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jueves, 27 de abril de 2023

Andrea Marcolongo, filóloga: “Todo lo que estamos viviendo ya ha sido vivido”

 

La escritora italiana, afincada en París, es un fenómeno internacional. Conocedora de la Grecia y la Roma antigua, en su último libro enseña a resistir



La escritora Andrea Marcolongo, en Île Saint-Louis, la pequeña isla de París donde vive, el pasado jueves.
SAMUEL ARANDA



Hay un hilo que conecta a los guerreros y navegantes de la mitología antigua con el vetusto salón de la Escuela Militar de París donde conversamos con la filóloga clásica y escritora Andrea Marcolongo (Milán, 36 años). El hilo es la guerra y toda la épica que a veces la rodea. Y es también la propia Marcolongo, miembro de los Escritores de la Marina, selecto club al que ella pertenece, junto a otros como Arturo Pérez-Reverte, y que tiene su sede en este complejo de edificios frente a la Torre Eiffel edificado en el siglo XVIII bajo Luis XV. Estos escritores ostentan el título de capitán de fragata.


En libros como La lengua de los dioses o El arte de resistir. Lo que la Eneida nos enseña sobre cómo superar una crisis, que Taurus acaba de publicar en español traducido por Juan Rabasseda Gascón y Teófilo de Lozoya, la capitana Marcolongo despliega una mezcla rara de erudición y pasión por la Antigüedad (y humor). Y lo proyecta en el presente y hacia el futuro. Sus libros son un fenómeno internacional. Se siente en casa tanto en la Grecia y la Roma antiguas como en Francia, donde vive, y España, que conoce bien. He aquí una intelectual europea.


Escuchándola en la Escuela Militar de París, algo queda claro: estas lenguas —el griego y el latín— están bien vivas. Y aquellos mitos nos ayudan a vivir. A resistir.


PREGUNTA. “La mirada antigua orienta mi vida y mis decisiones”, ha escrito usted. ¿Se ve distinto el mundo desde esa posición?


RESPUESTA. No lo sé, porque para mí es lo normal. Los antiguos —los griegos— fueron los primeros en investigar el mundo interior: lo que sentimos, cuánto sufrimos, cómo somos. Desde el año 2500 antes de Cristo hasta hoy, todo ha cambiado: la tecnología, la religión, el clima. Pero la naturaleza humana, no. No creo que lo que sentimos sea tan distinto de lo que sentían los griegos.


P. ¿Sin esta mirada, usted no sería quién es ni vería el mundo así?


R. Así es. No es que consulte a Homero antes de tomar cada decisión. Pero siempre, cuando vivo momentos intensos, no obligatoriamente negativos, me refiero a los antiguos. ¿Qué habría hecho Platón?


P. ¿Le dan respuestas?


R. A veces funciona, y muy bien. La respuesta está en los libros: basta con abrirlos. Para mí, el mundo antiguo es como la inteligencia artificial, pero sin ser artificial.


P. ¿En qué sentido?


R. No sé bien cómo funciona la inteligencia artificial, pero vamos a internet, hacemos una pregunta y hay un algoritmo que nos contesta. Cuando yo tengo una incertidumbre, basta con abrir los textos clásicos: todo lo que estamos viviendo, lo que vamos a vivir y lo que hemos vivido ya está escrito y ya ha sido vivido. Esto es tranquilizador: saber que no soy la primera ni la última. Alguien ya ha vivido, alguien ya ha probado la vida.


P. ¿Qué tenían los Antiguos para haber podido decirlo todo?


R. Esta es la pregunta que me hacía yo cuando tenía 15 años y decidí estudiar griego y latín. Estamos hablando de un lugar muy limitado: unas islas cerca de Atenas. Y en un espacio temporal muy limitado: la época clásica no dura más que un siglo. ¿Eran extraterrestres? Yo creo que había una visión del mundo muy humana. Un sistema político en el que hombre democrático estaba en el centro. Un sistema filosófico: la pregunta no era solo si hay dios o no, o qué pasará después de la muerte, sino: ‘Empecemos a vivir aquí, a dar un sentido a esta vida’. Era un mundo nada dogmático: había varias respuestas para la misma pregunta, no verdades absolutas. Y había un idioma, el griego antiguo, gramaticalmente hecho para pensar y poco útil para hacer negocios. El griego tiene muchos substantivos abstractos y da la posibilidad de formar nuevas palabras para expresar nuevas ideas. Además, había mucho menos miedo de la muerte.


