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viernes, 9 de febrero de 2024

Sobre el control de los deseos

 

Frédéric Lenoir, filósofo: “El porno crea miedo a las relaciones sexuales”

El ensayista francés publica ‘Filosofía del deseo’, un libro donde ofrece un recorrido histórico y filosófico para comprender la naturaleza de los deseos y cómo dirigirlos hacia lo que realmente nos beneficia


                           El escritor Frederic Lenoir posa durante una sesión de retratos en París, Francia, el 20 de marzo de 2016.
                   ERIC FOUGERE - CORBIS (CORBIS VIA GETTY IMAGES)





La conversación con el filósofo francés Frédéric Lenoir fluye mejor en terreno llano. No es que este autor, que ha vendido millones de ejemplares con sus libros, evite los temas polémicos o sea contrario a la confrontación; simplemente, está conectado a la videollamada desde un coche, en compañía de unos amigos, y la conexión se deteriora notablemente cuando suben por la ladera de una montaña en la carretera de Los Ángeles. “Justo me habéis pillado en mitad de un road trip, y mis amigos tienen un compromiso ineludible. Prometo que en cuanto podamos, nos detendremos en un arcén”, se disculpa.


El arcén tardó en llegar, exactamente, hasta la última pregunta. Por suerte, la claridad expositiva que Lenoir exhibe en sus obras, resistió en una conversación congelada en cada cambio de altura. Acaba de publicar Filosofía del deseo (Ariel, 2024), un ensayo en el que aborda la importancia del deseo en la vida humana, la necesidad de regularlo en un mundo saturado de opciones y tecnología, y la contribución de las redes sociales, la sociedad de consumo y la pornografía en el declive de lo que el filósofo Henri Bergson llamaba el “élan vital” (impulso vital en francés).


Pregunta: En su último libro, usted afirma: “Un ser humano sin ningún deseo es un muerto viviente”. ¿Por qué es tan importante el deseo en nuestras vidas?


Respuesta: Creo, como decía Spinoza, que el deseo es lo que constituye nuestra singularidad como seres humanos. Es el motor fundamental de nuestra existencia; sin él, no tendríamos ganas de vivir, ni de levantarnos por las mañanas. En cierta medida, la depresión es una enfermedad que se puede definir como una ausencia de deseo. Estoy firmemente en contra del enfoque ascético que busca suprimirlo, ya que considero que ello equivaldría a perder nuestra humanidad. Para mí, la clave radica en cómo dirigir el impulso del deseo de manera constructiva.


P: Incluso relaciona el deseo con la crisis ecológica. ¿El futuro de la humanidad pasa por aprender a regular nuestros deseos?


R: Sí. La alianza actual entre la tecnología y el liberalismo ecológico permite a la mayoría de nosotros responder a los incentivos de la parte más primitiva de nuestro cerebro, que nos hace desear siempre más. Esta huida hacia adelante es catastrófica desde el punto de vista ecológico, porque un crecimiento infinito es algo imposible en un mundo finito con recursos limitados. Además, es una fuente de insatisfacción permanente para aquellos que nunca están satisfechos con lo que tienen.


P: ¿Cómo es posible discernir los deseos auténticos y beneficiosos de aquellos que vienen inculcados por la sociedad de consumo, la familia o la religión dominante?


R: Ahí no podemos escapar de lo que nos dice Sócrates: conócete a ti mismo. Debemos realizar un trabajo de introspección para observarnos. Se trata de una labor de observación crítica de uno mismo, que puede llevarse a cabo mediante el psicoanálisis, la introspección personal, o la meditación. Con el tiempo y la experiencia, uno logra conocerse a sí mismo. Esto es lo que Jung denomina el proceso de individuación. Normalmente, ocurre entre los 35 y los 50 años, ya que antes uno está atrapado en la influencia de la sociedad y la familia. Sin embargo, llega un momento, en la mitad de la vida, en el que uno se pregunta: ¿He elegido bien mi profesión? ¿He elegido bien mi pareja? Tal vez necesite hacer algo que me haga sentir más feliz y más útil en la sociedad. Es por eso que muchas personas buscan terapia y reorientan su vida a esa edad, porque buscamos lo que nos conviene como individuos.


P: Usted practica el ayuno y, diariamente, solo se permite 20 minutos de información; además, es un declarado defensor del mindfulness. ¿No contribuyen estas prácticas, como usted ha criticado previamente, a “suprimir el deseo”?


