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sábado, 25 de mayo de 2024

Todo es siempre ahora; y el fin y el principio estuvieron siempre ahí...

Salvador Pániker


Hijo de un empresario químico hindú y una barcelonesa de la alta burguesía, el ingeniero, filósofo, empresario y editor aunó las tradiciones de Oriente y Occidente y alumbró ideas como que la trascendencia es compatible con el azar

Salvador Pániker, en su casa de Barcelona en 2013.
CONSUELO BAUTISTA




O digamos que el fin precede al principio

Y el fin y el principio estuvieron siempre ahí

Antes del principio y después del fin

Y todo es siempre ahora.

T. S. Eliot


Lo silenciado tensa el discurso. Hemingway lo decía de la narrativa. Se podría decir lo mismo del universo, que también es un relato. Lo ausente crea una tensión primigenia y con ello asegura la marcha del mundo. El tiempo es índice de algún tipo de desajuste, de alguna carencia, de falta de coincidencia con uno mismo.

La distinción entre lo natural y lo artificial no es válida. Lo artificial es también natural (lo ha hecho el ser humano, que es natura) y lo natural es artificio. El hombre no es el centro de la creación. La conciencia no emerge con el ser humano, estaba ya ahí, esa es la hipótesis india. El misterio nos iguala a todos. Cada persona tiene su propio terreno de juego. Hay partidos más difíciles que otros, pero hay que jugarlos. El caos también puede ser sagrado, como lo fueron las orgías de la antigüedad. El dolor físico es totalitario y avasallador. El dolor está dentro de uno. Ahí fuera, no hay dolor (tampoco placer). Después de Auschwitz no es posible creer en un dios omnipotente. El ateísmo es tan ingenuo como el teísmo. Todas estas cosas, con variaciones, nos dice el genio de Salvador Pániker. A veces glosando a otros autores, otras, velando sus fuentes, como hacía Ortega y como hace cualquier filósofo avezado. En la España de la transición defendió la eutanasia y una sociedad laica y trascendente. Dejó algunos ensayos notables, entre los que destacan Aproximación al origen (1982) y Filosofía y mística (1992), un par de libros de memorias y unos magníficos dietarios, cinco volúmenes hasta el momento. Su hijo y albacea, Agustín, quizá nos entregue el que falta (2011-2017). Murió plácidamente en su casa de Pedralbes a los 90 años.

Hijo de un empresario químico hindú y una barcelonesa de la alta burguesía, se hizo rico de joven y se incorporó con absoluta naturalidad a la alta sociedad catalana. Medio indio, ejerció el mito español de don Juan y la mística del cazador. En cierto sentido, es el sucesor natural de Josep Pla. Un escritor de fuste, como el ampurdanés, aunque con un sesgo más filosófico y oriental, menos descriptivo y, políticamente, más elitista. Sentido del humor y un buen oído para la metafísica y la mística. Su madre le trasmitió el pathos musical (era una excelente pianista) y el filosófico. “Percibo que albergo un secreto, tan secreto que ni siquiera sé de qué se trata”. Quiso serlo todo: ingeniero, filósofo, empresario y editor, y de hecho fue todas esas cosas. Fue a su aire y se mantuvo fuera del mundo académico. Los filósofos de ese país no le perdonaron su afición a la jet set y lo ignoraron. Hubo otro factor, del que él mismo era responsable. Hacía gala de un sentimiento de inconsistencia ontológica. No era capaz de tomarse demasiado en serio sus propias ideas, en general brillantes y amplias, muy necesarias en una España que seguía siendo provinciana (sobre todo respecto a las cosas de Oriente). A diferencia de su hermano Raimon, se sentía incómodo en el papel de maestro. “Me subo al escenario para enmascarar mi vida. Soy un animal sociable porque no disocio lo profundo de lo superficial.”

La paranoia consiste en tomarse demasiado en serio uno mismo. No es de extrañar que nuestra sociedad, que rinde culto al individuo, sea paranoica y proliferen personajes monstruosamente egocéntricos. El motivo: la concentración del capital y la fiebre de la adquisición. Pániker, egocentrado, siguió (tarde) el consejo de Jung: la vida consiste, en su primera mitad, en fabricarse un ego fuerte (los egos débiles son tóxicos), y la segunda, en desmontarlo. Encontró una buena excusa: “Se es egocéntrico como se es alto o bajo, rubio o moreno”.

El oído para la metafísica le permitió imaginar un dios cómplice. Un dios que no puede disociarse de este cosmos inverosímil y azaroso. “Un dios infinito, pero también débil, que sabe convivir con Auschwitz y el azar, un dios que me traspasaba y comprendía desde una empatía de finitud. A veces, incluso de humor”. Lo trascendente, como el arte, viene arraigado en los genes: “Por eso la gente todavía canta y baila”. Mircea Eliade acuñó el término hierofanía para referirse a la toma de conciencia de lo sagrado cuando se manifiesta en un objeto cualquiera de la naturaleza. Pániker tenía desarrollado ese instinto. Tuvo algo de chamán, que se fue diluyendo con los años. Lo sagrado es una experiencia fundamental que revela estructuras profundas de lo humano. La vida religiosa de hoy es inconsciente. La otra cara de una secularización que defendía. Entretanto, ejercía de frívolo, alternando con las élites y exhibiendo ese pedigrí (sus diarios son un continuo name-dropping).