P. ¿Qué es el heroísmo hoy?


R. Para mí hoy el heroísmo es asumir el riesgo de elegir la propia vida. En la Grecia antigua no existía esta obsesión por el éxito. El heroísmo no significaba llegar el primero, ni ganar. No era importante ser rey o el último de los marineros. Lo importante era ser fiel a sí mismo.


P. Hay distintos tipos de héroes.


R. Si pensamos en los héroes de Homero —Héctor, Aquiles—, son héroes con mucha hambre de vida. Héroes totales, irrefrenables, con una energía absoluta, hasta el punto de que les da igual vivir, morir. Lo que cuenta es la gloria, el relato que dejaremos en este mundo. Pensamos que son muy violentos, pero los héroes de Homero hacen solamente dos cosas: o se pelean o lloran. Lloran muchísimo. Lloran ríos y ríos de lágrimas. Para ellos, era un signo de heroísmo.


P. En El arte de resistir, su último libro publicado en español y dedicado al poema épico latino Eneida, de Virgilio, habla de un tipo de héroe muy distinto.


R. Sí. Eneas es tan diferente que yo me preguntaba: ¿es un héroe de verdad? No conozco a nadie que haya dicho: “Es mi héroe favorito”. O: “Quiero ser como él”. Tenemos la impresión de que es un poquito menos héroe. Parece más equilibrado, mesurado. Es diferente porque no es su destino lo que está en juego, sino el suyo, el de su padre, el de su hijo, el de su comunidad. Es un héroe social. La crisis que atraviesa no es su crisis personal, sino la de un pueblo entero. Es el héroe de la responsabilidad. Lo dice desde el principio: “A mí me gustaba mucho mi vida, mi casa, mi mujer, pero tengo que irme a refundar un país para mí y los demás”. Y lo hace.


P. El poema de Virgilio nos sirve para los tiempos de crisis.


R. Cuando todo va bien colectivamente, es normal y sano elegir quién ser en el catálogo de Homero: si uno quiere pasiones, Aquiles, y si quiere viajes con aventuras, Ulises. Pero cuando todo empieza a ir mal, la Eneida se convierte en el poema necesario, urgente: un manual para seguir en pie en medio de una tormenta, cómo llegar a ese momento histórico —la pandemia, la guerra— en el que el mundo de ayer ya no existe y el de mañana no ha llegado. Nos explica cómo seguir y dar un sentido a este tiempo de en medio. Y la respuesta es resistir.


P. ¿Resistir contra qué?


R. Contra la tentación de decir: no puedo más. Y, paradójicamente, Eneas es el único de los héroes que no resiste a la vida, a sus momentos malos. Los acepta o al menos sabe que no sirve de nada pelear contra un destino más grande que nosotros.


P. Un heroísmo tranquilo.


R. Digno.


P. ¿Es un ejemplo?


R. A veces utilizo la siguiente metáfora. Tomamos el avión para ir de vacaciones a Málaga, por ejemplo, no sabemos pilotarlo y vamos hablando tranquilamente con nuestra pareja del restaurante donde queremos cenar. Todo va bien. Pero cuando hay turbulencias o algo peor, entonces todo lo que necesitamos es que el piloto sea serio. El resto nos da completamente igual: que sea guapo, simpático, genial. Necesitamos únicamente que sea serio. Que sepa lo que hay que hacer. Ya está. Eneas es un ejemplo de heroísmo serio.


