jueves, 8 de diciembre de 2016

Saber y ser sabido



Está en la naturaleza del saber ser sabido. Y así como la palabra hablada reclama unos oídos dispuestos a escucharla (no hay cosa más triste e inútil que la famosa voz que clama en el desierto) y la palabra escrita requiere de unos ojos que se hagan cargo de esos signos, así también lo conocido en algún momento por el ser humano no parece que pueda admitir más destino que el de transmitirse a otros seres humanos. Acaso un ejemplo un tanto extremo sirva para ilustrar lo que se está pretendiendo afirmar: ¿imaginan a un astrónomo que descubriera, pongamos por caso, la existencia de una nueva galaxia en el confín más remoto del universo, o de una estrella hasta el momento desconocida en nuestro sistema solar, y decidiera no hacérselo saber a nadie por no importa qué razón (el enfado con su comunidad científica, la protesta por falta de ayudas públicas a la investigación o por cualquier otro motivo semejante)? La mera posibilidad nos repugna, entre otras cosas porque, aunque no hayamos pensado mucho en el asunto, damos por descontado que el contenido de ese descubrimiento, por más mérito del científico en cuestión que pueda ser el hecho de haber llevado a cabo este último, no le pertenece en modo alguno.

Tanto nos repugna la idea, que probablemente no nos costaría admitirla también para otros casos, en principio de tipo muy diferente al recién mencionado. Así, cuando tenemos noticia de que el albacea testamentario de algún gran escritor o artista incumplió el designio póstumo de este según el cual debía destruir determinadas creaciones suyas (por no satisfacerle el resultado final, para vengarse de los desaires de algunos de sus contemporáneos o por cualquier otra causa análoga), no solo comprendemos su resistencia, sino que incluso tendemos espontáneamente a celebrar su decisión. Es decir, que ni siquiera en un caso así, tan alejado del anterior, estamos dispuestos a reconocer forma alguna de propiedad por parte del creador sobre lo creado por él mismo.

Eso no significa que a nosotros, habitantes del presente, nos corresponda respecto a la tradición heredada (esto es, lo sabido por nuestros antepasados) la mera tarea, pasiva y reverencial, de traspasarla con la mayor delicadeza y cuidado a las generaciones venideras. Va camino de cumplirse 70 años desde que Hannah Arendt nos advirtiera, en un luminoso trabajo (La crisis de la educación, 1959), el tipo de responsabilidad que nos corresponde en relación con todo ese acervo. Si a algo venimos obligados es precisamente a someterlo a severo examen crítico para, en lo posible, entregárselo mejorado a quienes ingresan por vez primera en el mundo del saber.

Si la historia de la cultura es algo más —mucho más, en realidad— que el mero amontonamiento de descubrimientos, teorías científicas y creaciones artísticas que se ha ido produciendo a lo largo de los siglos se debe justamente a que, en los diferentes presentes que conforman el devenir histórico, los habitantes de cada uno de ellos no se resignaron a ser simples cadenas de transmisión de lo precedente, sino que se obstinaron en constituirse en agentes activos del proceso, revisando hasta donde hiciera falta el signo y el valor de aquello que les había sido entregado en custodia.

Se deduce de las afirmaciones anteriores que, si nos centramos en el particular ámbito de la filosofía, la habitual distinción entre las figuras del profesor de Filosofía y la del filósofo tiene algo de artificioso, sobre todo si pretende dar a entender que el primero se limita a proporcionar a sus estudiantes la información sustancial respecto al pasado de la disciplina mientras que el segundo pretendería adornarse con un plus de creatividad, aportando su propia perspectiva o manera de ver las cosas respecto a los autores considerados como clásicos. En realidad, visto el asunto desde el ángulo que estábamos proponiendo, habría que reformular el dictum clásico según el cual no se enseña filosofía sino que se enseña a filosofar, puntualizando que la única manera de enseñar filosofía es filosofando, esto es, intentando establecer esa relación viva con la propia tradición a la que nos instaba Hannah Arendt.

