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martes, 30 de julio de 2024

Solo dudando adquirimos ciertas verdades, algunas certezas. Tal vez.

Quizás, quizás, quizás

Mafalda ya nos advirtió del peligro: “El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”


Fernando Vicente




Somos seres opinadores y, en el frenesí de comentarlo todo, es fácil precipitarse por la rampa tramposa de la generalización apresurada. Las fotos veraniegas de las redes nos convencen de que todos los demás son más felices. La rabieta de un niño conduce a sermonear sobre los padres que ya no educan a sus hijos, y de ahí al declive de la familia hay un solo paso. Nada más tentador que convertir casos aislados en causa general. Este mundo de urgencias y apocalipsis otorga más credibilidad a las afirmaciones simplificadas, contundentes y sin fisuras, incluso vociferantes, como si fuesen prueba de conocimiento y capacidad de liderazgo, mientras ignora a quienes tienen el valor de compartir sus perplejidades. Olvidamos que, a veces, las cataratas de certezas brotan de los labios más intransigentes. Mafalda nos advirtió del peligro: “El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta”.


Los filósofos escépticos de la antigua Grecia se empeñaron en combatir esas resbaladizas creencias. Invitaban a cultivar la duda, y defendían con valentía los matices y las ambigüedades. Por supuesto, animaban a actuar razonablemente, pero sin jactarse de tener la razón. Afirmar siempre con cautela. “No digas ‘así es’, sino ‘me parece que es’; di ‘siento frío’, en lugar de ‘hace frío’, porque otro podría tener calor”, escribió un sabio griego, anticipando las batallas campales por la temperatura del aire acondicionado en las oficinas. La palabra escéptico no significaba en origen nada semejante a descreído o cínico. En griego skepsis aludía a una investigación, a la observación y el examen a fondo de cada asunto. Entre los extremos del dogmatismo y el relativismo, hay una senda menos transitada: aspirar a saber más y mejor, con prudencia y cuidado, sin complacencia ni credulidad. Revisar y repensar incluso las verdades más blindadas. Ambiciosa utopía para escépticos.


El fundador de esta escuela, Pirrón, “carecía de fama, era pobre y pintor”. Se enroló en la expedición de Alejandro Magno y conversó con los yoguis indios —gimnosofistas hindúes o “filósofos desnudos”— milenios antes de nuestra fascinación contemporánea por el yoga. También se codeó con los magos iranios, sacerdotes del zoroastrismo. “De ahí parece provenir su muy noble manera de filosofar”, escribió el historiador Diógenes Laercio. Al entrar en contacto con otras culturas e ideas, fue capaz de poner en duda sus propias convicciones. Se declaró partidario de una vida sencilla y apacible, sin arrojar juicios como piedras a diestra y siniestra. Decidió dedicar su vida a demostrar que nada se puede demostrar. No escribió ni una línea, posiblemente para evitar la tentación de dogmatizar. Por suerte tuvo un seguidor menos escrupuloso, Timón, que anotó sus enseñanzas: gracias a él, sobrevivieron al olvido.


Pirrón aspiraba a combatir los dogmas para liberar a la humanidad de la inquietud, la hostilidad y el conflicto. En la duda infinita, pretendía encontrar entereza, clarividencia y sosiego. Afirma su biografía que “tuvo muchos seguidores, por su tranquilidad”. Al volver a Grecia tras luchar en las tropas de Alejandro Magno, compartió un humilde hogar con su hermana matrona —el problema de la vivienda también era asfixiante para los filósofos precarios de la época—. Otro pensador, Sócrates, hijo de la partera Fenareta, conoció de cerca la labor de una comadrona. En el diálogo Teeteto, Sócrates dijo ejercer el mismo oficio que su madre, y bautizó a su método como mayéutica, es decir, ayudar a dar a luz, asistir en el parto: “Los que conversan conmigo nada aprenden de mí, sino que encuentran en sí mismos bellos conocimientos, que yo solo ayudé a concebir y alumbrar”. Sócrates y Pirrón, adalides de la duda, convivieron con mujeres cuidadoras y dedicaron sus esfuerzos intelectuales a engendrar una filosofía sanadora. Recalca su biógrafo Diógenes Laercio que Pirrón limpiaba la casa, algo muy inhabitual en la época. Además, alcanzó los 90 años, edad poco frecuente. Quizá vivan más años los hombres que se ocupan de las tareas domésticas, si me permiten la generalización apresurada.


