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miércoles, 22 de febrero de 2023

INTELIGENCIA ARTIFICIAL (IA)

 

Noticias del futuro

Estaremos en la red y podremos ser jaqueados. Por eso, los neurocientíficos piden que se instituyan nuevos derechos


Le acabo de pedir al ChatGPT que me facilite un tema para un artículo en el dominical de un diario español, y la inteligencia artificial ha contestado con celeridad ejemplar que “el artículo se centra en la importancia de los pequeños placeres en la vida diaria. A pesar de la presión constante para alcanzar logros y metas grandes, es esencial no olvidar los pequeños momentos de felicidad y alegría que se encuentran en el día a día”. Casi me hubiera enternecido la bonhomía de la máquina si no fuera porque me he sentido un poco paranoica: cáspita, aunque formulada de una manera tediosa y tópica, la idea podría estar dentro del tono cotidiano y voluntarioso de algunos de mis textos. Como si la maldita IA me espiara.

Pero creo que es simple coincidencia, que la clave está en haber dicho que era un dominical y que los humanos nos repetimos mucho en lo que queremos leer en los días de asueto. Es lista la máquina, sí, aunque tampoco tanto. Anda el mundo revolucionado con el ChatGPT y con la inteligencia artificial, y hacemos bien en prestarle atención, aunque me parece que la gente tiende a creer que las cosas van mucho más deprisa de lo que van, y que nuestro robot aspirador va a liderar una sangrienta revuelta de los electrodomésticos contra nosotros en menos de lo que canta un gallo. Y no. El resumen que le pedí a la IA continuaba varios párrafos más, tediosos y repetitivos. En este texto, como en otros que he probado, se nota lo artificial. Aunque es cierto que el uso mundial del ChatGPT irá refinando los resultados.


Pero por ahora le falta flexibilidad y vuelo, por eso sólo engaña en aquellos textos que pueden ser plúmbeos sin llamar la atención, como, por ejemplo, los trabajos académicos. Sí, el mundo universitario va a tener dificultades para verificar las autorías. Pero ni siquiera eso es nuevo. En 1996, Andrew Bulhak creó un programa llamado Generador de Posmodernismo capaz de escribir textos supuestamente eruditos. En febrero de 2002 lo colgó en internet y ahí sigue. Cada vez que entras en www.elsewhere.org/pomo se crea un nuevo artículo deliciosamente pedante e incomprensible. Yo acabo de encontrarme con uno titulado (está en inglés, lo he traducido) “Teoría dialéctica poscapitalista en las obras de Madonna”. Empieza así: “La narratividad forma parte de la economía del lenguaje’, afirma Baudrillard. Si la teoría de la dialéctica poscapitalista está en lo cierto, tenemos que elegir entre narrativa subtextual y nacionalismo material”. El generador es una broma y una aguda crítica a la vacuidad intelectual, pero hay otras herramientas, como el SCIgen, creado en 2005 en el MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts), que genera investigaciones científicas falsas de forma automática. La intención era utilizarlo como denuncia de la falta de control académico, pero terminó siendo usado por un puñado de científicos para crear investigaciones fraudulentas que causaron escándalos en algún congreso internacional en China. O sea, que esto de la IA viene de muy largo.


“Un cerebro humano tiene tantos nodos o conexiones como tres veces todo el internet de la Tierra”, dijo en 2022 el eminente neurocientífico español Rafael Yuste, impulsor de BRAIN, el proyecto de EE UU para mapear nuestro cerebro y diseñar herramientas que lo consigan. BRAIN, que se lanzó en 2013 y terminará en 2026, con un coste de 6.000 millones de dólares, no ha ido todo lo bien que se esperaba; los avances están siendo bastante más lentos justamente por la fabulosa complejidad del cerebro humano. Pero la puerta está ahí, abriéndose, y la pasaremos antes o después. A mí lo que de verdad me turba e interesa no es que el robot aspirador se independice, sino que nuestra mente sea implementada por la IA. Conectaremos nuestros cerebros a los ordenadores, con chips internos o con simples electrodos en una diadema. Estaremos en la red y podremos ser jaqueados o manipulados. Por eso, los más importantes neurocientíficos del mundo, Rafael Yuste incluido, están pidiendo que se instituyan estos nuevos derechos: derecho a que nadie entre en nuestro cerebro sin consentimiento; derecho a conservar la propia personalidad; derecho al libre albedrío; derecho a protegerse ante determinados sesgos cognitivos. En este 2023 se cumplen 75 años de la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU. Los científicos piensan que sería un buen momento para incluir los neuroderechos.


