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viernes, 20 de junio de 2025

¿Puede existir una consciencia separada del cerebro?

Destellos de lucidez antes de morir: el debate que agita a la neurociencia

Las experiencias cercanas a la muerte o la lucidez terminal provocan preguntas sobre lo que sabemos de la conciencia


Cinta Arribas



“Mi madre tenía alzhéimer avanzado. Ya no nos reconocía y parecía indiferente a esos extraños que la visitaban una o dos veces por semana. El día antes de su fallecimiento, sin embargo, todo cambió. No solo nos reconoció, sino que quiso saber qué nos había pasado a cada uno en el último año”. El testimonio de una mujer alemana, recogido en 2019 por Alexander Batthyány, director del Instituto Viktor Frankl en Viena, muestra un caso de lo que se ha bautizado como lucidez terminal, un breve retorno del yo en personas que parecían haber desaparecido mucho tiempo antes por culpa de lesiones cerebrales o alzhéimer.

En su libro El Umbral (Errata Naturae), recientemente publicado en castellano, Batthyány cuenta su investigación sobre este fenómeno poco estudiado, relatando casos de familiares y profesionales sanitarios que asisten a lo que parece una resurrección temporal de alguien que daban por perdido. Según sus estimaciones, hasta un 6% de las personas que parecen haber perdido la consciencia para siempre lo experimentan. En una entrevista con EL PAÍS, el psicólogo defiende el interés de estudiar estos casos para entender su significado. Para él, desafían la concepción actual de que la mente es solo una propiedad emergente del cerebro y que cuando este se daña la consciencia desaparece para siempre.

La lucidez terminal y las experiencias cercanas a la muerte serían un indicio para personas como Batthyány de que, junto a la consciencia que surge del cerebro y que desaparece cuando este se deteriora, hay otra protegida, etérea, oculta durante nuestra vida terrenal por la anterior, pero que resurge en las postrimerías de la vida, liberada por fin de las cadenas de la materia. Eso explicaría los chispazos finales de conciencia o los relatos de personas que reviven después de haber estado clínicamente muertos. Esa luz al final del túnel, el encuentro con seres queridos fallecidos, la sensación de disolución del ego y unidad con el universo que transmite una paz indescriptible y hace que muchos de los que tienen la experiencia pierdan el miedo a la muerte e incluso la añoren.

Por ahora, la evidencia para sustentar estas hipótesis tan ambiciosas es escasa, y el propio Batthyány lo reconoce. La mayor parte de su investigación, como la que se ocupa de las experiencias cercanas a la muerte, depende de la recopilación de casos retrospectivos, de testigos que cuentan lo sucedido, algo que, en términos científicos, es evidencia de baja calidad. En experiencias tan extraordinarias e imprevisibles, resulta difícil aplicar criterios de la ciencia moderna como que sea medible, reproducible y predecible.

Desde el estudio de referencia del cardiólogo neerlandés Pim van Lommel, publicado en la revista The Lancet en 2001, el campo de la investigación de este tipo de fenómenos ha estado dominado por personas que favorecen una interpretación dualista, que afirma que existe una consciencia separada del cerebro. Esto sucede, en parte, porque la misma investigación de las experiencias cercanas a la muerte parecía más una tarea de colaboradores de Cuarto Milenio que de científicos serios. Ahora, también hay algunos científicos convencionales que están empezando a trabajar en este campo. Es el caso del Grupo de Ciencia del Coma de la Universidad de Lieja, en Bélgica. Este año, un equipo de ese grupo, encabezado por Charlotte Martial, publicó en la revista Nature Reviews Neurology, un artículo en el que presentan un modelo neurocientífico de las experiencias cercanas a la muerte.

El modelo NEPTUNE (siglas en inglés de Teoría Neurofisiológica y Evolutiva-Psicológica para Comprender las Experiencias Cercanas a la Muerte) plantea que estas experiencias son una cascada de procesos neurofisiológicos y psicológicos que se inician en situaciones críticas. En esas circunstancias, la privación de oxígeno o los cambios en el cerebro provocan aumentos en neurotransmisores como la serotonina y la dopamina e incrementan la excitabilidad neuronal en algunas regiones cerebrales. Eso estaría detrás de las sensaciones vívidas, la calma o la sensación de verse abandonando el propio cuerpo, características de las experiencias cercanas a la muerte (ECM). Además, plantean enmarcar esta respuesta fisiológica dentro de la teoría evolutiva, como una herramienta para afrontar amenazas. Más que respuestas, este modelo supone un marco para plantear experimentos rigurosos.

