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martes, 8 de octubre de 2024

Nadie sabe cómo reaccionará a la muerte de un ser querido...

 

Superar la pérdida de un ser querido: lo que podemos aprender de Emerson, Henry David Thoreau y William James

'Te vi marchar' recoge el pensamiento de Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau y
 William James 
elDiario.es


Cristina Ros


Nadie sabe cómo reaccionará a la muerte de un ser querido, sobre todo cuando se trata del fallecimiento repentino de alguien joven, una pérdida que no se ha podido asimilar, que ni siquiera deja el consuelo de pensar que disfrutó de una vida larga y plena. Llega entonces la etapa de duelo, que cada uno sobrelleva como puede. En ocasiones, mirarse en el espejo de quienes pasaron por lo mismo, escuchar o leer sus vivencias, ayuda.

La experiencia ajena proporciona, si no consuelo, compañía, una forma de reconocimiento o proyección que inspira a salir adelante y, aún más importante, sacar algo constructivo de esta quiebra. Con ese propósito, el historiador Robert Richardson (Milwaukee, 1934-2020) aborda el ensayo Te vi marchar (2023; Errata Naturae, 2024, con traducción de Teresa Lanero).

El autor, reconocido biógrafo de Ralph Waldo Emerson, Henry David Thoreau –que se tradujo como Thoreau. Biografía de un pensador salvaje– y William James, se percató de que sus tres referentes sufrieron una pérdida traumática en su juventud: la muerte de la esposa, del hermano y de una prima muy querida, respectivamente. Después de tocar fondo, sin embargo, no solo se levantaron, sino que su pensamiento, su vida, creció, se robusteció por nuevas vías que resultaron claves en su aportación intelectual al mundo. Richardson, que también perdió a un hermano demasiado pronto, se acerca a ellos con esta mirada, que pone el foco en su dimensión humana y analiza cómo vivieron.

Emerson: la ciencia como nueva religión

Antes de sentar las bases del trascendentalismo que devuelve la naturaleza al lugar de lo sagrado, Ralph Waldo Emerson (Boston, 1803 - Concord, 1882) era un clérigo unitarista que no descuidó sus obligaciones religiosas ni siquiera tras la muerte de su esposa. Esta, que murió de tuberculosis a los 19 años, quería ser poeta, un sueño que también él había acariciado. Tras su pérdida, y pese a encontrarse en su peor momento, Emerson continuó ejerciendo como guía espiritual para los demás. Es sabido que el trabajo puede convertirse en refugio durante una mala época personal, pero las características del suyo propiciaron, además, otra consecuencia.

Junto con los estudios bíblicos que conocía bien, Emerson leyó a fondo lo que entonces se consideraba ciencia temprana, lo que le provocó un choque de ideas: en sus escritos se aprecia un paso de la aflicción predicadora del Eclesiastés al hallazgo de una fuente de vida inagotable en la naturaleza. En el mundo natural, lo real y lo sagrado son lo mismo; todo ente viviente participa del todo, no hay un Dios omnipotente impuesto su dogma de forma vertical. La naturaleza es cambiante, integradora y armónica. Acoge, no predica. Frente a la comunión de la eucaristía, Emerson propone una “comunión en minúscula”, entendida como cultivar los vínculos entre nosotros, y entre nosotros y el entorno.

Emerson llevó a cabo una reconstrucción “no a través del cristianismo, sino de la acción proporcional a la naturaleza”, como explica el autor. Su nueva visión “no proviene del cielo, sino de un mundo natural salvado y regenerado”, donde el ser humano posee un dominio “tan inmenso como el suyo, aunque no posea un nombre tan magnífico”. Como consecuencia, renunció a su cargo para hacerse naturalista, aunque el cristianismo siguió acompañándole en la esfera social de la comunidad. Encontró lo que su amigo Thomas Carlyle describió como “su integridad, su armonía para consigo mismo”. Su obra, además de señalar los beneficios de la vida al aire libre, invita a aprender a pensar por uno mismo: “Tu propio corazón te enseña las mismas verdades que Él”, escribió.