martes, 28 de enero de 2020

Arte 10, artistas 0

El artista no tiene derecho a hacer cualquier cosa, ni siquiera a buitrear la vida de los demás y exponerla

QUÉ LE HUBIERA pasado a la humanidad si no hubiera existido Cervantes? Absolutamente nada. ¿Y si Shakespeare no hubiera nacido? Lo mismo. ¿Habría cambiado el mundo si la obra de Velázquez o de Leonardo da Vinci no hubiera sido creada? Pues no. Ahora bien: si no existiera el arte, la pintura, la música; si no hubiera novelas ni poesía ni narración, la vida sería inhumana e inhabitable. Somos quienes somos justamente porque vibramos en el ansia de buscar la belleza, esa inutilidad tan necesaria. La belleza es el sentido del caos, o al menos el intento de encontrar ese sentido. Y se trata de un esfuerzo colectivo. Lo que quiero decir es que el arte es un exudado social, que forma parte esencial de lo que todos somos, y que el artista individual no es más que una especie de médium, un peón de ese mandato de la especie. Lo importante es el arte, no el artista. Ni siquiera los artistas más grandes son imprescindibles. Todo esto viene a cuento del último (por ahora) escándalo en torno a la supuesta sacrosanta libertad del creador, un tema recurrente a lo largo de los años. Hablo, ya saben, del francés Gabriel Matzneff, que ahora tiene 83 años y que ha visto cómo su editorial, Gallimard, retiraba de las librerías todos sus diarios después de que Vanessa Springora publicara un libro titulado Le consentement (El consentimiento), en donde cuenta la espeluznante y abusiva relación que Matzneff tuvo con ella en los años ochenta, cuando Vanessa tenía 14 años y él 50. Pero el verdadero escándalo es que Matzneff nunca ha ocultado su pedofilia, sino que ha hecho gala de ello en sus libros y en las entrevistas, hasta el punto de que hace años fue presentado en uno de los programas televisivos del celebérrimo Apostrophes como “profesor de educación sexual especializado en estudiantes y menores”. Grandes risas cómplices de la concurrencia ante el chistecito. De hecho, creo que en la radicalidad de la medida de Gallimard se transparente la mala conciencia de la editorial por haberle estado publicando sus alardes pedófilos tan tranquilamente.
(...)
(Rosa Montero)

https://elpais.com/elpais/2020/01/20/eps/1579523048_404695.html

miércoles, 7 de octubre de 2015

Corazones que piensan

Todos los humanos nos hemos preguntado qué nos convierte en individuos



El físico argentino Alberto Rojo acaba de publicar un interesante artículo en el periódico La Nación sobre ciencia y religión. Aunque Alberto es agnóstico, firma el escrito con el teólogo Ignacio Silva. Es un texto sin complejos ni prejuicios que bucea en los confines del conocimiento y en el enorme misterio de lo que somos. Por cierto que ofrecen un dato espeluznante: según una encuesta Gallup de 2012, el 42% de los estadounidenses están convencidos de que Dios creó al ser humano tal y como viene en la Biblia, de golpe y de la nada, ya saben, el cuento del barro y de la costillita, y que todo esto sucedió hace exactamente 10.000 años. Con lo cual se pasan por el forro de las neuronas (deben de tener pocas, de todas maneras) las irrefutables y numerosísimas pruebas científicas.

