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miércoles, 9 de septiembre de 2026

Con el fin de la guerra, Sartre convirtió a su amigo —y de paso a sí mismo, que había vivido la Ocupación desde la barrera— en el epítome de una nueva figura: el intelectual comprometido.

Sartre-Camus, ganar el debate después de muerto

El autor de ‘El extranjero’ no vivió para ver cómo el tiempo le daba la razón en su crítica al totalitarismo soviético. Murió en un accidente de tráfico

Camus y Sartre. ... EL PAÍS (con fotos de Getty Images)



“La historia contemporánea ha creado una nueva clase de seres humanos: la de los que son confinados en campos de concentración por sus enemigos y en campos de internamiento por sus amigos”. Hannah Arendt, una de las mentes más lúcidas del siglo XX, escribió estas palabras en Estados Unidos, tras huir del nazismo en Alemania y de la deportación en Francia. Terminada la guerra, viajó regularmente al viejo continente para comprobar, por un lado, cómo muchos de sus compatriotas alemanes tomaban por meras opiniones los actos del régimen nazi. Por otro, cómo muchos filósofos franceses justificaban el horror estalinista para no dar argumentos al capitalismo, cuyos abusos se resumían en un sintagma que hizo fortuna: violencia estructural. Había estallado la Guerra Fría y un telón de acero dividía países y mentes.

Durante su gira europea de 1952 relató a su marido una visita a París con esa sinceridad reservada a las cartas: “Ayer vi a Camus; sin duda, el mejor hombre que hoy tiene Francia. Está muy por encima del resto de los intelectuales”. Y también: “En cuanto a Sartre et al, no los veré; no tendría sentido. Están completamente inmersos en sus teorías y viven en un mundo hegelianamente organizado”. Por entonces, la intelectualidad francesa -que era como decir occidental- se había polarizado en torno a sus dos figuras señeras, el novelista y el filósofo del momento, dos amigos a punto de dejar de serlo: Albert Camus y Jean-Paul Sartre. El primero era a su pesar el beato angélico de la tendencia de moda, el existencialismo. El segundo ejercía de buen grado como sumo pontífice (en versión laica: mandarín).

Semanas antes de la visita de Arendt, Camus había publicado su ensayo más famoso, El hombre rebelde, que Sartre leyó como un ataque a su fe política: los postulados del Partido Comunista, que seguía los de la URSS, es decir, de Stalin. Consciente de que su obra de teatro Las manos sucias no había gustado al aparato, prohibió su montaje en Viena para que no coincidiera con un congreso “por la paz” promovido por Moscú y al que él acudía como estrella invitada.

La paradoja es que Camus sí había sido militante del PC en la Argelia de su juventud, colonia francesa. Dos años, entre 1935 y 1937. La defensa de sus vecinos árabes, su preferencia por el sindicalismo de base y por el socialismo libertario encajaban mal en una organización vertical. Como los personajes de la última canción existencialista de Charli xcx, tanto Sartre como Camus hablaban desde un apartamento parisino: uno desde la teoría, el otro desde la vida real. Hijo de un pied noir muerto en la Primera Guerra Mundial cuando él tenía apenas un año, el futuro escritor se crio en el Argel más pobre con su madre, analfabeta, y con su abuela, una menorquina de armas tomar. Solo el empeño de su maestro hizo que no dejara la escuela para llevar un jornal a casa. Años después, su alumno le dedicaría el discurso del Nobel, culmen de una carrera cuyo primer gran hito fue El extranjero (1942).

Su talento literario y su papel en la Resistencia al frente del diario Combat fascinaron a Jean-Paul Sartre, formado en la elitista École Normale Supérieure y consagrado como autor de un ensayo capital: El ser y la nada. Con el fin de la guerra, Sartre convirtió a su amigo —y de paso a sí mismo, que había vivido la Ocupación desde la barrera— en el epítome de una nueva figura: el intelectual comprometido.

Para Sartre, el compromiso era con la causa comunista, sin fisuras, costase los sacrificios (ajenos) que costase. Todo anticomunista era “un perro”, llegará a decir. Para Camus, con la causa de la verdad y del respeto a la vida, estuvieran en el bando que estuviera. A Sartre no le gustaba, por supuesto, el Gulag, pero lo colocaba en la balanza con la pena de muerte en Estados Unidos. Además, justificaba así la violencia contra las “opresivas” democracias occidentales: el descontento debía a veces “transformarse en huelga, la huelga en reyerta y la reyerta en asesinato”. Para Camus, el fin no justifica los medios y ni una sola vida debe sacrificarse en el altar de la Historia. Ni víctimas ni verdugos: “Rusia es hoy una tierra de esclavos rodeada de torres de vigilancia. Que ese régimen concentracionario sea adorado como instrumento de liberación y como una escuela de felicidad futura es lo que combatiré hasta el fin”.

Albert Camus volcó esas ideas en El hombre rebelde, que vendió 60.000 ejemplares en cuatro meses, cifras que hoy envidiaría cualquier editor. Su éxito multiplicó el eco de la tronante ruptura que tuvo como campo de batalla las páginas de Les Temps Modernes, la revista dirigida por Sartre. A la reseña encargada a un discípulo del director ―20 páginas de ácido sulfúrico contra la “inconsistencia” filosófica de Camus, su sed de moderación y su “moral de Cruz Roja”― le siguió la irónica pero dolida réplica del aludido, condenado al ostracismo progresista por los “nuevos ricos de la Justicia”. Más tarde, la esperada contrarréplica del propio Sartre, brillante y maniquea. Por fin el mejor alumno de filosofía podía decirle al estudiante más querido de la clase que no ha entendido a Hegel.

