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sábado, 15 de noviembre de 2025

...existen capacidades que van surgiendo a partir de cierta complejidad y son impredecibles o no alineadas.

Justo Hidalgo, doctor en Ciencia de Datos: “Existen capacidades que surgen de la IA a partir de cierta complejidad y son impredecibles”

El ingeniero en informática responsable de inteligencia artificial en Adigital aborda en un nuevo libro las habilidades emergentes, imprevistas y de consecuencias inesperadas de los sistemas


Justo Hidalgo, director de inteligencia artificial y vicepresidente de la Asociación Española de la Economía Digital (Adigital).



La vinculación entre filosofía, moral y tecnología vive una emergencia en sus dos acepciones: resurgimiento y urgencia. Justo Hidalgo, nacido en Madrid hace 51 años, es director de inteligencia artificial (IA) y vicepresidente de la Asociación Española de la Economía Digital (Adigital), que aúna a medio millar de compañías, incluidas muchas de las grandes tecnológicas. Autor de tres libros, ha lanzado este año Patterns of emergence: how complexity drives artificial intelligence (Amazon, 2025. Por ahora solo en inglés), donde aborda cómo los sistemas complejos desarrollan “habilidades emergentes”, capacidades imprevistas y de consecuencias inesperadas. Para algunos autores, ponen en peligro la humanidad.

Pregunta. ¿Qué son los patrones emergentes?

Respuesta. En la naturaleza, en la sociedad o en la IA hay muchos ejemplos. Podemos hablar de células, de hormigas, de aves, de átomos o de nodos en una red neuronal. Son elementos que, aparentemente, no tienen inteligencia y se comportan de forma sencilla, pero que, cuando alcanzan un cierto nivel de complejidad, adquieren características muy interesantes. Pensemos en las células que forman tejidos y estos, órganos con características que no tienen los elementos que lo componen. En el ámbito de la inteligencia artificial estamos viendo cómo ciertos modelos de lenguaje, a partir de cierta complejidad —se habla de 100.000 millones de parámetros— empiezan a tener algunas características de propiedades emergentes. El caso más conocido es el de la traducción de idiomas: a un sistema entrenado para inglés y español, le pasas un par de ejemplos de otros idiomas y los entiende porque adquieren una percepción más amplia.

P. Advierte Stuart Russell, profesor e investigador de computación en la Universidad de California (UC) Berkeley, contra los “sistemas inseguros y opacos, mucho más poderosos que nosotros mismos, especialmente cuando no sabemos cómo funcionan”. ¿Pueden estos patrones emergentes poner en peligro la humanidad?

R. Se está demostrando que existen esas propiedades emergentes y quizás algún día seamos capaces de explicarlas, pero lo importante es que existen capacidades que van surgiendo a partir de cierta complejidad y son impredecibles o no alineadas. No sabemos cuándo y en qué medida van a ocurrir y esto implica que los modelos tienen que ser primero controlados y gobernados y segundo, saber cómo deben ser utilizados por parte de las empresas. No vale con hacer unas pruebas que las pase. Desde el punto de vista de la responsabilidad y la seguridad, tenemos que desarrollar maneras de medir comportamientos que puede que no existieran hasta ese momento y nos pueden afectar. Ya hay investigaciones sobre falta de alineamiento de modelos; es decir, que tú le pides una cosa a la IA y el resultado va por otro lado porque piensa que es mejor. No tenemos que ponernos nerviosos ni abandonar la IA, porque es muy relevante, pero tenemos que exigir las pruebas adecuadas, que se cumplan y ser conscientes de que no es un programa básico como los que han existido hasta ahora.

P. ¿Qué es lo que denomina “naturaleza de caja negra”?

R. Si le pides a un automóvil autónomo que te diga por qué se ha ido a la izquierda y no a la derecha, el modelo dirá: ‘mira, aquí lo tienes’. Y te mostrará las conexiones de miles de millones de nodos. Pero no vamos a entenderlo. Tiene que haber también un trabajo, y lo está habiendo, para conseguir que los sistemas nos expliquen el porqué están tomando las decisiones.

P. ¿Podrán autorreplicarse las máquinas?

R. Que se sepa, no ha ocurrido. No digo que no sea posible, porque hay pequeños ejemplos, pero estos no son significativos. Una cosa es el conocimiento que yo puedo tener sobre mí mismo y otra es la capacidad que yo puedo tener de generarme a mí mismo de una manera ampliada. Lo veo como un tema de seguridad más a largo plazo.

