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domingo, 24 de noviembre de 2024

Fruto de esta fascinación por la vida cerebral podemos decir que vivimos en tiempos de neurolatría

La neura de la filosofía

‎ Ilustración de Fede Yankelevich


Miquel Seguró

23 de noviembre de 2024
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Todo lo que tiene que ver con el funcionamiento del cerebro nos fascina. Tenemos asumido que en el cerebro se esconde el misterio de nuestra vida anímica, así que nos parece de lo más evidente que su estudio nos apasione tanto. Si antiguamente se consideraba que el centro neurálgico de nuestro ser se encontraba en el corazón, donde incluso se alojaban los “recuerdos” (del latín, cor-cordis), ahora asumimos que todo sucede en la cabeza. Alguien podrá decir que algo debe quedar de aquella comprensión ancestral cuando decimos que para las cosas importantes hay que seguir lo que nos susurra el corazón, pero en el fondo sabemos que son las conexiones cerebrales las que dictan sentencia.

Fruto de esta fascinación por la vida cerebral podemos decir que vivimos en tiempos de neurolatría, una doctrina que obliga a explicar y avalar cualquier cosa por medio de la neurociencia para revestirla de autoridad. Es incluso habitual encontrar en la prensa del día noticias que informan de algún nuevo avance neurocientífico relacionado con fenómenos centrales de nuestra vida. Son informaciones que rápidamente captan nuestra mirada porque a través de ellas aspiramos a esclarecer algunos de los misterios de la vida que tanto nos traen de cabeza (el circuito del amor, el de la empatía, el de la violencia o el de la bondad, por ejemplo). Noticias, pues, a través de las cuales aspiramos a descubrir la sinapsis filosofal de la vida.

Hace poco más de un año algunos medios de comunicación se hicieron eco de un evento que está llamado a cambiar sustancialmente nuestra aproximación al tema. Se trata de un atlas que recoge y detalla los conocimientos sobre el cerebro evidenciados por un macro-proyecto iniciado hace ya unos años que se presume que tendrá mucha incidencia en las múltiples derivadas relacionadas con este órgano tan complejo y enigmático. La magnitud del hito puede llegar a ser de proporciones y consecuencias nunca vistas ahora porque la única certeza que de verdad tenemos acerca del cerebro es que por ahora no sabemos mucho sobre él.

El tercer jueves de cada mes de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía (este año fue el pasado jueves), y creo que la efeméride es una buena ocasión para reclamarnos a todos los que nos dedicamos a la filosofía (y por extensión a todas las disciplinas humanísticas) prestar más atención a los descubrimientos que se van realizando en el campo de las ciencias, particularmente en el de las neurociencias. A veces parece que la gente de filosofía tengamos un no sé qué receloso hacia estos conocimientos, como si hubiera algo en ellos que nos hiciera sentir inseguros o heridos en el orgullo, cuando en realidad no hay por qué. Si algo hacen las neurociencias es ensanchar el debate sobre temas tan centrales para la filosofía como pueden ser la ética, la teoría del conocimiento o la espiritualidad. El peligro (si es que se lo puede llamar así) de que las neurociencias acaparen el discurso y que la gente de filosofía y de letras nos quedemos sin voz es más un miedo (si es que se le puede también llamar así) que una realidad. Entre otras cosas porque la importancia de la ciencia y de su valor para la sociedad no nace de un dato meramente científico.

En efecto, el valor de la ciencia para una determinada sociedad se afianza en datos pero se corrobora por medio del reconocimiento cultural de esos datos. A la ciencia se la representa en nuestra escala de valores también por la validación cultural y social que obtiene. Así lo advirtió el psiquiatra y filósofo existencialista Karl Jaspers hace unos cuantos años y así lo comprobamos cada día. De hecho, una de las cuestiones que continuamente aparece en relación al cerebro es el misterio de su plasticidad, una dinamicidad que implica muchos interrogantes filosóficos y sociales que superan de largo el “mero” dato científico. Saber por qué esperamos tanto de la neurociencia, de sus conocimientos y de qué forma esos conocimientos pueden y deben revertir en la vida social y personal son asuntos que no sólo pueden responderse solo desde el microscopio.

