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miércoles, 6 de septiembre de 2023

Sobre las utopías...

 Cómo se fabrica el futuro


Retrato de Tomás Moro realizado por Hans Holbein.








¿Podemos volver a ser optimistas con la tecnología? Este domingo publiqué un artículo en Ideas en el que hablaba del optimismo crítico o pragmático, a medio entre la utopía y el catastrofismo.

Y en este boletín quería aprovechar para hablar de las utopías, y no solo de las tecnológicas, para dar un poco de contexto al artículo. La palabra viene del libro de Tomás Moro publicado en 1516, Utopía, que significa "ningún lugar" en griego y que era el nombre de una isla imaginaria en la que vivía una sociedad perfecta, o casi.

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Esta sociedad estaba planificada bajo ideas humanistas, liberales (para el siglo XVI) y cristianas, aunque sin imposición de la religión y sin excesos ascéticos. Incluso las mujeres podían ser sacerdotes... aunque solo las viudas. No se veía mal el placer, pero había que llegar virgen al matrimonio. A cambio, el divorcio estaba admitido en algunos casos. Como escribe Bertrand Russell en su Historia de la filosofía occidental, la vida en esta utopía, “como en muchas otras, sería intolerablemente aburrida. La diversidad es esencial a la felicidad y en Utopía difícilmente la hay. Este es un defecto de todos los sistemas políticos planeados, tanto los reales como los imaginarios”. Aunque, para ser justos, más que proponer una sociedad perfecta, Moro quería criticar la sociedad en la que vivía.

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Moro le puso nombre a las utopías, pero no era la primera propuesta de sociedad perfecta. Por ejemplo, Platón ya ideó un estado ideal, en su caso aristocrático: en contra de la democracia, pero también de la tiranía y de la oligarquía.

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En cuanto a su reverso, la distopía, fue una palabra acuñada por John Stuart Mill en una intervención parlamentaria de 1868. No era una crítica a Moro ni a Platón, sino a la política británica sobre las tierras irlandesas: “Lo que normalmente se llama utópico es algo demasiado bueno como para llevarse a la práctica, pero lo que ustedes proponen es algo demasiado malo como para llevarse a la práctica”.

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De distopías hemos aprendido bastante: la historia (sobre todo) del siglo XX y la ciencia ficción muestran cómo los intentos por llevar a cabo una sociedad perfecta, con planes en apariencia meticulosos y logiquísimos, acaban desembocando en una catástrofe inhumana y tiránica.



Los ideales no son el problema


En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper critica precisamente esta apariencia racional de las utopías, que las hace especialmente peligrosas. Para el filósofo, el problema no es que el objetivo de las utopías parezca irrealizable: hoy en día disfrutamos de muchas cosas que en su momento parecían inalcanzables. El problema viene de cómo estos planes proponen reconstruir por completo la sociedad. Esto suele traer consigo “consecuencias prácticas difíciles de calcular, dada nuestra experiencia limitada”. Es decir, lo temible de las utopías no es necesariamente el objetivo, sino el método, que implica muchos cambios a la vez con consecuencias impredecibles.


Además, hemos de tener en cuenta el hueco, a menudo insalvable, entre lo ideal y lo real. Como escribe Robert Nozick en La vida examinada, cuando fracasa una utopía (o incluso una propuesta política que en principio parece realista), sus partidarios se defienden diciendo que no se aplicó bien o que se aplicó “demasiado poco”. Para Nozick, eso es trampa porque omite que la diferencia entre lo que propone una teoría y cómo se acaba aplicando también es algo que hemos de tener en cuenta.


Por ejemplo, el ideal comunista de cooperación sin clases ni privilegios ha supuesto en la práctica totalitarismo y censura. “Esta no es toda la historia acerca de cómo opera en el mundo el ideal comunista, pero es parte de esa historia”. Y el capitalismo puede proponer un ideal de intercambio libre y voluntario, con países que cooperan gracias al comercio y con individuos que obtienen por su trabajo lo que los demás creen que merecen. Pero todo esto ha venido asociado en la práctica con la explotación de trabajadores y, en muchos casos, con el apoyo a regímenes dictatoriales. Por cierto, Nozick aprovecha incluso para apuntar una crítica a su libro más conocido, Anarquía, estado y utopía, en el que sentó las bases del liberalismo contemporáneo.




Sin prisa, pero sin pausa


Todo esto no significa que debamos renunciar a los ideales. Recordemos que Popper no tiene problemas con los objetivos, sino con los medios. El filósofo Francisco Martorell Campos escribe en Soñar de otro modo que las utopías han entregado “al progreso social cuantiosas ideas”. Apunta que a menudo se olvida “que la democracia fue en origen una utopía” y que “los avances sociales se consiguen únicamente mediante la protesta y la movilización ciudadanas, a veces tras décadas o siglos de insistencia”.

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Como vemos, la utopía amenaza con el desastre, pero si renunciamos a ella corremos el peligro de quedarnos estancados. En el artículo cito un posible terreno medio entre el conformismo y la amenaza de la distopía: la protopía, término acuñado por Kevin Kelly, cofundador de la revista de tecnología Wired. Estas protopías son proyectos de cambio gradual y continuado, en la línea de lo que defendía Popper: no nos inventamos sociedades perfectas de cero, sino que introducimos cambios paulatinamente, comprobamos sus resultados y, si es necesario, damos marcha atrás. Esto de dar marcha atrás es importante: a veces se nos olvida, pero no estamos obligados a aceptar todo lo que proponga el típico señor de Silicon Valley que se cree más inteligente de lo que es en realidad.

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En conclusión y respondiendo a la pregunta con la que empezaba el texto: sí, podemos ser optimistas, también con la tecnología. Pero este optimismo requiere de trabajo, de reflexión y de no hacer mucho caso a los emprendedores en busca de fondos.


jueves, 9 de junio de 2016

¿Y si los robots finalmente no asaltan la Bastilla?

La inminente revolución tecnológica puede ser desastrosa o suponer un progreso sin parangón


Una mujer saluda al robot Pepper durante una feria tecnológica en París.
 