Taoísmo y retroprogresión

Detrás de todo arte hay trascendencia. El sabio no es aquel que sabe, que conoce todo tipo de informaciones, el sabio es aquel que está atento. En esto fue taoísta. Pero al Tao no se le puede llamar camino. “Cabe considerarlo la madre del mundo, pero como ignoro su nombre, lo llamo Tao”. Chuang Tzu lo explica: “Nombrar al Tao es nombrar una no-cosa”. Por eso los elípticos poemas taoístas se expresan en paradojas. Empatía espontánea frente a teorías éticas.

La antítesis entre caos y cosmos en una invención moderna (Jaeger). Procede que emerja una nueva sensibilidad que no separe el bien del mal, la luz de la tiniebla, que tenga poco que ver con la armonía cósmica y otras complacencias. La metafísica hindú, con sus dioses creadores y destructores, se acerca a dicha sensibilidad. El concepto clave de la cosmovisión de Pániker es lo “retroprogresivo”, término que acuña el propio autor. Un modo de “superar conservando” que evoca la Aufhebung hegeliana. Como dijo Leibniz, toda evolución es involución. Lo retroprogresivo combina el empuje innovador con la cautela conservadora. “La especie humana es el resultado de millones de tanteos, y el resultado, siempre provisional, no debe dilapidarse en nombre de un progreso abstracto y endiosado”.

Según algunas cosmologías indias, lo único que existe es el Espíritu (lo demás es ilusión fecunda). Buscarlo no tiene mucho sentido, pues ya estamos en él. Importa no ponerle trabas. Educado en los jesuitas, insiste en referirse al supuesto Espíritu como a un Tú. “Me educaron en esa tradición y me han quedado ciertos hábitos”. Desde el punto de vista del sufrimiento, Cristo le parece más humano que Buda. “Digamos que yo sé rezar, pero apenas sé meditar”. Resume así la teología de su hermano Raimon, que con la Trinidad intenta superar el monoteísmo. “El Dios con quien se puede comunicar es el Hijo. El Padre es puro apofatismo volcado (kenosis) en el Hijo. El Padre no tiene ser, el Hijo es su ser. Dios es relación”.

Defensor del taoísta arte de navegar en una era de complejidad e incertidumbre, de la espontaneidad creativa… Meditar es vaciarse de lo conocido. La plegaria más real: entregarse en cada momento a lo que uno está haciendo. La gente con prisa pierde la capacidad de sentir. Hace falta un sexto sentido para ponerse en sintonía con lo real. En general, se revuelve contra las visiones judeocristianas que han dominado el pensamiento europeo. “Los diez mandamientos de Moisés, versión tardía del Libro de los muertos egipcio, arrancan de la desconfianza judía ante el ser humano. Arrancan de la culpabilidad. Arrancan de la dualidad… Si el zen ganó popularidad en occidente es porque, a diferencia del estilo profético judeocristiano, no predica, no moraliza, no regaña. No da la tabarra”.

Respecto a diagnósticos generales, es perspicaz y sintético: “Sólo existen tres maneras de tenerse en pie: la mística, la neurótica y la trivial. La manera mística tiene dos versiones: espiritual e intramundana. En ambos casos se trata de salir de la cárcel del ego y volcarse hacia algo que le importe a uno más que sí mismo. La neurótica es la de quienes persiguen la afirmación de su ego, supeditando todo lo demás a ese objetivo. La manera trivial se apoya en alguna conciencia colectiva y nada más que en esa conciencia colectiva. Es la más frecuente, también la más descansada”. En esta última entrarían tanto señoras de sociedad como marxistas barbudos. Naturalmente, en la vida real todo viene entremezclado.

Los límites del lenguaje

Es un error pretender la comunicación total con otro ser humano. Ni siquiera una comunicación amplia es frecuente. Lo interesante de los límites del lenguaje es que uno se topa con lo inexpresable, que es lo que realmente importa. Gödel y Wittgenstein son los grandes autores de la limitación. Sin parásitos ni interferencias no hay vida. Si todo fuera lenguaje, como pretendía Derrida, no habría nada de qué hablar. Y Derrida fue un magnífico charlatán. Un maestro del diferenciar y el diferir, que es lo que hacen las palabras. De ahí a creer que no hay nada fuera del texto (una manía hebrea) hay un buen trecho. ¿Quién no ha sentido la necesidad de decir lo contrario de lo que acaba de decir? Las mitologías (filosóficas incluidas) son la proyección de la psique de los pueblos. La filosofía puede ser un modo de acercarse a lo real (Aristóteles) o un modo de mejorar la vida (Epicuro). Ciencia y terapia. O ambas cosas. Los dos enfoques deberían converger. Una filosofía meramente teórica es tan absurda como unas matemáticas sin física.

El reduccionismo lingüístico deja un fuerte sentimiento de claustrofobia. Hay cosas que se pueden comprender sin recurrir al lenguaje. Los lenguajes pueden ser efectivos para enunciar sus limitaciones o expresarse en forma paradójica. En ambos casos señalan a algo que está fuera del texto. “Lo inefable está ahí, tensando el límite, en la derrota de cualquier discurso. Lo inefable es precisamente lo que realmente existe y la única aproximación racional posible es el neti, neti hindú”. No es esto, no es aquello. La vía apofática.

Habermas pretende salvar una cierta racionalidad universal, como Kant pretendía salvar una moral universal. Cosas de prusianos. Hay quien piensa que después de William James, Wittgenstein, Gödel y Bohr, ya nada puede ser universal. Se habla siempre desde cierta perspectiva, desde algún lugar particular y con algún juego de lenguaje. Y todos esos lenguajes pueden, a lo sumo, ser complementarios, nunca totalitarios. No se siente incómodo ante la nueva situación. Se acomoda a su propia música. Al fin y al cabo, es un relativista con oído para la metafísica. Y para probarlo cita un símil del vedānta: “Yo no soy la gota de agua sino el agua de la gota”. Dicho en otros términos: no soy el cuerpo o la mente, sino aquello que da vida al cuerpo y a la mente.

