia más inspirador de la historia es El gen egoísta, según una encuesta realizada por la Royal Society de Reino Unido. En esta célebre obra de 1976, el biólogo británico Richard Dawkins defendió que la molécula de ADN usa al ser humano como un mero envoltorio para transmitirse a la siguiente generación y ser inmortal. “Somos máquinas de supervivencia, vehículos autómatas programados a ciegas con el fin de preservar las egoístas moléculas conocidas con el nombre de genes”, sentenció Dawkins. Casi medio siglo después, Martínez Arias rebate esta perspectiva del gen egoísta y propone una alternativa mucho más romántica: la célula altruista. “Un organismo es obra de las células. Los genes solo proporcionan los materiales”, afirma en The Master Builder, un fascinante y provocador libro de la editorial londinense Basic Books que verá la luz en español en 2024 en Ediciones Paidós.


Martínez Arias, nacido en Madrid hace 68 años, argumenta que la secuencia de ADN de un individuo no es un manual de instrucciones ni un plano de construcción de su cuerpo, sino una caja de herramientas y materiales para la auténtica arquitecta de la vida: la célula. El biólogo arguye que no hay nada en la molécula de ADN que explique por qué el corazón se sitúa a la izquierda, por qué hay cinco dedos en la mano o por qué dos hermanos gemelos tienen diferentes huellas digitales. Las células son las que “controlan el tiempo y el espacio”, proclama. Son las que saben dónde están la derecha y la izquierda y dónde exactamente debe terminar el pie de una persona o la trompa de un elefante.


El biólogo madrileño pasó cuatro décadas en la Universidad de Cambridge (Reino Unido), investigando cómo una célula solitaria con una secuencia de ADN única —el óvulo fecundado— es capaz de multiplicarse y convertirse en un individuo con billones de células especializadas en sus tareas. “A menudo surge la pregunta de cómo es posible que genomas tan similares puedan construir animales tan diferentes como las moscas, las ranas, los caballos y los humanos. Sin embargo, la auténtica maravilla es cómo un mismo genoma puede construir estructuras tan diferentes como un ojo y un pulmón en el mismo organismo. Demos a las células el crédito que les corresponde”, señala Martínez Arias, que en 2021 abandonó su cátedra de Genética en Cambridge para incorporarse a la Universidad Pompeu Fabra, en Barcelona.


La primera gata clonada (derecha) perdió el color naranja de la gata de la que se copió el ADN (izquierda).
UNIVERSIDAD DE TEXAS A&M


El científico recuerda la sorpresa mundial tras el nacimiento de la primera gata clonada, llamada Copy Cat, el 22 de diciembre de 2001. Su ADN era idéntico al de una gata de tres colores —blanco, naranja y negro—, pero Copy Cat tenía el pelaje blanco y atigrado. Los dos supuestos clones no se parecían en nada. Los investigadores habían copiado la información genética de una célula que tenía el gen del naranja inactivado. La empresa estadounidense que pretendía enriquecerse con la venta de clones idénticos, Genetic Savings & Clone, tuvo que cerrar en 2006. “La gente no quería un gato con los mismos genes que su mascota, quería un gato que fuera exactamente igual y se comportara de la misma manera”, subraya Martínez Arias. “Eso, sencillamente, es imposible”.


El investigador esgrime una frase legendaria de su colega británico Lewis Wolpert (1929-2021): “El momento más importante de tu vida no es ni tu nacimiento, ni tu matrimonio, ni tu muerte, sino la gastrulación”. Martínez Arias compara esta fase del desarrollo embrionario con una danza celular con una coreografía perfecta. Unos 14 días después de que un espermatozoide y un óvulo se unan, la pelotita resultante, de unas 400 células, iniciará la gastrulación: un baile que dura seis días y termina con la diminuta esfera convertida en el primer boceto del individuo. En esa nueva estructura de 20 días ya son distinguibles los tres ejes de la futura persona: izquierda y derecha, arriba y abajo, vientre y espalda.