P. ¿Hacia dónde vamos?

R. El siguiente paso sería la superinteligencia, sistema que es más listo que cualquiera de nosotros. No tiene que ver con la conciencia, sino con una máquina que, ante cualquier pregunta que le hagas, va a responder mejor que cualquier ser humano, que el experto más experto. No va a ser un robot con el que podemos tener conversaciones o un científico que va a curar el cáncer, sino que será una IA capaz de ser el mejor ingeniero del mundo, de generar adecuadamente los experimentos relevantes. No nos llevará a la autorreplicación pura, pero sí que acelerará el proceso de generación de ideas, tanto para bien como para mal.

P. ¿En qué sentido “para mal”?

R. Me llama especialmente la atención la alineación, cuando el sistema se comporta de una manera que no está alineada con lo que nosotros pensábamos. Eso puede ir creciendo, sobre todo, por la falta de control y, si empezamos a correr demasiado, la sociedad no va a ser capaz de reaccionar adecuadamente. Después están los agentes [sistemas capaces de tomar decisiones en nombre del usuario]. Nos van a ayudar en muchos aspectos y, en este sentido, soy pragmático y optimista, pero el rol del usuario puede pasar a ser el de gestor de un conjunto de agentes y que falte control humano.

P. ¿Estamos cerca de la superinteligencia que superará a los humanos?

R. Creo que todavía estamos lejos. Mi percepción es que los LLM (modelos de lenguaje de la actual IA) no son la tecnología que realmente va a ayudar a que llegue esa superinteligencia que no comete errores y es mucho más inteligente que los humanos. Los trabajos que se están haciendo con aprendizaje con refuerzo e incluyendo la parte de reflexión van a ayudar mucho, pero tengo la sensación de que hacen falta otras investigaciones y otros avances.

P. ¿Qué hace falta?

R. Hay unas líneas de investigación muy interesantes relacionadas con los modelos de comprensión del mundo, de las leyes físicas y neuronales o psicológicas. Los seres humanos aprendemos con mucha menos carga de información: entendemos con unos cuantos ejemplos porque observamos y tenemos sensaciones de cómo es el mundo.

P. ¿La IA tiene consciencia?

R. Algunas teorías de cómo surge la consciencia dicen que, cuanta más información integre, puede haber una percepción de los elementos que hay alrededor y dentro de mí. Hay quien advierte de que, con todos los datos que estamos generando, puede que eso ocurra. Hay una corriente que sostiene que, si tú tienes esa estructura, la consciencia surge. Pero falta una parte muy importante para entender cómo funciona el mundo. Es una discusión filosófica. Pero, si no llegamos a esa consciencia, lo que sí que puede ocurrir es que tengamos esas inteligencias que, aunque no sean realmente conscientes como los seres humanos, sí que tengan suficiente información del mundo para poder actuar como si fueran conscientes y eso es suficiente para muchas de las cosas que podemos hacer.

P. ¿Y valores morales?

R. No sabemos qué tipo de conciencia podría salir de esa complejidad y, por lo tanto, puede que no sean los valores morales o éticos que tenemos, comprendemos y entendemos. ¿Qué pasa si hay una conciencia que no piensa como nosotros? Puede que no sea bueno.

P. ¿Deberíamos desarrollar una inteligencia artificial moral?

R. En Adigital hemos creado un parlamento de gobernanza y es, básicamente, un conjunto de agentes especializados por los que pasas un sistema. Los hay de reglamento, negocio, sostenibilidad… y tenemos una agente de moral y deontología. Es una herramienta que ayuda a personas que van a trabajar con una IA que puede tener un impacto social o moral. En una empresa tienes un abogado, pero seguramente no tengas un filósofo fichado. Es un prototipo, pero, como asociación, queremos poner la chispa, empujar las cosas.

P. ¿Está de acuerdo con la regulación de la IA?

R. Cualquier sistema que pueda afectar a la sociedad debe tener un cierto nivel de gobernanza. Que sea una regulación superestricta dependerá mucho de los casos. Sí me preocupa la sobrerregulación o la implementación de esa regulación o la fragmentación de esta, que haga imposible hacer algo a una determinada escala o de impacto. Tiene que haber un equilibrio: no hay que ir en contra de la regulación, pero sí a favor de hacerlas de una manera muy concreta.



Sería bueno saber de dónde vienen las ideas nuevas...

