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lunes, 21 de octubre de 2024

en los próximos 10 años, “cuando la inteligencia artificial superará las capacidades humanas”...

“El próximo gran salto es el desarrollo de humanoides y estamos muy cerca”

Un congreso internacional sobre innovación tecnológica anticipa la nueva revolución que generarán los robots con forma de personas y capacidad de percibir, aprender y actuar

 

Robot Figure 02, el último desarrollo de la compañía participada por Jeff Bezos, Nvidia y Open AI, 
en la planta de BMW en Spartanburg (EE UU). 
Figure AI


Ereván (Armenia) - 16 OCT 2024 - 05:20 CEST


“El próximo gran salto de la humanidad serán los robots humanoides”. Lo afirma Rev Lebaredian, vicepresidente de Omniverso y Tecnología de Simulación en el gigante informático Nvidia. Y cree que sucederá pronto. Defiende que a las máquinas les faltaba el cerebro que la inteligencia artificial (IA) basada en grandes modelos de lenguaje (LLM, por sus siglas en inglés) ya puede aportar. Es el paso a la IA física, que ya ha empezado por vehículos, edificios, hogares, centros sanitarios, sistemas quirúrgicos e incluso ciudades. Los nuevos robots ya no son simples brazos articulados “ciegos y tontos”, como describe Lebaredian los antiguos modelos, sino que pueden entender, aprender, percibir y actuar. “Estamos muy cerca”, afirma.


Al margen del espectáculo publicitario del pasado día 11 de los robots Optimus de la compañía de Elon Musk Tesla, parcialmente teledirigidos por humanos, la carrera en serio por esta tecnología está en manos de una veintena de compañías como 1X Technologies (participada por Open AI), Apptronik, Agility Robotics, Figure (participada por Jeff Bezos, Open AI y Nvidia) o Boston Dynamics, entre otras.


Rev Lebaredian, que ha participado en el doble encuentro internacional World Congress on Innovation and Technology y Digitec de Ereván (Armenia), a los que ha acudido invitado EL PAÍS junto a una docena de medios internacionales, defiende que la parte mecánica del humanoide está prácticamente resuelta y que el mercado empujará a su abaratamiento, como ha sucedido con otros dispositivos. “Ahora tenemos la tecnología para construir estos robots físicos y reducir su precio a unos pocos miles de dólares”, explica. Lo que faltaba surgió hace una década, cuando la programación, según sus palabras, “dejó de generar herramientas para crear habilidades, inteligencia”. “Es una nueva revolución”, advierte.


Asegura que “la parte científica de esto está en gran parte resuelta”. “Ahora vamos a entrar en ingeniería para descubrir cómo transformar las tecnologías básicas que tenemos en un producto”, añade.


En este vertiginoso proceso, que el vicepresidente de Nvidia considera próximo, aunque no se aventura a concretar plazos, una de las claves, según dice, será la simulación, que define como “el campo de entrenamiento de esos nuevos cerebros robóticos para probarlos y llevarlos al mundo real”.


David Yang, empresario y fundador de la fundación educativa Ayb, también está en esta carrera. Es el creador de Morfeus.ai, robots cuadrúpedos con capacidades de aprendizaje y sensoriales, y de la considerada la casa inteligente más extraordinaria de Silicon Valley, con múltiples funciones robotizadas.


Yang respalda las previsiones del directivo de Nvidia y concreta los plazos: defiende que la “revolución más emocionante y espectacular” se consolidará en los próximos 10 años, “cuando la inteligencia artificial superará las capacidades humanas”, especialmente en programación.


Cuando esta robotización se consolide, aún quedarán aspectos por definir, como la responsabilidad sobre sus acciones. Lebaredian cree que será una cuestión regulatoria al margen del desarrollo y que, por lo tanto, dependerá de cada país, de las tareas mecanizadas, del dueño del robot o de su operador o de su programador. “Vamos a tener que empezar a averiguar eso”, admite.


