Mostrando entradas con la etiqueta ALTRUISMO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta ALTRUISMO. Mostrar todas las entradas

domingo, 12 de enero de 2025

Aprender a cuidar y cooperar, incluso con los frágiles, nos vuelve más fuertes que la cruda lucha encarnizada.

La ley de la selva

Seguimos presos de ese imaginario que encumbra a quien aplasta a los demás y culpa a las víctimas de sus propios males


Fernando Vicente

Así funciona el mundo. La lucha por la vida es una batalla descarnada. O devoras o eres devorado. En la ley de la selva, solo los más duros y despiadados sobreviven. Lo repiten una y otra vez: la existencia es feroz; sus dientes, afilados; sus garras, inmisericordes. Los ideales igualitarios son cuentos para consumo —y beneficio– de los débiles, ficciones que disfrazan la cruda realidad. En la naturaleza salvaje no hay compasión, solo competencia. Y se escudan en la biología para justificar el individualismo agresivo, el desprecio a los frágiles, el elogio del más fuerte.


Sin embargo, la expresión “la ley de la selva” no tiene raíz científica sino literaria. Se popularizó gracias al éxito de El libro de la selva, de Rudyard Kipling. Las aventuras de Mowgli no son precisamente una descripción zoológica sino un conjunto de fábulas y, en su trasfondo histórico, una metáfora de las tensiones en la India colonial. Además, las normas que Baloo enseña al niño-lobo rechazan la crueldad y aspiran a que todos los miembros de la manada, fuertes o débiles, tengan alimentos suficientes para sobrevivir, se ayuden y se protejan. “He obedecido la Ley de la Selva”, afirma Mowgli, “y no hay ni uno de nuestros lobos al que no haya quitado una espina de las patas”.


A mediados del siglo XIX, Darwin había revolucionado la ciencia y las mentalidades con su teoría de la evolución. Sin embargo, otros pensadores traspasaron sus tesis —a veces de forma simplista— a la sociedad y la política. Thomas Henry Huxley, discípulo darwinista, publicó en 1888 un artículo que se convertiría en un manifiesto: La lucha por la existencia. En ámbitos académicos, se extendió el determinismo biológico: la medición de cráneos, el concepto de criminal nato e incluso se justificó el racismo con argumentos supuestamente científicos. Huxley escribió: “Ningún hombre racional, bien informado, cree en la igualdad del negro medio respecto del blanco medio; no puede medirse con su rival de cerebro más grande y mandíbula más pequeña en una pugna ya no de dentelladas, sino de ideas”. Volvía a estar vigente la idea aristotélica de que el esclavo lo es por naturaleza. Según esta mirada implacable, la biología dividía el mundo entre aptos y no aptos, es decir, entre vencedores y perdedores: la desigualdad era el estado innato de la realidad. Aún seguimos presos de ese imaginario que encumbra a quien aplasta a los demás, y culpa a quien tiene el agua al cuello de sus propios males, por falta de cualidades para triunfar en la lucha libre de todos contra todos. Como si no existieran desventajas y privilegios inmerecidos. Como si la concentración de la riqueza en unas pocas manos fuese un mandato evolutivo.


La obra de Charles Dickens exploró los márgenes y las intemperies de la sociedad victoriana, tan moralista como despiadada. El padre del escritor fue condenado a pena de cárcel por deudas y, con solo diez años, Charles, para ayudar a mantener a una familia asfixiada por las dificultades económicas, entró a trabajar en una fábrica. Por unos pocos chelines al mes, encolaba etiquetas en cajas hasta la extenuación. Ya adulto, convertido en novelista, denunció con ironía la muy conveniente idea de que los pobres son solo un daño colateral de la inevitable —y supuestamente leal—competición evolutiva. En su libro Oliver Twist, el protagonista, huérfano, recibe como alimento unas migajas y una nutritiva ingesta de frío gracias a la cual ocho de cada diez chiquillos internos morían de un resfriado. Cuando un buen día reúne valor para empuñar su escudilla y pedir una segunda ración a la hora del almuerzo, lo fulmina la mirada escandalizada del director del hospicio, que debe aferrarse al caldero para no caer de espaldas. “Estoy convencido de que ese niño acabará en la horca”, afirma durante la junta del orfanato otro rollizo caballero. Según los apóstoles de la objetividad científica de la época, Oliver acababa de rebelarse y, por tanto, revelarse como un delincuente de nacimiento.


