lunes, 9 de octubre de 2017

La voz filosófica de la ciencia

La muerte de Jesús Mosterín priva al mundo de uno de los pensadores más cercanos al conocimiento científico y más consecuentes con sus implicaciones éticas...
El filosofo bilbaino Jesus Mosterín, fotografiado en Barcelona
Puede parecer extraño dedicar esta celebración semanal de la ciencia, la newsletter de Materia, a la muerte de un filósofo, pero Jesús Mosterín era un filósofo muy singular, y de una especie por desgracia muy rara. Su pensamiento siempre se apoyaba con firmeza en la ciencia, emergía de ella. Eso le procuró la desafección de muchos de sus colegas, y de la mayoría de los científicos sociales, pero él también se despachó a gusto contra ellos, con un característico estilo contundente y bienhumorado, el estilo de quien sabe que la razón científica está de su parte. El filósofo Javier Sádaba repasó el miércoles su trayectoria académica en toda su amplitud. Lo que sigue es el punto de vista de un periodista científico.
Los héroes intelectuales de Mosterín difieren de los típicos en su profesión. Abominaba de la hermética élite francesa del siglo XX –Lacan, Derrida, Foucault, Deleuze, Kristeva—, contra la que dedicó dardos hilarantes, y prefirió estudiar a fondo a un conjunto de pensadores diametralmente opuesto: Los matemáticos Georg Cantor y Bertrand Russell, los padres de la computación y la inteligencia artificial John von Neumann y Alan Turing, y sobre todo el gran lógico del siglo pasado, Kurt Gödel, uno de los pocos amigos que Einstein hizo en Princeton, y autor del célebre y asombroso teorema de Gödel (el equivalente matemático de la paradoja clásica "esta frase no es verdad"). Fue Mosterín quien editó la primera edición en cualquier lengua de las obras completas de Gödel. También fue Mosterín quien mostró que el conjunto de los números naturales es una base de datos universal. Todo esto tiene muy poco que ver, como es obvio, con las matracas de la deconstrucción derridiana y lo que el propio Mosterín llamaba "pensamiento deleuznable".
Kant dijo que toda la filosofía cabe en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? y ¿Qué es el ser humano? Pero también enfatizó que las tres primeras preguntas se pueden reducir a la cuarta. Partiendo de esa cristalización kantiana, Mosterín decidió que "la única forma intelectualmente honesta" de plantearse qué es el ser humano es considerarlo como un objeto biológico más, un producto impredecible de la evolución, y dedicó una de sus obras más luminosas y provocadoras (La naturaleza humana) a este enfoque científico –o cientificista, como dirían sus críticos— de la cuestión filosófica más trascendental. La primera mitad de esa obra, por cierto, es un tratado de biología molecular sin más adornos. Cuando le pregunté por qué había hecho eso, me respondió sin pestañear: "Son las premisas de la filosofía subsiguiente". Era su forma invariante de pensar: partir de la ciencia sólida, de los hechos bien establecidos, antes de empezar ni a plantearse la menor especulación. Algo raro en nuestros tiempos, o en todos los tiempos.
Su conocimiento científico era profundo, y su interés en la ciencia genuino. Era fácil encontrarle en los seminarios y congresos científicos, siempre sentado en las primeras filas y poniendo en aprietos al orador con sus preguntas incisivas, u organizando cursos de cosmología en las universidades de verano, a los que invitaba a los físicos internacionales más destacados del momento. Incluso sus posturas éticas más populares –la defensa de los derechos de los grandes simios, la oposición a las corridas de toros— se enraizaban en su comprensión honrada de la teoría evolutiva. Cualquier científico que haya hablado con él se habrá dado cuenta de lo obvio: que Mosterín era uno de los suyos.
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sábado, 23 de septiembre de 2017

¿Vamos a vivir 140 años?



La investigación científica sobre envejecimiento vive un momento boyante. Hay avances, fluye el dinero, seduce a los gigantes de Silicon Valley. Detrás hay una gran perspectiva de negocio. E incluso un sector que empieza a hablar de inmortalidad.

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la iglesia de la Vida Perpetua en Florida. 
El primer templo transhumanista.

