sábado, 16 de julio de 2016

Último de los clásicos, primero de los modernos

'Conversaciones con Arthur Schopenhauer' es un ameno testimonio de la vida y obra del filósofo de Danzig

El filósofo Arthur Schopenhauer.
Ameno testimonio de la tardía celebridad del filósofo, estas Conversaciones con Arthur Schopenhauer (1788-1860) invitan ciertamente a dialogar con la obra de un pensador que ha recibido de la posteridad los mayores elogios: “Que un hombre como él haya escrito es algo que aumenta el gozo de vivir en este mundo” (­Nietzsche, 1874), “Posee esa relación misteriosa con el absoluto que el filósofo solo comparte con el artista” (Simmel, 1907), “La frase de Schopenhauer ‘Un hombre puede hacer lo que quiere, pero no elegir lo que quiere’ ha sido desde mi juventud una fuente de inspiración y un manantial de tolerancia” (Einstein, 1934).

Último de los clásicos —domina el griego y el latín, y con apenas 24 años frecuenta a Goethe—, expande hasta sus últimas fronteras el legado platónico, al que Nietzsche dará ya la espalda. Primero de los modernos, compagina la lectura de periódicos ingleses, franceses y alemanes con el estudio de las obras maestras de la literatura sánscrita. Mientras traduce a Gracián, observa de reojo el busto de Buda para el que ha improvisado un altar en su biblioteca. “¿Qué más se puede pedir a un filósofo? Haber reunido en un cuadro unitario el pensamiento de Oriente y Occidente no es empresa pequeña” (Colli). Un sueño premonitorio le hace abandonar Berlín en 1831, esquivando así la epidemia de cólera que resultará fatídica para su detestado Hegel. No es extraño que Freud le concediese el título de precursor del psicoanálisis.
A los 62 años, el lanzamiento de Parerga y Paralipómena (“anexos y variantes”) suscita una popularización de la filosofía que Colli sitúa entre los acontecimientos de la cultura moderna. La celebridad es instantánea; periodistas e intelectuales europeos desfilan por su domicilio de Fráncfort. Septuagenario, confiesa a Frédéric Morin: “La gloria es el ruido de la vida. Yo soy budista”. Dirigiéndose a su traductora inglesa, subraya: “Mi obra no contiene ni una sola palabra de más”. Una charla con Frauenstädt, para quien sintetiza su doctrina en una sola imagen, da prueba del genio de Schopenhauer para la metáfora: “Un caminante avanza con una linterna en la mano. El caminante es la voluntad de vivir; la linterna, el intelecto”. Persuadido de que “las metáforas son una poderosa palanca para el conocimiento” y de que “las verdades más recónditas solo pueden captarse a través de símiles”, su instinto poético merecería capítulo aparte. Hay constancia de que consagró buena parte de su estancia en Florencia (1822-1823) a la lectura de Homero.
Las mismas hipótesis recorren obsesivamente sus textos. La producción del “mejor estilista entre los filósofos del siglo XIX” (Safranski) responde hasta tal punto a un esquema circular que si nos ocultaran el título de sus textos no sabríamos a ciencia cierta si leemos El mundo como voluntad y representación (1819), Sobre el fundamento de la moral(1840) o Parerga y Paralipómena(1851). Hijo de padre suicida y de madre escritora, insiste en que la vertiente moral es herencia del padre, mientras que la intelectual procede de la madre. Pesimista absoluto —“El temperamento de los individuos no cambia jamás, ¿cómo podría transformarse el de los pueblos?”—, responde con serenidad —y humor— a los reveses del destino. Su ideal ético podría resumirse en dos verbos y dos adverbios: saber mucho, desear poco. Antes de inclinarse por la filosofía, había cursado estudios de medicina en Gotinga, donde la huella de Lichtenberg permanecía fresca.
Testigo de uno de esos momentos de inflexión que delimitan la historia del capitalismo, la publicación de su último libro coincide no solo con la primera exposición universal, sino con la supresión del latín como lengua ecuménica: “Regresa la barbarie, a pesar de los ferrocarriles, los cables eléctricos y los globos aerostáticos”. En el corazón de su época, el filósofo de Danzig identifica la motivación humana más difícil de contrarrestar: el egoísmo. “Oponer al egoísmo un contrincante a su altura es el problema de toda ética”, señala en 1840. Pese a las resonancias cristianas del término “compasión”, del que se sirve para designar el único principio capaz de combatir el egoísmo, se abstiene, a diferencia de su admirado y criticado Kant, de coqueteos con la teología. El raro deleite que proporciona la prosa de Schopenhauer, cuajada de citas griegas y latinas, refuta de modo concluyente su máxima favorita: “Sería mejor que este mundo no existiera”.
Conversaciones con Arthur Schopenhauer. Testimonio sobre la vida y la obra del filósofo pesimista. Arthur Schopenhauer. Traducción de Luis Fernando Moreno Claros. Acantilado. Barcelona, 2016. 368 páginas. 20 euros.

viernes, 8 de julio de 2016


Responder con altura humana a los desafíos de nuestro tiempo sigue exigiendo contar con un bagaje como el que proporciona la filosofía
La enseñanza de ética y filosofía desde el colegio son básicas ante los desafíos. AFP
Nuestras sociedades son sumamente contradictorias en lo que hace a la enseñanza de la filosofía y de esa parte esencial suya que es la ética.