Cuando el otro Charles —Darwin— escribió un nuevo libro, El origen del hombre y la selección en relación al sexo, dedicó amplio espacio al instinto social de ayuda, pero esta idea recibió menos atención que el concepto de la lucha por la vida. Entre 1862 y 1867, Piotr Kropotkin, con El origen de las especies en su mochila, participó en varias expediciones científicas para investigar las condiciones extremas de la tundra y la taiga siberiana. Concluyó que allí la colaboración es la estrategia vencedora de los grupos más capaces de superar las penalidades. Sin negar la realidad de la competencia, observó que los más aptos no son los más fuertes ni los más individualistas, sino quienes mejor se adaptan al entorno. En su libro El apoyo mutuo. Un factor de evolución, escribe: “Las especies animales en las que la lucha entre los individuos ha sido reducida al mínimo y la práctica de la ayuda mutua ha alcanzado el máximo desarrollo son, invariablemente, las más numerosas, florecientes y aptas para el progreso”. Para el investigador anarquista, la solidaridad es también una forma de supervivencia.


En su ensayo de 2020 Génesis, el biólogo y naturalista Edward O. Wilson indaga en el misterio de esas especies eusociales, las que practican el nivel más alto de cooperación y altruismo. Primero fueron las termitas y las hormigas, que dominan la ecología del mundo de los insectos; millones de años después, nuestros antepasados homínidos. Aquí se plantea una de las cuestiones principales, no solo de la biología, sino también de las humanidades: ¿cómo supera el grupo la aparente prioridad del éxito personal egoísta? ¿Por qué causas y cauces pudo surgir el altruismo por selección natural? Wilson afirma que la habilidad de colaborar bien es una gran ventaja adaptativa, que ha permitido a ciertas especies crear sociedades más sofisticadas. Estas estrategias forman parte de un entrenamiento al que los individuos están predispuestos genéticamente. “Puede que la eusocialidad se haya logrado muy pocas veces durante toda la evolución, pero ha producido los niveles más avanzados de complejidad social. A los seres humanos nos convirtió en los administradores de la biosfera. La pregunta es si poseemos la inteligencia moral necesaria para cumplir con la tarea”. Aprender a cuidar y cooperar, incluso con los frágiles, nos vuelve más fuertes que la cruda lucha encarnizada.


Incluso el yo, expresión máxima del egoísmo, encierra en sí mismo multitudes que colaboran en delicado equilibrio. El biólogo molecular Carlos López Otín describe en La levedad de las libélulas una “asombrosa fauna de bacterias, hongos, virus y parásitos que nos acompañan y ayudan en la aventura diaria de la supervivencia”. Nuestro organismo es un ejemplo andante de las ventajas de aliarse y las delicadísimas polifonías que sostienen la vida. Cada individuo sano está habitado por billones de minúsculos forasteros. Si esa simbiosis se altera, enfermamos. Amanda Gorman les dedicó un poema: “La mitad de nuestro cuerpo no nos pertenece, navío de células no humanas. Para ellas somos un remolque, un país, un continente, un planeta. No, no me llames yo, mi nombre es nosotros”. Aunque imaginemos ser criaturas solas, somos enjambres. Si la ley de la selva existiera más allá de nuestras ficciones, uno de sus artículos principales sería la colaboración.