Thoreau: el individuo muere, la naturaleza vive

John, el hermano mayor de Henry David Thoreau (Concord, 1817 - 1862), falleció a los pocos días de cortarse mientras se afeitaba, de tétanos. Por esas fechas murió el hijo de Emerson, familia muy amiga. Los textos de Thoreau, ávido escritor de diarios y cartas, se interrumpieron de golpe. Abatido, se siente extraño en su cuerpo, la insignificancia humana ante la inmensidad de la naturaleza lo aturde, el mundo se le aparece como un abismo. Sin embargo, no tarda en dar una vuelta de tuerca a ese pensamiento, que pasa por reemplazar el individualismo por una apuesta firme por el vínculo, la pertenencia.

“En la sociedad no hallamos la salud, en la naturaleza sí”, escribe. “He vivido enfermo la mayor parte del tiempo porque estoy demasiado cerca de mí mismo”. Conectar con el entorno, la única fuente de “vida verdadera y alegre”, es su remedio. El entorno implica el medio natural, pero también la gente, tanto quienes también conocieron a los fallecidos –y que por lo tanto conservan en sí algo de ellos– como los que están por conocer. Thoreau reivindica la amistad, vínculos elegidos y susceptibles de ampliarse en todo momento, de enriquecerse con el trato, frente a la imposición de la sangre.

La pérdida duele porque vemos a cada individuo como irreemplazable. En cuanto uno entiende que en la naturaleza la muerte definitiva no existe porque el ecosistema está en renovación constante, se puede sanar. La naturaleza no es hostil, sino amable; nos integra en ella, formamos parte del ciclo. Esta perspectiva le permite encontrar otro rumbo y desarrollar una resiliencia que será fundamental en su obra. Y, aunque se le conozca sobre todo como naturalista, su filosofía abraza en primer lugar lo humano: “La verdadera cortesía es esperanza y confianza en los demás”, por eso “debemos tratarnos o estimarnos unos a otros no por lo que somos, sino por lo que somos capaces de ser”.


James: la capacidad de adaptación del ser humano

Para William James (Nueva York, 1842 - Nueva Hampshire, 1910), despedir a su prima Minny Temple marcó el final de la juventud. Ella tenía 24 años; él, 28. De carácter vivaz e ideales elevados, la joven era muy querida por la familia (el escritor Henry James, hermano pequeño de William, la retrata en novelas como Daisy Miller y Retrato de una dama, entre otras). El futuro padre de la psicología funcional tuvo que afrontar un vacío; no solo había perdido a una prima, sino a una interlocutora brillante con quien compartía muchas ideas. El duelo, no obstante, le reveló “los recursos que llevamos dentro, de cuya existencia habríamos permanecido ignorantes en otro caso”.

Eso que ahora llamaríamos resiliencia anticipa la terapia cognitivo-conductual sobre la capacidad inherente en el ser humano para cambiar por sí mismo, esto es, para adaptarse a las circunstancias, elegir con libertad y desarrollar nuevos hábitos. La pérdida, de este modo, tiene el beneficio de descubrir una parte de uno mismo, un “poder creativo”, que nos fortalece y del que de otro modo no habríamos tomado conciencia. Todo comienza por un cambio de actitud, que a continuación debe concretarse en una acción coherente. “Me plantearé la vida (lo real, lo bueno) como un ejercicio de resistencia autogestionada del yo frente al mundo”, concluye. “La vida se construirá haciendo, creando y sufriendo”.

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Si bien cada filosofía posee matices distintos, los tres coinciden en aceptar la muerte sin negarla (“rindámonos de antemano”, dice James. “Por más amarga que sea la verdad, es mejor conocerla que no conocerla) y buscar otra forma de anclaje en el mundo, atenta a lo permanente –la naturaleza viva, las relaciones humanas, la voluntad interior– para no dejarse avasallar por la condición efímera del individuo. Por si fuera poco, prestaron un servicio a la humanidad al plasmar sus aprendizajes por escrito; un ejemplo de lo que en inglés se conoce como a blessing in disguise, sacar partido de lo que en principio parece una desgracia.