En la ESO la ética se ha reducido a una materia de escuálidos “Valores Éticos”, alternativa a la religión por más señas, con lo que se abona la falsa convicción de que hay una moral para ateos y otra para creyentes. Cuando lo cierto es que todos deberían compartir la misma ética cívica. En el Bachillerato la Historia de la Filosofía, que en un tiempo fue obligatoria, se pierde entre una maraña de optativas. Y en las universidades, las Humanidades, entre ellas la Filosofía, se devalúan con la coartada de que no parecen engrosar el PIB de los países.

Y, sin embargo, responder con altura humana a los desafíos de nuestro tiempo sigue exigiendo contar con un bagaje como el que proporciona muy especialmente la filosofía. Para muestra, algunos botones.

Se repite hasta la saciedad que la falta de ética es una de las causas de las crisis económica y política, se insiste en la perversidad de la corrupción, en la falta de responsabilidad de los líderes, que ponen su ego frente al bien común, se habla de la importancia de las emociones en la vida pública y de que no pueden llevarnos, sin embargo, a olvidar los argumentos. Catástrofes como la victoria del Brexit en el referéndum británico nos instan a construir una mejor Europa, fiel a su compromiso con los derechos económicos y sociales de las personas, leal a las exigencias de la hospitalidad con quienes no tienen más alternativa que la desesperación y la muerte. Seguimos creyendo que el camino para construir democracias auténticas es una ciudadanía lúcida y madura, capaz de reflexión, crítica y argumentación, convencida del valor de la autonomía y de que sólo puede conquistarse desde la solidaridad. Nombramos comités de bioética en distintos niveles y, salvo honrosas excepciones, ninguno de sus miembros se ha formado en ética. Criticamos las consecuencias nefastas del capitalismo financiero y abjuramos verbalmente de la pobreza y la desigualdad.

Y si nuestras convicciones son éstas, ¿no es una contradicción flagrante abandonar en las aulas aquellos saberes que, codo a codo con los demás, cobran su sentido de potenciar la reflexión y la crítica, la argumentación frente al fundamentalismo y los dogmatismos, la deliberación y la apuesta por los mejores valores?

ADELA CORTINA ... 8 JUL 2016 -


LA POLÉMICA DE LA FILOSOFÍA


¿Por qué sobra la filosofía? Por Fernando Savater y José Luis Pardo
Como se lee a Platón Por César Rendueles
Las humanidades fabrican inútiles Por Alejandro Prada Vázquez
A favor de la filosofía Por Carlos Andradas.

viernes, 1 de julio de 2016


El rectorado de la Complutense prepara un plan de reorganización de sus centros que supone el cierre de la facultad donde se enseña a Platón, Kant y Nietzsche.

NICOLÁS AZNÁREZ

Los profesores de la Universidad Complutense de Madrid se han enterado por los periódicos del plan que el rectorado de esa institución prepara para la reorganización de sus centros. Lo esperaban con interés, porque las universidades públicas están muy necesitadas de atención, como en general todo nuestro sistema educativo. La mala noticia es que, descontando la cansina muletilla retórica de la “calidad docente e investigadora”, el plan no contiene más que números. Los números son importantes. Las facultades superiores son también centros de gestión, y la gestión es en buena medida cosa de números. Pero en cuestión de números los supuestos beneficios del proyecto no están mínimamente cuantificados (no hay memoria económica, aunque se anuncia un ahorro que no llega al 1% del presupuesto de la universidad), sino ocultos por otra muletilla, la del “dinamismo y la flexibilidad”, inconcreta e insuficiente para justificar el destrozo académico que dichos números esconden.