__________________________

Irene Vallejo es filóloga y escritora, Premio Nacional de Ensayo de 2020 por El infinito en un junco (Siruela).

viernes, 7 de abril de 2023

Sobre por qué hay cosas que no deberían estar a la venta (o en alquiler).

El bebé no está en garantía


JAIME RUBIO HANCOCK 
Filosofía inútil | EL PAÍS
MIÉRCOLES, 5 DE ABRIL DE 2023

________________________________________________

Buenas:

Esta semana toca hablar sobre Ana Obregón porque no iba a ser yo el único periodista de España que no escribiera sobre el tema. Pero no voy a centrarme en los vientres de alquiler porque no quiero ser otro señor que explica el feminismo. Voy a hablar de dinero. En concreto, de por qué hay cosas que no deberían estar a la venta (o en alquiler).

Ana Obregón y Ramón García en una imagen muy de archivo


No tengo nada en contra del dinero, aunque parece que yo no le caigo muy bien a él. En cualquier caso, el filósofo Michael J. Sandel escribe en Lo que el dinero no puede comprar que es contraproducente ponerle precio a cosas que no deberían tenerlo, que deberían estar al margen del mercado. Y eso sin negar que el mercado sea una herramienta muy útil en otros contextos, como, por ejemplo, en el mercado (literalmente, el de las verduras y la carne).

Vamos a seguir algunas de las ideas que explica en su libro, aunque apenas mencione los vientres de alquiler de pasada y aunque no todas las ideas sean aplicables a este caso.

1. Si ponemos precio a todo, corremos el riesgo de que mucha gente no pueda permitirse cosas básicas. Por ejemplo, en el caso de la sanidad.

2. Quien vende según qué bienes puede hacerlo coaccionado por su situación. Por ejemplo, una persona que se ve obligada a vender un riñón no es realmente libre porque es alguien que no tiene otra opción. Es como decir que alguien puede firmar libremente un contrato que lo convierte en un esclavo. No estamos hablando realmente de un intercambio libre de verdad. Además, podríamos añadir que una sociedad que deja que una persona se vea sin más recursos que vender un órgano o incluso su cuerpo durante nueve meses no es una sociedad justa.

3. Cuando introduces dinero en una transacción, cambias la naturaleza de la transacción. Los mercados no son mecanismos neutros, sino que tienen sus propios valores.

Este es el argumento que me parece más interesante y al que Sandel dedica más tiempo. Como ejemplo, cita un experimento de los economistas israelíes Uri Gneezy y Aldo Rustichini que muestra cómo cambia la relación entre las personas cuando se añade el dinero de por medio.

En esta prueba multaron a los padres que llegaban tarde a recoger a sus hijos a la guardería. Tres dólares por hora. La multa provocó que se incrementaran los retrasos, no que hubiera menos. Los padres no veían el pago como una multa, sino como un precio que estaban dispuestos a pagar para que cuidaran a sus hijos un rato más. Ya no se sentían obligados a recogerlos con puntualidad para evitar que otras personas perdieran su tiempo, sino que consideraban que estaban pagando para librarse de esta responsabilidad. Además, una vez se quitó la multa, costó varias semanas que los padres volvieran a los niveles de puntualidad anteriores.

Es decir, cuando se ofrece dinero cambian el mecanismo y los valores de lo que estamos haciendo. Los defensores de cobrar, por ejemplo, por donaciones o por cualquier colaboración altruista, defienden que el interés económico se suma a las demás consideraciones y crea más alicientes. Pero en realidad no sumamos el interés económico al altruismo, sino que estamos sustituyendo unos incentivos, los de la solidaridad, por otros, los financieros, que en muchos casos no son tan eficaces.