El biólogo Alfonso Martínez Arias, en una librería de Londres.

JAIME MARSHALL



Estos primeros días del embarazo son un enigma, por las obvias barreras físicas y éticas para observar directamente el proceso, pero el equipo de Martínez Arias en Cambridge sorteó las dificultades en 2020 con una ingeniosa alternativa. El español y sus colegas usaron un cóctel químico para inducir a células madre embrionarias —derivadas de embriones sobrantes de clínicas de fertilidad— a formar en el laboratorio una estructura tridimensional similar al resultado de la gastrulación: un boceto de una persona, pero sin la semilla del cerebro ni los tejidos que generarían la placenta. Su histórico avance se anunció en la revista Nature, templo de la mejor ciencia mundial.


Martínez Arias cree que estas estructuras que imitan parcialmente el embrión humano, denominadas gastruloides, “muestran de manera inequívoca que las células son las maestras de la construcción, y que no hay ningún plano en el genoma para dirigir lo que hacen”. El biólogo contempló maravillado, por primera vez en la historia, algo muy parecido a lo que ocurre en el útero de una madre: esa coreografía perfecta en la que las células se comunican unas con otras, mediante fuerzas y señales químicas, y acaban ocupando su lugar como si supieran exactamente cuál es su destino. “Esta capacidad para autoorganizarse podría ser una propiedad fundamental de las células”, hipotetiza el investigador, que cita las espectaculares técnicas del neurobiólogo francés Alain Chédotal para visualizar la estructura celular de los embriones.


Un embrión humano de 20 días (izquierda) y un gastruloide.
KATHLEEN KAY SULIK

El investigador de la Pompeu Fabra recuerda que su compañera Susanne van den Brink descubrió que los gastruloides solo se formaban si se partía de un número concreto de células: unas 400. Las células saben contar. Si no están las 400, no se inicia la danza de la gastrulación. Todas ellas tienen la misma molécula de ADN en su núcleo, pero cada célula lee solo unos tramos, especializándose en determinadas tareas. Por eso una célula del cerebro no se parecerá en nada a otra de la piel, pese a tener el mismo ADN y descender de un mismo óvulo fecundado. “Los gastruloides son una prueba de que una confederación de células tienen la capacidad de trabajar juntas, interpretar señales de las demás y del entorno y elegir qué genes utilizar y cuándo”, celebra el biólogo. “Los genes no son nuestra identidad”, repite una y otra vez.


Para Martínez Arias, la nueva ciencia de la célula está reescribiendo el relato de la vida. “Todavía no sabemos mucho sobre cómo se organizan las células para utilizar el genoma, pero las respuestas están ahí fuera, comenzando a manifestarse en nuestras maravillas celulares parecidas a embriones o en los organoides. El siglo que ya está en marcha es, y será, el siglo de la célula”, proclama.


domingo, 16 de julio de 2023

Sobre la identidad personal...

 

Dos experimentos mentales para poner en duda tu propia identidad

¿Estás seguro de que sabes quién eres?


Ilustración: Anabel Bueno


__________________________


Descartes puso en duda todos sus conocimientos con el objetivo de llegar a una idea de la que no pudiera dudar y que le sirviera para edificar su pensamiento filosófico: pienso, luego existo. Es decir, lo único que Descartes tenía claro era que él existía (y pensaba).

Sin embargo, hay filósofos que creen que llegó demasiado lejos. Siguiendo su argumentación, lo más que podía decir era “hay un pensamiento” o “alguien está pensando”. Porque sí, unos cuantos pensadores han puesto en duda incluso nuestra propia identidad.

Lo habitual es pensar que la conciencia y la identidad son procesos físicos que se dan en el cerebro. En esto seguimos a John Locke, que explicaba en su Ensayo sobre el entendimiento humano que la identidad consistía sobre todo en la continuidad psicológica, especialmente de la memoria. Pero hay algunos experimentos mentales que ponen en duda incluso este extremo que nos parece tan básico y que nos hacen dudar acerca de si usamos el pronombre “yo” de forma adecuada.