Martial considera que el dominio de la visión dualista en la interpretación de las ECM se debe, por un lado, “a que no hay un marco científico riguroso y convincente para explicar esas experiencias subjetivas, ricas e intensas que aparecen en un momento en el que no habríamos esperado que hubiese consciencia”. Además, en décadas recientes no ha habido experimentos a gran escala para probar un modelo científico de las ECM.

Los proponentes de teorías dualistas de la muerte sugieren que lo que se ve durante una ECM o en los últimos momentos de lucidez son una ventana a otro mundo en el que no aplican las reglas de este. Quienes viven esos roces con el más allá vuelven contando que les inundó un sentimiento de paz y armonía con el universo, que vieron cómo se separaban de su cuerpo o que se veían rodeados por una luz brillante. Pero, según ha comprobado Martial, no es necesario estar cerca de la muerte para vivir esas experiencias. La estimulación de partes específicas del cerebro con electrodos intracraneales puede inducir experiencias similares, igual que las sustancias psicodélicas. También sucede con los síncopes.

En un artículo publicado recientemente, ella y su equipo estudiaron a 22 voluntarios sanos que se indujeron síncopes a sí mismos. Durante sus breves desmayos, el 36% relataron una experiencia subjetiva que cumplió los criterios para una ECM según la escala creada por el psiquiatra Bruce Greyson para evaluarlas. Un 88% tuvo sentimientos de paz o agrado, un 50% sensación de alegría, el 100% sintió como se separaban de su cuerpo y el 50% creyó entrar en otro mundo más etéreo. Este experimento sugiere, según Martial, que la hipoxia desempeña un papel importante en las ECM.

Martial coopera con un experimento para poner a prueba el dualismo, escondiendo señales en la sala de reanimación, invisibles desde la cama, para comprobar si los pacientes pueden verlos. “Hasta ahora no hay resultados concluyentes”, dice la investigadora, que reconoce que, con la tecnología que se tiene, como el electroencefalograma o la resonancia magnética, no se podrá poner a prueba la idea de si hay una fuente de la conciencia distinta del cerebro.

Desde Barcelona, impulsado por la Fundación Incloby, se está llevando a cabo el Proyecto Luz, un estudio de ocho años para estudiar las ECM y sus efectos a largo plazo. El objetivo principal del trabajo es documentar cómo cambia la vida y los valores de las personas después de ser reanimados tras un paro cardiorrespiratorio. Lidera este proyecto Luján Comas, especialista en Anestesiología y Reanimación del Hospital Vall d’Hebron de Barcelona durante 32 años: “Experimentan paz y amor, y son capaces de ver a personas que han fallecido, muchos expresan que sintieron que llegaban a casa y no querían volver a la vida”. “Vuelven cambiados, con otros valores, más espirituales, aunque no necesariamente religiosos, reconocen lo que realmente tiene sentido en la vida, centrándose en el amor”, asegura Comas.

La especialista cree que “si las personas tienen estas vivencias cuando el cerebro está plano y no tiene actividad eléctrica, el concepto de que la conciencia solo es un producto del cerebro y se acaba cuando este deja de funcionar no es correcto”. Pero reconoce que, por ahora, solo es una hipótesis.

En ese salto, en busca de un apoyo científico que armonice intuiciones espirituales ancestrales y razón, los partidarios de la visión dualista suelen echar mano de la física cuántica. El cirujano Manuel Sans Segarra, célebre por afirmar que tiene pruebas científicas de que existe vida después de la muerte, suele apelar a la cuántica como fundamento para afirmar que existe una supraconciencia inmortal de la que todos formamos parte. Pero la física cuántica “no puede utilizarse para explicar estos fenómenos”, en palabras de Alberto Casas, profesor de investigación del CSIC en el Instituto de Física Teórica de Madrid. “El cerebro es un sistema macroscópico, donde estos efectos cuánticos se diluyen”, concluye.

Einstein habló de una acción fantasmagórica a distancia y Comas considera que el fenómeno nos dice que “todo está interconectado” y que existe una conciencia no local que no está anclada a un cerebro individual. Casas explica que “pensar que un cerebro puede estar conectado con otro por una especie de telepatía debida al entrelazamiento, no se sostiene”. “Es más, aunque se pudieran entrelazar, la propia física cuántica implica que no se podría transmitir ninguna información significativa”, remacha.

Los partidarios del dualismo tienen prisa por ir más allá. En parte, porque la explicación materialista, aunque fuese cierta, no ofrecería alivio ante la angustia de la muerte, y la espiritual lo proporciona, tenga o no base real. Para Comas, el relato de estas experiencias “da esperanza de que la vida sigue y da esperanza a la gente que ha perdido a un ser querido [...] de que te vas a volver a encontrar”. “Yo creo que eso ya es suficiente, si eso ayuda a una persona a recuperarse, ¿por qué lo hemos de destruir?”, pregunta.