En el caso de los vientres de alquiler, podemos ver un buen puñado de ejemplos en un hilo de Twitter de la periodista Jimina Sabadú, en el que recogía dudas que había sacado de un foro dirigido a parejas que querían contratar a madres. Estas parejas preguntaban qué pasaba si moría la gestante durante el embarazo (¿devuelven el dinero?), qué podía ocurrir si el niño salía con problemas (¿se puede devolver el niño?) o si es posible saltarse al intermediario. Seguro que las parejas no tenían solo esas dudas, pero esas dudas vienen de meter el dinero de por medio y de tratar a los bebés como si fueran lavadoras y vinieran con garantía.

Pagar por contaminar

Sandel pone otros ejemplos en los que la introducción del dinero cambia la forma en la que sustituimos una razón interna, intrínseca, que tiene que ver con nuestros valores, por una externa, el dinero:

  • Durante la política del niño único en China, el gobierno de este país multaba con 200.000 yuans, unos 30.000 euros, a las familias que tenían un segundo hijo. Las familias que querían más hijos y se lo podían permitir, pagaban esta cantidad no como si fuera una multa, sino como una especie de impuesto por tener más hijos.
  • Como viajar en avión contamina, algunas aerolíneas proponen añadir al precio del billete un donativo que se destina a alguna ONG que se encarga de proyectos de reforestación, lo que compensa en parte el daño que haces subiendo al avión. Según Sandel, así corremos el riesgo de creer que esta es nuestra única obligación con el medio ambiente, en lugar de pensar en nuestros hábitos y si podemos cambiarlos.
  • Sandel también habla de vender estaciones de metro u otros espacios similares para hacer publicidad. Como pasó en su momento con Vodafone Sol en Madrid. Esto provoca que se debilite su carácter de espacio público, ya que da la impresión de que se alquila algo que es de todos sin que se aprecien las ventajas, lo que genera rechazo, como se vio en esta campaña. Era habitual que se tachara el nombre de la marca en las estaciones, por ejemplo.

En su libro, Sandel sostiene que hay que debatir acerca de dónde pueden intervenir los mercados y dónde deben quedarse al margen. Hay cuestiones en las que tenemos que defender valores como el altruismo, el civismo y nuestros deberes como ciudadanos, y en los que la intervención del dinero es un error porque erosiona esos valores o directamente los sustituye.

Sandel distingue aquí entre la economía de mercado, que es una herramienta valiosa, y una sociedad de mercado, donde solo tenemos en cuenta los valores económicos. Y explica que en un momento de “desigualdad creciente”, la mercantilización de todo significa que la gente con más medios económicos y los que no tienen tantas posibilidades “llevan vidas cada vez más separadas”. Y añade: “La democracia no necesita la igualdad perfecta, pero sí necesita que los ciudadanos compartan una vida común”.

Vientres altruistas

¿Significa esto que las gestaciones altruistas, sin intercambio económico, serían permisibles? No necesariamente: el dinero no es el único argumento en contra de los vientres de alquiler y además habría que definir cómo es ese altruismo, ya que el pago puede camuflarse como una compensación por los gastos del embarazo.

Como he dicho que no quiero ser otro señor que explica el feminismo, que eso es aburridísimo, me interrumpo a mí mismo para remitirme al Código de Deontología Médica de España, que no ve problemas con esta práctica en “casos muy excepcionales relacionados con la salud de la madre, sin ninguna contraprestación económica y con el control de la comisión competente del Ministerio de Sanidad”. Y recomiendo este reportaje: Vientres de alquiler: el deseo de ser padres convertido en industria.

Dicho lo cual, insisto: el dinero está muy bien cuando se usa como y donde se debe, como ocurre cuando alguien compra mis libros.