 AP
Está siendo menos romántica —y menos violenta— que la francesa y mucho más limpia que la industrial. Pero aunque no huela a pólvora ni a carbonilla, vivimos inmersos en una de las mayores revoluciones de ese corto período que llamamos historia y que —aunque nos parezca larguísimo especialmente en el bachillerato—, apenas abarca una ínfima parte del tiempo que el hombre que lleva sobre la Tierra. En pocos años la vida de millones de personas cambiará radicalmente con la robotización de multitud de tareas que hasta ahora están realizadas por personas. Y esa transformación posiblemente obligue a realizar algunas transformaciones sociales.
Las dos anteriores frases podrían haber sido escritas perfectamente durante la industrialización. Posiblemente las conversaciones de los conductores de coches de caballos de Londres mientras observaban los primeros automóviles subiendo por Regent Street no fueran muy diferentes de las que puedan mantener hoy los 3,9 millones de conductores de vehículos pesados de Estados Unidos ante las pruebas de vehículos sin conductor que realizan Alphabet, Tesla o General Motors. Bueno, sí. Varían en una cosa que es fundamental y que conviene no perder de vista para no dejarse deslumbrar por el brillo de las pantallas extraplanas ni las manzanas con mordisco incorporado: caballo o coche van dirigidos por un humano; el coche o camión autónomo, no.
Este es el principal desafío que plantea esta nueva revolución: la ausencia del hombre. Ya no es necesario el librero que nos observa, nos conoce y nos recomienda qué podemos leer. Ni el taxista que elige el recorrido —según él, más corto, para nosotros, sospechosamente largo—, ni nadie que cobre el peaje de la autopista, ni personal que atienda las llamadas en grandes empresas, ni cobre en la caja en los supermercados, ni conductores en trenes de los aeropuertos... Y esto apenas es un esbozo de todo lo que viene.
¿Supone este drástico e inminente cambio una amenaza? Depende de cómo se gestione. Lo ideal —que casi nunca sucede— sería que se planteara un debate serio sobre el profundo cambio social que se avecina. Porque cuando todo un espectro de trabajos, con decenas de millones de empleados, desaparezcan, los nuevos trabajos —impensables todavía— ¿serán capaces de absorber a los antiguos? ¿Se creará una brecha insalvable entre aquellos que tienen trabajo —y por tanto fuente de ingresos— y aquellos que se han quedado al otro lado del foso digital? ¿Será una revolución con los robots asaltando la Bastilla de la organización social que conocemos o viviremos en la “Atenas digital” que preconiza el profesor Erik Brynjolfsson donde podremos prescindir del trabajo y dedicarnos al ocio? ¿Es necesario redistribuir la riqueza considerando como tal no solo al beneficio del trabajo sino al trabajo mismo?
Son preguntas nuevas y a la vez viejas. Tomás Moro en el siglo XV ya hablaba de establecer una renta básica. Y los siracusanos tenían una fe infinita en las máquinas de Arquímedes. Al final, siempre se trata de saber en dónde queda el hombre.

domingo, 18 de octubre de 2015

El humano del futuro da miedo

Ni cíborgs ni replicantes de 'Blade Runner'. Lo que está por venir es mucho más inquietante


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Existe un icónico dibujo de cómo la especie humana evoluciona del simio encorvado al erguido y orgulloso homo sapiens, con los progresivos estadios caminando en fila india. Hay quien incluso dibuja al fin del camino a un nuevo hombre tecnológico encorvado, otra vez, sobre su ordenador.
La evolución biológica para los humanos parece haber llegado a la irrelevancia. Sucede por selección natural, pero hemos logrado que el medio se adapte a nosotros (el agua sale del grifo, el alimento está en la nevera y la calefacción combate el frío, cuando se dispone de todo esto, claro), y sucede en tiempos geológicos de millones de años, con lo que sería difícil de apreciar en nuestras cortas existencias.
Pero la evolución continuará por otros derroteros: incorporaremos la tecnología a nuestros cuerpos o mentes. Además, experimentando un acelerón: los cambios pueden ocurrir en unos años o décadas.
Iremos más allá del cíborg, hasta el poshumano, un ser que todavía ni imaginamos. ¿Se parecerá más a un robot o a un inaprensible perfil de Facebook?
¿Será máquina o consciencia pura? Estamos ante el salto de la humanidad a la poshumanidad. Como periodo de transición, el transhumanismo. 

La utopía transhumanista

“Los transhumanistas creen que debemos usar la tecnología para superar nuestras limitaciones biológicas”, dice el filósofo David Pearce. “Usada sabiamente, la tecnología puede propiciar un futuro de superinteligencia, superlongevidad y superfelicidad. Sin embargo, abundan los escollos”. Junto con Nick Bostrom, Pearce fue cofundador de la Asociación Transhumanista Mundial (ahora Humanity Plus o H+) y hoy es director de BLTC Research, una organización que tiene el fin de promover lo que denomina “ingeniería celestial”. Es decir, “la abolición de los sustratos biológicos del sufrimiento y la creación de estados gloriosos de placer sublime”.
En la base de todo, la implosión tecnológica. Se ha bautizado la Singularidad Tecnológica como la confluencia de ramas como la nanotecnología, la biotecnología, la ingeniería genética, la inteligencia artificial, la clonación terapéutica, la farmacología o la ciencia espacial, que pronto, según futuristas como el ingeniero de Google Ray Kurzweil, cambiará el mundo tal como lo conocemos. Porque la tasa de avance tecnológico es exponencial y, gracias a ello, dice Kurzweil, el ser humano se librará de las cadenas biológicas.
Pearce da ejemplos de los últimos pasos en la dirección poshumana: elsoftware que supera a los humanos en cuestiones como jugar al ajedrez (la supercomputadora Deep Blue que en 1997 venció a Gary Kaspárov) o el diagnóstico médico (como la inteligencia artificial de Watson de IBM, que procesa la información más como un humano que como una máquina, aprende, responde preguntas o genera hipótesis).
La duración de la vida puede ser extendida en animales induciendo mutaciones, y en biotecnología, la revolución de la edición de los propios genes anuncia una era en la que la rápida edición de tu propio genoma puede ser la norma. Yéndonos a ejemplos más de andar por casa, en la película Her, de Spike Jonze, el protagonista se enamora de un sistema operativo de voz dulce parecido al actual asistente personal Siri que llevamos en nuestros smartphones. Y las Google Glasses y otros wearables nos hacen ver el mundo de otro modo, colocados en nuestro propio cuerpo. 

¿Evolución solo para ricos?