 Este movimiento se ha convertido en el abanderado de la búsqueda de la inmortalidad. “Los transhumanistas militan, con el apoyo de medios científicos y materiales considerables, a favor de las nuevas tecnologías y del uso intensivo de células madre, la clonación reproductiva, la hibridación hombre/máquina, la ingeniería genética y las manipulaciones germinales, las que podrían modificar nuestra especie de forma irreversible, todo ello con el fin de mejorar la especie humana”. La definición pertenece al ensayo La revolución transhumanista (Alianza, 2016), del filósofo Luc Ferry, exministro de Educación y miembro del Consejo Económico y Social de Francia. Uno de los pocos que se han tomado en serio una corriente que “empieza a llegar a Europa y se irá amplificando con fuerza y rapidez en los próximos 10 años”. Entre sus miembros coexisten “desde los científicos más serios y las empresas más organizadas hasta personalidades controvertidas como Ray Kurz­weil, presidente de la ahora célebre Singularity University, el gran centro de investigación transhumanista financiado por Google en Silicon Valley”.

(Guillermo Abril... DOMINGO 17 DE SEPTIEMBRE DE 2017)

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domingo, 7 de mayo de 2017

Viajar en el tiempo, una idea loca, pero ¿imposible?

El físico Albert Einstein, padre de la Teoría de la Relatividad, en 1931. GETTY
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Sentimos una atracción especial por las cosas que nos son difíciles, más si nos son, creemos, imposibles. Así, nos atrae escalar montañas, viajar a lugares remotos, pero realmente nos fascinaría explorar otros mundos, ver a través de las paredes, conocer el futuro, y ¿por qué no? viajar en el tiempo. Puestos a pedir superpoderes, nos conformaríamos (supongo) con los de cualquier superhéroe de historieta. Pero, viajar en el tiempo, nos daría capacidades especiales: conocer pasado y futuro, saber cómo apostar en el póker y realizar hazañas que harían ver a Superman como un alfeñique de 50 kilos (por citar un clásico).