R: Yo soy muy epicúreo. Ser epicúreo no implica buscar una abundancia o cantidad de deseos, sino más bien priorizar la calidad sobre la cantidad. Es mejor tener poco alimento de mucha calidad, que mucho alimento de poca calidad. Esta ética se centra en moderar nuestros deseos, no en suprimirlos por completo: se trata de limitarlos a lo esencial y lo valioso. Al practicar el ayuno, busco acostumbrar mi cuerpo a limitar sus deseos y a saborear aún más cualquier alimento. Al restringir la cantidad de información que consumo diariamente, busco evitar la saturación mental y el estrés que provoca un exceso de información, que suele ser mayoritariamente negativa. Diría que todos deberíamos limitar nuestros deseos para ser más felices y mejorar nuestra calidad de vida.


P: ¿Era más fácil gestionar el deseo en tiempos de Epicuro o Aristóteles que en la actualidad?


R: Sí y no. Por un lado, la gestión del deseo ha sido un tema estudiado a lo largo de toda la historia de la filosofía. En ese sentido, el núcleo del ser humano no ha cambiado. Lo que ha cambiado drásticamente es el entorno social, que exacerba las dificultados para regular el deseo, porque no hoy no podemos sino desear. La posibilidad de hacerlo todo complica la vida de muchos occidentales, que a menudo están indecisos, sin saber bien qué quieren, ni qué es lo mejor para ellos. Una enfermedad moderna, bien descrita en el libro La fatiga de ser uno mismo, de Alain Ehrenberg, es el agotamiento resultante de intentar ser auténtico. La búsqueda de la autenticidad está bien, pero puede ser agotadora, y muchos individuos se sienten cansados porque tienen demasiadas opciones entre las cuales elegir. Cuando tienes tantas opciones, intentas hacerlo todo y, al final, no haces nada bien. Una vez más, nos encontramos más centrados en la cantidad que en la calidad.


P: En el libro, usted analiza cómo se manipula el deseo de los jóvenes, especialmente a través de las redes sociales.


R: La gran mayoría de los adolescentes están completamente enganchados a las redes. Es una especie de esclavitud; necesitan constantemente revisar las notificaciones. De hecho, trabajadores de importantes empresas tecnológicas reconocen que las redes sociales están diseñadas para manipular la psicología de los jóvenes, alimentando su necesidad de reconocimiento a través de los “me gusta”. El dilema radica en cómo regular esto, lo cual es muy complicado, ya que globalmente resulta extremadamente difícil regular las redes sociales. Personalmente, creo más en la autodisciplina. Por un lado, los padres deberían limitar el uso de las plataformas a sus hijos en la medida de lo posible; sin embargo, lo mejor que podemos hacer es ofrecer a los adolescentes algo que los motive más que las redes sociales.


P: ¿Como qué?


R: El filósofo Baruch Spinoza explica que es posible superar una adicción a un deseo mal orientado que nos hace infelices, simplemente mediante la fuerza de la razón y la voluntad. Para lograrlo, es necesario generar un afecto positivo más poderoso que el que deseamos contrarrestar, y así redirigir nuestro deseo hacia algo, ya sea una persona, una actividad o un objeto, que nos brinde un mayor bienestar. Conozco el caso de una joven que estaba completamente adicta a las redes sociales. Sus padres intentaron ayudarla a superar esta adicción y descubrieron que le apasionaban los caballos. Ahora, los caballos se han convertido en su nueva pasión y ha dejado su antigua adicción. Es crucial ofrecerles experiencias reales que les proporcionen una mayor satisfacción que la que puedan obtener de las plataformas.


P: También expresa su preocupación por el agotamiento sexual de los jóvenes.


R: Efectivamente, existe un problema de deseo sexual en las generaciones jóvenes. Varios estudios han demostrado que los jóvenes tienen cada vez menos impulso sexual, lo cual se atribuye fundamentalmente al consumo de pornografía. El sexo les asusta. A los chicos les preocupa la idea del rendimiento asociada a la actividad sexual. Muchos jóvenes adultos hablan de su temor a no ser lo suficientemente buenos, a no proporcionar suficiente placer a su pareja o a no obtenerlo ellos mismos. A las chicas les preocupa no disfrutar según lo esperado y tienen un mayor temor a la violencia. Por esta razón, prefieren optar por la castidad en lugar de enfrentarse al riesgo de tener relaciones sexuales o prácticas forzadas. El porno crea miedo, sin duda.


P: Y el contacto físico, también.