Hrant Khachatrian, científico de computación por la Universidad Estatal de Ereván y director del laboratorio de aprendizaje mecánico, aporta una de las claves para que todos los desarrollos estén implicados en la sociedad a la que sirven: “Tiene que haber siempre un humano detrás”.


En relación con los puestos de trabajo que reemplazarán, Lebaredian es optimista y asegura que la robotización se implantará en áreas donde haya falta de mano de obra por jubilación o porque no hay personal suficiente para determinadas tareas, como la conducción de mercancías o la logística o el cuidado de personas de la tercera edad. “Hay muchos puestos de trabajo para los robots que ahora están sin cubrir. No tenemos que preocuparnos tanto”, resume.


El directivo advierte que los robots, a los que define como “cualquier cosa que percibe, decide, planifica y actúa”, ya están implantados y actúan como agentes informáticos o como taxis o como drones o en la industria farmacéutica e incluso en cirugía. Pero falta un salto cualitativo: el desarrollo de un robot de propósito general, “que puede hacer muchos tipos diferentes de tareas en espacios que están construidos para humanos”.


Este elemento fundamental precisa del humanoide, según explica Lebaredian: “Tal vez no necesite tener piernas y se mueva sobre ruedas, o sí, cuando tenga que subir escaleras. Tal vez tenga tres brazos en vez de dos. A medida que comencemos a construir otros espacios, especialmente fábricas y almacenes donde no hay humanos, podemos hiperoptimizar los robots para esos lugares. Pero vamos a tener espacios para humanos durante mucho tiempo, la mayor parte del mundo, la mayoría de las fábricas, almacenes, hospitales, la mayoría de todo está diseñada para nosotros, por lo que este factor es realmente importante y por eso apostamos a que serán humanoides”.

El siguiente paso será el hogar, la vida cotidiana, la atención médica o la asistencia a dependientes. El experto en computación augura que será una implantación desigual y no solo por la capacidad económica de cada sociedad. “Algunas culturas, como la japonesa, son más receptivas. En Estados Unidos, la visión de un robot humanoide aún es Terminator. Hay elementos culturales que entran en juego y habrá que ver cómo reaccionan y se adaptan los consumidores a esto”, concluye.

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Licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense, máster en Periodismo Digital por la Universidad Autónoma de Madrid y con formación en EEUU, es redactor de la sección de Ciencia. Colabora en televisión, ha escrito dos libros (uno de ellos Premio Lorca) y fue distinguido con el galardón a la Difusión en la Era Digital.


sábado, 15 de junio de 2024

“No se necesitan los milagros, solo entender el mundo tal y como verdaderamente es”.

Daniel C. Dennett, el cuarto ‘jinete’ del ateísmo

El filósofo norteamericano, crítico con la religión y defensor de la ciencia, se confiesa en sus memorias


Daniel C. Dennett. ... LUIS GRAÑENA



La mente no es otra cosa que “una colección de procesos informáticos como los de un ordenador, que se desarrollan sobre una base de carbono”. El tan amado “yo”, “un ‘centro de gravedad narrativo’, una ficción muy conveniente que nos permite integrar varias corrientes neuronales de datos”. “El alma está hecha de montones de pequeños robots”, que serían nuestras neuronas. Son frases y conceptos acuñados por Daniel C. Dennett (Boston, 1942), uno de los más reputados y polémicos filósofos actuales, famoso por su cruzada contra las religiones, a las que acusa de generar fanáticos. Su proselitismo ateo —poco efectivo en familia, ya que su hermana es sacerdote de una iglesia cristiana— le ha llevado a ser incluido entre los llamados “cuatro jinetes del antiapocalipsis”, junto a Richard Dawkins, el fallecido Christopher Hitchens y Sam Harris, pero el alcance de su pensamiento es mucho mayor. Dennett ha profundizado en la naturaleza de la consciencia desde una perspectiva evolucionista, y ha aportado nuevas ideas a la filosofía en un lenguaje comprensible.