Pániker practica la desmemoria selectiva. Todos lo hacemos, por cada hecho que retenemos olvidamos mil y, cuanto más envejecemos, más pasa todo sin dejar rastro. Considera que la personalidad humana es tanto más rica cuantos más antagonismos concilie. Oriente y Occidente deben interfecundarse. Pese a sus dudas, muestra una sólida confianza en la realidad. El mundo como hogar. Curiosidad, seguridad y creatividad, son sus premisas, aunque a veces se diluyan. Es capaz de compatibilizar amores diversos, ya sean filosóficos o eróticos.

El divino azar

Una de las ideas más originales de Pániker es que considera que la trascendencia es compatible con el azar. Se considera anticlerical, pero no ateo. No descarta a Dios, pero no acaba de captar el mensaje. En todo caso, no le sirven las religiones institucionales (que carecen de humor) y se define como “agnóstico místico” (con matices cambiantes). Su sensibilidad para la música tiene algo que ver en ello. “No hay un mensaje racional en una fuga de Bach, pero orienta más que un tratado filosófico”. De vez en cuando vuelve a él la idea de rezar. Se trata de un rezo contemplativo, que no pide nada. Una meditación soleada (contemplación no cognitiva). Hay maneras ateas de rezar, como la de Hawking, que espera llegar a comprender, con una ecuación, los secretos últimos del universo.

Los budistas dirían que no se puede lograr la paz interior si uno no se desapega del deseo de paz interior. Algo parecido dice la Bhagavadgītā. “Sólo olvidando lo que uno quiere conseguir es posible conseguirlo”. Hay por ahí un secreto inmediato, demasiado obvio: la conciencia, que para la India carece de base biológica. No así la mente, que es quien la busca. En el origen está la espontaneidad creadora. Por eso necesita del erotismo, de la tensión interna. Ver las cosas por primera vez.

Numerosos crímenes pueden cometerse en nombre de las abstracciones. Lo bello es el principio de lo ininteligible. El acceso a lo bello exige delicadeza. Nietzsche lo advirtió: “No hay voluntad violenta que no fracase en la conquista de lo bello”. Aristóteles al final de su vida se reconcilió con los mitos. Empezó a ver la ilusión de la lógica. “Cuando más sólo y aislado me encuentro, más gusto les tomo a los mitos” (V. Rose, Fragmenta).

Los budistas hablan de entrar en contacto con nuestra bondad fundamental. Respecto a la conciencia, está más cerca de Chalmers que de Dennett. La conciencia carece de base biológica (aquí el hijo del hindú). Aunque no da el paso decisivo (que es rechazar la identificación de conciencia con información). Separar la conciencia de la mente. La mente es información, texto, la conciencia es vacía, está fuera del texto, es aquello que hace posible todos los textos. Pero reconoce que “una ontología de la conciencia sólo es posible en primera persona del singular”. Por eso escribe un diario.

Lo que tenemos que ser es lo que ya somos. Pániker se distancia de sus compañeros de generación existencialistas. El Dasein de Heidegger, arrojado a la existencia, desamparado y sin dioses, abocado al abismo de la nada, está planteado desde la petulancia del ego. Esto ya lo había dicho Borges: nihilismos que halagan la vanidad. El panteísmo es sospechoso por lo sensato que es. Y tiene la debilidad de descartar la trascendencia. No puede haber inmanencia sin trascendencia. Siempre que se niega uno de los polos, se dogmatiza.

No sabe qué hacer con sus muertos. ¿Quién sabe? “¿Mónica fuera del espacio-tiempo? La respuesta materialista es demasiado fácil; la respuesta espiritualista demasiado simplona. De un lado, la nada; del otro, los fantasmas. ¿Los muertos en el recuerdo de los vivos? Poca cosa es eso. Total: no sé qué hacer con mis muertos, y juraría que algo hay que hacer con ellos”.

El tiempo y el ahora

La idea de un tiempo perpetuo, de una vida interminable, es hija de la incapacidad humana de vivir en el presente. La idea de la inmortalidad es una degradación de una idea más profunda, la del retorno al origen. Esa aproximación al origen (que da título al que quizá sea el mejor de sus libros) fue uno de sus temas estrella, donde hacía valer su pathos oriental. La eternidad nada tiene que ver con el tiempo, ni con su prolongación indefinida. La eternidad es el cuchillo que corta el instante. No es para nada obvio, nos dice, que el tiempo trascurra. Ya lo advirtió Agustín de Hipona. No experimentamos el trascurso del tiempo, experimentamos la diferencia entre la percepción presente y otras del pasado. “Ahora” no se mueve. Parménides se aloja en Heráclito. Lo que hoy procede es la capacidad de recuperar el presente.

Defiende una sociedad presidida por la secularidad y el pluralismo. Al mismo tiempo, dejar una puerta abierta a la trascendencia. Relativismo de fuertes convicciones. Una vena escéptica y a la vez mística. Filosofía de la hibridez y la retroprogresión. Lo real es multidimensional y las cosas no pueden reducirse a causas últimas. Conviene no perder el sentido del misterio. La música le ayuda. Le dicen vividor, él prefiere aprendiz de sabio, “alguien que, en su soledad, intenta descubrir la huella que lo penetra todo”.