____________________________

Jaime Rubio Hancock

Es el editor de boletines de EL PAÍS y columnista en 'Anatomía de Twitter'. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Estudió Periodismo en la UAB y Humanidades en la UOC. Es autor del ensayo '¿Está bien pegar a un nazi?' (Libros del KO).


sábado, 18 de febrero de 2017

¿Crees que eres bueno? Este filósofo cree que puedes ser mejor

Peter Singer 

explica por qué ayudar a los demás no es una opción, sino una obligación

Jeremy Bentham maximizando la felicidad del mundo entero.
Voy por un parque y veo que una niña ha caído en un estanque y se está ahogando. No hay nadie más: ni sus padres, ni un cuidador, ni ninguna otra persona. ¿Debería salvar a la niña? Me voy a mojar, probablemente me destrozaré los zapatos y tendré que cancelar una cita que tenía justo después, pero nadie puede negar que es mi obligación intentar salvarla porque ninguna de estas cosas tiene importancia en comparación.
Ahora pongamos que recibo una carta que me pide un donativo para salvar la vida de una niña que vive en otro continente. Si decido que necesito ese dinero para comprarme un chaqueta, casi todo el mundo pensará que no estoy haciendo nada malo, aunque tampoco nada bueno.
Sin embargo, para el filósofo australiano Peter Singer, autor de este dilema moral, estos dos ejemplos son iguales. Según escribe en Ética práctica, “si está en nuestro poder prevenir que algo muy malo ocurra, sin sacrificar nada que tenga una importancia moral comparable, deberíamos hacerlo”.
Esto no solo se aplica a niñas imaginarias que se están ahogando frente a nosotros: también a todas las situaciones “en las que podemos ayudar a alguien que vive en la absoluta pobreza”. Es más, “ayudar no es, como se piensa convencionalmente, un acto de caridad elogiable, sino algo que está mal no hacer”.
Hemos hablado con él para saber cuál es la mejor forma de ayudar a esa niña del estanque.
¿A quién debería ayudar?
Singer, nacido en 1940 y profesor en las universidades de Princeton y de Melbourne, opina que, si vamos a donar dinero, tenemos que pensar en la gente que vive en situación de pobreza extrema en el tercer mundo: son quienes están en una situación peor y, también, a quienes podemos ayudar de forma más efectiva. "Viven con menos de 700 dólares al año y a menudo no tienen acceso a agua potable, sanidad básica y educación para sus hijos", explica a Verne por correo electrónico. En cambio, la gente más pobre en España, recuerda, sí tiene acceso a estos mínimos, por lo que "hacer algún cambio significativo en sus vidas es mucho más caro que hacerlo en países en desarrollo".
Singer reconoce en su libro que instintivamente preferimos ayudar a alguien cercano. Pero, en su opinión, tenemos que preguntarnos qué deberíamos hacer y no qué hacemos habitualmente. Tiene sentido dar prioridad a nuestra familia, pero no tanto preferir ayudar a alguien a quien no conocemos y que vive a 50 kilómetros en lugar de a alguien que está en una situación aún peor, pero que vive a 5.000 kilómetros.
Este punto de vista tiene sus críticos: algunos, por ejemplo, opinan que la proximidad es un factor importante, ya que es más fácil formar o afianzar relaciones con esas personas o comunidades. También creen que se puede ayudar de forma más efectiva.
¿Con cuánto debería ayudar?
La cantidad que destinemos dependerá de lo que consideremos que tenga una importancia moral comparable: unos zapatos, un coche nuevo, una cena en un restaurante de lujo, unas vacaciones… Al menos algunas de esas cosas tienen menos peso moral que la extrema pobreza que se podría prevenir con el dinero que cuestan.
"Muchos de nosotros podríamos dar más de lo damos -explica-. Pero lo importante es que mucha gente comience dando algo significativo, para que podamos crear una cultura en la que dar para contrarrestar la pobreza global sea una parte esencial de una vida ética. Una vez la gente coja el hábito de dar, por ejemplo, un 1% y encuentre que es algo satisfactorio, le resultará más fácil incrementar la cantidad".
Él parte del 1% de nuestros ingresos: es una cifra modesta que no cambiaría prácticamente en nada la situación de la mayoría de nosotros, pero que podría suponer un cambio para mucha otra gente. En su web The Life You Can Savepropone una tabla según nuestros ingresos, incrementando este porcentaje hasta el 14% si ganamos más de un millón de dólares al año. Como mínimo, claro.
Singer subraya en muchos de sus artículos que hay estudios que muestran que la gente más generosa suele estar más satisfecha con sus vidas. Kant decía que un acto verdaderamente moral es desinteresado y no se hace por satisfacción personal, pero Singer no está de acuerdo: "El hecho de que alguien se sienta bien después de ayudar a los demás es un rasgo de carácter deseable".