R: La gente se ha acostumbrado al mundo virtual, ya que las interacciones directas resultan más confusas y complicadas. Los jóvenes ya no están seguros de lo que quieren, tienen miedo a establecer relaciones y temen al otro. Deciden que pueden satisfacerse mejor individualmente que en compañía de otra persona. Todos estos factores hacen que en la actualidad las relaciones físicas directas, no solo de naturaleza sexual, sino también emocional y afectiva, resulten intimidantes para muchas personas.


P: Algunos de estos jóvenes, especialmente varones, han encontrado un refugio en la doctrina estoica.


R: El éxito del estoicismo en la actualidad, en mi opinión, se debe a varios factores. En primer lugar, su accesibilidad. Existen una serie de máximas, recetas y fórmulas que uno puede intentar aplicar en su vida diaria. Los estoicos comprendían esta dimensión de la filosofía práctica que puede ayudarnos a vivir bien a través de principios perfectamente aplicables en la actualidad. Por ejemplo, Epicteto, en su Manual de Vida, diferencia entre lo que está bajo nuestro control y lo que no lo está; lo que depende de nosotros es lo que podemos cambiar, mientras que lo que no, es mejor aceptarlo con serenidad en lugar de frustrarnos, ya que así evitamos sufrir dos veces. Estas enseñanzas son claves para una vida más plena.


P: ¿Y el otro motivo?


R: El otro motivo es que nos enseña a regular nuestros deseos. Nos enseña a soltar lastre, a dejar ir. En un mundo donde constantemente deseamos cosas, donde anhelamos todo, pero no podemos tenerlo todo, nos sentimos profundamente insatisfechos y atrapados en un frenesí de deseos. Como bien decía Kant, buscar la felicidad a través del deseo es una fantasía irracional. El estoicismo nos enseña que para ser felices debemos limitar nuestros deseos y aceptar la realidad tal como es. Aprender a decir sí a la vida, soltar lastre y aceptar la realidad. Ese trabajo de la aceptación de la realidad es una buena filosofía, y está en el corazón del estoicismo.


P: Hace tres años denunció públicamente la creación del pase sanitario y la decisión de encerrar a la gente en sus casas.


R: Estoy convencido de que una de las mejores maneras de vivir plenamente y sentirse verdaderamente vivo es aceptar la muerte. Si toda nuestra vida se organiza en torno al miedo a morir, corremos el riesgo de llevar una vida muy limitada y mezquina. Los años marcados por la pandemia de la covid-19 han puesto de manifiesto esta obsesión por la salud en muchas personas y en la gestión política de la crisis: nada importaba más que salvar el mayor número posible de vidas, incluso a expensas de la libertad individual y del equilibrio psicológico y emocional de todos. En la primavera de 2020, denuncié esta política que consistía en elevar la salud como valor supremo. El miedo a la muerte nos lleva a tomar decisiones individuales y colectivas que limitan la vida, la esterilizan y le quitan todo su sabor.



jueves, 22 de junio de 2023

Perder con filosofía

 

La filosofía puede enseñarnos a perder...


JAIME RUBIO HANCOCK 
Filosofía inútil | EL PAÍS
MIÉRCOLES, 21 DE JUNIO DE 2023

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Vuelvo de vacaciones justo a tiempo para encontrarme en el periódico con un señor muy enfadado: “Si no salgo alcalde, que os zurzan a todos”. Esta fue la despedida de la política de Xavier Trias, de Junts per Catalunya, tras la votación en la que Jaume Collboni, del PSC, salió elegido alcalde de Barcelona. Lo paradójico es que, en el mismo discurso, Trias dijo que “se ha de saber ganar o perder con elegancia”, y no lo decía por él, sino por los demás.

Xavier Trias, durante su discurso este sábado en el pleno del Ayuntamiento de Barcelona: "Vaya, se ha enfadado."
Foto: ALBERT GARCIA



No nos perderemos en otro análisis político (que ya hay muchos), sino que vamos a hablar de si la filosofía puede enseñarnos a perder, algo que hacemos bastante a menudo, pero que nos gusta más bien poco. Normal: tiene efectos físicos desagradables. Cuando perdemos, se activan las mismas áreas del cerebro que se ponen en marcha cuando nos damos un golpe físico. En cambio, las victorias hacen que suban los niveles de testosterona, tanto en hombres como en mujeres, y esto nos hace sentir más poderosos. También se libera dopamina, un neurotransmisor que participa en la función de recompensa ante estímulos placenteros.

