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lunes, 23 de marzo de 2015

La trivialidad del absoluto

Con madurez y plenitud, Ridao defiende una filosofía accidental que explica la crítica cultural ante el relato oficial


El escritor y diplomático José María Ridao. / SAMUEL SÁNCHEZ
Cuando José María Ridao empezó a escribir en este periódico con regularidad, en torno a 2001, había comenzado ya a publicar algunos libros, y cuando dejó de escribir en él, hace ahora algo más de dos años, siguió publicándolos con la misma cadencia pacífica pero indócil. Su valiosa obra quizá ha quedado eclipsada o desatendida por el periodismo y el análisis político, y sin embargo encarna una de las trayectorias más beligerantes y jugosas: no ha callado su inquietud ante la fabulación interesada sobre el retorno al pasado, dispuesto a desmentirla sin apaños, como hizo al menos en Contra la historia (de 2000, revisado en 2009), pero ha sido también narrador genuino a partir de su biografía como diplomático en diversos destinos, entre ellos Angola, la Unesco o, como ahora, París, por ejemplo en El pasajero de Montauban. Ha sido sobre todo original intérprete de algunos de los avatares contemporáneos de un humanismo a menudo de estirpe erasmian y heredero del mejor legado de la razón ilustrada, desde La paz sin excusa y Weimar entre nosotros, ambos en 2004, hasta La estrategia del malestar (2014). De ahí que algunos de sus mejores libros no tengan atadura a razón política alguna, como su Elogio de la imperfección (2006) —que era una reflexión sobre las poéticas de la modernidad antes de la modernidad— o incluso los retratos poderosos de Radicales libres (2011) o el que dirimió el diferente papel que Ortega y Azaña escogieron para discutir la estructura del Estado a partir del Estatuto catalán en 1932, Dos visiones de España. Quizá su inequívoca y justificada proximidad a Manuel Azaña explica adicionalmente la tirria justificadísima por el Ortega deEspaña invertebrada, tal como la ha expuesto en varios lugares y en algún artículo en este periódico definitivamente contundente. Para quien haya seguido sus libros, por tanto, este último contiene un giro filosófico que escapa a la ruta histórica y hasta geográfica y viajera que había escogido en los anteriores. Y aun más, este se emplaza fuera de la tensión de la actualidad y la política. José María Ridao ha elegido el ensimismamiento reflexivo que lo acerca, paradójicamente, a la intención de sus novelas y lo aleja de sus mejores ensayos de crítica cultural e histórica porque en el fondo articula y condensa el sustrato del que nacen unos y otros. ¿Sorpresa o perplejidad? En absoluto: madurez y plenitud ensayística de alguien que ofrece hoy, con una muy intencionada rotulación, una defensa luminosa de la filosofía accidental, el subsuelo filosófico y moral que explica un modo de abordar no sólo la crítica de la cultura y su condena irrefutable del relato oficial, católico, nacionalcatólico y neocatólico del pasado español, sino la defensa abierta de los fundamentos conceptuales y morales que explican su mejor razón secreta: una impecable inteligencia laica, analítica, competente y, ay, paradójicamente orteguiana.
Pero no orteguiana por la vía de la interpretación de la historia española, sino por la vía propiamente filosófica del escritor, aquella que cuaja en La idea de Leibniz, hacia 1947, y aquella que asoma sin desarrollar desde 1914 y sus Meditaciones del Quijote. Para sorpresa incluso mía, no sé si del propio José María Ridao, en Ortega laten algunas de las virtudes mayores que iluminan este ensayo de filosofía contra lo Absoluto, contra la nostalgia de lo Absoluto y, aun mejor, contra la tentación consoladora y falseadora de aspirar o fabular Absoluto alguno. Y lo hace Ridao en dos fases complementarias: una conceptual y teórica, y otra histórica, de discusión con otros, y entre ellos están Sócrates o Rousseau, pero también Marx o Freud, que es el último, aunque ese papel muy bien hubiese podido hacerlo la madurez filosófica de Ortega.
Mi mayor reparo al libro, por tanto, es una nimiedad y está en lugar tan tonto como el subtítulo. Este volumen no reúne diversos “ensayos sobre el hombre y el Absoluto”, sino que despliega un solo “Ensayo”. Su tema es la condición ilustrada, empírica y racionalista del hombre, alérgico a la mentira o el delirio de un Absoluto que absuelve de la responsabilidad viscosa y frágil de entenderse como sujeto humano: “Las coartadas que proporciona el Absoluto son siempre inseguras y provisionales”, y, precisamente porque lo son, “no justifican actos irreparables, actos a los que el hombre se encadena comprometiendo su libertad”.
Filosofía accidental. Ensayos sobre el hombre y el Absoluto. 
José María Ridao. Galaxia Gutenberg. Barcelona, 2015. 268 páginas.