Curiosamente, o no tanto, Richardson escribió el libro un año antes de su propia muerte (según Megan Marshall, autora del prólogo y discípula suya, no estaba enfermo ni podía preverlo). Una obra con la que abre nuevas puertas para la investigación: en lugar de un ensayo académico o una biografía al uso, propone el método que define como “biografía documental”: recorre los escritos personales (cartas, diarios) de los protagonistas y los de sus allegados para centrarse en las vidas, con el fin de sugerir lazos entre personaje y lector. “No solo tenemos que leer lo que escribieron, también debemos fijarnos en cómo vivieron”, dice. Como nada humano nos es ajeno, hoy aún es posible inspirarse en ellos para renacer.

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Cristina Ros

Humanista especializada en literatura por la UOC. Desde 2012 trabaja en el sector editorial como lectora profesional y correctora. 

También escribe una newsletter: https://cristinaros.substack.com/

martes, 16 de abril de 2024

Sobre el envejecimiento y la inmortalidad...

¿Por qué morimos? 

Lo último sobre el envejecimiento y la inmortalidad de la mano de un científico galardonado con el Premio Nobel

El envejecimiento se produce a lo largo de toda nuestra vida, incluso desde el principio.
Cecilie_Arcurs/E+/Getty Images



Por Jessica DuLong

domingo, 8 de marzo de 2020

El miedo a la muerte es un miedo a la nada, según Julian Barnes

El novelista británico Julian Barnes reflexiona en su última obra sobre la muerte. Desde una perspectiva agnóstica, la muerte es para Barnes la desaparición de una identidad a la que nos aferramos, pero que realmente no existe. El miedo a la muerte es en sí, por tanto, un sinsentido, un miedo a la Nada. El autor envidia, sin embargo, a los creyentes porque, mientras para ellos la muerte será una puerta de entrada, para el resto será sólo una puerta de salida. Obsesionado por el paso del tiempo y el fin de todas las cosas, Barnes encuentra finalmente en la ciencia el sentido de que todo lo existente haya de terminar algún día. Por Yaiza Martínez.
https://www.tendencias21.net/El-miedo-a-la-muerte-es-un-miedo-a-la-nada-segun-Julian-Barnes_a2675.html

domingo, 28 de abril de 2019

La ciencia de la resurrección

La misma definición médica de la defunción implica que no es reversible. Hasta ahora, ningún proyecto que prometa la resurrección tiene una base realhttps://elpais.com/elpais/2019/04/24/ciencia/1556133915_883047.html