La fantasía suprema: viajar en el tiempo ¿Quién no ha pensado alguna vez en viajar por el tiempo? Una idea loca, mitad en el ámbito de la fantasía, mitad en el ámbito de la ciencia ficción. Y, ya que de ciencia ficción hablamos, ¿cómo queremos nuestro viaje? ¿en una máquina del tiempo a lo H.G. Wells o tele-transportado? Una idea loca, sí, pero ¿imposible?
Veamos. La primera dificultad es la naturaleza misma del tiempo, el mar en que navegaríamos, tan inaprehensible, como el agua, se nos escapa antes de poder agarrarlo. El tiempo, tema permanente de reflexión filosófica y religiosa de todas las épocas, que en los últimos 100 años ha pasado a ocupar el centro de discusiones en el ámbito de la física y de la neurociencia.
Probablemente, la definición más influyente en ciencia, sea la de Einstein que integró al tiempo como la cuarta coordenada (dimensión) de la geometría del continuo espacio-temporal donde vivimos. Integración donde la luz juega un papel fundamental. En efecto, en 1915 Einstein enunció la teoría general de la relatividad en la que la velocidad de la luz es invariante en todos los sistemas de referencia y que constituye el límite superior impuesto por la naturaleza a todas las velocidades (en particular, un objeto viajando a la velocidad de la luz, no siente pasar el tiempo). Además de su comportamiento como una onda, Einstein encontró que la luz está formada por cuantos que se conducen como corpúsculos: los fotones. Sorprendentemente la luz se comportaba a veces como onda y a veces como partícula. Esta dualidad, constituiría uno de los pilares fundamentales sobre los que se elaboraría la mecánica cuántica, teoría que nunca convenció del todo al gran Albert.
Percibimos a través de nuestros sentidos, y sin duda, el rey de los sentidos es la vista. Es verdad de Perogrullo decir que vemos porque existe la luz. La luz juega un papel central en todas las manifestaciones humanas: en la religión, en las artes plásticas, en la arquitectura, en la fotografía y en la cinematografía. Recordemos, por ejemplo, que Louis Daguerre, pionero de la fotografía, al referirse a las primeras imágenes que captó, dijo "He agarrado la luz, he detenido su vuelo". Lo que vemos, como una fotografía (o una película) muy personal, lo codificamos en nuestra mente. En este sentido, nuestra percepción del mundo es personalísima, única e irrepetible.
A diferencia de los cinco sentidos ordinarios, por los que percibimos el mundo exterior, la propiocepción es un sentido por el que tenemos conciencia del estado interno de nuestro cuerpo. Nuestra percepción del paso del tiempo se debe a este sentido, que coordina y ordena la relación espacial de las partes de nuestro cuerpo y de este con nuestro entorno. Así, nuestra percepción del tiempo es también muy personal e incomparable entre diferentes individuos. Esto es verdad a diferentes niveles, tanto física como biológicamente. Desde un punto de vista biológico y neurológico, el tiempo que puede medir un reloj atómico no tiene la relevancia que tienen nuestros propios ritmos circadianos (nuestro reloj biológico) y nuestra acumulación de memorias. Esto hace que la percepción del tiempo varíe según quiénes somos, cuántos años tenemos, qué hemos vivido y qué estamos viviendo en este momento. Por ejemplo, el neurocientífico David Eagleman realizó una serie de experimentos que muestran cómo cuando estamos asustados, y en general bajo el influjo de la adrenalina, el tiempo parece pasar más lento.
En un sentido estricto, frecuentemente viajamos en el tiempo mentalmente: siempre estamos planeando el futuro. Esta actividad no sólo es decisiva en nuestro futuro individual, sino ha sido decisiva en nuestro futuro como especie animal. Por ejemplo, al ir a cazar por comida (o en tiempos más modernos, al ir de compras al supermercado), nos vemos mentalmente cazando (o comprando) antes de hacerlo realmente. Esto es fundamental para no terminar como lunch de quién pretendemos almorzar. No es casual que enfermos con desajustes del sistema de propiocepción pierdan la noción de peligro (que por supuesto, requiere de anticipación, de imaginar lo que pasará).
Los neurólogos australianos Suddendorf y Corbalis, al iniciar el estudio formal de los viajes mentales en el tiempo, abrieron una puerta al entrelazamiento de la neurofisiología con la física y las matemáticas. Estas relaciones están en una etapa inicial de desarrollo. A mediados del siglo XX se comenzó a discutir, también, sobre la relación entre el estado de un sistema y la cantidad de información que contiene y que puede transmitir. Si un sistema en la naturaleza exhibe organización, contiene información. A mayor orden, mayor información. En termodinámica, conforme un sistema se acerca al equilibrio, esto es, al estado más probable, el sistema se encuentra más desordenado. De esta manera el desorden, la probabilidad de un estado y la falta de información están correlacionadas. En este nivel cualitativo de ideas, se puede decir que la entropía de un sistema se altera al alterar su organización, lo que resulta en un cambio de la cantidad de información que el sistema contiene.
Aunque los viajes en el tiempo de cuerpo presente (y con los calcetines puestos) no pasan de ser una especulación, la ciencia ha demostrado que los viajes en el tiempo para partículas elementales (fotones, electrones, y otros ‘bichitos’) son posibles. Por un lado, la teoría de la relatividad general, nos muestra que el tiempo pasa más lentamente para partículas que se mueven cerca de la velocidad de la luz (como referencia, la luz tarda 8 minutos en viajar del sol a la tierra). El mismo Einstein decía que “el pasado y el futuro no son sino una ilusión, aunque eso sí, muy convincente”. Por otro lado, la teoría de los agujeros negros, iniciada por Einstein, propalada por Stephen Hawkins, desde su silla de ruedas, y estudiada por cientos de astrónomos alrededor del mundo, nos muestra cómo ciertos agujeros negros, formando agujeros de gusano en el espacio, permitirían a la luz tomar caminos más cortos y llegar más rápido al futuro. Física y neurobiología, ese es el camino de las investigaciones sobre el tiempo el día de hoy.
La percepción del tiempo no es sino un fenómeno emergente de la conciencia, o como dijo el filósofo suizo Henri-Frédéric Amiel ‘el tiempo, no es sino la distancia entre nuestros recuerdos’. Y si el tiempo existe de manera colectiva, inscrito en el fondo del universo, ¿no podría ser la manifestación de una mente universal? Pero eso ya es tema de especulación, de la poesía y las religiones. El tiempo, ese elemento de la realidad, a la vez, tan tiránico y elusivo, no se deja dominar, pero comenzamos a entrever sus secretos. Todavía la rendija por donde atisbamos es reducida, pero la ciencia la ensancha día con día.
José Antonio de la Peña es matemático y profesor en la UNAM y el ITAM. Es miembro del Colegio Nacional de México. Acaba de publicar ‘Historia y ciencia de los viajes en el tiempo’ (editorial Guadalmazán).