Porque enseñar a filosofar es, en sustancia, enseñar a asombrarse, y asombrarse es precisamente no dar por bueno lo que por parte de la mayoría es tenido por obvio y, por tanto, es dejado fuera de discusión. La filosofía, en ese sentido, no va al compás del mundo (así van quienes cualquier cosa que sea la que ocurra la consideran evidente e incuestionable) sino a contrapelo del mismo. El bien que ella propone —en último término, la capacidad de someter a la realidad a una impugnación radical—, lejos de ser el más extendido de los bienes, constituye más bien una rareza. Pero esa situación, por seguir con la jerga filosófica, no es necesaria sino contingente. Porque, como afirmábamos al principio, lo que está en la naturaleza del saber —en cualquiera de sus ámbitos, por tanto también en el de la filosofía— es precisamente esa querencia, constituyente, de ser compartido por todos.

Los filósofos trabajan para que la capacidad de asombro sea el bien más común, pero son conscientes de la envergadura del desafío. Por eso, a menudo se sienten como aquellos hombres prehistóricos que todavía no habían aprendido a producir el fuego, y a los que no les quedaba más remedio que cuidar y mantener su llama como algo sagrado que se iban traspasando de unos a otros. El fuego, en el caso al que nos venimos refiriendo, es el fuego del asombro. La descripción es casi literal: cuando un filósofo imparte una clase, ofrece una charla o simplemente dialoga con alguien puede sucederle que, de pronto, advierta que la mirada de su interlocutor se ha iluminado con un nuevo brillo. La experiencia tiene algo de mágica y la conocen bien quienes han hecho de perseguirla el motor de sus vidas: se produce en el instante en que prende en los ojos del otro el fuego del asombro, y a los que se lo entregaron les es dado constatar la intensidad con la que ha empezado a arder (el crepitar del logos, si se me permite el atrevimiento).

Es un regalo para el que ha conseguido traspasarlo y una carga, feliz, para el que lo recibe. Porque pasa a ser su responsabilidad que la cadena no se interrumpa. Al menos hasta el día en que seamos capaces de organizar el saber en la forma debida.


(Manuel Cruz es catedrático de Filosofía en la Universidad de Barcelona
y portavoz del PSOE en la Comisión de Educación del Congreso de los Diputados)

martes, 29 de noviembre de 2016

Doce inventos que ya existen y que van a cambiar nuestra vida

Eran fantasías de ciencia ficción que han dejado de serlo. 
Avances de la ciencia y la tecnología que ya son una realidad o han empezado a desarrollarse
Un soldado entrena en un campo de realidad virtual.
ELISE AMENDOLA (AP) / EL PAÍS VÍDEO
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En la próxima década culminará el desarrollo de avances tecnológicos que permitirá encargar a una simple nevera que se ocupe de comprar yogures, mover objetos con la mente gracias a implantes cerebrales y editar el genoma para acabar con enfermedades hereditarias. Un personaje de ‘Black Mirror’, la serie televisiva que especula sobre cómo la tecnología va a afectar nuestra vida cotidiana, asegura: “Siempre quise ver cómo era el futuro y resulta que ya estamos en él”.

Tal vez los androides no sueñen todavía con ovejas eléctricas, como en la novela que inspiró la película futurista ‘Blade Runner’, pero inventos que parecían fantasía y ciencia-ficción están mucho más cerca de hacerse realidad de lo que cabría pensar. Tras recabar la opinión de una veintena de científicos de diferentes especialidades, ‘Ideas’ ha elaborado una lista de 12 inventos que forman parte del presente y revolucionarán nuestro futuro. ... (Ampliar información)

  1. Implantes neuronales, tecnología para el cerebro
  2. Impresoras 3D, acercarse al teletransporte
  3. CRISPR, un invento de la naturaleza
  4. Coches autónomos, ponga el piloto automático
  5. Grafeno, el material divino
  6. Computación afectiva, robots y emociones
  7. Realidad virtual, otros mundos
  8. Baterías, toda la energía en una caja
  9. Agricultura de precisión, controlar el campo con el móvil
  10. Asistentes personales, pregúntale a Siri
  11. Encriptación biométrica, rasgos únicos
  12. Robots quirúrgicos, cita androide

POR QUÉ NUESTROS GOBERNANTES DEBERÍAN SER FILÓSOFOS Y NO SÓLO POLÍTICOS

video

En este corto y entretenido video de la BBC se expone una de las ideas más famosas y controversiales de Platón, la cual expone en su libro La República, la noción de que los reyes-filósofos deberían gobernar un Estado. Este mismo planteamiento ha sido usado para determinar que Platón es un filósofo antidemocrático.