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De hecho, estamos programados para rehuir las derrotas. Como escribe el psicólogo Daniel Kahneman en Pensar rápido, pensar despacio, nuestra aversión a la pérdida supera con mucho nuestra inclinación a las ganancias. En un experimento, Kahneman propuso a los participantes una apuesta con una moneda: si salía cruz, perdían 100 dólares; si salía cara, ganaban 150. A pesar de que la apuesta parece ventajosa, la mayor parte de la gente la rechazaba. Es decir, no se trata solo de que nos guste más ganar que perder, sino que preferimos no perder a ganar.


Los estoicos: autocrítica y valor


Aprender a perder es un proceso largo, que empieza en la infancia. Por ejemplo, mediante los juegos, que ayudan a gestionar la frustración, la tristeza y la rabia. La filosofía también nos puede echar una mano. Los primeros filósofos que se nos vienen a la cabeza cuando pensamos en asumir las derrotas son los estoicos, de los que ya hemos hablado por aquí en alguna ocasión.

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Esta escuela arranca en Atenas con Zenón en el siglo cuarto antes de Cristo y siguió siendo influyente hasta el siglo dos después de Cristo. Para los estoicos hay que aceptar el orden natural de las cosas sin juzgarlo. Epicteto decía que hay cosas que dependen de nosotros y otras que no. Ganar las elecciones no depende de Trias, pero sí desear ganarlas. Y como ese deseo puede hacernos infelices, es mejor ahorrárnoslo.

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El estoicismo también nos enseña a ser más autocríticos. Es verdad que hay cosas que no dependen de nosotros, pero también hay muchas otras que sí. Al final, un político tiene que intentar ser el mejor candidato posible y dejar que los electores hagan el resto. Séneca decía que hay que encontrar valor en lo que hacemos, sin pensar en resultados ni consecuencias. Y no se puede encontrar valor en la mentira, por ejemplo, o en el insulto.

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El estoicismo quiere que desarrollemos virtudes como el valor, el autocontrol y la justicia. Una de las consecuencias es que podemos ser más críticos con nosotros mismos y ver la diferencia entre lo que es responsabilidad nuestra y lo que no. Siguiendo con el ejemplo, Trias podría haber visto dónde se quedó corto: convenció a más votantes que el resto de candidatos, pero no a los suficientes como para no necesitar apoyos, y tampoco supo convencer al resto de grupos parlamentarios de que su proyecto era el mejor (o el menos malo, como dijo Colau de Collboni).


Estatua ecuestre del emperador Marco Aurelio en Roma. / MJ (GETTY IMAGES)



Daniel Cohen: a veces ganas cuando pierdes


Un político también podría aprender de la filosofía que el debate público no es un combate en el que hay ganadores y perdedores. El filósofo estadounidense Daniel Cohen recuerda que el modelo de discusión más habitual es el que llama dialéctico, donde importa la táctica más que la sustancia. Es lo que vemos en tertulias, en debates electorales y en Twitter: lo que prima es el zasca, dejar mal al adversario y quedar bien nosotros. Si lo que decimos es una mentira o una verdad maquillada, da un poco igual.

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Este tipo de debate, dice Cohen, contribuye a la polarización, al nosotros contra ellos. Sobre todo porque no se nos hace muy difícil darle la razón a la persona contra la que debatimos de esta forma ni aunque la tenga. Y esto hace que sea cada vez más difícil negociar, llegar a un compromiso o colaborar.

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Él propone que cuando estemos participando en una discusión, nos identifiquemos también con la audiencia, que puede ser imaginaria. Si participamos en un debate, nos duele perder, pero si somos parte de un público ideal, lo que queremos no es solo que ganen los nuestros, sino aprender. Para Cohen, quien realmente gana un debate o una discusión no es quien consigue imponer sus ideas gracias a trucos retóricos, sino quien termina con una visión del mundo más amplia y más compleja que antes de empezar. Si pierdes, en realidad ganas, porque has aprendido algo.


Daniel H. Cohen en una charla TED.

Aristóteles y Mill: las ideas y los ciudadanos

Otra lección filosófica que podrían tener en cuenta los políticos (y nosotros) después de unas elecciones es que las elecciones y el debate de ideas también contribuyen, o deberían contribuir, a una sociedad mejor.