El tema central de la Biblia es el extraño tema de la culpabilidad. “El hombre es un ser culpable y, por lo tanto, tiene que obedecer. Es el predominio de la Ley. Es también el germen de la salvación “histórica”. El cristianismo recoge esta herencia. El cristianismo no trata ya de retornar al origen sino de proseguir la creación del mundo hacia una meta escatológica. De ahí nacerá un día el marxismo”. (El Eclesiastés es un libro extraordinario que contradice al resto de la Biblia: los hombres no tienen superioridad sobre las bestias, la salvación no es un asunto del futuro). Frente a esa cosmovisión, prefiere el taoísmo, que es una cierta recuperación de la inocencia animal, un cierto misticismo materialista más allá de la fisura entre el ser y el deber ser, tema esencial del kantismo y de todos los puritanismos. Cuando la armonía original se pierde, nacen las leyes (trasfondo filosófico del anarquismo). La India, por otro lado, busca el yo profundo (que no debe confundirse con el ego). La India es antineurótica y más psicótica, está más cerca de la psicodelia. El cáñamo es hindú. Los saddhus lo fuman constantemente, imitando a Śiva.

“Dios no es un ser. El ser es todavía un velo que debe quitarse si se quiere vislumbrar el abismo de lo divino”. A veces adopta el estilo Leibniz. “Algunos pensamos que el mal absoluto sería que no hubiese nada. Absolutamente nada. La contrapartida de ese mal absoluto es lo que ha solido llamarse Dios. Bien. Que cada cual lo diga como quiera. Que cada cual guarde silencio a su manera”. Ese instinto metafísico se tiene o no se tiene, nos dice. “Newton, la mente más poderosa que ha dado la ciencia, no lo tenía. Su teología era pueril”. Dios es incomprensible. Con la modernidad, que tiene la manía de hacer coincidir en orden de lo real con el orden racional, el instinto metafísico queda atrofiado. “Lo que se gana por un lado —ciencia, secularidad, pluralismo, derechos humanos— se pierde por el otro: el instinto metafísico, la religiosidad apofática la conciencia no dual.”

Todo discurso humano, toda visión de cada ciencia particular, es una farsa (más o menos útil) sobre un trasfondo de lucidez. Esa es la idea básica de la cosmovisión hindú. En el principio no fue el verbo, la palabra, la ecuación o la lógica simbólica. William James llegó a decir que la divinidad necesita ayuda de los hombres libres para la buena evolución del mundo. Ibn Arabí pensaba lo mismo. Pániker abraza el mito del dios cómplice. Lo místico es una experiencia pura que puede no estar contaminada de ideología. Lo extraño no es lo místico, lo extraño es el estado permanente de convencionalismo social. El místico no es un enfermo, al contrario, la enfermedad consiste en estar siempre dormidos a la realidad de lo místico. James fue el primero en estudiar lo místico desde un enfoque científico-natural. “El espacio-tiempo son las gafas con las que el cerebro mira la realidad. Un cerebro que restringe lo real para sobrevivir como especie. Y en el éxtasis místico el cerebro se quita, por un rato, esas gafas, y probablemente esa actividad del sistema límbico viene sucediendo desde los tiempos de los chamanes prehistóricos”.

Leer sirve para escapar de los tópicos emocionales. Perspectivismo. No hay más que verdades momentáneas y toda verdad es inseparable del punto de vista del que la enuncia (William James). Hay, claro está, verdades colectivas, de una comunidad, científica o religiosa. De ahí los dogmatismos, que afectan a ambas. Como decía Berkeley, todo conocimiento o es dogmático o es escéptico. Sin un dogmatismo que sirva de base, el conocimiento no podría avanzar. A veces, una disciplina pone en tela de juicio su propio dogmatismo. Kuhn lo llamaba “revolución científica”, una especie de regreso al origen, un movimiento retroprogresivo.

domingo, 7 de mayo de 2017

Viajar en el tiempo, una idea loca, pero ¿imposible?

El físico Albert Einstein, padre de la Teoría de la Relatividad, en 1931. GETTY
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Sentimos una atracción especial por las cosas que nos son difíciles, más si nos son, creemos, imposibles. Así, nos atrae escalar montañas, viajar a lugares remotos, pero realmente nos fascinaría explorar otros mundos, ver a través de las paredes, conocer el futuro, y ¿por qué no? viajar en el tiempo. Puestos a pedir superpoderes, nos conformaríamos (supongo) con los de cualquier superhéroe de historieta. Pero, viajar en el tiempo, nos daría capacidades especiales: conocer pasado y futuro, saber cómo apostar en el póker y realizar hazañas que harían ver a Superman como un alfeñique de 50 kilos (por citar un clásico).