La república de las letras dio por vencedor a Sartre. La caída de la URSS tiempo después dio la razón a Camus. “Vivir es verificar”, había escrito. No fue su caso. Murió en un accidente de tráfico en 1960. Su examigo escribió una sentida pero medida necrológica. En 1964 también Sartre ganó el Nobel, pero lo rechazó. En 1975 reclamó el dinero a la Academia Sueca para destinarlo a una iniciativa humanitaria.

jueves, 9 de febrero de 2023

SENTIDO DE LA VIDA

 

¿Por qué no saltas de la cima, Sísifo?

¿Es Sísifo feliz porque cada día que pasa está más cachas?

Sísifo, fundador y rey de Éfira (Corinto), fue un tirano castigado a pasar la eternidad empujando una enorme piedra montaña arriba. Justo antes de llegar a la cima, la roca caía montaña abajo y Sísifo tenía que volver a comenzar de nuevo.

Este castigo se ha visto como metáfora de cualquier tarea rutinaria y sin sentido, de estas que no acaban nunca y que repetimos cada día sin que veamos progresos significativos. Como, por ejemplo, ir a la oficina o a la redacción cada día de nueve a seis.

Camus va más allá y se pone bastante dramático nada más empezar su ensayo, El mito de Sísifo: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder la cuestión fundamental de la filosofía”.

El filósofo apunta que en nuestro día a día no nos detenemos a pensar en el sentido de la vida. Vamos con el piloto automático en el atasco, en la oficina, en el súper y cuando vemos nuestras series favoritas. Hasta que algo hace que nos paremos y nos preguntemos por el sentido de todo eso, si sirve para algo. Esa pausa para la reflexión puede venir de una muerte cercana, un accidente, una enfermedad, un despido… Pero no hace falta que sea algo trágico: Camus plantea que Sísifo se hace estas preguntas y piensa en su “miserable condición” cuando baja la colina tras la roca, como si nosotros nos las hiciéramos volviendo a casa en el autobús.

¿Por qué volver a empujar la piedra si está claro que no va a poder dejarla arriba en perfecto equilibrio? Ante la pregunta por el sentido de la existencia, Camus niega la validez de cualquier explicación, ya sea religiosa, científica o filosófica. De hecho, él cree que la vida es absurda y que ese absurdo es el resultado de unir nuestra necesidad de plantearnos preguntas fundamentales y la imposibilidad de llegar a respuestas.

Para este escritor existencialista (aunque el prefería "absurdista") hay tres posibles salidas:

  • El suicidio. Matarse es “confesar que la vida nos supera o que no la entendemos”. Supone reconocer, “aunque sea instintivamente”, “la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento”.
  • El suicidio metafórico en forma de aceptación de consuelo religioso, que mata una parte de nosotros, la que debe mirar de frente a la vida.
  • Y la aceptación e integración de lo absurdo en nuestra vida.

Esta última es la opción que defiende en su libro: entender que el mundo es absurdo y que nuestra existencia también lo es. La respuesta a la falta de sentido consiste en vivir con integridad, con pleno conocimiento de lo que hay y en rebeldía: “No hay espectáculo más hermoso para un hombre sin anteojeras que el de la inteligencia enfrentada a una realidad que la supera”.

El gozo de Sísifo (y el nuestro) está en que “su destino le pertenece” y en que es “dueño de sus días". Y lo es gracias a entregarse al absurdo: "En ese instante sutil en el que el hombre se vuelve sobre su vida, Sísifo, regresando hacia su roca, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado con su muerte”.

Y cierra: “La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

¿Qué es el heroísmo? ¿Y tú me lo preguntas?

Las ideas de Camus están entre las de Søren Kierkegaard, precursor del existencialismo, y las de sus compañeros (y adversarios a ratos) Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Como recuerda Sarah Bakewell en El café de los existencialistas, Kierkegaard explicaba el absurdo con el relato de Dios pidiéndole a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. “Esta historia demuestra que debemos hacer esa especie de salto imposible para continuar con la vida después de que se nos hayan revelado sus deficiencias”. Eso sí, en el caso de este filósofo danés, la fe y Dios son una respuesta a la angustia por el sentido de la vida. Sartre y De Beauvoir también parten de esa angustia, de esa náusea, pero para ellos la vida no es absurda, sino que puede llenarse de sentido mediante el compromiso con el mundo.

En realidad, también hay compromiso en la vida y la obra de Camus, aunque teñida de absurdo y de impotencia. Podemos recordar lo que dice el doctor Rieux en su novela La peste. Orán está cerrada por una epidemia y el doctor es uno de los que hace lo que puede por ayudar a sus pacientes, en un libro que se ha leído como un relato de la resistencia ante la ocupación nazi de Francia, de la que Camus formó parte.

“No se trata de heroísmo —dice Rieux—. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar con la peste es la honestidad”. ¿Y qué es la honestidad?, le pregunta Rambert. “No sé qué es, en general. Pero, en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio”.

JAIME RUBIO HANCOCK ... MIÉRCOLES, 8 DE FEBRERO DE 2023

Jaime Rubio Hancock Es el editor de boletines de EL PAÍS y columnista en 'Anatomía de Twitter'. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Estudió Periodismo en la UAB y Humanidades en la UOC. Es autor del ensayo '¿Está bien pegar a un nazi?' (Libros del KO).