domingo, 12 de febrero de 2017

La muerte en aforismos

Cementerio de Pamplona.  AP
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Hace cientos de miles de años, junto al fuego, un homínido se inclina sobre otro que agoniza. Es alguien muy cercano y siente compasión. Sus miradas se clavan la una en la otra hasta que la del yacente se desenfoca y la del sobreviviente se licúa. Entonces este se vuelve hacia la noche estrellada y, por primera vez en toda la evolución, una porción de materia se interroga por ella misma. Poco después tiene lugar un rito funerario. Es el primer indicio de autoconciencia. Quizá fuera un Homo neanderthalensis, quizá un Homo antecessor, pero, fuera quien fuera, en aquel preciso momento ese alguien comprendió que también él iba a morir. Desde entonces la pregunta no ha dejado de planear sobre todo lo humano: ¿qué sentido tiene la existencia? Frente a esta inquietud hay por lo menos dos opciones. Una muy socorrida consiste en dar por bueno un plan cósmico servido en un lote completo en el que todo está bien determinado. Nunca dejamos de pensar en la muerte, pero por esta vía la reflexión se liquida pronto. Otra alternativa consiste en asumir que la vida es una partida de azar que bien vale la pena jugar. Por este otro camino la reflexión no deja nunca de reiniciarse.
1. No hay manera de encontrar consuelo frente a la certeza de que un día vamos a morir, ni siquiera pensando en lo bajísima que fue en su día la probabilidad de que llegáramos a nacer.
2. La probabilidad de volver a nacer después de muerto es colosalmente pequeña, pero no es nula como ilustra el hecho de que ya hayamos nacido una primera vez.
3. Ahora ya no tiene arreglo, pero la muerte necesaria es una innovación impuesta por la reproducción sexual.
4. Una bacteria aspira a la eternidad convirtiéndose ¡a tiempo! en su propia descendencia.
5. Si la medicina logra un día curar cualquier enfermedad, ya nadie se atreverá nunca a cruzar una calle, porque una cosa es perder la vida y otra muy distinta perder la eternidad entera.
6. Por simetría: ya sé dónde estaré después de morir: más o menos donde estaba antes de nacer.
7. Uno se acaba de morir del todo cuando se muere el último que le ha conocido vivo.
8. La frase más frecuente en las lápidas de los cementerios, nunca te olvidaremos, descansa sobre la hipótesis tácita de que solo se mueren los demás.
9. Los que prometen la gloria en el más allá a cambio del sacrificio en el más aquí no necesitan libro de reclamaciones.
10. La muerte es la más sorprendente de todas las noticias previsibles.
11. Vivir envejece, envejecer humilla y la mayor humillación es morirse.
12. Se murió y a continuación algo se apagó retrospectivamente en la mirada de todas las fotografías que de él se habían tomado a lo largo de toda su vida.
13. Pensar en la vida genera tanta perplejidad como pensar en la muerte.
14. Yacer es gratis, cualquier otra cosa es arquitectura.
15. Todo lo real es pensable (hipótesis de la ciencia), pero todo lo pensable no tiene por qué ser real (hipótesis de la literatura), luego la imaginación es más grande que la realidad entera (tesis científico-literaria).
16. La invención del infierno: vivir es bajarse un instante de la eternidad con el alto riesgo de arruinarla irreversiblemente.
17. A una expresión se le puede dar la vuelta para que mejore su sonido sin que cambie su significado, por ejemplo, vida eterna en lugar muerte eterna.
18. Ganó la vida eterna y se disponía a disfrutarla con ilusión, cuando comprendió que se iba a aburrir y que en la eternidad ya no se muere nadie.
19. Tenemos muy poco tiempo para estar vivos y todo el tiempo del mundo para estar muertos, pues qué pena, porque hay muchas maneras de estar vivo y solo una de estar muerto.
20. Epitafio: lamento no estar en condiciones de leer este epitafio.
... 31 ENE 2017 

miércoles, 21 de agosto de 2013


Javier Gomá indaga en la esperanza tras la mortalidad en el libro 'Necesario pero imposible'


A Javier Gomá le distinguen varias cosas. Medita sobre un tiempo geológico –el filosófico- sin renunciar a observar las urgencias del presente. Se apropia de conceptos caídos en desuso que exhalaban aromas rancios –ejemplaridad, mortalidad- y los rellena con savia nueva. Escribe y habla de filosofía con naturalidad, como si guardase lo trascendente y lo práctico en la misma maleta: buscar un trabajo, encajar la desilusión por las expectativas incumplidas. Le han descrito como filósofo de moda, le han incluido en influyentes listas de intelectuales iberoamericanos y le han llegado a decir que usa el tupé para reafirmar sus ideas. Como si, o a pesar de, Gomá encarnase la dosis justa de profundidad mundana.

Pero tal vez lo que está haciendo que Gomá tenga una voz especial –aparte de su poder literario: “una filosofía sin eros no es filosofía”– han sido sus elecciones. Mientras la filosofía lleva un par de siglos haciendo historia de sí misma y renunciando a pensar sobre cuestiones eternas, él acaba de elegir un aspecto como la inmortalidad del alma, abandonado por la filosofía a la buena de Dios, en su último libro, Necesario pero imposible (Taurus).  A propósito de esta ausencia, Jon Juaristi recordó ayer en el Teatro Real, durante la presentación de la obra, las palabras de Borges: “Esto de la inmortalidad es una cosa que solo interesa a los españoles”.