La fantasía suprema: viajar en el tiempo ¿Quién no ha pensado alguna vez en viajar por el tiempo? Una idea loca, mitad en el ámbito de la fantasía, mitad en el ámbito de la ciencia ficción. Y, ya que de ciencia ficción hablamos, ¿cómo queremos nuestro viaje? ¿en una máquina del tiempo a lo H.G. Wells o tele-transportado? Una idea loca, sí, pero ¿imposible?
Veamos. La primera dificultad es la naturaleza misma del tiempo, el mar en que navegaríamos, tan inaprehensible, como el agua, se nos escapa antes de poder agarrarlo. El tiempo, tema permanente de reflexión filosófica y religiosa de todas las épocas, que en los últimos 100 años ha pasado a ocupar el centro de discusiones en el ámbito de la física y de la neurociencia.
Probablemente, la definición más influyente en ciencia, sea la de Einstein que integró al tiempo como la cuarta coordenada (dimensión) de la geometría del continuo espacio-temporal donde vivimos. Integración donde la luz juega un papel fundamental. En efecto, en 1915 Einstein enunció la teoría general de la relatividad en la que la velocidad de la luz es invariante en todos los sistemas de referencia y que constituye el límite superior impuesto por la naturaleza a todas las velocidades (en particular, un objeto viajando a la velocidad de la luz, no siente pasar el tiempo). Además de su comportamiento como una onda, Einstein encontró que la luz está formada por cuantos que se conducen como corpúsculos: los fotones. Sorprendentemente la luz se comportaba a veces como onda y a veces como partícula. Esta dualidad, constituiría uno de los pilares fundamentales sobre los que se elaboraría la mecánica cuántica, teoría que nunca convenció del todo al gran Albert.
Percibimos a través de nuestros sentidos, y sin duda, el rey de los sentidos es la vista. Es verdad de Perogrullo decir que vemos porque existe la luz. La luz juega un papel central en todas las manifestaciones humanas: en la religión, en las artes plásticas, en la arquitectura, en la fotografía y en la cinematografía. Recordemos, por ejemplo, que Louis Daguerre, pionero de la fotografía, al referirse a las primeras imágenes que captó, dijo "He agarrado la luz, he detenido su vuelo". Lo que vemos, como una fotografía (o una película) muy personal, lo codificamos en nuestra mente. En este sentido, nuestra percepción del mundo es personalísima, única e irrepetible.
A diferencia de los cinco sentidos ordinarios, por los que percibimos el mundo exterior, la propiocepción es un sentido por el que tenemos conciencia del estado interno de nuestro cuerpo. Nuestra percepción del paso del tiempo se debe a este sentido, que coordina y ordena la relación espacial de las partes de nuestro cuerpo y de este con nuestro entorno. Así, nuestra percepción del tiempo es también muy personal e incomparable entre diferentes individuos. Esto es verdad a diferentes niveles, tanto física como biológicamente. Desde un punto de vista biológico y neurológico, el tiempo que puede medir un reloj atómico no tiene la relevancia que tienen nuestros propios ritmos circadianos (nuestro reloj biológico) y nuestra acumulación de memorias. Esto hace que la percepción del tiempo varíe según quiénes somos, cuántos años tenemos, qué hemos vivido y qué estamos viviendo en este momento. Por ejemplo, el neurocientífico David Eagleman realizó una serie de experimentos que muestran cómo cuando estamos asustados, y en general bajo el influjo de la adrenalina, el tiempo parece pasar más lento.
En un sentido estricto, frecuentemente viajamos en el tiempo mentalmente: siempre estamos planeando el futuro. Esta actividad no sólo es decisiva en nuestro futuro individual, sino ha sido decisiva en nuestro futuro como especie animal. Por ejemplo, al ir a cazar por comida (o en tiempos más modernos, al ir de compras al supermercado), nos vemos mentalmente cazando (o comprando) antes de hacerlo realmente. Esto es fundamental para no terminar como lunch de quién pretendemos almorzar. No es casual que enfermos con desajustes del sistema de propiocepción pierdan la noción de peligro (que por supuesto, requiere de anticipación, de imaginar lo que pasará).
Los neurólogos australianos Suddendorf y Corbalis, al iniciar el estudio formal de los viajes mentales en el tiempo, abrieron una puerta al entrelazamiento de la neurofisiología con la física y las matemáticas. Estas relaciones están en una etapa inicial de desarrollo. A mediados del siglo XX se comenzó a discutir, también, sobre la relación entre el estado de un sistema y la cantidad de información que contiene y que puede transmitir. Si un sistema en la naturaleza exhibe organización, contiene información. A mayor orden, mayor información. En termodinámica, conforme un sistema se acerca al equilibrio, esto es, al estado más probable, el sistema se encuentra más desordenado. De esta manera el desorden, la probabilidad de un estado y la falta de información están correlacionadas. En este nivel cualitativo de ideas, se puede decir que la entropía de un sistema se altera al alterar su organización, lo que resulta en un cambio de la cantidad de información que el sistema contiene.
Aunque los viajes en el tiempo de cuerpo presente (y con los calcetines puestos) no pasan de ser una especulación, la ciencia ha demostrado que los viajes en el tiempo para partículas elementales (fotones, electrones, y otros ‘bichitos’) son posibles. Por un lado, la teoría de la relatividad general, nos muestra que el tiempo pasa más lentamente para partículas que se mueven cerca de la velocidad de la luz (como referencia, la luz tarda 8 minutos en viajar del sol a la tierra). El mismo Einstein decía que “el pasado y el futuro no son sino una ilusión, aunque eso sí, muy convincente”. Por otro lado, la teoría de los agujeros negros, iniciada por Einstein, propalada por Stephen Hawkins, desde su silla de ruedas, y estudiada por cientos de astrónomos alrededor del mundo, nos muestra cómo ciertos agujeros negros, formando agujeros de gusano en el espacio, permitirían a la luz tomar caminos más cortos y llegar más rápido al futuro. Física y neurobiología, ese es el camino de las investigaciones sobre el tiempo el día de hoy.
La percepción del tiempo no es sino un fenómeno emergente de la conciencia, o como dijo el filósofo suizo Henri-Frédéric Amiel ‘el tiempo, no es sino la distancia entre nuestros recuerdos’. Y si el tiempo existe de manera colectiva, inscrito en el fondo del universo, ¿no podría ser la manifestación de una mente universal? Pero eso ya es tema de especulación, de la poesía y las religiones. El tiempo, ese elemento de la realidad, a la vez, tan tiránico y elusivo, no se deja dominar, pero comenzamos a entrever sus secretos. Todavía la rendija por donde atisbamos es reducida, pero la ciencia la ensancha día con día.
José Antonio de la Peña es matemático y profesor en la UNAM y el ITAM. Es miembro del Colegio Nacional de México. Acaba de publicar ‘Historia y ciencia de los viajes en el tiempo’ (editorial Guadalmazán).

viernes, 27 de noviembre de 2015

¿Qué había antes del Big Bang?