De modo que estos necios no sólo niegan los cientos de miles de años de evolución de los homínidos, sino que además ni siquiera tienen en cuenta que hay pinturas rupestres con cerca de 40.000 años de antigüedad. Y los seres humanos que hicieron esos dibujos ya eran exactamente iguales a nosotros. Más sucios y sin teléfonos móviles, pero iguales. Tanta estulticia a estas alturas del siglo XXI no está demasiado lejos del fanatismo de los talibanes, y sin embargo son casi la mitad de la población de Estados Unidos: asusta un poco. Los católicos lo tienen un poco mejor. Juan Pablo II, explican en el artículo, reconoció en 1996 que la teoría de la evolución no era una hipótesis sino algo plenamente aceptado por la ciencia, y resolvió el conflicto para los creyentes diciendo que el cuerpo fue cambiando por medio de procesos naturales, hasta que llegó Dios y le dio el alma.
Y aquí abandono el texto de Rojo y Silva porque nos hemos topado con algo enorme y esencial: ese aliento de consciencia que nos anima. Todos los humanos nos hemos preguntado desde el principio de los tiempos qué es lo que de verdad nos hace humanos, qué nos convierte en individuos, dónde reside el yo dentro de nuestro cuerpo. Más o menos entendemos cómo es nuestra realidad física, el mapa de los huesos, el laberinto de los tendones, el flujo de la circulación, el funcionamiento del sistema digestivo. Nuestro cuerpo es un gran mecano, maravilloso, espectacular y mágico, pero de alguna manera podemos asumirlo. La cuestión verdaderamente peliaguda es: dentro de ese maremágnum de células afanosas, en medio de ese prodigioso tinglado de carne y sangre y huesos, ¿dónde demonios estamos nosotros? ¿Dónde reside y qué es eso que algunos llaman alma, o espíritu, o conciencia, o… qué?
La historia del ser humano es la historia del conflicto entre ese hálito intangible y la prisión del cuerpo. Las religiones han usado cilicios, ayunos, sacrificios para domar la carne; o, por el contrario, han mitificado la carnalidad para llegar al alma, como en el tantrismo y su uso litúrgico del sexo. En cualquier caso, nos es muy difícil no experimentar cierta sensación de extrañamiento con el cuerpo. Nuestro organismo es el misterioso universo dentro del que nos ha tocado vivir toda nuestra vida.
Tradicionalmente se creía que el yo, el alma, la conciencia, estaba en el corazón; eso pensaban en el Antiguo Egipto; eso decía Aristóteles. Así se creyó también en la Edad Media. La clásica imagen de Jesús mostrando su corazón revela el papel central que se le adjudicaba a esta víscera dentro de la construcción de lo que somos. De hecho, en épocas modernas hemos seguido sintiéndolo así, especialmente en lo que se refiere a nuestros sentimientos, a nuestras emociones, al amor. Hablamos de que nos duele el corazón cuando sentimos pena, o nos tocamos el pecho para indicar afecto o si algo nos hiere repentinamente. Como si el centro de nuestra intimidad, de nuestro yo, estuviera ahí. Pero, con el tiempo, la ciencia fue otorgando al cerebro el predominio absoluto dentro de nuestro cuerpo. En esa masa gelatinosa y grasienta, en sus reacciones eléctricas y en su sopa bioquímica residía todo, nos dijeron. La inteligencia, las emociones, la razón, el yo. Todo lo demás no era sino un mito.
Sin embargo, diversos estudios realizados en los últimos años han descubierto algo extraordinario: el corazón tiene neuronas, decenas de miles de neuronas idénticas a las del cerebro. De hecho, del 60% al 65% de las células del corazón son células nerviosas, y funcionan exactamente igual que las cerebrales, supervisando y controlando los procesos de nuestro organismo e influyendo en las estructuras cognitivas del cerebro. O sea que pensamos también con el corazón; y parte de nuestro yo esquivo reside ahí, como siempre supimos intuitivamente. Todo esto demuestra, una vez más, cuántas veces podemos equivocarnos y cuantísimo nos falta por saber. Lo cual es estremecedor pero fascinante.