P. La palabra destino es clave. ¿Qué significa en la Eneida?


R. En la Eneida, el destino son simplemente las reglas del juego, como si fuera partido de fútbol: antes de empezar sabemos cuantos jugadores hará, sabemos que habrá un solo balón. En nuestra existencia, es la aceptación de las reglas del juego, que son, para empezar, dos: nacemos y morimos, y vida hay una sola. Parece una banalidad, pero yo me lo repito casi cada mañana. En la Eneida ya se sabe lo que va a pasar, como en la vida. Lo que interesa en la Eneida y en la vida es cómo vamos a jugar esta partida, sea cruzar el Mediterráneo para fundar Roma o una vida entera.


P. Otra palabra clave: piedad.


R. No es que Eneas sea particularmente religiosos, pero cree. Cree en algo. Me parece bellísimo esto: una gran parte de su fuerza viene de su capacidad de creer. Hemos perdido el sentimiento de lo sagrado. No creemos en nada absoluto. De un lado hay una sobreabundante de datos, inteligencia artificial, algoritmos, y del otro no creemos en nada o se desarrollan teorías de la conspiración. No hablo de cosas místicas, sino de reconocer que hay un sentido.


P. ¿En qué cree usted?


R. Creo muchísimo en la vida. Hay que celebrarla, como hace Eneas, que está en un viaje muy difícil y no sabe adónde ir, cómo empezar, pero sigue. En todas las batallas hay que creer en algo, al menos en la batalla misma. No se va a ningún lado sin creer en algo.


P. ¿Hay héroes hoy como los de la Antigüedad? ¿Quiénes serían?


R. Es difícil decirlo. Pero estoy segura de que hay héroes poco visibles. Pienso en quienes ayudan a los migrantes. Pienso en los profesores. Pienso, en general, en cualquier persona que decide vivir de verdad su propia vida, ser fiel a lo que quiere ser.


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Es corresponsal de EL PAÍS en París y antes lo fue en Washington. Se incorporó a este diario en 2014 después de haber trabajado para 'La Vanguardia' en Bruselas, Berlín, Nueva York y Washington. Es autor del libro 'Otoño americano' (editorial Elba, 2017).

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jueves, 9 de febrero de 2023

SENTIDO DE LA VIDA

 

¿Por qué no saltas de la cima, Sísifo?

¿Es Sísifo feliz porque cada día que pasa está más cachas?

Sísifo, fundador y rey de Éfira (Corinto), fue un tirano castigado a pasar la eternidad empujando una enorme piedra montaña arriba. Justo antes de llegar a la cima, la roca caía montaña abajo y Sísifo tenía que volver a comenzar de nuevo.

Este castigo se ha visto como metáfora de cualquier tarea rutinaria y sin sentido, de estas que no acaban nunca y que repetimos cada día sin que veamos progresos significativos. Como, por ejemplo, ir a la oficina o a la redacción cada día de nueve a seis.

Camus va más allá y se pone bastante dramático nada más empezar su ensayo, El mito de Sísifo: “No hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de ser vivida equivale a responder la cuestión fundamental de la filosofía”.

El filósofo apunta que en nuestro día a día no nos detenemos a pensar en el sentido de la vida. Vamos con el piloto automático en el atasco, en la oficina, en el súper y cuando vemos nuestras series favoritas. Hasta que algo hace que nos paremos y nos preguntemos por el sentido de todo eso, si sirve para algo. Esa pausa para la reflexión puede venir de una muerte cercana, un accidente, una enfermedad, un despido… Pero no hace falta que sea algo trágico: Camus plantea que Sísifo se hace estas preguntas y piensa en su “miserable condición” cuando baja la colina tras la roca, como si nosotros nos las hiciéramos volviendo a casa en el autobús.

¿Por qué volver a empujar la piedra si está claro que no va a poder dejarla arriba en perfecto equilibrio? Ante la pregunta por el sentido de la existencia, Camus niega la validez de cualquier explicación, ya sea religiosa, científica o filosófica. De hecho, él cree que la vida es absurda y que ese absurdo es el resultado de unir nuestra necesidad de plantearnos preguntas fundamentales y la imposibilidad de llegar a respuestas.