El teletransporte

Supongamos que Donald Trump quiere probar una nueva máquina de teletransporte que lo llevará a Marte. Movido por su habitual impulsividad, no deja que los científicos de la NASA le expliquen cómo funciona el aparato: entra en la cabina y aprieta el botón para ponerlo en marcha.

El experimento funciona y el presidente aparece en la base estadounidense de Marte, donde consiguen contarle cómo funciona este medio de transporte: la máquina ha escaneado la información de todas las células y las ha destruido, para luego volver a reconstruirlas en la segunda cabina. Es decir, ha desintegrado al presidente y luego lo ha reemplazado con un clon. No es un clon cualquiera: el Trump de Marte conserva todos sus recuerdos e incluso el mismo corte sobre el labio que se ha hecho esa mañana al afeitarse.

El autor de este experimento mental es Derek Parfit (1942-2017), que lo incluyó en su libro Razones y personas. Lo hemos cambiado ligeramente porque, en nuestra opinión, los experimentos mentales mejoran si los protagoniza Donald Trump.

Después de leerlo, nos puede parecer obvio que el presidente original ha desaparecido, pero lo cierto es que hay continuidad psicológica, y muy clara: el Trump de Marte, a todos los efectos, podría seguir con la vida del Trump original sin que para él supusiera ningún problema y sin que nadie pudiera decir lo contrario (a excepción de los técnicos de la NASA, claro). Para él, lo único que ha pasado es que se ha metido en una máquina que lo ha llevado de forma instantánea a otro planeta.

Pongámoslo de otra forma, siguiendo la variante del filósofo Julian Baggini en El cerdo que quería ser jamón. Supongamos que hace 10 años te secuestraron mientras dormías, te drogaron, te usaron para experimentar el teletransporte en humanos, y te devolvieron a tu cama sin que te dieras cuenta. Tu vida ha seguido exactamente igual desde entonces y ni siquiera sospechabas nada hasta ahora. ¿Se puede decir que no eres quien creías ser? En tal caso, ¿podrías denunciar que te han asesinado?

¿Mueren los personajes de 'Star Trek' cada vez que se teletransportan?


¿Y si fuera tu única oportunidad de salvar tu vida?

A pesar de nuestras intuiciones al respecto, Parfit opina que la continuidad física no es tan importante como creemos. Para él, el teletransporte quizás no sea tan bueno como sobrevivir, pero es mejor que morir.

Su opinión acerca de nuestra identidad recuerda a la de Hume, que en el Tratado de la Naturaleza Humana comparaba la mente a “una especie de teatro donde distintas percepciones aparecen sucesivamente”. No somos más que “un haz o colección de diferentes percepciones que se suceden las unas a las otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un flujo y movimiento perpetuo”. No hay motivo para creer en una sustancia debajo de esas sensaciones. Nuestra identidad es más frágil de lo que nos parece.

Aun así, es indudable es que a la NASA le costaría conseguir voluntarios. A no ser que el escenario sea parecido al que plantea el filósofo Daniel Dennett en Bombas de intuición: supongamos que Trump ha viajado a Marte en una nave espacial convencional. Pero cuando llega, hay una explosión, la base está desmoronándose y todos van a morir. Su única posibilidad de salvarse es usar la máquina de teletransporte. ¿Merece la pena usarla? ¿No va a morir de todas formas? ¿Para Trump ha de suponer un consuelo pensar que un doble suyo continuará presidiendo el gobierno y cuidando de su familia?

Dennett se pregunta si la identidad “es la clase de cosa -algo ‘hecho de información’- que se puede teletransportar sin pérdida”. Por ejemplo, si copiamos una película en una memoria USB y borramos la original, sigue siendo la misma película. ¿Pasa lo mismo con las personas o somos algo más que información? ¿Nuestra resistencia al teletransporte es anacrónica, como sugiere Dennett, o instinto de supervivencia?