viernes, 26 de noviembre de 2010

LA BÚSQUEDA DE LO ABSOLUTO ...(1)

Parece ser que la esencia de la Realidad es el cambio incesante: nada parece permanecer eternamente; todo cambia, nada perdura. ... Sin embargo, parece ser también que el Hombre tiene una tendencia natural a creer en la existencia de algo absoluto; algo eterno e inmutable que se sustraiga a los vaivenes del cambio temporal ... Esa creencia se fundamenta tanto en motivaciones psicológicas (el miedo y la angustia por el devenir) como epistemológicas (la búsqueda de una base sólida para el conocimiento). ...

Las motivaciones psicológicas para creer en la existencia de realidades absolutas se dan, sobre todo, en el hombre precientífico, el que se mueve dentro de los límites del llamado pensamiento mítico. Este Hombre se siente como un “náufrago” en el caos del devenir y necesita imperiosamente algo fijo a lo que aferrarse, para encontrar seguridad. Es por ello, que imagina la existencia de unas realidades absolutas (dioses?), que habitan en un mundo Perfecto, pero que pueden interactuar con las realidades de este mundo imperfecto: cuando las cosas van mal, siempre es un consuelo poder contar con los dioses. ...

Las motivaciones epistemológicas para creer en la existencia de realidades absolutas se dan, fundamentalmente, en el hombre de la etapa filosófica y científica, el que se mueve dentro de los límites del pensamiento racional. Este Hombre se siente como un "náufrago" en el mar de la ignorancia y necesita imperiosamente conocimientos verdaderos a los que aferrarse, para encontrar seguridad. Es por ello que postula la existencia de realidades absolutas (materiales o ideales) que se constituyan en objeto y fundamento de conocimientos absolutos: universales y necesarios. …
IGORPU
21/11/2010

sábado, 6 de noviembre de 2010

LA BÚSQUEDA DE LO ABSOLUTO… (2)

Parece ser que una de las primeras ideas que caló entre los filósofos fue la de que un conocimiento absoluto tiene que serlo también de un objeto absoluto. …

Los primeros filósofos (-VI y –V), los filósofos de la naturaleza, intentan fundamentar el conocimiento absoluto postulando como objeto de ese conocimiento una Realidad absoluta que se oculta tras la realidad relativa que se nos aparece, a la que llamaron “arjé”. El “arjé” es el sustrato material que subyace a todas las cosas. …Las cosas cambian (aparecen y desaparecen), pero el “arjé” no cambia (es inmutable y eterno). El “arjé” tiene, pues, una existencia absoluta; por eso, acceder a su conocimiento es acceder a la verdad absoluta. … Sin embargo, hay que decir que los filósofos de la naturaleza fracasaron en ese empeño: ninguno de ellos logró establecer una verdad universalmente compartida, una verdad absoluta.