Para este escritor existencialista (aunque el prefería "absurdista") hay tres posibles salidas:

  • El suicidio. Matarse es “confesar que la vida nos supera o que no la entendemos”. Supone reconocer, “aunque sea instintivamente”, “la ausencia de toda razón profunda para vivir, el carácter insensato de esa agitación cotidiana y la inutilidad del sufrimiento”.
  • El suicidio metafórico en forma de aceptación de consuelo religioso, que mata una parte de nosotros, la que debe mirar de frente a la vida.
  • Y la aceptación e integración de lo absurdo en nuestra vida.

Esta última es la opción que defiende en su libro: entender que el mundo es absurdo y que nuestra existencia también lo es. La respuesta a la falta de sentido consiste en vivir con integridad, con pleno conocimiento de lo que hay y en rebeldía: “No hay espectáculo más hermoso para un hombre sin anteojeras que el de la inteligencia enfrentada a una realidad que la supera”.

El gozo de Sísifo (y el nuestro) está en que “su destino le pertenece” y en que es “dueño de sus días". Y lo es gracias a entregarse al absurdo: "En ese instante sutil en el que el hombre se vuelve sobre su vida, Sísifo, regresando hacia su roca, contempla esa serie de actos desvinculados que se convierte en su destino, creado por él, unido bajo la mirada de su memoria y pronto sellado con su muerte”.

Y cierra: “La lucha por llegar a las cumbres basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo feliz”.

¿Qué es el heroísmo? ¿Y tú me lo preguntas?

Las ideas de Camus están entre las de Søren Kierkegaard, precursor del existencialismo, y las de sus compañeros (y adversarios a ratos) Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir. Como recuerda Sarah Bakewell en El café de los existencialistas, Kierkegaard explicaba el absurdo con el relato de Dios pidiéndole a Abraham que sacrifique a su hijo Isaac. “Esta historia demuestra que debemos hacer esa especie de salto imposible para continuar con la vida después de que se nos hayan revelado sus deficiencias”. Eso sí, en el caso de este filósofo danés, la fe y Dios son una respuesta a la angustia por el sentido de la vida. Sartre y De Beauvoir también parten de esa angustia, de esa náusea, pero para ellos la vida no es absurda, sino que puede llenarse de sentido mediante el compromiso con el mundo.

En realidad, también hay compromiso en la vida y la obra de Camus, aunque teñida de absurdo y de impotencia. Podemos recordar lo que dice el doctor Rieux en su novela La peste. Orán está cerrada por una epidemia y el doctor es uno de los que hace lo que puede por ayudar a sus pacientes, en un libro que se ha leído como un relato de la resistencia ante la ocupación nazi de Francia, de la que Camus formó parte.

“No se trata de heroísmo —dice Rieux—. Se trata solamente de honestidad. Es una idea que puede que le haga reír, pero el único medio de luchar con la peste es la honestidad”. ¿Y qué es la honestidad?, le pregunta Rambert. “No sé qué es, en general. Pero, en mi caso, sé que no es más que hacer mi oficio”.

JAIME RUBIO HANCOCK ... MIÉRCOLES, 8 DE FEBRERO DE 2023

Jaime Rubio Hancock Es el editor de boletines de EL PAÍS y columnista en 'Anatomía de Twitter'. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Estudió Periodismo en la UAB y Humanidades en la UOC. Es autor del ensayo '¿Está bien pegar a un nazi?' (Libros del KO).

martes, 11 de agosto de 2015


“Las personas no tienen claro hoy el sentido de la vida”

Charles Taylor, pensador de amplio espectro, está considerado uno de los principales filósofos contemporáneos. Acaba de firmar un gran tratado de la última década, ‘La era secular’