El urbanista y abogado Albert Cortina y el biólogo Miquel Ángel Serracreen que es hora de iniciar un debate abierto y multidisciplinar sobre el futuro de la humanidad. Por eso han coordinado el libro ¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano(Fragmenta Editorial), en el que 213 voces de diferentes disciplinas opinan sobre en qué se debería o no convertir el ser humano. “Existen posturas bioconservacionistas que opinan que la vida debe permanecer inalterada. En el otro extremo están los tecno optimistas, a favor de cualquier avance tecnológico para mejorar la humanidad”, explican los coordinadores. Lo cierto es que el movimiento transhumanista genera críticas morales y religiosas (sobre todo, con respecto a la manipulación genética) o socioeconómicas. “Una consecuencia negativa es que solo las élites puedan acceder al mejoramiento tecnológico y se cree una humanidad que evolucione a dos velocidades”, manifiestan Cortina y Serra. Un escenario similar al que plantea la película Elysium, dirigida por Neill Blomkamp, donde los ricos aprovechan la tecnología para abandonar la Tierra y vivir cómodamente , dejando atrás a los demás. Sin embargo, para los más optimistas, como Kurzweil, hay una prueba de que eso no tiene que pasar: Internet y la telefonía móvil han llegado a todo el planeta, incluidos los países menos desarrollados.
El panorama parece de ciencia ficción: “Tenemos la evolución de las máquinas, que pueden lograr alcanzar la inteligencia artificial y, cómo un hijo adolescente, querer emanciparse de sus creadores, los humanos”, relata Cortina. Da vértigo. “Se ha avanzado muchísimo, pero no es nada comparado con lo que vamos a ver en adelante. En los próximos 20 años, experimentaremos más cambios que en los últimos dos milenios”, explica el científico José Luis Cordeiro, cofundador de la Asociación Transhumanista Venezolana y profesor de la Universidad de la Singularidad de Silicon Valley, creada por instituciones como Google o la Nasa para “educar e inspirar” un cuadro de líderes que comprendan y guíen la Singularidad Tecnológica. Cordeiro cree que la inteligencia artificial alcanzará a la humana en menos de dos décadas y que los cerebros artificiales vendrán a complementar a los humanos, no a sustituirlos. En tres o cuatro décadas podremos prevenir todas las enfermedades. La humanidad está a punto de dar el salto a la poshumanidad; la tecnología, según Cordeiro, sustituirá a la biología: “Los poshumanos no dependerán solo de sistemas basados en la química del carbono, sino en el silicio y otras plataformas más convenientes para diferentes entornos, como los viajes espaciales”. 

Así es el futuro poshumano

¿Y qué aspecto tendrían los poshumanos del futuro? Los transhumanistas defienden la libertad morfológica, aclara Pearce: “El derecho de cada uno a tener el género, cuerpo e imagen que desee. Se pueden anticipar algunas elecciones corporales extraordinarias, tanto en la realidad virtual como el mundo de carne y hueso… Pero, sospecho que muchos elegiremos diseños corporales que expresen los cánones de belleza ideal adaptativa de nuestros ancestros de la sabana africana”.
¿Seremos cíborgs? “El futuro es más complejo que eso”, dice Cordeiro. “Veremos una explosión de nuevas formas de vida inteligentes”. Surgen términos como los bio-orgs (organismos modificados proteínicamente), los geborgs (modificados genéticamente), o los silorgs (organismos basados en silicio). Una nueva fauna…
Ya estamos asistiendo a la existencia de transhumanos. Neil Harbisson ve en blanco y negro, pero lleva un tercer ojo que, mediante vibraciones, le permite percibir colores. Al corredor sudafricano Oscar Pistorius le extirparon las piernas de niño pero, gracias a sus implantes biónicos de fibra de carbono, participó en los Juegos Olímpicos de Londres. O Tim Cannon, biohacker fundador de la compañía Grindhouse Wetware en Pittsburgh, implicada en mejorar al ser humano mediante la tecnología: él mismo se ha implantado chips y aparatos electrónicos en su cuerpo, mediante cirugía casera, para mejorar sus habilidades: “Ahora, gracias a la medicina moderna y la ciencia, somos por primera vez capaces de tomar control de la Evolución”.

Universo consciente, ¿futuro real?

Para Raymond Kurzweil, jefe de ingeniería de Google, el universo pasa por diferentes fases. Primero, la época de la física y la química, con la información contenida en estructuras atómicas. Después aparece el ADN que engloba la información creciente. Luego aparecen los cerebros, y los cerebros crean la tecnología: esta es la época en la que vivimos y que, según Kurzweil, llega a su fin. A partir de ahora, la tecnología, con inteligencia propia, dominará los métodos de intercambio de información de las épocas anteriores y las integra, incluyendo a la inteligencia humana. Finalmente todo el universo estará lleno de tratamiento de información y conocimiento. El universo despierta y emerge una inteligencia que emplea todo lo contenido en ella misma.

domingo, 9 de agosto de 2015

Fe y razón

El infantilismo de las leyendas bíblicas desafía a nuestra base racional

y a la experiencia


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1. La puesta al día de la Iglesia católica —la tentativa de deshacerse de los elementos de su doctrina más rancios y anacrónicos de cara a la sociedad de hoy en materias tan diversas como el divorcio, la contracepción, el celibato del clero y un largo etcétera— abocan al actual Pontífice y a la Curia a una situación con bastantes similitudes a las que vivió la dirección del PC soviético tras el célebre informe Jruschov y el deshielo del estalinismo. Sin desdecirse de la presunta verdad de los dogmas, religiosos en un caso, ideológicos en otra, la operación de lavado de los establos de Augías abría y abre ahora las puertas a una discusión en la que lo supuestamente intangible pierde su estatus y sufre insidiosamente la erosión de lo real.