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Aristóteles decía que la virtud cívica consiste en promover la cooperación al participar en el gobierno de la polis, de la ciudad. Y es bueno que haya muchas ideas en la esfera pública porque así pueden competir con ellas, como decía John Stuart Mill. El debate público nos permite ver y debatir los méritos y defectos de cada una. Y un político, aunque haya perdido, también ha contribuido a este proceso. Ha dado voz a ideas de gente que no podía participar de modo directo.

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Es bastante complicado que los políticos y los partidos tomen nota de todo lo que decían estos pensadores y los pongan en práctica, pero nosotros, los demás, tenemos una ventaja sobre ellos: no somos candidatos a nada. No estamos obligados a pelearnos en Twitter ni a presentarnos a las elecciones. Y aun así podemos contribuir a mejorar el debate público, adoptando las ideas de Cohen y de Mill, e intentando dar algo de ejemplo.

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Podemos recordar también lo que escribe el filósofo Kwame Anthony Appiah en Cosmopolitismo: los debates, las discusiones, las conversaciones no sirven para convencer a nadie. Sirven para que nos acostumbremos a los demás y nos demos cuenta que las personas que piensan diferente no son malvadas ni estúpidas. Entender a los demás puede ser difícil, pero siempre es interesante. Y no hay ninguna obligación de llegar a un acuerdo. Yo puedo entender por qué alguien quiere bajar los impuestos o abaratar los despidos y seguir pensando que es un error.

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Y en un escenario de este tipo, estar equivocado no es una derrota, sino una forma de aprender. Aunque siga sin gustarnos.

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JAIME RUBIO HANCOCK

Es el editor de boletines de EL PAÍS y columnista en 'Anatomía de Twitter'. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Es autor del ensayo '¿Está bien pegar a un nazi?' (Libros del KO) y de 'El gran libro del humor español' (Arpa).

domingo, 20 de noviembre de 2022

¿Estoicos y modernos?

 ¿Estoicos y modernos?

Huérfanos de creencias fuertes, sin apenas instituciones que ofrezcan seguridad ante la incertidumbre sistémica del poscapitalismo, los contemporáneos vuelven sus ojos a una Antigüedad también individualista y descreída


El estoicismo está de moda. Se encuentra en las estantes de las librerías, junto a la autoayuda. En su mayoría son textos de divulgación que tratan de aggiornar a los clásicos: a Marco Aurelio, sobre todo, muy breve; menos a Epicteto, durísimo, y a Séneca, muy extenso y exigente intelectualmente. El estoicismo duró seis siglos (hasta el II d. C.) y su potente influencia pasa por Montaigne y Rousseau, entre otros, hasta llegar a hoy. Vuelve porque es una filosofía práctica, un conjunto de reglas para el cambio interno. Un método de tranquilización para lograr la serenidad. Sirve de inspiración para la autoayuda actual porque ambos tratan del “cuidado de sí”, de un proyecto de gobierno del yo a fin de contener el sufrimiento.


El estoicismo es una filosofía rigorista basada en un intelectualismo extremo; la razón debe guiar conducta y acción. Clave es el control de las pasiones y deseos. El cuidado de sí se alcanza con un riguroso autocontrol emocional. Nada que ver con el predominio del hombre hipermoderno que ensalza el sentimiento y la espontaneidad. Es un individualismo heroico centrado en fortalecer el carácter que ni permite el lamento, incluso ante el dolor, la enfermedad y la muerte, ni el miedo, que debilita. Nosotros vivimos un individualismo débil, inmersos ahora en la cultura de la queja donde todos se consideran víctimas: del acoso escolar, laboral, sexual, de discriminación y demás abusos. Hay, empero, una conexión entre, por una parte, la educación estoica de la mente y el control del discurso interior y, por otra, la psicología cognitivista y la autoayuda inspirada por ella. Estas tratan de mudar el estilo de pensamiento, acabar con lo “negativo” (rumiación, “terribilización”, etcétera) que genera ansiedad y estrés, males ubicuos en la modernidad tardía. Pero el estoicismo es mucho más extremo. Para alcanzar la serenidad hay que sacrificar la esperanza, fuente de decepción, acostumbrarse a la soledad y anticipar lo peor, el dolor y la propia muerte, siempre presente en el juicio. Todo lo que oculta la sociedad civilizada actual, consumidora del soma orwelliano.


El estoicismo impele a centrarse en el presente porque el futuro, concepto ajeno a la Antigüedad, se ignora y el pasado puede ser fuente de pesadumbre. También desecha la esperanza, fuente de potencial decepción. Predica el desapego de los bienes sociales —riqueza y fama—, de la amistad. La insistencia del estoicismo en el presente no tiene, pues, nada que ver con su valoración actual en el género de la autoayuda, que mezcla influencias budistas con la New Age, y vincula el valor del presente con el de la “experiencia”.