Distintas investigaciones proponen que hay una historia anterior a ese instante cero de nuestro universo



Es una pregunta habitual cuando se habla del origen del universo. Y, aunque parezca mentira, no es nueva. Hace 1.600 años, la cuestión fue suscitada en el ámbito teológico: "¿Qué hacía Dios antes de crear los Cielos y la Tierra?". Sin duda una buena pregunta, a la que San Agustín respondió con humor que Dios “preparaba el infierno para los que hacen este tipo de preguntas”. Aparte de esta broma, San Agustín fue más lejos y afirmó, con sagacidad, que no tiene sentido preguntar en qué empleaba Dios su tiempo antes de crear el tiempo. De forma semejante, la pregunta "¿qué pasó antes del instante inicial?" no tiene mucho sentido. Pero, naturalmente, esto puede parecer un mero juego de palabras. Nuestra intuición nos dice que cada instante está precedido por otro, por lo que la idea de un "instante inicial", parece absurda. El problema es que nuestra intuición se basa en nuestra experiencia directa, y esa experiencia es muy limitada. En cuanto nos salimos de las escalas físicas humanas", nuestra intuición suele fallar clamorosamente.
Por ejemplo, a los pensadores de todas las civilizaciones antiguas (con la maravillosa excepción de la griega) les pareció evidente que la Tierra debía ser plana. Estaban extrapolando, erróneamente, la percepción que tenemos cuando nos desplazamos en distancias no mucho mayores que unas decenas de kilómetros. Por supuesto, ahora sabemos que, vista globalmente, la Tierra es redonda. Del mismo modo, el espacio y el tiempo, cuando se consideran globalmente, son muy diferentes de como los percibimos en nuestra experiencia ordinaria.

La teoría

La teoría del Big Bang se basa, a su vez, en la teoría general de la relatividad, formulada por Albert Einstein en 1915, y que representa una de las cumbres del pensamiento humano. Según la teoría de la relatividad, el espacio y el tiempo no son, como podría parecer, magnitudes inertes e inmutables. Por el contrario, el espacio-tiempo, como un todo, se puede estirar y encoger, curvar y retorcer. Su textura se parece más a la de la goma que a la del cristal. Y su geometría está determinada por la materia y energía que contiene. Todo esto son conceptos revolucionarios y fascinantes. El espacio y el tiempo no son el escenario impasible de un gran teatro, dentro del cual tiene lugar una representación. La teoría nos dice que la forma de ese teatro y su evolución temporal están determinados por los actores que pululan dentro de él, es decir, la materia y energía que pueblan el universo.
Es importante subrayar que la teoría de la relatividad no es una mera especulación. Sus predicciones se han comprobado en una enorme variedad de situaciones físicas, hasta el momento sin un solo fallo. Pensemos, por ejemplo, que, desde el punto de vista relativista, algo tan familiar como la fuerza de la gravedad es simplemente la consecuencia de la curvatura del espacio-tiempo, producida a su vez por la presencia de grandes masas, como planetas y estrellas. De hecho, la teoría de Einstein predice que las fuerzas gravitatorias han de ser tal como prescribe la venerable ley de la gravitación de Newton... con pequeñas correcciones (a veces no tan pequeñas). Y hasta ahora la naturaleza, "cuando ha tenido que elegir", siempre ha dado la razón a Einstein frente a Newton.
Pues bien, cuando se aplica la teoría de la relatividad al universo como un todo, se encuentra que, necesariamente, este ha de pasar por una fase de expansión; es decir, el espacio mismo (con todo su contenido) ha de expandirse, igual que se hincha un pastel en el horno. Vista con los ojos de la teoría de Einstein, la expansión del universo se produce porque el espacio entre las galaxias está dilatándose; o, en otras palabras, se está creando espacio entre ellas. No solo eso, sino que el universo entero que observamos hubo de surgir de un solo punto, en un instante inicial denominado Big Bang.
Por supuesto, los conceptos anteriores no son fáciles de visualizar. Podemos intentarlo utilizando un modelo de universo simplificado, de una sola dimensión espacial (en vez de las tres ordinarias) y una temporal (el tiempo ordinario). En esta imagen, el espacio-tiempo del universo tendría una forma parecida a un gigantesco dedal, como el de la figura. En ese dibujo el tiempo avanza hacia arriba. Cada sección circular del dedal (es decir cada anillo) representa el universo en un instante dado. A medida que avanza el tiempo (y por tanto subimos por la superficie del dedal), los anillos son cada vez más grandes, como consecuencia de la expansión del universo.
El vértice inferior del dedal corresponde al Big Bang: el instante cero, en el que todo el universo estaba comprimido en un punto. En esta imagen, viajar imaginariamente hacia atrás en el tiempo significa deslizarnos hacia abajo por la superficie del dedal. Pero, si una vez alcanzado el instante inicial (Big Bang) intentáramos proseguir en la misma dirección, encontraríamos que regresamos hacia adelante en el tiempo. Es como si paseando por la superficie terrestre nos dirigimos hacia el Sur. En nuestras pequeñas escalas podemos seguir caminando en esa dirección de forma indefinida, pero si llegáramos a alcanzar el polo Sur terrestre, comprobaríamos que no es posible ir más allá. Si insistimos en continuar nuestro viaje, nos encontraremos caminando en dirección Norte.
Notemos que en el dibujo, la superficie de dos dimensiones, que representa el espacio-tiempo, está inmersa en un espacio de tres dimensiones. Esto es consecuencia de una limitación de nuestro cerebro para imaginar superficies curvadas: tenemos que representarlas sumergidas en un espacio tridimensional. Pero matemáticamente no hay ninguna dificultad para formular una superficie o un espacio curvos, sin tener que recurrir a un mundo de dimensionalidad mayor. En nuestro ejemplo, la superficie en forma de dedal que representa el espacio-tiempo no tiene por qué estar sumergida en otro espacio de más dimensiones. Es un universo consistente en sí mismo.
Por tanto, la respuesta a la pregunta "¿qué había antes del Big Bang?" es que nunca hubo un "antes del Big Bang”. ¿Fin de la historia? Podría ser, pero no es seguro.