En opinión de Alfonso Muñoz Corcuera, profesor de Filosofía en la Universidad Georgia State, no somos solo información. Ni siquiera somos solo un cerebro, ya que este órgano “no está desconectado del resto del cuerpo” y forma parte de él, tal y como explica a Verne. “Somos todo un conjunto de cosas” y todo puede ser importante para nuestra identidad. Además de eso, la construcción de la identidad no depende únicamente de nuestra continuidad física o psicológica: “Nuestra identidad también se construye en sociedad”.

El doble trasplante de cerebro

Supongamos que estamos de acuerdo en que además de la continuidad psicológica es necesario que haya algún tipo de continuidad física. Por ejemplo, si trasplantamos el cerebro de Trump a otro cuerpo, muchos (no es el caso de Muñoz Corcuera) estarían de acuerdo en que esa persona seguiría siendo Trump y que el trasplante de cuerpo no sería muy diferente a un trasplante de cualquier órgano.

Parfit también tiene un experimento mental para poner esta idea a prueba. De nuevo lo modificamos para que lo protagonice el presidente de Estados Unidos.

Donald Trump viaja en coche con sus hermanos Ronald y Arnold, cuando tienen un horrible accidente de tráfico. El cuerpo de Donald queda totalmente destrozado, así como los cerebros de sus hermanos. Los médicos saben que en determinadas circunstancias se puede vivir con medio cerebro y además conocen una técnica experimental para trasplantar solo un hemisferio, así que deciden darle la mitad del cerebro de Trump a cada uno de sus hermanos.

Tras la operación, los cuerpos de Ronald y Arnold despiertan con los recuerdos y la personalidad de Trump. Si les preguntas cómo se llaman, ambos contestan que son Donald, los dos insisten en que son el presidente de Estados Unidos y ambos recuerdan haberse casado con Melania.

Esto nos puede parecer absurdo, ya que dos hombres no pueden ser una misma persona, pero Parfit tiene una respuesta a esta objeción: si Ronald hubiera fallecido durante la operación y Arnold hubiera despertado con medio cerebro de Donald, insistiendo en que era Donald, ¿tendríamos tanto problema en aceptar el resultado de este trasplante? ¿No sería como un trasplante de cerebro como el que hemos mencionado unos párrafos más arriba?

Aun así, no es fácil admitir que haya dos Donald Trump: ¿quién sería el presidente de Estados Unidos? ¿Quién tendría acceso a sus tarjetas de crédito? Si el cuerpo de Ronald con medio cerebro de Donald muere, ¿moriría Donald Trump? Pero si su hermano sigue vivo y también es Donald, no es posible que Donald muera. ¿Está vivo y muerto a la vez? ¿Y quién heredaría: los hijos de Donald o su hermano Arnold, que tiene la otra mitad del cerebro de Donald?

En opinión de Muñoz Corcuera, “no basta que los dos crean ser la misma persona”. Primero porque “entendemos que las personas son únicas y, desde el momento en que son dos, ya no podemos hablar de identidad”.

Por otro lado, está el ya mencionado aspecto social en la construcción de la identidad. En este caso, el Senado y el Congreso tendrían algo que decir, así como el Tribunal Supremo y, por supuesto, la familia del presidente. Además, tras la operación, “estos dos Trump empezarían a tener dos vidas distintas, con sus propias experiencias y su forma de encajar en sociedad”.

De todas formas, ¿se puede obligar a alguien a que deje de ser quien cree ser?

¿Por qué estas especulaciones son importantes?

A alguno le puede parecer que todos estos juegos mentales no sirven para nada: ni existe el teletransporte ni a nadie se le ocurriría trasplantar hemisferios de cerebros.