La concepción de la felicidad de la filosofía helenística, y del estoicismo en particular, es opuesta a la de la modernidad tardía. La de la Antigüedad forma parte de un ideal normativo; por ello, la felicidad se emparenta con la virtud y esta, con la razón. Su objetivo es lograr la quietud, la ausencia de turbación a través de la eliminación de las pasiones y el control emocional continuo. Es una felicidad negativa, como falta de desasosiego, de intranquilidad. Por el contrario, el ideal de la felicidad contemporáneo no es ético, sino psicológico. Y ello porque la psicología es la ética de la modernidad tardía. Y el de nuestra felicidad es, al menos desde hace dos décadas, positivo. Es un ideal que no pide renuncias y cuya posesión se valora culturalmente. La felicidad “positiva” posee una afinidad electiva con el triunfo, con la “inteligencia emocional”, con las “habilidades” —lo que quiera que esto sea—, con la capacidad de sentir “el poder de la mente” y demás creencias populares propias del pensamiento mágico.


La modernidad hunde sus raíces en dos anclas, el sentimiento y la razón. El estoicismo sólo en esta. Un requisito para la tranquilidad y el cuidado de sí es el abrazo de la autarquía estoica. La serenidad se alcanza a costa de la soledad, o al menos de su abrazo si ello es preciso. La cultura moderna valora la autosuficiencia —una de las claves del éxito de la autoayuda en una sociedad de solitarios— como ancla de seguridad y porque impera la desconfianza interpersonal. La valoración de la autosuficiencia, clave en la “era del vacío”. Pero, a pesar del valor cultural de aquella, porque así lo ordenan los manuales de consejos psicológicos, hombres y mujeres hipermodernos son seres dependientes —de los otros, reales o virtuales, de los artefactos tecnológicos—. Porque la dependencia es la materia de la sociedad. También de la contemporánea, aunque el valor de la independencia —en el sentido estadounidense— quiera olvidarlo.


Huérfanos de creencias fuertes, sin apenas instituciones que ofrezcan seguridad ante la incertidumbre sistémica del poscapitalismo, los contemporáneos vuelven sus ojos a una Antigüedad también individualista y descreída. Al estoicismo pasado por un anacronismo interesado, el de la industria de la felicidad. A una filosofía práctica y asequible para el lector, pero estremecedora en su rigor racional y en su pesimismo. El hombre busca fuentes de sentido. En las religiones, en las ideologías, también en la filosofía.


Helena Béjar es catedrática de Sociología y autora de Felicidad: la salvación moderna (Tecnos) e Identidades inciertas (Herder).

viernes, 17 de enero de 2020

Estoicismo: una filosofía de vida

La filosofía milenaria que te ayuda a vivir hoy

Massimo Pigliucci

“Uno de los motivos del regreso de la filosofía estoica es que te ayuda a centrarte en lo que puedes controlar, lo cual contribuye a reducir el estrés y a sentir que tu vida tiene algún sentido”, reflexiona el doctor en Genética, Biología Evolutiva y Filosofía, Massimo Pigliucci. Quien se encontró con el estoicismo en un momento crítico de su vida, cuando atravesaba un divorcio y la muerte de su padre. Buscó respuestas en los antiguos filósofos y descubrió la “ética de la virtud”, un enfoque de vida que propone la mejora del ser humano a través del desarrollo de valores. “El estoicismo intenta eliminar lo máximo posible las emociones destructivas y cultivar las positivas. Los estoicos concluyeron que una buena vida humana es aquella en la que aplicamos la razón para mejorar la sociedad: si mejoramos como personas estaremos mejorando la sociedad, y si trabajamos para mejorar la sociedad nos estaremos mejorando, automáticamente, a nosotros mismos”, explica el filósofo. Pligliucci, además, es profesor de Filosofía, disciplina que imparte en el City College de Nueva York y divulga en su blog 'How to Be a Stoic'. Entre sus obras destacan ‘Cómo ser un estoico: utilizar la filosofía antigua para vivir una vida moderna’, y ‘Mi cuaderno estoico: cómo prosperar en un mundo fuera de tu control’, que escribió junto a Gregory López.
https://aprendemosjuntos.elpais.com/especial/la-filosofia-milenaria-que-te-ayuda-a-vivir-hoy-massimo-pigliucci/