Si se desprograma la existencia del limbo como se hizo antes de la accesión de Francisco a la silla de Pedro, y el infierno es un estado síquico, ¿adónde van a parar los recién nacidos que no han recibido el bautismo y los precitos que arden en la hoguera minuciosamente descrita por Dante? Si la verdad de la dictadura del proletariado ha perdido su poder aglutinador, ¿qué se ha hecho de los héroes y heroínas estajanovistas gloriosamente representados en los cuadros y murales del difunto realismo socialista?
2. Llegado a este punto preciso, el establecer una neta distinción entre la fe religiosa con sus dogmas no sujetos a la razón y la creencia ciega en unas verdades científicas puestas a la prueba de los hechos y de la evolución de la sociedad. Lo ocurrido en la Unión Soviética a la caída del comunismo muestra que las utopías racionales tienen una existencia más precaria que las fundadas en un orden sobrenatural. Las poblaciones desamparadas por el derrumbe de la cúpula protectora de la ideología han buscado un salvavidas al que aferrarse y el nacionalismo religioso de sus antepasados se lo ofrecía en bandeja. La vieja alianza del trono y el altar, entre el zar Putin y el patriarca de Moscovia colman dicho vacío. La fe en los poderes divinos forman parte del genotipo de la especie a la que pertenecemos.
3. Según he leído recientemente en la prensa, el proceso de santificación de los pontífices que precedieron a Benedicto XVI y a Francisco requiere la prueba de dos milagros atribuidos a su intercesión, pero el recurso a portentos que son excepciones al orden de la creación establecido por Dios enfrenta a la Iglesia a una serie de problemas de difícil resolución. Si el aristotelismo de santo Tomás apuntaló la fábrica del catolicismo en las épocas anteriores a los grandes descubrimientos científicos, a partir de éstos Roma se bate en retirada deshaciéndose de verdades previamente proclamadas en sus concilios y encíclicas.
Afirmar el origen divino del cosmos, como lo hace el catecismo recientemente introducido en nuestras aulas de bachillerato con la asignatura de religión en un esfuerzo desesperado para oponerse a la teoría científica de la evolución va incluso a contracorriente de la lectura “demasiado rápida” del Génesis a la que se refería Francisco en su discurso ante la Academia pontificia de Ciencias el pasado mes de octubre. El grado de racionalidad de la fe es así objeto de debate en el campo atrincherado del creacionismo que se repliega frente a los asaltos de la razón.
4. El infantilismo de las leyendas bíblicas en las que creen los fieles de las religiones reveladas desafía a la vez nuestra experiencia y razón. ¿Quién puede dar por cierto el relato de Adán, Eva y la manzana o el de la cólera divina que condujo al diluvio y al mito multimilenario del Arca? No obstante, el entramado teológico forjado al hilo de los siglos sobrevive a la inverosimilitud de la fábula. El credo quia absurdum de Tertuliano adaptado bellamente por Teresa de Ávila mantiene su vigencia en el mundo desconcertado de hoy.
El papel de Francisco es menos el de un portavoz de verdades eternas que el de un comunicador en un plató de televisión
Hace ya tiempo, cuando el Vaticano reformó su liturgia y el latín desapareció de la Santa Misa, recuerdo que me dije para mis adentros que, puestos a innovar el ceremonial, lo más adecuado para resistir a los embates del siglo hubiera sido su sustitución por el sánscrito. Los fieles que memorizan un credo sin entender lo que dicen disfrutan de la gracia inherente al misterio, y cuanto más ininteligible sea éste mayor será su fe en él. Francisco —cuyos ímprobos esfuerzos sociales y justas iniciativas políticas me inspiran el mayor respeto y simpatía— sigue la dirección opuesta y se ve forzado a dar continuamente explicaciones a lo inexplicable. Su papel al frente de la Iglesia es menos el de un portavoz de verdades eternas que el de un experto comunicador en un grandioso plató de televisión.
Juan Goytisolo es escritor.

sábado, 28 de marzo de 2015

Sistemas más inteligentes para evitar el horror

El accidente del avión de Germanwings y, sobre todo, las lecciones que podemos aprender para dificultar que algo así se repita, nos obligan a reflexionar sobre los riesgos de nuestro modo de vida. ¿Qué es más importante, mejorar la formación de los pilotos o los sistemas de vuelo? Siendo importantes ambas cosas, la naturaleza de los riesgos asociados a las tecnologías que empleamos requiere, sobre todo, sistemas más inteligentes y no tanto personas más capacitadas que los dirijan. ¿A qué se debe esto?

Una de las paradojas de nuestras tecnologías es que tienen que atender a dos riesgos contradictorios: el de no hacer caso a quienes las dirigen y el de hacerles demasiado caso. Según esta distinción, habría un tipo de accidentes que se deben a la impotencia y otros a la omnipotencia. Nos inquietan más estos últimos que aquellos; desasosiega más estar al arbitrio de los hombres que de las máquinas.
El primer tipo de riesgos es más evidente. Los sistemas complejos suelen funcionar autónomamente y sin ello no podríamos tener ninguna tecnología sofisticada, pero muchas veces eso se paga con la ingobernabilidad y esos mismos sistemas que hemos configurado se vuelven, desbocados, contra nosotros mismos. Toda la literatura está plagada de fantasías acerca de creaciones que cobran vida propia y se nos rebelan. Si pensamos en los problemas específicos de la sociedad contemporánea, hay multitud de ejemplos de ese descontrol, y tal vez la dificultad de gobernar los mercados financieros sea el más lacerante. Tenemos otro ejemplo cotidiano de ello en la modificación de nuestras relaciones con la tecnología que usamos. Nos hemos acostumbrado a utilizar dispositivos cuya lógica desconocemos y por eso ya casi nadie sabemos cómo funcionan. Incluso el especialista al que recurrimos sustituye piezas, más que reparar. Por eso se ha lamentado estos días, con motivo del accidente aéreo de los Alpes, que la formación de los pilotos se haya sofisticado de manera que desaparezca el elemento que podríamos llamar “artesanal” del pilotaje. Cuando algo se estropea, lo hace irreparablemente.
De hecho, el piloto automático es un buen ejemplo de la paradoja que resulta cuando nos preguntamos quién manda aquí. Un piloto cree que pilota aviones, pero, desde este punto de vista, es más bien al revés. El piloto pone en marcha el sistema, pero enseguida es la máquina quien prescribe hasta el detalle todo lo que el piloto debe hacer hasta prescindir abiertamente de él. El piloto tiene que adaptarse a la lógica del vuelo. Un sistema es inteligente cuando puede incluso desobedecer ciertas órdenes absurdas. Nadie en su sano juicio debería lamentar esta circunstancia, pues a ella le debemos una enorme cantidad de dispositivos que nos facilitan la vida y a veces, literalmente, nos la aseguran.
El otro gran riesgo consiste en que las tecnologías se sometan excesivamente a quienes las dirigen. Con el accidente de tren de Angrois se experimentaron los inconvenientes de un sistema que dejaba al arbitrio del conductor la velocidad incluso en aquellos tramos en los que había una clara limitación. Cuánto lamentamos entonces que no estuviera instalado en aquel tramo de vía el procedimiento que impide al conductor sobrepasar cierta velocidad aunque lo quiera. Hay muchos sistemas que son inteligentes porque son capaces de oponerse a la voluntad expresa de quienes los dirigen. La sofisticación de los dispositivos de conducción se efectúa a través de sistemas que impiden a quien gobierna hacer lo que quiera, desde los límites constitucionales para el sistema político hasta los sistemas de frenado automático en nuestros vehículos.
Lo diré de una manera un tanto provocativa: la paradoja de todo sistema constitucional es que está lleno de previsiones para impedir que hagamos lo que queramos, para dificultarlo y, si no queda más remedio, para encauzarlo de acuerdo con determinados procedimientos gracias a lo cual existe una cierta estabilidad política. El sistema de frenado ABS es precisamente un sistema para impedir que, en un momento de pánico, frenemos tanto como quisiéramos, lo que pondría en peligro nuestra estabilidad y terminaría haciéndonos más daño que no frenar. Por eso cabe afirmar sin exageración que los sistemas de Gobierno son tanto más inteligentes cuanto más resisten a la obstinación de quienes gobiernan.
Es eso lo que quisieron enseñarnos, entre otros, Adam Smith y Karl Marx: que los sistemas sociales tienen una dinámica propia que actúa con independencia de la voluntad de los actores. Todo el progreso humano se juega en ese difícil equilibrio entre dar cauce a la voluntad humana de gobernar los acontecimientos e impedir al mismo tiempo la arbitrariedad. Las noticias que tenemos parecen indicar que este equilibrio se ha roto, sobre el cielo de los Alpes, en favor de alguien que podía demasiado, es decir, al que el sistema no ha podido impedir que quien pilotaba el avión hiciera lo que quería.
Nuestros protocolos de seguridad se han sofisticado desde el 11-S pensando más en enemigos de fuera que en los de dentro. De ahí, entre otras cosas, que fuera posible cerrar la cabina del avión o que la puerta estuviera blindada. Toda la paradoja del asunto se resume en cómo hacer frente a los riesgos producidos por nuestras propias medidas de seguridad, cómo evitar las protecciones excesivas. La solución no pasa por las personas, me permito concluir, sino por mejorar los sistemas que nos protejan contra las personas, contra sus errores, su demencia o su maldad.
(Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía e Investigador “Ikerbasque” en la Universidad del País Vasco.)