“Los filósofos exploramos los límites de estos conceptos”, explica Muñoz Corcuera, que usa experimentos mentales de este tipo en clase “porque dan con el núcleo del problema y despiertan intuiciones que todos tenemos”.

Él enseña filosofía a gente que se dedicará a otras profesiones. En el caso de la identidad personal, este asunto está relacionado con temas que “pueden ser polémicos: el aborto, la eutanasia, la muerte cerebral… Y que tienen que ver con muchas decisiones éticas que debemos tomar”, sobre todo en casos límite. ¿Cuándo comienza alguien a ser una persona y cuándo deja de serlo? ¿Es solo una decisión médica o la familia, por ejemplo, tiene algo que decir?

También en la justicia nos encontramos con casos que nos hacen reflexionar sobre este punto. Por ejemplo, cuando leemos historias sobre personas que han de ingresar en la cárcel 15 o 20 años después de haber cometido un delito. En estas ocasiones, podemos estar de acuerdo en que la responsabilidad personal ha quedado muy diluida, hasta el punto de que les creemos cuando usan expresiones como "ya no soy la persona que era entonces".

El propio Parfit recoge en su libro varias conclusiones éticas y personales de estos experimentos (y de unos cuantos más). Poner en duda nuestra identidad, tal y como él hizo, puede resultar desazonador, pero a él le resultó liberador. Esta forma de pensar, escribía, “hace que me preocupe menos de mi propio futuro y de mi muerte, y más por los demás”. Sepamos o no quiénes somos, no está de más recordar que no somos tan importantes como a veces creemos.

Razones y personas, de Derek Parfit

Razones y Personas es un trabajo de filosofía escrito por Derek Parfit, publicado por primera vez en 1984. Está enfocado en ética, racionalidad e identidad personal. Está dividido en cuatro partes, dedicadas a teorías auto refutadas, racionalidad y tiempo, identidad personal y responsabilidad con las generaciones futuras.




En la medida en que esta obra suya se ha convertido en un punto de referencia ineludible del filosofar actual, podemos considerar a Derek Parfit como un auténtico clásico viviente. En efecto, su planteamiento del problema de la identidad personal a través del tiempo, en una línea que inauguró Hume en la época moderna, pero que puede vincularse sin excesivos problemas, si queremos adoptar una perspectiva transcultural, con lo más incisivo del pensamiento budista, ha venido constituyendo desde hace ya más de veinte años el centro del apasionado debate intelectual que viene desplegándose en torno a esta cuestión tan importante. Cuestión que enlaza directamente con las problemáticas de la racionalidad práctica y de la ética, y cuyo tratamiento filosófico no dejaría de tener significativas repercusiones psicológicas en todos nosotros, por ejemplo, en nuestra actitud ante el envejecimiento y la muerte. En esta edición española de "Razones y personas" se viene a incluir, a guisa de «epílogo», una definitiva actualización del reduccionismo parfitiano de la identidad personal, redactada más de diez años después. En suma, nos hallaríamos ante una de las obras culminantes del pensamiento de finales del siglo XX: su brillantez y espectacular vigor intelectual no han podido dejar de ser reconocidos ni siquiera por los adversarios más decididos de las sorprendentes tesis que en ella se defienden.

***

El neurocientífico Sam Harris ha dicho de este libro que parece escrito por una inteligencia alienígena. Parfit, que falleció en 2017, propone experimentos mentales y argumentos que hacen que nos replanteemos muchas de las ideas que damos por sentadas, entre ellas la de nuestra identidad, más frágil de lo que creemos.

Ejemplo, ligeramente modificado:

Mi amiga Elísabet, que es muy viajera, quiere probar una máquina de teletransporte que la llevará a Marte. Como es muy lista, no necesita que los científicos de la NASA le expliquen cómo funciona el aparato: “es evidente, y solo hay un botón, no soy idiota”.  Así que entra en la cabina y, sin pensárselo dos veces, la pone en marcha.

