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sábado, 17 de mayo de 2025

Popper es prescripción, Kuhn es descripción.

A más Popper menos Kuhn




Y o existo. La realidad existe. Y (la realidad) es (para mí) inteligible. Y objetiva. La ciencia es una representación mental, objetiva e inteligible de la realidad. O sea: en el bosque los árboles se caen aunque no haya testigos y con independencia del humor de un eventual observador o pensador presente o ausente. La ciencia es una construcción universal. Eso, dicen los filósofos, se llama realismo científico. Eso, dirían los lectores de Popper, es Popper.

Yo, digamos, existo. Y la realidad que existe es la mía, la que yo percibo, la que yo comprendo. La ciencia es una representación mental subjetiva cuya inteligibilidad depende de mi momento como individuo dentro de la historia de mi comunidad. O sea: un árbol que se cae en un bosque, no sólo se cae en un bosque, también se cae dentro de un paradigma, es decir, se cae según una particular manera de mirar y de interpretar. La ciencia es una construcción social. Eso, dicen los filósofos, se llama idealismo científico. Eso, dirían los lectores de Kuhn, es Kuhn.

¿En qué quedamos? ¿Cómo es la ciencia? ¿Popperiana o kuhniana? En su último libro El misterio de los misterios, el filósofo Michael Ruse se plantea este mismo dilema en el evolucionismo biológico. ¿Es el darwinismo una teoría realista o una metáfora idealista? Ruse está a punto de responder en cada página, pero no llega a hacerlo. Su conclusión, después de hacer desfilar a todos los protagonistas desde Erasmus Darwin (abuelo de Charles) hasta los líderes actuales de opinión como Gould, Lewontin, Wilson, Dawkins o Wilson, es que hay tantas razones a favor de Popper como de Kuhn. Interesantísima confusión. Creo saber lo que ocurre.

La física puede ser más objetiva e inteligible que la biología, la biología que la psicología y la psicología que la sociología. Por eso mismo la sociología contiene más ideología que la física. Pero un físico y un sociólogo pueden ser igualmente científicos si ambos apuran sus grados de objetividad e inteligibilidad al máximo, aunque tales grados sean lógicamente diferentes. Y lo mismo ocurre con diferentes cuestiones dentro de una misma disciplina; compárese, por ejemplo, la genética con la taxonomía zoológica y ésta con la etología.

El científico, en su proceso de construir conocimiento científico debe ser, por oficio, tan objetivo y tan inteligible como sea posible, dada la complejidad de la realidad que pretende estudiar y dadas las condiciones de su investigación. Hasta aquí es Popper. Pero nadie es perfecto. La objetividad y la inteligibilidad siempre tienen un límite, un límite más allá del cual el método científico rueda en el vacío, un vacío que hay que rellenar con ideología. A partir de aquí es Kuhn. Popper es portador de la buena noticia en ciencia, Popper mide el grado de éxito del método. Kuhn es la mala noticia y mide el fracaso de la empresa científica. Hay pues una especie de ecuación que creo que disipa las brumas de la confusión sobre el carácter popperiano o kuhniano de la ciencia. Sería algo así como: Popper más Kuhn igual a constante. Es decir, en cada ciencia, disciplina científica, tema o cuestión se puede enunciar que cuanto más Popper, menos Kuhn. Y viceversa.

En definitiva y en esencia: Popper, como buen filósofo de la ciencia, dice cómo la ciencia debe ser y por ello hay que pensar en Popper mientras se hace ciencia; Kuhn, como buen historiador de la ciencia, dice cómo la ciencia es y por ello hay que pensar en Kuhn cuando la ciencia está hecha. Popper es prescripción, Kuhn es descripción.

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Jorge Wagensberg es director del Museo de la Ciencia Fundación La Caixa (Barcelona).




martes, 17 de septiembre de 2024

Todo lo que pasa en tu mente es un fenómeno físico que se puede detectar desde fuera...

 

Gente en coma: ¿hay alguien ahí?