Charles Taylor. / CONSUELO BAUTISTA
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Charles Taylor (Montreal, 1931) es profesor emérito de Filosofía en la Universidad de McGill. Formado en Oxford, es un profundo conocedor de las corrientes del pensamiento contemporáneo. En su última obra, La era secular (Gedisa, dos volúmenes que suman más de 1.200 páginas) analiza el impacto de la ciencia, la Reforma protestante y las mejoras socioeconómicas en las transformaciones de los sistemas de creencias en Occidente. Está convencido de que la convivencia religiosa es posible y deseable, así como de que la fe, hoy en retirada, no desaparecerá. Sostiene la conveniencia de encontrar un nuevo lenguaje para explicar el presente, ante el agotamiento de las viejas palabras. Entre sus obras destacan Las fuentes del yo y La ética de la autenticidad (Paidós). El Gobierno canadiense le encargó, junto al sociólogo Gérard Bouchard, un trabajo sobre las diferencias culturales y la acogida de inmigrantes, hoy conocido como el informe de la comisión Bouchard-Taylor.
Pregunta. Usted ha estudiado el declive de las creencias religiosas, convencido de que ése es un cambio central en la sociedad actual. ¿Es así?
Respuesta. He intentado dar una perspectiva sobre uno de los cambios de era vividos durante los últimos doscientos años. Hemos pasado de una sociedad marcada por la cristiandad a otra abierta y diversificada. Ahora hay distintas formas de ser cristiano o ateo. Es una situación completamente nueva en la historia de la humanidad. Mi idea era describir el presente y comprender cómo se ha pasado de la fe a la falta de fe.
P. Y, ¿qué ha pasado?
R. Bueno, lo que se cuenta es siempre una narración, un relato, como dice Paul Ricoeur. Yo creo que la vida humana no se comprende sin un relato. Al analizar la situación de la espiritualidad y de la religión compruebo que hay muchas personas que buscan algo, sea una concepción atea o religiosa. Hay también muchas personas que lamentan la erosión de la cristiandad y se resisten a su desaparición. El desafío es entender a las dos partes, creyentes y no creyentes, y que convivan.
P. En su obra habla de ataques de los laicos a los cristianos. En España se da más bien lo contrario: hay creyentes que intentan convertir sus opiniones en leyes y prohibir el aborto.
R. El laicismo dirigido a contener la religión tiene sentido cuando hay una iglesia hegemónica, pero en Francia, Canadá, Estados Unidos, Alemania, se da una diversidad sin hegemonía posible por parte de una iglesia. Si España no está ahí, el laicismo contra una iglesia hegemónica es todavía pertinente. Pero lo que ocurre a veces en Occidente es que no hay un anticlericalismo contra el catolicismo, sino contra los musulmanes que, por ejemplo en Francia, son una minoría ya discriminada. El resultado es una marginación que acelera su sentimiento de exclusión. Algo muy diferente a lo que ocurrió en Francia durante la Tercera República. Entonces había un problema porque una parte de la población quería reinstaurar un régimen monárquico católico y había que luchar contra ello.
P. El futuro, ¿será más tolerante?
R. Tolerancia no es la mejor palabra. Una democracia no es tolerante, es un régimen de derecho, algo superior a la tolerancia. La cuestión es si somos capaces de mantener un verdadero régimen de derecho. En caso contrario, la mejor solución disponible es la tolerancia. Pero el objetivo ha de ser una democracia en la que cada cual tenga el derecho a expresar su opinión, a votar como quiera, a practicar la religión que acepte. ¿Soy optimista en cuanto al futuro del sistema de derecho? No creo que vaya a desaparecer, pero extenderse a todo el planeta… Ya vemos lo que ocurre en China, Rusia, Arabia Saudí. Lo probable es que haya avances y retrocesos. Ahí está la evolución de Rusia hacia una forma de dictadura larvada, pero Túnez es un ejemplo de evolución positiva. Sí, en el futuro habrá pérdidas y ganancias, avances y retrocesos. Es difícil pensar que el mundo vaya gradualmente hacia una democracia como cree Francis Fukuyama con el fin de la historia.