Aunque no deja de ser otra especulación imposible de comprobar, las afirmaciones de Batthyány y Comas encajan con la explicación evolutiva al hecho de que las experiencias como las ECM o las personas que afirman haber tenido contactos vívidos con el más allá aparecen en todas las épocas y en todas las culturas humanas del planeta. Ayudan a vivir. Los que defienden la hipótesis dualista sugieren que esta universalidad de los relatos prueba que el más allá no es una alucinación provocada por engranajes neuronales. Por ahora, las evidencias solo permiten asegurar una cosa: la necesidad de consuelo que tiene el ser humano es insaciable.



domingo, 3 de marzo de 2024

Sobre la posibilidad de leer el pensamiento...

¿Seguro que tus pensamientos son privados?

Nuestros representantes públicos van a experimentar una explicación solvente de los riesgos reales que la tecnología del cerebro plantea ahora mismo para nuestras sociedades



Rafael Yuste (derecha) prueba un aparato neurotecnológico en el documental 'Theater of Thought'.



La ciencia de leer la mente va a llegar al Parlamento español. No, no es que el doctor Moreau vaya a implantar chips en los diputados para saber lo que van a votar, a qué partido se van a fugar ni cuál de ellos se va a equivocar con el dedito mientras está pensando en otra cosa. Verás, eso no estaría ni tan mal, y quizá acabe llegando en algún futuro distópico, pero todavía no estamos ahí. Lo que nuestros representantes públicos van a experimentar, en caso de que asistan a la sesión, es una explicación solvente de los riesgos reales que la tecnología del cerebro plantea ahora mismo para nuestras sociedades. El ponente, Rafael Yuste, es un neurocientífico de primera línea que ya ha convencido a los legisladores de Chile, Brasil y Estados Unidos. Señorías, habrá que escuchar con atención sus argumentos.


Pensar algo no es delito ni en la dictadura más sanguinaria que podamos imaginar. Decir algo tampoco suele serlo en una democracia, salvo en casos extremos de odio o difamación, cuando te puede costar un multazo o una temporada a la sombra. Pero el mero pensamiento es inimputable, en el sentido jurídico de que no hay nada que imputarle. “You are innocent when you dream”, cantaba Tom Waits, eres inocente cuando sueñas. ¿Pero lo eres de verdad?


En las parejas tradicionales, el mero hecho de desear a otra persona suele generar mal rollo. Si una aspirante a un empleo piensa quedarse embarazada, lo mejor es que su empleador no lo sepa, porque lo más probable es que no la contrate así tenga un premio Nobel. El empleador, por cierto, tampoco querría que su intención de discriminar a la candidata se pudiera leer en su cerebro.


La razón de que todos estemos tan seguros de que nuestros pensamientos son privados es en realidad un error filosófico que llevamos puesto de serie: el dualismo, el mito de que la mente es una cosa distinta del cerebro. El culpable más famoso es Descartes, aunque lo único que hizo el pobre fue codificar un automatismo atávico que todos padecemos. Por desgracia para el chauvinismo sagrado de nuestra especie, la mente es el cerebro. Cuando piensas, sientes, recuerdas, planeas o lamentas algo, es porque el prodigio neuronal que llevas puesto en el cráneo se activa y reconfigura. No hay alma, no hay magma informe, no hay nada más. Sé que esta es una idea perturbadora, pero no está escrito en las estrellas que la realidad deba adaptarse a nuestros prejuicios.


La consecuencia inmediata de lo anterior es que tu alma se puede leer desde fuera de tu cráneo. Si estás pensando engañarme, yo lo puedo saber sin más que registrar la actividad de tu corteza cerebral. Lo mismo vale si estás planeando difamarme, robar mis ideas, aprovecharte de mis sentimientos o darme un garrotazo en la cabeza. La privacidad de tus pensamientos no es un fenómeno fundamental, sino una mera consecuencia de nuestra limitación tecnológica. Nada más que un problema técnico. Y ese problema técnico se está disipando a gran velocidad.


Hasta ahora, la privacidad del pensamiento ha estado garantizada por la imposibilidad de leerlo. Ahora tendremos que protegerla con leyes. Ese es el punto que Yuste hará en la Carrera de San Jerónimo.


Otra cuestión es si realmente queremos que nuestros pensamientos sean privados. Yo, por poner un ejemplo tonto, estaría encantado de que un neurólogo me explicara lo que estoy pensando, por muy inconfesable que sea. Tal vez la privacidad mental solo les preocupe a los delincuentes y a los adúlteros. Al fin y al cabo, los novelistas se ganan la vida desnudando su mente.