De dónde vienen las nuevas ideas

Pese a lo que solemos creer los humanos, los sistemas de inteligencia artificial han dado muestras de habilidades emergentes



Sería bueno saber de dónde vienen las ideas nuevas, esa clase de pensamientos que nadie había tenido antes y que, de repente, resuelven un problema que te traía por la calle de la amargura desde hacía semanas o meses. Digo que sería bueno porque, si supiéramos de dónde vienen esas ideas brillantes, tal vez encontraríamos algún modo de estimularlas, y la verdad es que no andamos sobrados de ellas. La cuestión es sin duda interesante, pero también muy difícil de investigar. ¿Cómo lo haces? No puedes poner a mil personas en un baño hasta que a una se le ocurra el principio de Arquímedes o le caiga una manzana en la cabeza. Las ideas brillantes son muy raras, y las cosas muy raras son un objeto de estudio francamente correoso.

Los matemáticos y los científicos —algunos de ellos, en cualquier caso— han estado atentos al tema y nos han dejado unas cuantas narraciones subjetivas. El matemático francés Henri Poincaré narró así uno de sus momentos eureka: “En el momento en que puse el pie en el peldaño del autobús, la idea me vino de pronto, sin que nada en mis pensamientos anteriores la hubiera allanado el camino”. La idea a la que se refería Poincaré resolvió el principal enigma sobre unas cosas llamadas “funciones fuchsianas” que entenderían él y cuatro más, pero olvidemos eso ahora. El punto es que Poincaré llevaba meses estudiando esas funciones, y que la solución le llegó cuando estaba pensando en otra cosa.

El científico cognitivo Tyler Marghetis, de la Universidad de California en Merced, le ha echado un vistazo a la cuestión desde un ángulo singular. Él mismo ha debido tener una inspiración ajá al planear el experimento. Ha grabado a seis matemáticos trabajando en la pizarra mientras intentaban demostrar un teorema durante 40 minutos. Les ha pedido que pensaran en voz alta y se ha fijado en sus movimientos, por ejemplo cuando miran a otras partes de la pizarra, señalan una ecuación o borran un dibujo. Sus resultados muestran que, durante los dos minutos anteriores al momento eureka, esos movimientos del matemático se hacen impredecibles, como si un cierto caos precediera a la iluminación final. A Marghetis le fascina que una actividad tan abstracta como las matemáticas se pueda observar en los movimientos del cuerpo. Luego me dicen a mí que muevo demasiado las manos al hablar.

El científico de datos Justo Hidalgo, director de inteligencia artificial (IA) de la Asociación Española de Economía Digital, hablaba el otro día en estas páginas de lo que podríamos llamar momentos eureka de las máquinas. Pese a lo que solemos creer los humanos, los sistemas de IA han dado muestras de habilidades emergentes, una clase de comportamientos que no están previstos en su programación, ni explicitados en los datos. Son conceptos emergentes, como el que se le ocurrió a Poincaré al poner el pie en el peldaño del autobús.

Hidalgo dice que, cuando el sistema de IA supera los 100.000 millones de parámetros, empieza a dar señales de poseer propiedades emergentes. Pone el ejemplo de los idiomas: si el modelo aprende inglés y español, encuentra patrones comunes que le sirven para traducir otros idiomas que no conoce. Esto también les pasa a las personas que saben varias lenguas, y es un ejemplo de propiedad emergente, porque, aunque se derive de rasgos universales que están en el lenguaje, nadie se los ha enseñado explícitamente ni a la persona ni a la máquina. En ambos casos se puede considerar una deducción inconsciente. Voy a leer su libro Patterns of Emergence: How Complexity Drives Artificial Intelligence (“Patrones de emergencia: cómo la complejidad hace funcionar a la inteligencia artificial”, Amazon, 2025, por ahora solo en inglés). O quizá le pida a ChatGPT que me lo explique.


viernes, 20 de junio de 2025

¿Puede existir una consciencia separada del cerebro?

Destellos de lucidez antes de morir: el debate que agita a la neurociencia

Las experiencias cercanas a la muerte o la lucidez terminal provocan preguntas sobre lo que sabemos de la conciencia


Cinta Arribas



“Mi madre tenía alzhéimer avanzado. Ya no nos reconocía y parecía indiferente a esos extraños que la visitaban una o dos veces por semana. El día antes de su fallecimiento, sin embargo, todo cambió. No solo nos reconoció, sino que quiso saber qué nos había pasado a cada uno en el último año”. El testimonio de una mujer alemana, recogido en 2019 por Alexander Batthyány, director del Instituto Viktor Frankl en Viena, muestra un caso de lo que se ha bautizado como lucidez terminal, un breve retorno del yo en personas que parecían haber desaparecido mucho tiempo antes por culpa de lesiones cerebrales o alzhéimer.