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domingo, 15 de marzo de 2015


A las viejas amenazas capaces de desatar una hecatombe se unen nuevas, como la inteligencia artificial o la nanotecnología

La colisión de un gran asteroide de cinco kilómetros liberaría, según los científicos,
la energía de 100.000 bombas atómicas.
El fin del mundo ha sido siempre patrimonio de la religión y, ocasionalmente, de Hollywood y sus películas de catástrofes. Sin embargo, la ciencia va acumulando datos y empieza a tomarse en serio los riesgos de que un fenómeno natural o provocado por los humanos pueda acabar con la civilización. Un reciente informe detalla los 12 grandes riesgos que podrían provocar el Apocalipsis anunciado en los textos sagrados o en las salas de cine.
"La mayoría de los guiones de Hollywood exigen heroicos esfuerzos para salvarnos y los grupos religiosos milenaristas le buscan un significado trascendente a estos desastres", dice el investigador delInstituto para el Futuro de la Humanidad de la Universidad de Oxford (IFH) y coautor del informe, Stuart Armstrong. Sin embargo, para la ciencia, "estos riesgos son principalmente cuestiones que pueden reducirse a conceptos nada glamurosos, como la eficiencia energética, y la mayoría no tienen ningún significado o racionalidad detrás", añade.
El IFH y la Fundación Retos Globales, basada en Suecia, han recopilado todo lo que la ciencia sabe sobre estos posibles cataclismos con tan poco encanto. Una treintena de expertos repasaron centenares de libros y artículos científicos hasta obtener un listado con los eventos que podrían acabar con la civilización humana, incluso con la propia existencia de los humanos. El informe 12 riesgos para la civilización humana hace hasta una estimación de la probabilidad de que alguno suceda en los próximos 100 años.
Unos peligros, como el cambio climático o la guerra nuclear, llevan tiempo entre nosotros. Otros son tecnologías emergentes que podrían tener un lado oscuro, como la inteligencia artificial o la biología sintética. Y algunos siempre han estado ahí y en el pasado provocaron grandes extinciones sobre la Tierra, como el impacto de un gran asteroide o la erupción de un supervolcán. Además, entre varios de ellos podrían existir conexiones que agravaran el resultado final, haciendo imposible la vida sobre el planeta, al menos tal y como se conoce.
Lo que enseguida llama la atención en la lista es que la mayoría de los enemigos de la civilización humana han nacido dentro de ella. Solo en dos eventos, el impacto de un gran asteroide o la erupción de un supervolcán, los humanos tienen poco que ver. Incluso en el caso de una pandemia global, hay un factor humano llamado globalización. En el pasado, epidemias como la peste negra o la gripe española no fueron apocalípticas porque el mundo no estaba tan conectado como hoy.
"En la actualidad, los riesgos tecnológicos, especialmente la biología sintética, la inteligencia artificial y la nanotecnología, parecen suponer una mayor amenaza que los riesgos naturales, con la posible excepción de las pandemias", dice Armstrong. "La guerra nuclear también es una gran amenaza y es un riesgo antropogénico aunque no sea estrictamente de origen tecnológico", añade este experto en inteligencia artificial y riesgos globales.
La lista de los 12 jinetes del Apocalipsis no ha sido elaborada siguiendo un orden jerárquico, según su mayor o menor probabilidad o intensidad. La encabeza el cambio climático al que los investigadores le añaden el adjetivo de extremo. Es el prototipo de riesgo antropogénico o endógeno. El progreso humano no ha sido mayor en la historia como desde la Revolución Industrial y las revoluciones científicas asociadas a ella. Creación de riqueza, elevación general del nivel de vida, mejora de las condiciones sanitarias...
Pero cuando la máquina de vapor de James Watt echó a rodar, en la atmósfera había unas 300 partes por millón de dióxido de carbono, el principal gas que está calentando el planeta. En el verano de 2013 se superó la cifra de 400, algo así no había pasado en los últimos 800.000 años. Los distintos escenarios dibujados por los expertos climáticos mantienen que una subida de las temperaturas de no más de 2º para final de siglo, permitiría a los humanos vivir casi como si nada hubiera cambiado. Pero, como recuerda este informe, hay escenarios más extremos, donde la temperatura media global podría subir hasta 6º. Una temperatura así provocaría una reacción en cadena: los países tropicales serían los más afectados, la sequía y la hambruna generarían caos social y emigraciones masivas a regiones más templadas, en las que también su industria agroalimentaria colapsaría... "Es improbable pero no imposible", dicen los autores del informe.
El estudio trabaja con situaciones que estadísticamente tienen pocas posibilidades, pero las tienen. "La probabilidad de que algún asteroide impacte sobre la Tierra es una certeza, la probabilidad de uno peligroso es mucho, pero mucho más baja", recuerda Armstrong. Aquí no hay azar, hay certidumbre. ¿Qué acabó con los dinosaurios si no un meteorito? La colisión de un gran asteroide de cinco kilómetros o más de diámetro sucede cada 20 millones de años, millón arriba o abajo. Con esas dimensiones, el impacto podría liberar la energía de 100.000 bombas atómicas. Solo el choque arrasaría un área equivalente a los Países Bajos.
Pero lo peor vendría después. A diferencia de las historietas contadas en películas como Deep Impact de 1998, el problema no es el impacto sino sus consecuencias posteriores. Ingentes cantidades de polvo se elevarían hasta las capas altas de la atmósfera, impidiendo el paso de los rayos del Sol. Sería un invierno de decenios que afectaría a toda la biosfera. En 2013, la NASA estimó que las probabilidades de que el Asteroide 2013 TV135, de unos 400 metros de envergadura, choque contra la Tierra en 2032 es de una entre 63.000. Una probabilidad similar a la de morir por la caída de un rayo y a nadie se le ocurre guarecerse bajo un árbol cuando truena.
La idea del invierno es muy recurrente entre las consecuencias de varios de estos eventos que los científicos llaman impactos de consecuencias infinitas. Es el caso del invierno nuclear o el volcánico. Los traps siberianos (formaciones de basalto del norte de Siberia) son el fruto de una de las mayores erupciones volcánicas de la historia geológica del planeta sucedida hace unos 250 millones de años. Miles de kilómetros cúbicos de material fue proyectado a la atmósfera, generando un larguísimo invierno volcánico que provocó la extinción masiva que marca la transición entre el periodo Pérmico y el Triásico. Según los registros geológicos, una erupción con capacidad apocalíptica se produce en un rango temporal mínimo de cada 30.000 años y máximo de 700.000 años, según el informe.
Las enormes magnitudes temporales explican en parte lo que los autores del estudio llaman invisibilidad del problema. Los humanos no se han enfrentado nunca al Apocalipsis y psicológicamente lo ignoran, entre otras cosas porque no habría nadie para contarlo. "La gente entrena su sentido común de cada día sobre la experiencia e interacción con el mundo. Como los grandes desastres son afortunadamente raros, no desarrollamos una experiencia sobre ellos. Por eso sus impresiones sobre estas amenazas se basan a menudo en lo que encuentran en la cultura popular, como las historias de Hollywood y las profecías religiosas", recuerda el investigador británico.