El ser humano es una forma de vida siempre por descubrir. ¿Qué somos los seres humanos? La radicalidad y profundidad de esta cuestión hizo que el filósofo Immanuel Kant (de quien este año celebramos el tricentenario de su nacimiento) afirmara que en ella se engloban el resto de grandes preguntas que a su juicio nos rondan por la cabeza: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué puedo esperar? El Día Mundial de la Filosofía es también una buena fecha para recordar que aunque no lo hagamos de forma consciente, constantemente nos estamos cuestionando a nosotros mismos. Y justamente por estar viviendo en tiempos de neurolatría, transhumanismos y artificios inteligentes se hace más urgente tematizar qué somos los homo sapiens sapiens y qué papel jugamos en la trama de la vida.

La filosofía y las humanidades no pueden darle la espalda a las ciencias experimentales porque se estarían boicoteando a ellas mismas, pero al mismo tiempo las ciencias experimentales deben dar la cara por las muchas implicaciones existenciales que sus investigaciones comportan, puesto que las ciencias también están sujetas a la vulnerabilidad y contradicción de la experiencia humana.

Es probable que nunca lleguemos a responder satisfactoriamente la pregunta de las preguntas kantiana: de la misma forma que el cerebro va modulándose a sí mismo a medida que respira la humanidad se va haciendo a sí misma a medida que camina. Todo hace indicar que cualquier eventual solución al enigma de saber quiénes somos tendrá más que ver con la acción performativa que con la reflexión teórica. Pero ni en esas tenemos excusa para dejar de estar atentos a todo lo que ocurre en la diversidad de los campos del conocimiento. Tanto en los científicos como en los humanísticos. A fin de cuentas nuestro cerebro es tanto de ciencias como de letras, se dediquen los cuerpos que lo acogen al trabajo del microscopio en el laboratorio o de los libros en las bibliotecas. Para qué fatigarlo con batallitas de gremio que, además, lo distraen inútilmente.

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*Miquel Seguró es autor de ‘La vida también se piensa’ (2018) y ‘Vulnerabilidad’ (2021).


sábado, 10 de febrero de 2024

Sobre la estructuración del cerebro...

 

El cerebro ha cambiado

Las áreas mentales especializadas existen, pero no son parte de la construcción del órgano



Imagen de un escáner cerebral. ... WESTEND61




Un siglo de neurología nos ha enseñado que la mente reside en el córtex (o corteza) cerebral. Cualquier cosa que pienses, sientas, proyectes o recuerdes está ahí, codificada en redes neuronales de una naturaleza tan intrincada y cambiante que seguimos sin entenderlas. Y también nos ha enseñado que el córtex está dividido en áreas. Un daño en el lóbulo frontal puede dejar intactas las funciones intelectuales, pero cambiar por entero la personalidad del sujeto. Viajando hacia atrás por el cráneo, conocemos lesiones que afectan al habla, el tacto, la percepción del cuerpo, la audición o la vista. La casuística de los daños cerebrales localizados, sea por accidentes, ictus o tumores, resulta verdaderamente chocante. Una lesión te puede eliminar el concepto de “tres”, de manera que dejes de entender esa palabra, el número 3 y la geometría de un triángulo. Las actuales técnicas de imagen que fotografían el cerebro en acción han añadido capas de complejidad al cuadro. Ahora mismo no sabemos ni cuántas áreas especializadas puede haber. ¿Cien? ¿Mil? Quién sabe.


Pero hay otra línea de pensamiento científico que arranca de un neurofisiólogo estadounidense, Vernon Mountcastle, que murió en 2015. En los años cincuenta descubrió que todo el córtex está hecho de unos módulos básicos, llamados columnas corticales, que se repiten sin cesar a lo largo de toda su superficie. Y en 1978 propuso que todas las áreas de la corteza cerebral, sea cual sea su especialización, funcionan bajo el mismo principio, un algoritmo desconocido cuya unidad básica de computación es la columna cortical. La columna tiene medio milímetro de diámetro y unas 10.000 neuronas organizadas en un patrón arquetípico. Es la unidad básica de nuestra mente.


¿Qué ocurre entonces? ¿Es que la neurología dominante en el siglo XX estaba equivocada con todas esas áreas especializadas que aparecen en los bustos de escayola de las consultas y las portadas de los libros? No. Las áreas especializadas existen, como demuestran las lesiones localizadas y las imágenes del cerebro en acción. Lo que ocurre es que no son parte de la construcción del cerebro. No están codificadas en nuestro genoma —no se conocen genes que especifiquen una u otra—, sino que son producto de la experiencia. Como dice el neurocientífico David Eagleman, todo depende de los cables que reciban. Si lo que les entra es información sonora, se convierten en áreas especializadas en procesar el sonido. Si es información lumínica, se vuelven áreas visuales. Si lo que reciben no viene directamente del mundo, sino de otra área cortical, emerge un órgano cerebral que procesa y abstrae esa información.