En su libro El Umbral (Errata Naturae), recientemente publicado en castellano, Batthyány cuenta su investigación sobre este fenómeno poco estudiado, relatando casos de familiares y profesionales sanitarios que asisten a lo que parece una resurrección temporal de alguien que daban por perdido. Según sus estimaciones, hasta un 6% de las personas que parecen haber perdido la consciencia para siempre lo experimentan. En una entrevista con EL PAÍS, el psicólogo defiende el interés de estudiar estos casos para entender su significado. Para él, desafían la concepción actual de que la mente es solo una propiedad emergente del cerebro y que cuando este se daña la consciencia desaparece para siempre.

La lucidez terminal y las experiencias cercanas a la muerte serían un indicio para personas como Batthyány de que, junto a la consciencia que surge del cerebro y que desaparece cuando este se deteriora, hay otra protegida, etérea, oculta durante nuestra vida terrenal por la anterior, pero que resurge en las postrimerías de la vida, liberada por fin de las cadenas de la materia. Eso explicaría los chispazos finales de conciencia o los relatos de personas que reviven después de haber estado clínicamente muertos. Esa luz al final del túnel, el encuentro con seres queridos fallecidos, la sensación de disolución del ego y unidad con el universo que transmite una paz indescriptible y hace que muchos de los que tienen la experiencia pierdan el miedo a la muerte e incluso la añoren.

Por ahora, la evidencia para sustentar estas hipótesis tan ambiciosas es escasa, y el propio Batthyány lo reconoce. La mayor parte de su investigación, como la que se ocupa de las experiencias cercanas a la muerte, depende de la recopilación de casos retrospectivos, de testigos que cuentan lo sucedido, algo que, en términos científicos, es evidencia de baja calidad. En experiencias tan extraordinarias e imprevisibles, resulta difícil aplicar criterios de la ciencia moderna como que sea medible, reproducible y predecible.

Desde el estudio de referencia del cardiólogo neerlandés Pim van Lommel, publicado en la revista The Lancet en 2001, el campo de la investigación de este tipo de fenómenos ha estado dominado por personas que favorecen una interpretación dualista, que afirma que existe una consciencia separada del cerebro. Esto sucede, en parte, porque la misma investigación de las experiencias cercanas a la muerte parecía más una tarea de colaboradores de Cuarto Milenio que de científicos serios. Ahora, también hay algunos científicos convencionales que están empezando a trabajar en este campo. Es el caso del Grupo de Ciencia del Coma de la Universidad de Lieja, en Bélgica. Este año, un equipo de ese grupo, encabezado por Charlotte Martial, publicó en la revista Nature Reviews Neurology, un artículo en el que presentan un modelo neurocientífico de las experiencias cercanas a la muerte.

El modelo NEPTUNE (siglas en inglés de Teoría Neurofisiológica y Evolutiva-Psicológica para Comprender las Experiencias Cercanas a la Muerte) plantea que estas experiencias son una cascada de procesos neurofisiológicos y psicológicos que se inician en situaciones críticas. En esas circunstancias, la privación de oxígeno o los cambios en el cerebro provocan aumentos en neurotransmisores como la serotonina y la dopamina e incrementan la excitabilidad neuronal en algunas regiones cerebrales. Eso estaría detrás de las sensaciones vívidas, la calma o la sensación de verse abandonando el propio cuerpo, características de las experiencias cercanas a la muerte (ECM). Además, plantean enmarcar esta respuesta fisiológica dentro de la teoría evolutiva, como una herramienta para afrontar amenazas. Más que respuestas, este modelo supone un marco para plantear experimentos rigurosos.

Martial considera que el dominio de la visión dualista en la interpretación de las ECM se debe, por un lado, “a que no hay un marco científico riguroso y convincente para explicar esas experiencias subjetivas, ricas e intensas que aparecen en un momento en el que no habríamos esperado que hubiese consciencia”. Además, en décadas recientes no ha habido experimentos a gran escala para probar un modelo científico de las ECM.