El lado oscuro de las tecnologías emergentes

Sin embargo, la ciencia no se puede quedar ahí. En los últimos años, además del IFH y la Fundación Retos Globales, se han puesto en marcha otras fundaciones e institutos dedicados a vigilar qué puede acabar con la civilización humana y cómo mitigar esos peligros. Es el caso del Fondo Skoll para las Amenazas Globales, el Centro para el Estudio de los Riesgos Existenciales de la Universidad de Cambridge o el Instituto Riesgos Catastróficos Globales (GCRI), de Estados Unidos. Ninguno de ellos tiene más de cuatro años.
En diciembre pasado, Stephen Hawking declaraba a la BBC que "el desarrollo de la inteligencia artificial plena podría significar el fin de la raza humana". Para el genial físico, "los seres humanos, limitados por la lenta evolución biológica, no podrían competir, y serían reemplazados". El momento en que la inteligencia artificial supere a la humana es lo que los robóticos llaman singularidad y algunos científicos, como el filorrobótico y asesor de Google, Ray Kurzweil, incluso le han puesto fecha: en algún momento de la década de los 30, las máquinas superarán a los humanos.
Hace unas semanas, una carta firmada por centenares de científicos y tecnólogos apostaba por un desarrollo responsable de la inteligencia artificial, donde, entre otras cosas, el avance en la ética de las máquinas vaya parejo con el tecnológico para que nunca sean una amenaza para sus creadores. Pero, aún no hay iniciativas similares para otros dos campos emergentes, como son la biología sintética y su promesa de crear organismos artificiales o la nanotecnología sobre los que el informe advierte. Y en los tres casos, no habrá que esperar miles de años para ver su lado oscuro.
El informe del Instituto para el Futuro de la Humanidad y la Fundación Retos Globales no lo explicita pero hay un decimotercer peligro que sobrevuela sobre los otros doce y es el de la ignorancia. Ya sea por la incapacidad para valorar económicamente un evento tan catastrófico, por su baja probabilidad a corto plazo o la psicología humana, tanto los políticos como buena parte de la comunidad científica no se toman muy en serio los riesgos. Y esa desidia es lo que, para los autores, explica buena parte de la imagen popular y acientífica del Apocalipsis.

Los 12 jinetes del Apocalipsis

El informe de la Fundación Retos Globales se centra en 12 grandes amenazas que podrían acabar con la civilización humana.
Riesgos actuales
1. Cambio climático extremo
2. Guerra nuclear
3. Catástrofes ecológicas
4. Pandemias mundiales
5. Colapso del sistema mundial
Riesgos exógenos
6. Impactos de grandes asteroides
7. Supervolcanes
Riesgos emergentes
8. Biología sintética
9.Nanotecnología
10. Inteligencia artificial
11. Riesgos inciertos
Riesgo de las políticas mundiales
12. Mala gobernanza mundial en el futuro

sábado, 11 de octubre de 2014


El tiempo de la distopía

El fenómeno editorial de la saga ‘Los juegos del hambre’ alienta la nueva vigencia de un género literario que ha dejado de hablar del futuro para desvelar el presente