En nuestra —poco higiénica— aldea mediática de titulares histéricos, condenas instantáneas y afirmaciones rocosas, podría ser útil recuperar esta herencia. Un toque de pirronismo nos ayudaría a entender que no vemos el mundo como es, sino como somos. Está comprobado que tendemos a creer las informaciones que afianzan nuestras convicciones —por infundadas que parezcan— y a cuestionar los datos que las rebaten –por sólidos que sean–. En psicología lo denominan “sesgo de confirmación”, y documentan que se produce en todo el espectro ideológico, incluso entre quienes se enorgullecen de poseer una mente abierta y un insobornable sentido crítico. Más que el famoso “ver para creer”, parece que se trata de creer para ver.


Modos de ver fue el título de un programa que sacudió la historia mundial de la televisión. En 1972, un joven y pelilargo John Berger, con cierto aire de filósofo griego callejero, lanzó un discurso poco convencional sobre el arte. Aconsejó al público de la BBC buscar en los museos, más allá del aura de misterio y religiosidad que impregna las obras expuestas, el discurso agazapado del poder. Advirtió que todas las imágenes incorporan los sesgos, prejuicios y manipulaciones de su tiempo y, por eso, la mirada nunca debería renunciar a su potencia crítica. El libro que recopila aquellas reflexiones se ha convertido en un clásico, estudiado en grados de arte y de comunicación. Al acabar aquella mítica primera emisión, mirando directamente a cámara, Berger interpeló a los telespectadores: “Espero que tomen en cuenta lo que les he dicho. Pero sean escépticos con ello”. Y así invocó al espectro del indómito Pirrón, pintor en su juventud, hasta que abandonó el pincel para empuñar el bisturí de la duda.


Cuando la realidad parece sumergirse en la niebla de la complejidad y la incertidumbre, resuenan con más fuerza las voces seguras de sí mismas, las más decididas, aquellas que se abren camino a través de la jungla del mundo acorazadas con ideas rotundas. Aplomo y férrea convicción son requisitos para imponerse, mientras, para muchos, el pensamiento que matiza y duda no sirve de guía para la comunidad. En una época que pide a gritos carácter emprendedor y liderazgos rotundos, las personas introvertidas y tímidas quedan expulsadas de la carrera del éxito social en la línea de salida. Si apuestas por la meditación y la mirada contemplativa, pareces un apocado aspirante al fracaso. Con la loable intención de ayudarnos a triunfar, nos aconsejan por doquier rapidez y contundencia: vendernos bien y pensar menos. Por el contrario, Sócrates y Pirrón dejaron un legado milenario —un contundente éxito— al afirmar que sus únicas certidumbres eran el filo de la duda y el destello de la curiosidad. Les interesaba el diálogo, la conversación serena entre opiniones discrepantes, donde la contradicción, lejos de despertar desconfianza, actúa como motor de conocimiento y del deseo de aprender. Sócrates, que combatía la inercia del pensamiento y el poder casi invencible de los estereotipos, pensaba que los más graves errores no los cometen los ignorantes conscientes, sino los que creen saber. Quienes vociferan convencidos suelen mostrarse poco abiertos a reflexionar y ser flexibles. En tiempos de juicios y prejuicios acelerados, vuelve a ser terapéutica la prudencia de aquellos escépticos: solo dudando adquirimos ciertas verdades, algunas certezas. Tal vez.


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Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por su libro El infinito en un junco (Siruela).

miércoles, 11 de enero de 2023

Disonancia cognitiva y escepticismo


La disonancia cognitiva es un “estado de tensión que surge cuando una persona mantiene dos ideas, actitudes, creencias u opiniones que son psicológicamente inconsistentes una con otra”, como escriben los psicólogos Carol Tarvis y Elliot Aronson en su libro Mistakes Were Made (But Not By Me) (Se han cometido errores, pero no por mí).

Cuando somos víctimas de estas tensiones y discrepancias, muchas veces ni las reconocemos ni las rectificamos. Al contrario, hacemos como los astrólogos (sobre todo los tauro) y nos mantenemos firmes en nuestras creencias, incluso con más ahínco que antes.