¿No es mejor colaborar con una ONG que dar dinero?
"Depende de tus aptitudes y del dinero que puedas ganar". Singer, como buen utilitarista, no se pregunta por lo que es más virtuoso, sino por lo que va a producir mejores resultados: algunos pueden hacer mucho bien trabajando sobre el terreno, otros quizás no tanto. Singer nos recomienda la web 80.000 hours, en la que se recoge información acerca de cómo podemos tener un mayor impacto.
Uno de los creadores de esta web es el filósofo escocés William MacAskill, que sostiene que una carrera en la vilipendiada banca podría ser valiosa desde un punto de vista ético: se puede hacer más bien ganando mucho dinero y donando una gran parte del salario que siguiendo una carrera a primera vista más ética, como por ejemplo trabajando para una ONG.
¿Pero no es trabajo del gobierno?
El dilema de la niña en el estanque no convence a todo el mundo. El neurobiólogo Kenan Malik escribe en The Quest for a Moral Compass que el caso hipotético de esta niña no se puede trasladar al mundo real: no es lo mismo una sola niña a la que solo yo puedo ayudar que millones de personas a las que, sin duda, otros muchos pueden socorrer, escribe. No son casos equivalentes, sino que hay un abismo moral entre ambos casos.
¿Y quién más está en situación de ayudar? Los gobiernos de los países ricos. El filósofo John Kekes recuerda que la mayoría de nosotros ya ayudamos a los demás: los impuestos tienen precisamente la función de redistribuir de la riqueza. Por supuesto, todos podríamos hacer más, pero eso no quiere decir que estemos obligados éticamente a hacerlo.
"Podríamos debatir durante mucho tiempo acerca de quién es responsable -responde Singer-. E incluso aunque estemos de acuerdo en que es un asunto del gobierno, ¿qué debemos hacer si el Estado no se hace cargo del problema y, mientras tanto, hay niños muriendo? Para un ciudadano español, este es ciertamente el caso: el gobierno de este país destinó un deplorable 0,14% del producto nacional bruto a la ayuda internacional [en 2015], una de las figuras más bajas de todas las naciones desarrolladas. Claro que puedes, y debes, exigir a tus representantes electos que el gobierno dé más, pero mientras tanto tienes opciones".
Por seguir con el ejemplo del estanque: sin duda, la niña debería estar vigilada y en el parque debería haber más seguridad para evitar estos accidentes. Incluso podemos argüir que un rescate es trabajo para la policía o los bomberos. Pero mientras nos quejamos, la niña se está ahogando.
¿Las ONG no están bien administradas?
Singer considera que esto no es cierto en la mayoría de los casos: los gastos de administración de estas entidades no suelen superar el 20% y además son necesarios (para saber a qué proyectos hay que destinar ese dinero, por ejemplo). También recuerda que la mayoría de organizaciones trabajan sobre el terreno y no dan dinero a gobiernos corruptos.
Aun así, la precaución es razonable y por eso Singer recomienda webs como Give Well, que ofrece información sobre muchas organizaciones y su impacto. Singer tiene una web similar, The Life You Can Change, que incluye incluso una calculadora que permite saber para qué servirá cada donativo. Por ejemplo, podemos saber que una donación de 3 dólares sirve para comprar una cama tratada con insecticida para proteger de la malaria y 50 dólares, para una operación de cataratas.
Pero ese dinero me lo he ganado yo y debería poder gastarlo como quisiera
Peter Singer no tiene nada en contra del derecho a la propiedad, pero recuerda que nuestros bienes no son solo consecuencia de nuestro trabajo y de nuestro esfuerzo. Casi nunca partimos de cero: incluso aunque no hayamos heredado una fortuna, por puro azar hemos nacido en una sociedad en la que hay sanidad, escuelas, universidades, tejido empresarial, etcétera. Por no hablar de que nuestras aptitudes también dependen en gran medida de la lotería genética. Tenemos la obligación de ayudar porque a una gran parte de nosotros nos venía ya dado gran parte de lo que tenemos.
En su libro, Singer pone un ejemplo para ilustrar este extremo (y que está basado en el experimento mental del velo de la ignorancia, de John Rawls). Si nuestros antepasados hubieran vivido en el Golfo Pérsico probablemente ahora seríamos ricos gracias al petróleo que por casualidad hay bajo tierra. Pero si hubieran nacido en el Sáhara, ahora viviríamos en una situación de pobreza extrema sin tener nosotros culpa de nada. Imaginemos que nos dicen que vamos a nacer en Kuwait o en Chad, pero no sabemos en cuál de los dos países. ¿Aceptaríamos el principio de que los habitantes de Kuwait no tienen obligación de ayudar a los de Chad? Es más, ¿nos daría exactamente igual dónde nacer porque basta con trabajar duro para crear riqueza?