P. En los sesenta, dice usted, se vivió una revalorización del cuerpo asociada a una sexualidad menos prohibitiva, frente a la que reaccionaron las iglesias.
R. Hay muchas personas mayores que se sienten perturbadas por este cambio, sea por la mayor laxitud de las relaciones entre sexos o por el reconocimiento de los derechos de los homosexuales. Les choca. También había en la mayoría de religiones un vínculo muy fuerte respecto a esta moral sexual puesta en cuestión, pero las cosas han cambiado mucho y cambiarán más.
R. Hemos vivido siglos en la cristiandad, no en el cristianismo: una civilización donde todo, la moral, el arte, estaba inspirado por el cristianismo. La mayoría de las iglesias fueron formadas en esa concepción moral, coronada por el hecho de ser una moral considerada absolutamente válida, a salvo de la crítica. Es comprensible que quienes han gestionado estas iglesias se resistan a lo nuevo porque creen que cuestiona la lógica del cristianismo.
P. ¿Decía usted que las cosas cambiarán?
R. Es evidente. Muchos de los jóvenes que han votado en Irlanda se consideran todavía católicos, aunque discrepen de la jerarquía. Ésta ha hecho lo mismo en los dos últimos siglos. Pío IX condenó los derechos humanos y la democracia. La jerarquía adoptó una postura de oposición y de condena, una actitud que ha llegado hasta Benedicto XVI. Es una pena, pero hay que superarlo.
P. Usted asocia la idea de la muerte a la percepción de una pérdida del sentido de la vida
R. Hoy las personas no tienen claro el sentido de la vida. Hace siglos sabían que cada cual tenía que ganarse la salvación —como se decía en Quebec— obedeciendo a la Iglesia, siendo un buen cristiano. Y se tenía un temor inmenso a ser condenado. El significado de la vida era tan claro que nadie se quejaba de la falta de sentido. Con los cambios, hay quien cree que la vida no tiene sentido. Las reacciones pueden ir desde el intento de hallar sentido en el sinsentido, como Camus, hasta hundirse o paralizarse. Creo que hay algo en el ser humano que actúa contra esto: un deseo de sentido. Se puede decir que la vida no tiene sentido o que el sentido es incierto, pero hay constantemente en el hombre movimientos de significación que renacen en la vida y eso nos indica que somos menos distintos de los antiguos de lo que creemos, a veces con un sentimiento de superioridad.
P. ¿Superioridad?
R. Creemos ser superiores porque los antiguos estaban obnubilados y aceptaban las historias que les contaban y nosotros no. Somos menos distintos que eso aunque haya diferencias.
P. Cita usted a Camus. Es un rasgo de su obra utilizar tanto textos literarios como filosóficos.
R. Para explorar los distintos modos de significación de la vida, el lenguaje filosófico, que quiere ser muy claro, no es suficiente. Hay un pensamiento sutil, como decía Pascal. No hay solamente un pensamiento matemático capaz de explorar las distintas formas de significado. Para hablar como un filósofo hay que leer literatura, escuchar música, porque hay otras formas de expresar las cosas. El discurso del filósofo cojea un poco, debo decirlo, sin esa referencia a la literatura. En ella se da una riqueza, una densidad de pensamiento que falta completamente en otros textos. Yo intento navegar entre los unos y otros porque creo que es necesario.
P. También sostiene que el lenguaje actual ha perdido fuerza.
R. Nos hallamos en una nueva situación. Usaré una analogía: si voy a China, al principio estoy desorientado; tengo que aprender algo de la lengua, aprender conceptos que me son extraños, antes de poder hablar con las personas. Lo mismo ocurre cuando nace una nueva era. Aparecen problemas nuevos y no siempre tenemos las palabras adecuadas para expresar una opinión. Estamos obligados a encontrar el lenguaje que nos permita describir la nueva situación. Vivimos en una era en la que todo cambia muy rápidamente. Necesitamos un lenguaje que dé cuenta de los nuevos significados. Es un proceso sin fin.