La finalidad de la universidad no es la gestión, sino la enseñanza y la investigación. Y en este punto no todo se puede reducir a números. Aunque en todas las facultades podamos contar personal, estudiantes, asignaturas y titulaciones, el conocimiento científico implica una diferencia cualitativa irreductible entre la economía y la termodinámica, entre el arameo y el derecho romano o entre la fonética y la química, aunque sus horas de enseñanza se cuenten en créditos y las de investigación en plazos cuantitativamente homogéneos. Y aquí es donde el plan sí tiene grandes ambiciones. Tras años de cháchara sofística acerca de la búsqueda de la excelencia en la investigación, y de su necesaria vinculación con la docencia para garantizar la calidad de esta última, el nuevo plan dibuja unas facultades y departamentos convertidos en cajones de sastre donde los profesores no se reunirán por la especificidad de sus investigaciones o por su cualificación en un área de conocimiento, sino por sedicentes “afinidades académicas” que convierten por decreto sus especialidades en “homogéneas” y que nada tienen que ver con las articulaciones teóricas del saber científico. En la enseñanza secundaria recordarán este sistema: el de las “asignaturas afines”, que obliga a un profesor de Latín a explicar Ética o a uno de Geografía a impartir Historia del Arte. Porque en realidad se trata de convertir las universidades en centros de enseñanza secundaria y de someterlas al proceso de degradación profesional que se ha llevado a cabo en este sector, a fuerza de descualificar los perfiles académicos de las titulaciones, los docentes y los estudiantes, quienes después de todo tendrán que incorporarse a un mercado laboral que considera la cualificación científica y la formación humanística como un obstáculo para la empleabilidad.

Así que no es extraño que una de las principales propuestas de este plan sea la desaparición de la Facultad de Filosofía, una materia que ya desde hace años sufre el acoso de las autoridades educativas del país, que prácticamente la han desterrado de la enseñanza secundaria, principal destino profesional de los graduados en las Facultades de Filosofía. También en este caso se aducen números. Unos números muy poco convincentes, porque no es en absoluto cierto que la Facultad de Filosofía de la UCM haya perdido alumnos en los últimos 10 años, y porque algunos de esos números son muy parecidos a los de otras facultades que sin embargo se salvarán de esta poda, pero que en cualquier caso no dejan de ser solamente números. Desde luego, la Filosofía no es más importante que la Geología, la Odontología o el Turismo (otros de los estudios que pierden también su autonomía según este plan); puede que lo sea mucho menos en determinados aspectos, pero no vale escudarse solamente en los números para hacerla desaparecer como en un espectáculo de prestidigitación. Hay que tener al menos la valentía de dar una explicación que no sea solamente contable y ofrecer algún argumento acerca de por qué se ha decidido marginar del sistema educativo español estos estudios, aducir, en fin, alguna razón académica para la clausura de una facultad que, aunque no pueda competir en tamaño con la de Ciencias Económicas y Empresariales, es un centro de referencia internacional de la producción de filosofía en una lengua con 500 millones de hablantes. Puede que haya motivos de peso para considerar que la filosofía es un estorbo grave para el “dinamismo y la flexibilidad” que repiten como un mantra quienes diseñan estos planes, pero si no se explicitan esos motivos terminaremos pensando que la molestia que les produce una facultad tan pequeña e insignificante obedece a razones públicamente inconfesables.

De acuerdo con el proyecto que hemos conocido, Filosofía se convertiría en un departamento de una Facultad de Filología ampliada. Lo cual resulta, desde el punto de vista académico, una propuesta enteramente arbitraria: ¿por qué la filosofía es más afín a la lingüística que a la matemática, a la historia o a la sociología, más aún cuando la Facultad de Filosofía de la UCM imparte actualmente un doble grado con la Facultad de Derecho y otro con la de Ciencias Políticas? No se puede esgrimir como precedente la gloriosa Facultad de Filosofía y Letras de la Segunda República, que integraba en una común cultura humanística especialidades hoy metódicamente muy separadas, y a la vez mantener la escisión completa de la no menos vieja y gloriosa Facultad de Ciencias de la UCM, que se disolvió en especialidades cuya autonomía de facultades independientes el mencionado plan deja intacta, sin que sepamos por qué, aunque se pueda sospechar el interés particular que obra en el trasfondo. Mientras las supuestas ganancias no se cuantifican ni se concretan, las pérdidas son ya muy claras: de acuerdo con los vientos dominantes, un departamento minoritario de Filosofía en el seno de una facultad ajena carecerá de toda posibilidad de planificación propia, de acceso a los recursos necesarios y de esa visibilidad pública que una materia amenazada requiere para su simple supervivencia. El nuevo plan es para la filosofía, a la que solo en la universidad le dejan ya un lugar, un golpe letal.

Es cierto que, como se insiste desde el rectorado, se trata únicamente de un borrador que ha de someterse a debate y discusión. Esperemos, por tanto, que llegado ese momento podamos todos argumentar y tengamos la obligación de hacerlo no solamente con razones cuantitativas sino también con conciencia de la responsabilidad que la universidad pública tiene en el sistema educativo de un país democrático. De este sentido de la institución ha hecho gala siempre el actual rector de la Universidad Complutense, a él apelamos hoy.

Firman este artículo con Fernando Savater y José Luis Pardo, Manuel CruzJuan Manuel Navarro CordónRamón Rodríguez García y José Luis Villacañas Berlanga, todos filósofos.