Ahora bien, dicha noción debe analizarse con más profundidad para no caer en extremos. Lo que Platón sugiere es que un filósofo es la persona ideal para gobernar porque, por definición, un filósofo es quien ama la verdad y se ha liberado de los deseos mundanos que corrompen el carácter, puesto que, necesariamente, si es que es un verdadero filósofo, su naturaleza permanece en la contemplación y defensa de las Formas, esto es los arquetipos o los principios (éticos y estéticos) que trascienden el condicionamiento temporal. Nos puede parecer algo lejano está definición de "filósofo" de Platón, esta idea de incorruptibilidad afianzada en el conocimiento, pero es ciertamente la esencia y origen de la filosofía (es en este sentido que Platón es elitista: pide la pureza y la impecabilidad del carácter de un hombre). Hoy vemos a los filósofos como personas que se dedican sólo a pensar y a formular pensamientos que son lógica y racionalmente correctos, pero no como individuos que actúan correctamente, y que deberían ser reconocidos como tal (como filósofos) justamente porque han logrado incorporar su conocimiento de manera integral a su vida. Por esto Platón considera que el filósofo es el hombre capacitado para gobernar, para maniobrar la nave del Estado. En nuestra época, tal incorruptibilidad moral nos parece utópica o simplemente ideal (el término ha degenerado en nuestra cultura a significar algo irreal). Lo anterior, sin embargo, revela más el estado de nuestra condición moral que un supuesto error en el juicio de Platón.

El planteamiento de Platón puede resumirse un poco en la idea que es ilustrada en el video. Tenemos un capitán de barco que, por discapacidad, no puede tripular su embarcación. Entonces, los marineros se enfrascan en discusiones y reyertas para definir quien debería ser el capitán. El problema es que los marineros no saben de navegación y utilizan, en cambio, las habilidades que tienen, mayormente insignificantes para la tarea en cuestión, para hacer que el dueño del barco los elija como capitanes. Realizando todo tipo de pantomimas, demostraciones de fuerza bruta y sofistería, como la demagogia y el marketing en la política actual, los marineros logran hacer pensar al dueño que algunos tienen lo que se necesita para conducir el barco. Al suceder esto, en este reino de las apariencias, dice Sócrates, el hombre que realmente sabe de navegación es llamado un simple "observador de las estrellas". Esto es lo que le ocurría a los filósofos en Atenas. Al dueño del barco podemos sustituirlo por el pueblo que se deja llevar fácilmente por las apariencias y no es capaz de ver el verdadero carácter y la capacidad de "manejo" de un candidato, justamente porque no ha llevado una vida filosófica.

Si aplicamos lo que dice Platón al mundo contemporáneo tendríamos que exigir que nuestros gobernantes no fueran políticos profesionales, sino que fueran hombres de conocimiento. Evidentemente el problema es que no tenemos ya ni siquiera una estructura para formar filósofos y medir la integridad de las personas (la corrupción ha penetrado todos los ámbitos de la vida y bajo esta realidad oscurecida las ideas platónicas son utópicas). No tenemos los mecanismos --democráticos o no-- para asegurarnos de que una persona así llegue incluso a existir, menos aún a reinar. Tan lamentable es la situación en la que nos encontramos que tener un gobernante sabio nos parece como irrealizable, un deseo remoto. Dicho eso, cualquier persona con cierta apreciación de la cultura y el conocimiento estará de acuerdo en la necesidad de buscar tener gobernantes que hayan cultivado su propia mente y su moralidad. Esto no puede lograrse más que con una mínima formación filosófica. Guardando las distancias, tal vez por eso José Mujica ha sido tan celebrado en el mundo, por ser uno de los pocos ejemplos actuales de un presidente con una filosofía, con una vida que refleja sus ideales.