domingo, 21 de junio de 2015

Uno de esos muertos


Hay un puñado de biólogos que, encabezados por el británico Rupert Sheldrake y vituperados furiosamente por la comunidad científica oficial, sostienen que los individuos pertenecientes a una misma especie están relacionados entre sí de algún modo, que sus mentes se rozan de una manera imprecisa y sutil. Sheldrake le llama a eso resonancia mórfica. En sus propias palabras, la resonancia mórfica implica que “todos los sistemas autoorganizados, como las moléculas, las células, las plantas, los animales y las sociedades animales, poseen una memoria colectiva de la cual se nutre cada individuo y a la cual contribuye”.
Sheldrake, que se educó en Cambridge y Harvard y fue un brillante bioquímico antes de que empezara a idear teorías arriesgadas y se ganara el ardiente odio de sus pares, ofrece diversos argumentos en sus libros para basar su teoría. Lo más alucinante son una serie de experimentos con ratas que se hicieron en Harvard durante varias décadas a partir de los años veinte.
Enseñaron a las ratas a escapar de un laberinto, y las siguientes generaciones aprendieron cada vez más deprisa, lo cual ya es bastante extraordinario. Pero además sucedió que, después de que las ratas de Harvard hubieran aprendido a escaparse por lo menos diez veces más rápido, cuando otras ratas de la misma especie fueron probadas en un laberinto idéntico en Edimburgo (Escocia) y en Melbourne (Australia), los animales, que no tenían ninguna relación con los de Harvard, empezaron a resolver la prueba más o menos a la misma velocidad máxima que habían llegado a alcanzar las ratas en Estados Unidos, y siguieron mejorando el tiempo a partir de ahí.
No seré yo quien ponga en solfa las críticas de la comunidad científica hacia Sheldrake (aunque lo acerbo y virulento de las mismas resulte sospechoso): no poseo conocimientos para ello, así que supongo que tendrán razón y que a la teoría le faltará rigor. Sin embargo, los argumentos que Sheldrake ofrece abren la cabeza e incitan a pensar. Y además la resonancia mórfica concuerda con una verdad poética que alienta en el corazón de los humanos desde siempre, una intuición de unidad y de corresponsabilidad de la especie. Dios le dijo a Abraham: encuentra a diez justos y salvaré a Sodoma y Gomorra. Abraham no los encontró, y como se trataba del terrible Dios del Antiguo Testamento, aniquiló a todos los habitantes de las dos ciudades, niños inocentes incluidos. Pero lo que me interesa de esta historia es que entre los mitos fundacionales de la Biblia ya está esa idea de la ósmosis, del entrelazamiento inevitable de los individuos: los actos de un puñado de personas salvan o condenan a toda la colectividad. Esto es llevar la teoría de Sheldrake aún mucho más lejos de lo que él sostiene, desde luego. Las verdades poéticas, ya se sabe, quizá sólo sean un deseo. Pero en cualquier caso son un deseo tan profundo que casi se hace carne.
Yo siempre he creído percibir esa unión intraespecie, y por eso me parece que los atroces actos de crueldad del mundo nos salpican a todos, y que el heroísmo, aunque sea anónimo, nos redime. Los esclavos bárbaramente maltratados de la frontera de Malasia, los patéticos barcos de esos mismos esclavos abandonados por los traficantes a la deriva en los mares asiáticos, los 3.419 inmigrantes ahogados en el Mediterráneo en 2014, según ACNUR: todo ese dolor ignorado y constante tiene que dejarnos el karma fatal (el karma: otro mito de continuidad entre los individuos). Me obsesiona esa lenta y pertinaz marea de cadáveres, su inhumano sufrimiento hasta morir.
Hay un estremecedor documental de 2013 del colombiano Juan Manuel Echevarría titulado Réquiem NN (agradezco a @ambre61 que me pusiera tras su pista) que habla de un pequeño pueblo de Colombia llamado Puerto Berrio. Es zona de conflicto y de dolor, y por el cercano río Magdalena bajan cadáveres anónimos que los vecinos recogen y entierran bajo las siglas NN de los sin nombre. Pero lo conmovedor, lo espeluznante, es que muchos de esos vecinos adoptan a las víctimas; escogen a una y le hacen un entierro como es debido, le limpian el pobre nicho, le ponen flores e imágenes, le rezan y a menudo incluso le dan un nombre. Por ejemplo, el de su propio hijo desaparecido. Esto es ilegal y es un problema, porque al borrar su número de registro para rebautizarlo se pierde para siempre el rastro de ese difunto; pero al mismo tiempo es un gesto tan bello, tan consolador, tan dolorosamente fraternal: al adoptar al NN, impiden que la callada matanza pase inadvertida. Nosotros, en fin, también tenemos nuestros ahogados. Nuestros cadáveres olvidados. Uno de esos muertos del Mediterráneo es mío. Por lo menos.