Fotograma de 'Los juegos del hambre'.
El pasado 6 de enero se estrenó en la cadena holandesa SBS 6 el último formato de reality show concebido por John de Mol, el hombre que dotó de NUEVOS significados al concepto orwelliano deGran Hermano mediante el polémico —y longevo— concurso televisivo homónimo lanzado en 1999. El nuevo invento del demiurgo de la telerrealidad lo TIENE todo para confirmar las peores sospechas de todos aquellos apasionados de la ciencia-ficción que vieron, en su día, en Gran Hermano la primera piedra de una distopía cumplida: el espacio lleva el NOMBRE de Utopia y su mecánica consiste en aislar a un grupo de 15 concursantes en una zona rural para que tracen las bases de una nueva sociedad orientada a enmendar la plana a los sistemas vigentes. Fox adquirió el formato para emitir su versión americana, que se estrenó en septiembre con un desmesurado presupuesto de 50 millones de dólares por 20 episodios, y sus mensajes promocionales no dejaron de excitar la imaginación del futuro espectador, aunque no de manera especialmente tranquilizadora: “Sin previas estructuras de poder y recursos limitados, estos pioneros se enfrentarán al desafío de reescribir las reglas. ¿Escogerán democracia o dictadura? ¿Fidelidad o amor libre? ¿Castigarán o perdonarán? ¿Elegirán religión o racionalismo? ¿Compartirán con los otros o acapararán para ellos mismos? ¿Qué conflictos surgirán, qué líderes se afirmarán?”. Que no lleve a engaño el nombre del programa: una utopía a menudo suele revelar su naturaleza distópica al mirar BAJO la alfombra.
Entretanto, la ficción distópica parece estar viviendo un momento dorado tanto en el mercado editorial como en el audiovisual: títulos como Anarchy: la noche de las bestias, El amanecer del planeta de los simios y El congreso han ofrecido en la cartelera veraniega tres visiones de futuro escalofriantes, apoyadas en conceptos tan distintos como la gestión estatal del odio y la violencia, la derrota evolutiva del ser humano por una especie con mayor conciencia medioambiental y lo que Stanislaw Lem vaticinó como farmacocracia, pero que, de hecho, ya existe como realidad palpable bajo lo que Beatriz Preciadodenomina control farmacológico-pornográfico de nuestras estructuras de poder.
Por otro lado, en el ámbito de la literatura juvenil, el fenómeno de la trilogía literaria abierta por Los juegos del hambre (RBA), de Suzanne Collins, ha inaugurado una ansiosa carrera a la búsqueda deNUEVAS propuestas de género dispuestas a batir esa marca: el tríptico formado por las novelasDivergente, Insurgente y Leal(RBA), de Veronica Roth, fagocitadas de inmediato por la industria del cine, ejemplifican, no obstante, los riesgos de mimetismo y reiteración que suelen conllevar esosESTADOS de frenesí editorial. Que autores como el Nobel J. M. Coetzeetanteen las claves de lo distópico en un TRABAJO como La infancia de Jesús (Literatura Random House), que la crítica no ha recibido con excesiva benevolencia, podría ser otro síntoma de la pertinencia de esa clave genérica para descifrar un presente donde la memoria del pasado se desvanece ante la creciente materialidad de lo que, hasta no hace mucho, eran nuestros miedos futuros. De todos modos, el tiempo de las distopías tambiénPUEDE ser territorio fértil para su antítesis: la reciente traducción deBeaubourg. Una utopía subterránea(Enclave de Libros), de Albert Meister, obra en la que el suizo imaginaba un espacio utópico en el subsuelo del entonces recién inaugurado Centro Pompidou, permite establecer claras analogías entre su fantasía libertaria y las nuevas políticas culturales cultivadas en los círculos asamblearios surgidos tras el 15-M.

Presente distópico y futuro anticuado

“Nunca ANTES el futuro nos había parecido tan anticuado”, concluía el británico Will Self en su intervención radiofónica del pasado 1 de agosto en BBC Radio 4. Según el autor de Grandes simios(Anagrama), la utopía —y, por extensión, su reverso: la distopía— habla antes de las ansiedades y neurosis del presente que de los deseos de corregir el futuro y, así, el ESTADO actual de ese modelo de discurso no hace otra cosa que subrayar un triunfo general del pesimismo que no permite habilitar una razonable parcela de porvenir que conquistar. Se podría decir de otra manera: vivimos un presente donde parecen haberse cumplido parcialmente muchas de las distopías más influyentes del siglo XX. Una buena prueba de ello es la buena salud y el excelente funcionamiento de la web Dystopia Tracker, creada por David Bauer, donde los usuarios van proponiendo y archivando algunas profecías cumplidas nacidas en el campo de la ficción: DESDE la vida virtual después de la muerte mostrada en un episodio de la serie Black Mirror hasta los COCHESde conducción automática que imaginó William Gibson en su obra germinal del ciberpunk, Neuromante (Minotauro).
“Se ha impuesto una sensación general de escepticismo tras esta crisisFINANCIERA que no ha sido sólo económica, sino también social y de valores”, señala el escritor Ricard Ruiz Garzón, coordinador de la antología Mañana todavía. Doce distopías para el siglo XXI(Fantascy). “La literatura distópica”, CONTINÚA, “ha vivido siempre sus momentos de mayor creatividad después de grandes crisis colectivas, que han colocado grandes interrogantes sobre el futuro.1984, de George Orwell, y Fahrenheit 451 fueron hijas de la II Guerra Mundial, del mismo modo que la crisis del petróleo en los setenta dejó su huella en buen NÚMERO de obras de ciencia-ficción que planteaban serias preocupaciones medioambientales”. La nueva era fundada tras el 11-S, la crisis económica, la renacida expansión del Ébola y los actuales conflictos en Gaza y Ucrania delimitan los perfiles de un presente inestable, donde, por otra parte, el control químico del bienestar, la videovigilancia, la hipervisibilidad de las redes sociales y los esbozos del transhumanismo definen una cotidianidad cada vez más parecida a una vieja novela de ciencia-ficción.
A pesar de todo eso, el experto británico David Pringle, editor de la legendaria revista dedicada al género Foundation ENTRE 1980 y 1986 y autor del muy influyente libro divulgativo Ciencia-ficción: las 100 mejores novelas (Minotauro), TIENE una opinión disidente frente a nuestro impulso de establecer una inmediata relación causa-efecto entre realidad y ficción: “En nuestro planeta está viviendoAHORA mucha más gente que en ningún otro momento de la historia, con una media de vida más larga y con un índice de bienestar mayor que en cualquier punto de nuestro pasado. Si hemos de creer a Steven Pinker, autor de Los ángeles que llevamos dentro(Paidós), nos hemos convertido en una especie más amable y benigna. Los índices de criminalidad han descendido en las últimas décadas. Así que, en vista de todo esto, no queda otro remedio que concluir que vivimos en el mejor de los tiempos posibles. De todos modos, el animal humano tiene una pulsión por lo perverso (como bien sabía J. G. Ballard), así… ¿es posible que el fenómeno de la distopía contemporánea derive del hecho de estar viviendo en lo que, comparado con el resto de la historia, sería una utopía? Demasiada paz y tranquilidad nos hacen anhelar un poco de horror: la distopía”.