De hecho, el estudio de la disonancia cognitiva lo inició el psicólogo Leon Festinger después de que en 1954 Marian Keech anunciara que el fin del mundo tendría lugar el 21 de diciembre. Todos los humanos perecerían salvo su grupo de fieles, a quienes rescataría una nave espacial. Los seguidores de Keech más comprometidos con la causa, los que habían vendido sus propiedades confiando en que dejarían el planeta, no solo no se enfadaron con su líder al ver que el mundo seguía tal cual el 22 de diciembre, sino que aumentaron su fe y sus esfuerzos proselitistas.

Es decir, cuanto más nos comprometemos con una idea, más nos cuesta renunciar a ella por muy evidente que sea nuestro error.

La disonancia cognitiva no es algo que pase solo a gente metida en sectas o a víctimas de teorías de la conspiración: es común y nos afecta a todos. Pensemos en las excusas de los fumadores para no dejar el tabaco a pesar de que saben que les puede matar: “en mi familia no hay casos de cáncer”, “no todos los fumadores enferman”, “me compensa porque me relaja”...

También la sufrimos a menudo cuando hablamos de política. Tarvis y Aronson escriben de lo que ocurrió cuando los estadounidenses supieron de forma definitiva que no había armas de destrucción masiva en Iraq y que el presidente Bush había usado una mentira para invadir el país:

  • Muchos votantes republicanos se negaron a aceptar las pruebas y defendieron que sí había armas en Iraq.
  • Los demócratas no se libraron de la disonancia: antes de la invasión, el 46% estaba a favor de la intervención militar; sin embargo, en 2006 solo un 21% recordaba haber estado de acuerdo. Es decir, más de la mitad “olvidó” haber creído en algún momento que la guerra estaba justificada

Hay dos formas de enfrentarse a la disonancia: una ya la hemos visto, es la de hacer toda clase de piruetas psicológicas para justificarnos; la segunda es más difícil y consiste en admitir que estábamos equivocados y rectificar.

No es fácil: cuando alguien pone en evidencia que estamos en un error, nuestro primer instinto es atrincherarnos y defender nuestras ideas con argumentos cada vez más hostiles. Pero como explica Kathryn Schulz en su libro En defensa del error, dudar acerca de nuestras certezas impulsa “la curiosidad, la posibilidad y el asombro”, además de la empatía, ya que nos abrimos más fácilmente a considerar otras opiniones y puntos de vista.

Si queremos aprender de nuestras equivocaciones, necesitamos aprender también a escuchar y a frenar nuestras ganas de opinar todo el rato. Sobre todo, para no terminar siendo prisioneros de ideas que hemos defendido con una pasión y agresividad desproporcionada.

Podemos acordarnos del ejemplo de los escépticos griegos. Esta escuela de pensamiento surge en la Grecia helenística, en el siglo III a. C., y es contemporánea a cínicos, estoicos y epicúreos. Sus primeros representantes —Arcesilao, sexto sucesor de Platón al frente de la Academia, y Pirrón de Ellis— sostenían que debemos resistirnos a los bandos en las discusiones porque no existe un criterio de verdad universal. Pirrón proponía que nos abstuviéramos de opinar (la epojé) para así alcanzar la ataraxia, la paz mental, la tranquilidad.

En sus Esbozos pirrónicos y Contra los matemáticos, Sexto Empírico expone una idea con la que podemos estar más fácilmente de acuerdo que con esta renuncia radical al conocimiento. El escéptico es alguien “comprometido con la investigación” y no alguien “que llega a doctrinas ya establecidas y aboga por ellas”, como escribe A. C. Grayling en su Historia de la filosofía. El objetivo no es llegar a lo que nos parece la verdad y quedarnos ahí tan ricamente, sino comprometernos con un proceso de aprendizaje continuo, de investigación constante, porque sabemos que lo que pensamos puede estar equivocado o simplemente ser incompleto.

Las obras de Sexto Empírico se tradujeron al latín en el siglo XVI e influyeron en autores como Montaigne, Descartes, Hume, los ilustrados… Hasta nuestros días: vemos su huella en los filósofos de la ciencia, práctica que se define por su método y no por sus resultados. La ciencia no es “la verdad”, sino el sistema que nos ayuda a darnos cuenta de cuándo estamos equivocados.

Y conviene recordar que nos equivocamos mucho.  Yo me equivoco varias veces cada día. 

Jaime Rubio Hancock

Es el editor de boletines de EL PAÍS y columnista en 'Anatomía de Twitter'. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Estudió Periodismo en la UAB y Humanidades en la UOC. Es autor del ensayo '¿Está bien pegar a un nazi?' (Libros del KO).