El experimento funciona y mi amiga aparece en la base estadounidense de Marte, donde se enterará de cómo funciona este medio de transporte: la máquina ha escaneado la información de todas sus células y las ha destruido, para luego volver a reconstruirlas en la segunda cabina. Es decir, la ha desintegrado  y luego la ha reemplazado con un clon. No es un clon cualquiera: conserva todos sus recuerdos e incluso la misma quemadura que se hizo anoche mientras cocinaba. 

Ahora bien, si Elísabet 1 ha muerto, ¿quién coño es Elísabet 2? 

Por otro lado,  si Elísabet 2 tiene el ADN de Elísabet 1, sus recuerdos, su DNI, etc., ¿no es Elísabet? ¿O hace falta algo más para ser la Elísabet original?


FUTURO


Las postulaciones más famosas de Parfit vienen de la parte IV de Razones y Personas, donde discute futuros posibles para el mundo. En esta parte muestra cómo en la discusión de futuros posibles tanto el utilitarismo promedio como el utilitarismo total llevan a consecuencias indeseadas. 

Aplicando el utilitarismo total lleva a lo que llama la conclusión repugnante. Para refutar el utilitarismo total, Parfit lo ilustra con un experimento mental, donde nos pide que imaginemos escoger entre dos futuros posibles. En A, 10 mil millones de personas vivirán en la próxima generación, todas con vidas extremadamente felices. En B, hay 20 mil millones de personas viviendo vidas menos felices que en A. Si queremos maximizar la utilidad, deberíamos preferir B a A, e incluso, llevándolo más al extremo, deberíamos preferir Z, un mundo donde hay billones de personas con vidas que apenas valen la pena vivir comparadas con A, pero que aun así aumentan la utilidad total.

Para refutar el utilitarismo promedio, Parfit hace un argumento similar. Si todo lo que nos importa es la felicidad promedio, entonces tenemos que concluir que una población extremadamente pequeña, como diez personas, es el mejor resultado posible si asumimos que esas diez personas (Como Adán y Eva) vivieron unas vidas más felices de lo que podemos imaginar. Entonces tenemos que considerar el ejemplo de la inmigración. Ya que el extranjero se beneficia en gran medida de la inmigración y los locales también (al menos en una pequeña medida), al tener inmigración ambos grupos están mejor. Pero si este incremento es menor al beneficio al incrementar la población, entonces la utilidad total es menor. Entonces, a pesar de que todo el mundo está mejor, este no es el futuro preferible. Parfit argumentará que esto es absurdo.


Parfit entonces se pone a argumentar sobre la identidad de las generaciones futuras. Primero dice que la existencia de una persona específica está ligada al tiempo y las condiciones de la concepción. "Yo" no sería "yo" si mis padres hubiesen esperado dos años más a tener un hijo. Aunque habrían tenido un hijo, habría sido otra persona.

Si estudiamos efectos del clima y otros fenómenos físicos, pequeños cambios en las condiciones durante un tiempo T tendrían efectos drásticos en cualquier momento después de T. Cualquier acción tomada ahora tendrá efectos drásticos sobre la persona que existirá dentro de varias generaciones. Por ejemplo, un cambio radical en la legislación ambiental cambiaría tanto las condiciones de concepción, que dentro de 300 años ninguna de las personas que habrían nacido nacerán, en su lugar, serán otras personas. A esto se lo conoce como el problema de la no identidad.

En ese caso, podríamos crear legislaciones desastrosas que serían peores "para nadie", pues ninguna de las personas que iban a existir existirán bajo las nuevas condiciones. Si consideramos las ramificaciones morales según a quién afecte, entonces no tenemos motivos para preferir una legislación razonable sobre una que no lo sea. Este es el problema de la no identidad en su forma más pura: la identidad de las generaciones futuras depende causalmente, de una forma decisiva, en las acciones de las generaciones presentes.