Breve historia de la distopía

La palabra distopía no figura en el Diccionario de la Real Academia,PERO uno de los miembros de la institución, el escritor José María Merino —uno de los autores de Morir todavía—, mantiene un firme compromiso con su previsto proceso de incorporación. Se atribuye a John Stuart Mill el primer uso DOCUMENTADO del término en el curso de una intervención parlamentaria en 1868. Distopía —cuyo significado etimológico es “mal lugar”— es el antónimo de utopía, concepto acuñado por Tomás Moro en su obra escrita en 1516 para describir, literalmente, un no-lugar desde el que ofrecer un comentario sobre el presente político de Gran Bretaña. Según David Pringle, la primera utopía literaria ya incorporaba el germen de lo distópico: “La utopía tiene el desagradable hábito de transformarse en distopía. Incluso la obra de Tomás Moro, que bautizó el género literario de la utopía, tenía una doble cara. Es un cliché afirmar que describe una sociedad mejor, pero, de hecho, había algunos aspectos de esa sociedad imaginada que Moro contemplaba probablemente con horror: por ejemplo, la ausencia de Dios. Soy de los que piensan que realmente no estaba ABOGANDO por un buen lugar. Por el contrario, estaba imaginando un no-lugar como atalaya desde la que comentar, disimuladamente, el mundo que le rodeaba”.
La distopía crece y se expande como género literario a finales del siglo XIX, con los peligros del secularismo, el socialismo y el protofeminismo como primeros acicates para imaginar futuros problemáticos. La dialéctica ENTRE capitalismo y socialismo dominará los primeros pasos de ese modelo de discurso dentro de una literatura de ciencia-ficción propiamente dicha para ir acogiendo, en décadas sucesivas, diversas modulaciones fóbicas espoleadas por los avances tecnológicos, la depredación medioambiental o la progresiva inmersión de lo real en lo virtual. En el último tramo de su trayectoria —el que se abre, en 1988, con la nouvelle Furia feroz(Booket) y se prolonga HASTA su última obra de ficción Bienvenidos a Metro-Centre (Minotauro)—, J. G. Ballard tuvo la magistral intuición de despojar al género de su naturaleza anticipatoria para rastrear los elementos distópicos del presente. “No creo que Ballard se sintiese cómodo con el término distópico”, precisa Pringle, uno de los máximos especialistas en su obra, “él consideraba su trabajo como una exploración, que no era de por sí ni optimista, ni pesimista. A pesar de eso, a sus lectores nos resulta posible contemplar sus últimosTRABAJOS bajo el signo de lo distópico. Están ambientados en un futuro muy cercano, que parece compuesto de lugares estables y felices, minados, no obstante, por esa demasiado humana pulsión por lo perverso. Según su punto de vista, la utopía no funciona porque la gente siempre se siente impelida a pulverizarla”. En Idyll (Dolmen), el cineasta reciclado en novelista Elio Quiroga propone una suerte de versión death-metal de ese último ciclo narrativo de Ballard. Resulta significativo que el escenario escogido —una zona residencial levantada en el desierto— se inspire en una inquietante utopía inmobiliaria sacada del mundo real: Celebration, la ciudad ideal con más de 7.000 habitantes que levantó The Walt Disney Company en Osceola County (Florida) a mediados de los años noventa, cumpliendo un viejo sueño del padre de Mickey Mouse.

Entre el romance y el videojuego

Las sagas literarias creadas por Suzanne Collins y Veronica Roth tienen varios puntos en común más allá de su paralela apuesta por futuros distópicos y aguerridas heroínas: un equilibrio entre una delgadísima —y mecánica— narrativa de videojuego y la habilidad para insertar una trama romántica en medio de una violencia que, de manera bastante desconcertante, no genera demasiados debates morales en unas protagonistas que parecen antes una fantasmagoría —o el equivalente literario de un AVATAR virtual— que personajes dotados de algo parecido al alma. En el caso de la trilogía de Collins, el factor romántico del relato adquiere, por lo menos, un matiz interesante al nacer, en un principio, como simulacro para la seducción mediática en un cruento reality, estrategia que conoce bien HASTA el más merluzo aspirante a concursar en Gran Hermano.
Es cierto que Stephen King celebró laCONDICIÓN adictiva de la escritura de Suzanne Collins en una reseña publicada en Entertainment Weekly, pero el escritor no olvidaba señalar la palpable pereza autoral de un trabajo que, antes que un sólido edificio narrativo, se parecía más alANDAMIO desde el que levantarlo. En Los juegos del hambre podría detectarse tanto una premonición de la revolución indignada COMO, según sugirió Jay Michaelson, una distopía del Tea Party, donde el populismo jeffersoniano encarna una idea del bien frente a un Estado demonizado. “Cuando una novela tiene diferentes lecturas es que es realmente grande, yPERSONALMENTE me apasiona que sea así”, afirma Mar Peris, directora del área de literatura infantil y juvenil de RBA, “y si son viables estas lecturas dispares es porque el resultado final de la obra es lo bastante amplio de miras y universal para que mucha gente pueda identificarse. En definitiva, sea por una cosa o por otra, a nadie le gusta tener un ente represor que le oprima, eso está claro. A modo de ejemplo de cómo uno se puede identificar con la historia y de hasta dónde se puede llegar, impresiona mucho que en la revolución tailandesa contra el golpe de Estado, la gente hiciera suyo el símbolo de los tres dedos de Los juegos del hambre”. Otro signo de los tiempos —la distopía multiusos— o la cuadratura del círculo —Panem, el escenario de Los juegos del hambre, como un espacio tan ambiguo como lo fue en los orígenes la Utopía de Tomás Moro.

Colapsos del porvenir

Afirma Ricard Ruiz Garzón, responsable de la SÓLIDA antologíaMañana todavía, que el título del volumen habla de esperanza y catarsis, porque pensar que habrá un mañana es ya un gesto positivo. No obstante, los futuros que describen los 12 RELATOSrecogidos distan de ofrecer las comodidades de una residencia PARAentrar a vivir. Incluso dos de ellos, los firmados por Marc Pastor y José María Merino, se atreven a llevarle la contraria a uno de los tópicos tradicionales del género: el poder redentor de la ficción y la fuerza transformadora de la imaginación sobre lo real. En ellos, incluso la ficción es pervertida COMO instrumento de control.
Mañana todavía ofrece una excelente panorámica del buen estado de salud de la literatura de género en España: en ella conviven nombres veteranos —Javier Negrete, Elia Barceló, Rodolfo Martínez— con nuevos efectivos de una literatura de ciencia-ficción que tantea registros inéditos y se resiste a seducir sólo al INICIADO —Marc Pastor, Emilio Bueso, Félix J. Palma—. En Los centinelas del tiempo,de Javier Negrete, la ortopedia lingüística de la corrección política se revela encarnación palpable de la neolengua que imaginó Orwell en1984 (Debolsillo). Los relatos de Mañana todavía no juegan a las quinielas con el porvenir: usan las herramientas de la ficción para desvelar la estructura profunda del presente.