Incógnitas

Hagamos una pregunta alternativa a la que da título a este artículo: ¿Es fiable la descripción que la teoría del Big Bang hace del origen del universo hasta el preciso instante inicial? Podemos decir que desde un segundo después del Big Bang en adelante, la descripción de la teoría es muy fiable, ya que en ese momento comenzó el proceso de nucleosíntesis primitiva, del que tenemos pruebas experimentales, concretamente la producción de elementos ligeros (como helio o litio) que pueblan el universo en las cantidades predichas por la teoría. Para instantes anteriores, hay que pensar que cuanto más reciente era el universo, a mayor temperatura estaba. Por tanto, una descripción fiable de lo que sucedió exige conocer cómo se comporta la materia a altísimas temperaturas. La física de partículas proporciona una teoría, el llamado Modelo Estándar, que describe con extraordinario éxito el comportamiento de las partículas hasta energías equivalentes a una temperatura de mil billones de grados.
Esto corresponde aproximadamente a una cienmilmillonésima de segundo después del Big Bang. En consecuencia, aunque no disponemos de pruebas experimentales, podemos remontarnos hasta ese instante con bastantes garantías. Pero si seguimos acercándonos al instante inicial, ni siquiera disponemos de una teoría fiable. Es más, la propia teoría general de la relatividad, en su versión tradicional, muestra inconsistencias matemáticas en esas condiciones extremas. Por esta y otras razones, es una creencia extendida entre los físicos teóricos que la teoría necesita modificaciones. Y cuando se disponga de una teoría aún mejor, podría ser que encontremos sorpresas en torno al instante inicial. Pero, incluso sin salirnos del marco teórico actual, existen modelos interesantes que hacen pensar en una historia anterior al Big Bang. Quede claro sin embargo que aquí entramos ya en el terreno de la especulación.

Modelos

El llamado modelo de universo inflacionario se basa en una hipótesis sobre lo que pudo haber ocurrido en la época más remota del universo. La idea es que algún tipo de campo se hallaba fuera de su mínimo de potencial. En otras palabras, el valor del campo no era el que hacía que su energía fuera mínima. Esta situación también se denomina como "falso vacío". Las ecuaciones de la relatividad predicen que, en una circunstancia así, el universo se expandiría de forma vertiginosa, multiplicando su volumen muchos billones de billones de veces en una pequeñísima fracción de segundo. Cuando finalmente el valor del campo cayó a su mínimo, es decir al vacío verdadero, toda la energía acumulada en él se transformó en la materia y energía que hoy llena el universo.
Hay que decir que el universo inflacionario es algo más que una pura especulación, puesto que ha cosechado grandes éxitos, por ejemplo la predicción correcta de la densidad de materia y energía que realmente presenta nuestro universo. Si el modelo es correcto, en su época más primitiva el universo se expandía de forma desbocada y solo contenía ese campo primigenio. Entonces, en ciertos puntos, al azar, el campo cayó a su valor de mínimo, es decir al vacío verdadero. En estos puntos se formaron “burbujas” de vacío verdadero que empezaron a crecer. Cada burbuja corresponde a un Big Bang “ordinario”, que da lugar a un universo independiente. En este escenario, nuestro universo no es más que una pequeña burbuja que se enciende y se apaga, inmersa en un universo global que se expande salvajemente. No queda claro en el modelo cuándo y cómo fue el inicio de ese universo global del que surgió nuestra burbuja, es decir cómo fue el verdadero instante inicial (en contraposición a nuestro "Big Bang doméstico").
Mencionemos también que hay modelos, altamente especulativos (y controvertidos) basados en la teoría de cuerdas, que recuperan la antigua idea de un universo cíclico, denominado en esta versiónuniverso ecpirótico, en una forma sofisticada e invocando la existencia de dimensiones extras. En estos modelos, la fase de expansión del universo está precedida por una fase de contracción, que da lugar a una especie de rebote cósmico. Este esquema podría continuar de forma indefinida, es decir, el universo actual podría terminar en una contracción global, que, tras un nuevo rebote, diera lugar a un nuevo Big Bang, y así sucesivamente, tanto hacia adelante en el tiempo como hacia atrás.
En conclusión, posiblemente no hubo nunca un "antes del Big Bang", lo que en sí mismo no supondría una contradicción lógica. Sin embargo, el preciso instante inicial está bajo sospecha teórica, y hay modelos interesantes que proponen una historia anterior a ese instante cero de nuestro universo.
Alberto Casas es profesor de Investigación del CSIC en el Instituto de Física Teórica UAM-CSIC

jueves, 26 de noviembre de 2015

“La teoría de la Relatividad General es fantástica, pero no es definitiva”