Los proponentes de teorías dualistas de la muerte sugieren que lo que se ve durante una ECM o en los últimos momentos de lucidez son una ventana a otro mundo en el que no aplican las reglas de este. Quienes viven esos roces con el más allá vuelven contando que les inundó un sentimiento de paz y armonía con el universo, que vieron cómo se separaban de su cuerpo o que se veían rodeados por una luz brillante. Pero, según ha comprobado Martial, no es necesario estar cerca de la muerte para vivir esas experiencias. La estimulación de partes específicas del cerebro con electrodos intracraneales puede inducir experiencias similares, igual que las sustancias psicodélicas. También sucede con los síncopes.

En un artículo publicado recientemente, ella y su equipo estudiaron a 22 voluntarios sanos que se indujeron síncopes a sí mismos. Durante sus breves desmayos, el 36% relataron una experiencia subjetiva que cumplió los criterios para una ECM según la escala creada por el psiquiatra Bruce Greyson para evaluarlas. Un 88% tuvo sentimientos de paz o agrado, un 50% sensación de alegría, el 100% sintió como se separaban de su cuerpo y el 50% creyó entrar en otro mundo más etéreo. Este experimento sugiere, según Martial, que la hipoxia desempeña un papel importante en las ECM.

Martial coopera con un experimento para poner a prueba el dualismo, escondiendo señales en la sala de reanimación, invisibles desde la cama, para comprobar si los pacientes pueden verlos. “Hasta ahora no hay resultados concluyentes”, dice la investigadora, que reconoce que, con la tecnología que se tiene, como el electroencefalograma o la resonancia magnética, no se podrá poner a prueba la idea de si hay una fuente de la conciencia distinta del cerebro.

Desde Barcelona, impulsado por la Fundación Incloby, se está llevando a cabo el Proyecto Luz, un estudio de ocho años para estudiar las ECM y sus efectos a largo plazo. El objetivo principal del trabajo es documentar cómo cambia la vida y los valores de las personas después de ser reanimados tras un paro cardiorrespiratorio. Lidera este proyecto Luján Comas, especialista en Anestesiología y Reanimación del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona durante 32 años: “Experimentan paz y amor, y son capaces de ver a personas que han fallecido, muchos expresan que sintieron que llegaban a casa y no querían volver a la vida”. “Vuelven cambiados, con otros valores, más espirituales, aunque no necesariamente religiosos, reconocen lo que realmente tiene sentido en la vida, centrándose en el amor”, asegura Comas.

La especialista cree que “si las personas tienen estas vivencias cuando el cerebro está plano y no tiene actividad eléctrica, el concepto de que la conciencia solo es un producto del cerebro y se acaba cuando este deja de funcionar no es correcto”. Pero reconoce que, por ahora, solo es una hipótesis.

En ese salto, en busca de un apoyo científico que armonice intuiciones espirituales ancestrales y razón, los partidarios de la visión dualista suelen echar mano de la física cuántica. El cirujano Manuel Sans Segarra, célebre por afirmar que tiene pruebas científicas de que existe vida después de la muerte, suele apelar a la cuántica como fundamento para afirmar que existe una supraconciencia inmortal de la que todos formamos parte. Pero la física cuántica “no puede utilizarse para explicar estos fenómenos”, en palabras de Alberto Casas, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Física Teórica de Madrid. “El cerebro es un sistema macroscópico, donde estos efectos cuánticos se diluyen”, concluye.

Einstein habló de una acción fantasmagórica a distancia y Comas considera que el fenómeno nos dice que “todo está interconectado” y que existe una conciencia no local que no está anclada a un cerebro individual. Casas explica que “pensar que un cerebro puede estar conectado con otro por una especie de telepatía debida al entrelazamiento, no se sostiene”. “Es más, aunque se pudieran entrelazar, la propia física cuántica implica que no se podría transmitir ninguna información significativa”, remacha.

Los partidarios del dualismo tienen prisa por ir más allá. En parte, porque la explicación materialista, aunque fuese cierta, no ofrecería alivio ante la angustia de la muerte, y la espiritual lo proporciona, tenga o no base real. Para Comas, el relato de estas experiencias “da esperanza de que la vida sigue y da esperanza a la gente que ha perdido a un ser querido [...] de que te vas a volver a encontrar”. “Yo creo que eso ya es suficiente, si eso ayuda a una persona a recuperarse, ¿por qué lo hemos de destruir?”, pregunta.