Nada en el cerebro es inaccesible al conocimiento objetivo; son solo neuronas disparando señales a otras


Un paciente en estado de coma. ... kupicoo (Getty)



Los filósofos han dedicado esfuerzo e ingenio a la fatigosa tarea de analizar la subjetividad humana, ese reducto personal e intransferible que, según suponemos, siempre será privado e inaccesible al conocimiento empírico. David Chalmers, Daniel Dennett y muchos otros pensadores consideran que el “problema difícil” para entender la consciencia es el asunto de los qualia, que tiene que ver con los sentimientos privados. Por ejemplo, un neurólogo te puede mostrar qué neuronas de tu cerebro se activan cuando ves el color rojo, pero no lo que tú sientes al verlo, la rojez del rojo, su qualia (qualium, supongo que habría que decir en singular, pero no compliquemos aún más las cosas).


La rugosidad que sientes al tocar una piel seca, la embriaguez de un perfume y el sufrimiento de un dolor son otros ejemplos de qualia, percepciones subjetivas que solo podemos expresar con metáforas y que son nuestras, íntimas e inaccesibles a los demás. En un tiempo en que nuestros datos circulan por la nube y estamos poniendo todo perdido de nuestro ADN, los qualia son el último reducto de nuestra privacidad, el ascua ardiendo a la que podemos agarrarnos para preservar nuestros secretos y adoptar un aire enigmático que resulte disuasorio para la cotillería ajena.


Y es curioso porque, en sentido estricto, la subjetividad no existe, y un filósofo debería ser el primero en saberlo, a menos que siga creyendo en almas, fantasmas y dualismos cartesianos, como hicieron sus predecesores. Todo lo que percibimos, pensamos y sentimos consiste en la activación de ciertos circuitos neuronales, y eso incluye la rojez del rojo, la aspereza de una piel, el sufrimiento de un dolor y todo el resto de nuestra consciencia, esa cosa que perdemos al dormirnos y recuperamos al despertar. No hay ningún ectoplasma en tu cráneo que sea inaccesible al conocimiento objetivo. Solo hay neuronas disparando señales a otras, y, por tanto, la subjetividad no existe en un sentido filosófico. Otra cosa es que la ciencia actual se quede corta para entender los qualia, pero no hay ningún problema de principio para que llegue a hacerlo.


Un equipo internacional de 39 neurólogos y neurocientíficos acaba de publicar una investigación importante sobre 353 pacientes en coma, estado vegetativo y otros trastornos de consciencia. Les han hecho pruebas clínicas, de comportamiento y de registro de la actividad cerebral con resonancia magnética funcional (fMRI) y electroencefalografía (EEG). Algunos pacientes (112 de 353) muestran respuestas observables a las demandas de los médicos, como levantar el pulgar cuando se lo piden. Los otros 241 no muestran ninguna respuesta observable ni a ese ni a ningún otro test. El resultado principal es que, entre estos últimos, las imágenes de las neuronas en acción revelan que una cuarta parte de ellos están conscientes. Por chocante que resulte, hay alguien ahí dentro.


Esos datos sugieren un montón de cosas, ¿no es cierto? Algunas son terroríficas, porque hasta ahora hemos tenido a esos pacientes almacenados en las salas más aburridas del hospital, simplemente a la espera de que alguno de ellos pudiera despertar algún día. Saber que hay alguien ahí, una consciencia como la tuya o la mía, y aunque solo sea en uno de cada cuatro casos, debería conducirnos a replantearnos los protocolos actuales. Y, desde luego, será importante investigar si los actuales implantes cerebrales que se usan experimentalmente para personas paralizadas, y que les permiten comunicarse a través de un ordenador, pueden ayudar a estos pacientes a recuperar el contacto con el mundo, empezando por sus amigos y familiares.

Otra consecuencia de una naturaleza admitidamente más académica es que Chalmers, Dennet y sus seguidores filosóficos van a ver sus qualia y sus teorías de la consciencia seriamente averiadas. Todo lo que pasa en tu mente es un fenómeno físico que se puede detectar desde fuera. Dicho esto, dicho todo.