Catedrático emérito de Filosofía de la Universidad de Tufts (Massachusetts), donde ha enseñado durante medio siglo, y director de su Centro de Estudios Cognitivos, es conocido por sus dotes de polemista y por el alcance divulgativo de la veintena de libros que ha publicado. Con el último, unas memorias tituladas I’ve Been Thinking (He estado pensando, sin edición en español), quiere dejar constancia de que lo verdaderamente emocionante “es la magia de la vida como evolución, la magia de nuestro cerebro evolucionando entre nuestras orejas”, según confesó recientemente a The New York Times. Por eso, “no se necesitan los milagros, solo entender el mundo tal y como verdaderamente es”.


Hijo de un historiador y diplomático y de una profesora dedicada a la edición, Dennett parecía destinado desde el principio al mundo académico. Se licenció en Filosofía en la Universidad de Harvard, y se doctoró en la de Oxford con una tesis rompedora, Contenido y conciencia (Gedisa, 1996), obra con varias ediciones revisadas, traducida a diversos idiomas. Su curiosidad le ha llevado también, desde muy joven, a probar infinidad de actividades. Practica el dibujo, la escultura, es pianista de jazz, hábil navegante, ingeniero de computación y conferenciante de éxito. Casado y padre de dos hijos adoptivos que le han dado cinco nietos, gestionó con su mujer durante muchos años una granja en el Estado de Maine, donde elaboraba su propio licor de arándanos y un brandi de manzana.


En sus memorias, además de resumir su peripecia filosófica y científica, Dennett se confiesa. Habla, púdicamente, del dolor por la pérdida del hijo que esperaban su esposa y él poco después de casarse, o del grave ataque al corazón que le puso a él al borde de la muerte, y que se resolvió gracias a la aorta artificial que le colocaron en 2006. Ese año justamente se publicó uno de sus libros más polémicos: Romper el hechizo: La religión como un fenómeno natural (Katz Editores), aparecido en español en 2009, obra en la que Dennett venía a explicar la religión como un subproducto de nuestra evolución biológica. “Eran momentos en que la discusión entre los evolucionistas y los creacionistas se encontraba en un punto álgido”, señala por correo electrónico Alejandro Katz, director de esa editorial argentina. “Si bien estrictamente era una discusión del ámbito anglosajón, las ideas y los argumentos desarrollados por Dennett” tenían interés también en el mundo de habla hispana.


Con su larga barba blanca de patriarca bíblico, Dennett no se limita a fustigar a los creyentes, también irrita a sus colegas al negar la base misma de la filosofía de la mente. “Cuestiona que haya algo inefable en la experiencia subjetiva de las sensaciones, ese aspecto de la consciencia que, técnicamente, se conoce como qualia”, cuenta por correo electrónico la filósofa Josefa Toribio, profesora de la Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats (ICREA) de la Universidad de Barcelona, amiga suya desde hace años. Para Dennett, “la idea misma de qualia, tal y como se entiende comúnmente, es ilusoria”. Toribio alaba la capacidad del filósofo estadounidense “para presentar ideas filosóficas complejas de una forma comprensible para el público no especialista”, y destaca “su compromiso con el naturalismo, su integración de los conocimientos científicos en los debates filosóficos y su capacidad para desafiar la sabiduría convencional con ideas innovadoras y sugerentes”.


Uno de los temas que más le interesan y preocupan es el de la Inteligencia Artificial, y es partidario de poner en cuarentena los hallazgos de esta nueva tecnología antes de aplicarlos de manera masiva. El avance es exponencial y no duda de que en unas décadas puedan crearse robots conscientes, algo que considera poco deseable. Al fin y al cabo, ni siquiera sabemos qué beneficios evolutivos nos ha reportado la consciencia, suponiendo que tenga alguna función, como admitía el filósofo en una entrevista publicada hace tres años en Tufts Now, revista de su universidad. “Quizás no sea más que una fuente de aflicción”, aventuraba. “Quizás haya evolucionado como una suerte de lastre que tenemos que arrastrar. O puede que haya algo que nos beneficia y la consciencia sea el precio que pagamos por tenerlo”.