17 FEB 2017 

¿Qué es el utilitarismo?

El tema de la cooperación internacional puede parecer un asunto económico o político, pero es, también, filosófico: “Los economistas pueden proporcionar información acerca de cómo ayudar más -explica Peter Singer a Verne-, pero tienden a evitar conversaciones sobre cómo deberíamos vivir. Son los filósofos quienes, desde Sócrates, han discutido esta cuestión, animándonos a examinar nuestras vidas y a reflexionar sobre nuestras elecciones a la luz de nuestros valores”.
En la historia de la filosofía ha habido grandes corrientes éticas. Por ejemplo, las teorías basadas en el deber (o deontológicas) creen que hay que respetar ciertas obligaciones y derechos con independencia de sus efectos. El principal exponente sería Immanuel Kant, con su imperativo categórico (una de sus formulaciones es "obra solo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal").
El punto de partida del consecuencialismo es el opuesto: esta corriente opina que la moralidad de nuestros actos depende solo de sus consecuencias. Peter Singer se define como utilitarista, que es una corriente consecuencialista que inició Jeremy Bentham (1748-1832) en su Introducción a los principios de moral y legislación. Se basa en el principio de mayor felicidad: el interés de la comunidad consiste en la suma de los intereses individuales y “la acumulación de placeres individuales aumentará la felicidad de todos, que es el objetivo final”, como resume Victoria Camps en su Breve historia de la ética. Es decir, la justicia se mide por sus resultados, sin que sea necesario recurrir a derechos o deberes.
John Stuart Mill (1806-1873) intentó dar respuesta a algunas de las críticas a Bentham y apuntó, por un lado que “hay una sanción última de la moral utilitarista que es ‘el sentir de la conciencia de la humanidad’” y que se antepone al placer o al interés personal. Esto condenaría, por ejemplo, que los romanos arrojaran a los cristianos a los leones, por mucho que tal cosa produjera placer a la mayoría de los ciudadanos de la época.
Mill también sugirió que los placeres se distinguen entre sí por la calidad y no solo por la cantidad. Al contrario de lo que creía Bentham, Mill escribe que “es mejor ser un hombre insatisfecho que un cerdo satisfecho; es mejor ser Sócrates insatisfecho que un loco satisfecho”. Entre dos placeres, añadía, es más deseable aquel que prefieren “todos o casi todos los que tienen experiencia de ambos”.