Es quizás por ello, que el segundo grupo de filósofos, los sofistas (2ª mitad s. –V), comenzaron a dudar de la existencia de aquella Realidad absoluta (“arjé”) oculta tras la realidad aparente y/o de la capacidad intelectual del ser humano para conocerla, en el caso de que existiese. … Es más, incluso en el caso de que existiera y alguien llegara a conocerla, dudaban también de que fuera capaz de comunicar su conocimiento, pues nuestro lenguaje es limitado y no puede expresar lo absoluto. … Con lo cual, concluyeron que el conocimiento absoluto era imposible (escepticismo), y que en el tema del conocimiento, como en tantos otros (Ética, Política, etc.) nos moveremos siempre en el terreno de la opinión (relativismo). Lo que tenemos por “verdad” en un momento dado sería simplemente una opinión sobre la que se ha establecido un amplio acuerdo o consenso (convencionalismo) …

La primera gran figura de la filosofía, SÓCRATES (–V), al contrario que los sofistas, piensa que, aunque no haya una Realidad absoluta que des-ocultar, sí es posible fundamentar el conocimiento absoluto…. Para ello postula una nueva concepción de lo absoluto: lo absoluto no es un ente material (“arjé”) oculto tras la realidad aparente, sino aquello que es compartido por un conjunto de cosas y que las hace ser lo que son; lo que las define como tales cosas (p.e. a unas las define como caballos, a otras como manzanas, a otras como bellas, buenas o justas, etc.). … Lo absoluto es, pues, lo universal: lo universalmente compartido; lo común a varias cosas. Y el conocimiento absoluto consistiría en abstraer los universales de las cosas y expresarlos en una definición exacta. … Sin embargo, también aquí tenemos que decir que Sócrates no logró dar nunca con una definición plenamente satisfactoria (y, por tanto, universalmente compartida). …

(Desde Sócrates se tiene la idea de que al conocimiento absoluto, que es universal y necesario (y por tanto eterno), le debe corresponder un objeto absoluto, es decir, que sea también universal y necesario) …

IGORPU
28/11/2010

lunes, 12 de noviembre de 2007

LA BÚSQUEDA DE ALGO PERMANENTE

La búsqueda de algo permanente es uno de los instintos más profundos que llevan a los hombres a la filosofía. Sin duda, nace del amor al hogar y del deseo de encontrar un refugio contra el peligro; encontramos, por consiguiente, que es más apasionada en las personas cuyas vidas están más expuestas a catástrofes: si la vida sobre la tierra trae consigo la desesperación, solamente en el cielo se puede buscar la paz eterna. ...

La fuente principal de realidades eternas la encontró el hombre en las matemáticas: las verdades matemáticas parecen remitir a entidades que son (o parecen ser) eternas y no colocadas en el tiempo. ... La geometría trata, por ejemplo, de círculos exactos, pero ningún objeto sensible es exactamente circular; por muy cuidadosamente que manejemos el compás, siempre habrá imperfecciones e irregularidades. Esto sugiere la idea de que toda verdad exacta captada por la inteligencia remite a objetos ideales, en contraposición a los sensibles; es natural seguir adelante y argüir después que el conocimiento intelectual es más noble que el conocimiento sensible, y los objetos inteligibles más reales que los que percibimos por los sentidos. ... La matemática se constituyó, así, en la fuente principal de la fe en la verdad eterna y exacta y en un mundo supersensible e inteligible.

Otra fuente de realidades eternas la tenemos en la Religión: la Religión busca la permanencia en dos formas: en Dios y en la inmortalidad. En Dios no hay variación ni sospecha de cambio; la vida post mortem es eterna e invariable.

La combinación de matemática y Religión se inició con Pitágoras y caracterizó la filosofía religiosa en Grecia, en la Edad Media, y en los tiempos modernos, hasta Kant. ... En Platón, Agustín de Hipona, Tomás de Aquino, Descartes, Spinoza y Leibniz existe una fusión íntima de religión y razonamiento, de aspiración moral y admiración lógica por lo eterno, que procede de Pitágoras, distinguiéndose la teología intelectualizada de Europa del misticismo más directo de Asia. ...

Toda concepción de un mundo eterno que se revela al intelecto y no a los sentidos se deriva, pues, de Pitágoras. Sin embargo, en los tiempos contemporáneos se tiende a considerar que Pitágoras estaba en un error. La euforia evolutiva del siglo XIX hizo que muchos pensadores se volvieran contra estas concepciones estáticas, y la moderna teología liberal cree que hay un progreso, incluso, en el cielo y una evolución posible en la deidad. ...