Cinco de los principales expertos mundiales en la física de Einstein explican y celebran sus logros en el 100 aniversario


Imagen del inicio del evento celebrando los 100 años de Relatividad General en Madrid /SAMUEL SÁNCHEZ
Hace un siglo, Albert Einstein presentó en Berlín los resultados del trabajo de una vida. Desde muy joven, estaba convencido de que dejaría una huella profunda en la ciencia de su tiempo, y la Teoría de la Relatividad General era un logro a la altura de las expectativas de cualquiera. El tiempo y el espacio, un escenario absoluto en el que los científicos o los filósofos habían situado las interacciones de las personas y de las cosas, pasaba a ser un actor más. “La materia le dice al espacio cómo curvarse, mientras el espacio le dice a la materia cómo moverse”, resumía John Wheeler en una frase que dice bastante, pero aún nos deja lejos de comprender el alcance de la gran idea de Einstein.
Ayer, en Madrid, en la Fundación Francisco Giner de los Ríos, cinco físicos de talla mundial ofrecieron sus reflexiones sobre la teoría de la relatividad, el impacto que tuvo en su tiempo o la influencia de Einstein en la cultura y la política de su tiempo. En el evento, organizado por EL PAÍS, Materia y OpenMind, la comunidad del conocimiento de BBVA, participaron David Gross, físico teórico y premio Nobel de Física 2004, Hanoch Gutfreund, profesor de física teórica y antiguo presidente de la Universidad Hebrea de Jerusalén, José Luis Fernández Barbón, investigador científico del Instituto de Física Teórica CSIC/UAM, Manuel Lozano Leyva, catedrático de Física Atómica, Molecular y Nuclear en la Universidad de Sevilla, y Jean-Pierre Luminet, astrofísico y director de investigación del CNRS.
El debate, moderado por la directora de Materia, Patricia Fernández de Lis, comenzó reconociendo lo logrado por Einstein. “Estamos celebrando una serie de magníficas ideas que aparecen cada mucho tiempo en la ciencia”, afirmó Fernández Barbón. “Es una teoría que responde a la idea de qué es el espacio y el tiempo y hay pocas cosas más fundamentales”, ha continuado. “La relatividad es la teoría que utilizamos para pensar en el universo en su conjunto, pero esta teoría se distingue de la otra teoría fundamental con la que trabajamos los físicos, la cuántica, porque los principios en los que se asienta se pueden expresar con temas de la vida cotidiana”, ha añadido el físico del IFT. “La teoría General de la Relatividad es uno de los grandes triunfos de la razón humana, porque el puente entre los hechos cotidianos y la naturaleza del universo que explica se obtiene solo con el poder del intelecto humano. Pero no solo del intelecto de Einstein. Él es un gran genio, pero se trata de una epopeya que abarca 2.500 años. Los griegos ya reflexionaban sobre el espacio y el tiempo. Ellos ya inventaron la geometría que luego le sirvió a Einstein para elaborar su teoría. En estos días en los que tenemos ejemplos diarios de la irracionalidad humana más absoluta esto es un ejemplo de lo contrario que hay que celebrar”, ha concluido.
Por su parte, Gross, que también ha reconocido el triunfo de Einstein, ha mencionado que parte del interés del trabajo del físico alemán es que él sabía que su logro era algo provisional. “Él buscó ecuaciones más poderosas que mejorasen su explicación de la realidad durante 40 años”. Pero “no celebramos tanto sus ecuaciones como las ideas más profundas que las produjeron y los objetivos que él se fijó y persiguió”, ha indicado. “Una de estas ideas es que el espacio-tiempo no era algo estático, un concepto a priori para entender la naturaleza de la realidad sino más un objeto dinámico que responde ante la energía y la materia”.
“También se fijó un objetivo, unificar todas las leyes del universo. Este objetivo es uno de los centrales de la física fundamental. Quizá nunca lo logremos, pero la ambición para hacerlo ha motivado a muchos científicos durante el último siglo”, ha remachado.
Gutfreund ha destacado que una de las cosas más fascinantes de Einstein es que “los tres principales conceptos que surgieron de la Relatividad General: agujeros negros, ondas gravitacionales y la expansión del universo, no los aceptó durante muchos años”.
Por su parte, Lozano-Leyva ha destacado que pese a tratarse de una idea revolucionaria, la teoría de Einstein no destruyó la física anterior. “Se suele decir que la mecánica cuántica y la Relatividad General arrasaron la física clásica. Esto es falso. Él constreñía todos sus avances a mantener el principio de conservación de la energía y a los límites de aplicación la física newtoniana”. “Pese a lo que se crea, los modelos físicos no son cambiantes, no se destruye lo anterior, se amplía. La ciencia es algo que avanza de una forma sólida y la humanidad tiene un pilar sólido al que agarrarse”, ha puntualizado el físico sevillano.
A continuación, el francés Luminet, ha continuado con este razonamiento recordando a Ptolomeo. El pensador de la antigüedad propuso una síntesis sobre los movimientos de los cuerpos celestes. “Era un sistema equivocado, pero los modelos científicos no son visiones definitivas del mundo. El modelo de Ptolomeo fue eficiente y sirvió durante siglos. Luego llegó Copérnico, Galileo, Kepler y Newton”, ha afirmado. Y después, Einstein.
Luminet ha concluido hablando también sobre las debilidades de Einstein, algo que le hace sentir empatía con el genio. “Pese a su genialidad él también necesitaba otra gente para desarrollar sus ideas y no aceptó conceptos como los agujeros negros o el universo dinámico. Su teoría es fantástica, pero no es definitiva, y ampliarla es un reto fascinante para todos nosotros”.