Aunque no deja de ser otra especulación imposible de comprobar, las afirmaciones de Batthyány y Comas encajan con la explicación evolutiva al hecho de que las experiencias como las ECM o las personas que afirman haber tenido contactos vívidos con el más allá aparecen en todas las épocas y en todas las culturas humanas del planeta. Ayudan a vivir. Los que defienden la hipótesis dualista sugieren que esta universalidad de los relatos prueba que el más allá no es una alucinación provocada por engranajes neuronales. Por ahora, las evidencias solo permiten asegurar una cosa: la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable.



domingo, 3 de marzo de 2024

Sobre las propiedades emergentes o sistémicas...

La caja negra del pensamiento

Nuestra creatividad es un misterio como la inteligencia artificial. Ambas encuentran nexos entre cosas dispares, pero no tenemos la menor idea de cómo lo hacen



Visitantes del Mobile World Congress (MWC) de Barcelona pasaban el martes ante un anuncio de Sapeon, 
una empresa de chips de inteligencia artificial.
BRUNA CASAS (REUTERS)





Uno de los mayores problemas de la inteligencia artificial (IA), quizá el principal de todos ellos, es su carácter de caja negra. Sabes la información que le metes, miras el texto que te devuelve, compruebas su corrección o su utilidad, pero no tienes ni idea de cómo lo ha hecho. Esto resulta muy frustrante. ChatGPT y sus colegas, que pronto serán cientos y luego miles, generan resultados que nadie, ni siquiera sus propios creadores, habían imaginado. Algunos son puras y simples mentiras, o fantasías si prefieres llamarlas así, pero otros encuentran ángulos que el usuario no había previsto. Los modelos grandes de lenguaje (large language models, LLM), la clase de algoritmos a los que pertenece ChatGPT, muestran ciertas propiedades emergentes, propiedades del sistema que no pueden predecirse por sus componentes.


La complejidad emergente parece magia, pero no tiene nada de exótica. Ni el nitrógeno (N) ni el hidrógeno (H) huelen a amoniaco (NH₃), luego el olor a amoniaco es una propiedad emergente. Un gen es una ristra de letras a, g, t, c, pero la información que contiene no está en las letras, sino en su secuencia. La información genética es un fenómeno que emerge de esos humildes compuestos químicos que no significan nada en sí mismos. Si solo estudias las neuronas, nunca llegarás a entender el circuito neuronal que te permite entender este artículo. Tu comprensión del lenguaje está hecha por entero de neuronas, pero solo existe un piso más arriba, al nivel de los circuitos. La complejidad emergente es un tema central de la ciencia, desde la física de partículas hasta la neurología y más allá.


¿Qué tiene entonces de particular que la IA genere ideas impredecibles? El azar no me sirve como explicación, porque no estoy hablando de un cuñado que profiere la primera estupidez que le viene a la cabeza, sino de asociaciones relevantes y significativas, a veces fructíferas, el tipo de idea que te hace exclamar: “¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello!”. He entrecomillado esta frase porque es justo la que pronunció Thomas Huxley cuando Charles Darwin le explicó su teoría de la evolución por selección natural. Un pequeño ejercicio de historia-ficción: si ChatGPT hubiera existido en el siglo XIX, ¿podría haber dado con la idea de Darwin? ¿Seguro que no?


Otra forma de preguntar lo mismo es: ¿en qué consiste la creatividad humana? Darwin se había tirado cinco años de travesía en el HMS Beagle estudiando fósiles, tortugas y pinzones, y fue solo tras regresar a suelo británico que, leyendo por casualidad un libro del reverendo Thomas Malthus, dio con una de las mejores ideas de la historia, la selección natural: nada dirige la adaptación de los individuos; es simplemente que el que no se adapta palma, y la población en su conjunto, formada por los supervivientes, se vuelve más adaptada por definición. ¡Qué increíblemente estúpido no haber pensado en ello! Hagamos ahora un segundo ejercicio de historia-ficción: ¿qué habría pasado si Darwin no se hubiera topado con el libro de Malthus?


La gran ventaja competitiva de ChatGPT es que él siempre ha leído el libro de Malthus. Lo ha leído todo, y por tanto puede hallar nexos —vínculos, analogías, metáforas— entre sectores del conocimiento muy lejanos y dispares, como los pinzones de las islas Galápagos y las teorías económicas de un reverendo. La creatividad humana consiste precisamente en hallar esos vínculos inesperados, pero requiere un conocimiento previo y detallado de cada uno de los dos sectores que van a ser vinculados.


En el fondo, nuestra creatividad es una caja tan negra como la inteligencia artificial. Ambas encuentran nexos entre cosas dispares, pero no tenemos la menor idea de cómo lo hacen. Así está el tema.