“A partir de Kant, la inmortalidad que había sido central en la filosofía desde los presocráticos pasa a ser un no-tema y queda colonizado por las religiones. Se acepta que no hay más realidad que lo tangible. El mundo de la experiencia se agota con la realidad. Otra creencia. Me parece un tema digno de la filosofía. Lo anómalo es que lo hayamos abandonado durante dos siglos”, cuenta una mañana tan luminosa como su despacho de la Fundación Juan March, que dirige desde 2003.

La obra cierra una tetralogía (Imitación y experiencia, Aquiles en el gineceo y Ejemplaridad pública fueron las entregas anteriores) que Gomá mascó durante más de dos décadas dedicadas a pensar sobre la experiencia de la vida, y más allá. Sin duda la mejor explicación a este prolongado esfuerzo la facilita él mismo al comienzo del libro que cierra el ciclo: “Publican las instrucciones privadas que se ha dado el autor a sí mismo para intentar un doble objetivo: llegar a ser individual en este mundo y, a la vez, albergar la esperanza –contra toda experiencia– de seguir siéndolo fuera de él. Mantener simultáneamente dos platillos en el aire sin dejar de mover las manos ni avanzar por el camino. Eso es todo”.

Malabares. También funambulismo. Gomá camina sobre un alambre entre dos visiones arraigadas, inflexibles y contrapuestas. Se atreve, en tiempos de la modernidad que ha reafirmado al individuo y le ha desligado de la cosmovisión religiosa medieval, a plantear una hipótesis sobre la esperanza más allá de la destrucción de la muerte, que él define como "una mortalidad indefinidamente prorrogada". Y rechaza, al mismo tiempo, que la materia religiosa esté sujeta a obediencia política. “Confío en que el libro sea útil para los agnósticos y los creyentes no dogmáticos. Les propongo una versión creíble”, afirma. “Los hombres de ciencia suelen refutar las cuestiones religiosas porque la visión que tienen sigue siendo infantil y pueril. Pero yo saludo la secularización como la emancipación de las verdades últimas, el proyecto moderno ha tenido que ser anticristiandad porque durante mucho tiempo los avances modernos se consideraban una derrota”, añade.

Todo parte de una premisa: morir es indigno. “El individuo es la forma más excelente de los entes. La muerte representa la destrucción objetiva de esa dignidad individual y un empobrecimiento objetivo del mundo, que se convierte en algo injusto”. No hay una aproximación religiosa –sino antropológica o filosófica–. “Todo hombre moderno es un agnóstico, no sabe nada sobre lo que puede haber más allá. Lo que planteo es si ese hombre puede tener esperanza”. Y lo hace examinando una figura central, el Jesús histórico al que Gomá llama con premeditación el Galileo para desmarcarse de la divinización construida posteriormente. “El Jesús histórico tiene una ejemplaridad que ni siquiera atacan anticristianos tan furibundos como Nietzsche. Con él se da un fenómeno extraño de divinización. Muere equivocado y fracasado en un suplicio que consideraba indigno. Que haya sido el fundador de una religión de difusión universal… no era previsible su éxito”.

Gomá trenzó sus tres libros anteriores -entre ellos ha publicado otros como Todo a mil, su recopilación de artículos en Babelia  dejando al margen el concepto de esperanza. “Primero era preciso abordar con parsimonia la descripción de la estructura de la experiencia sin permitir que apareciera confundida con otros elementos culturales, míticos o religiosos”, escribe. Dos incertidumbres le aguardaban ante el cuarto: “Cómo me podía sentir yo escribiéndolo y qué recepción podía tener”. Gomá trenzó sus tres libros anteriores —entre ellos ha publicado otros, como Todo a mil, con artículos en Babelia— dejando al margen el concepto de esperanza. Dos incertidumbres le aguardaban ante el cuarto: “Cómo me podía sentir escribiéndolo y qué recepción podía tener”. Una de las respuestas se la dio ayer Gregorio Marañón: “Me ha dejado huella tras plantearme preguntas y apuntarme respuestas. Tiene algo más que filosofía”.

 Madrid 28 FEB 2013