De ahí que los ciegos reciclen su córtex visual para amplificar su finura en el análisis del mundo sonoro y táctil. El braille se lee con las áreas táctiles del cerebro, pero también con las visuales, que de otro modo estarían desocupadas. De ahí también que los violinistas desarrollen un órgano cerebral (llamado a veces W debido a su forma) junto al área cortical que controla el movimiento de la mano izquierda. En los pianistas pasa lo mismo, solo que para ambas manos. Eagleman desarrolla estos argumentos en su libro La red viva, recién editado por Anagrama. La hipótesis de Mountcastle —todo el córtex funciona igual— se ha consolidado en los últimos años como la idea dominante en el campo. Una ocasión perdida para la Academia sueca.


Es curioso que, una vez tras otra, cuando dos teorías bien fundadas entran en contradicción, la solución suele estar en mirar el problema desde un piso más arriba. Lo que los genes construyen no son las áreas especializadas, sino una unidad repetitiva que, tras su contacto con el mundo, se adapta a cualquier tipo de información que reciba. El diablo mora en los detalles, pero vive en el segundo.



martes, 6 de febrero de 2024

Sobre la plasticidad del cerebro...

 David Eagleman, el investigador de los secretos de nuestro cerebro

El neurocientífico estadounidense, uno de los escritores científicos más interesantes de nuestro tiempo, explica que cada vez que aprendemos algo, nuestras neuronas cambian. Y que si alguien pierde la vista, parte de las células con las que veía le ayudarán, por ejemplo, a que oiga mejor


ALEXANDRA ESPAÑA




Nada del cerebro le es ajeno a David Eagleman, neurocientífico, tecnólogo, empresario y uno de los escritores científicos más interesantes de nuestro tiempo. Nacido en Nuevo México hace 52 años, investiga en plasticidad cerebral, sinestesia, percepción del tiempo y lo que él llama neuroderecho, en la intersección entre el conocimiento del cerebro y sus implicaciones legales. Su libro Incógnito. Las vidas secretas del cerebro, de 2011, se tradujo a 28 idiomas, incluido el español en Anagrama, y ahora vuelve en la misma editorial con otra obra ambiciosa, Una red viva, que gira en torno a una idea fundamental de la neurociencia actual: que el cerebro está en cambio permanente para adaptarse a la experiencia y al aprendizaje. Su ciencia no solo es de primera clase, sino también de primera mano, pero su escritura brillante y cristalina —un perfecto reflejo de su mente— convierte uno de los asuntos más complejos de la investigación actual en un paseo triunfal para el lector. Conversamos con él por videoconferencia en la primera entrevista que concede a un medio español en la última década.


¿Podría el cerebro de un recién nacido aprender a vivir en un mundo de cinco dimensiones? “Aún no sabemos cuánto hay de genética y cuánto de experiencia en nuestro cerebro”, responde desde California por videoconferencia. “Si criáramos un bebé en un mundo de cinco dimensiones, lo que seguramente sería un experimento muy poco ético, puede que encontráramos que el niño puede averiguar cómo desenvolverse ahí. El tema general de la plasticidad cerebral es que todo es más sorprendente de lo que pensábamos, en el sentido de que el cerebro es un diseño capaz de aprender cualquier cosa que el entorno le presente”.


Eagleman saca de alguna parte un voluminoso cuenco de ensalada, se lleva a la boca lo que cabe en el tenedor y prosigue con su argumento: “Su ejemplo del mundo de cinco dimensiones es altamente hipotético, pero lo que sí sabemos, por supuesto, es que los bebés nacidos en cualquier lugar del mundo, ya sea en una cultura hiperreligiosa o en un país laico, en una economía basada en la agricultura o en otra superdesarrollada tecnológicamente, como aquí en Silicon Valley, ajustan su cerebro a cualquiera de esos entornos. Mis hijos se adaptan a usar una tableta o un móvil igual de bien que otros niños, en otros lugares, se adaptan a las herramientas agrícolas. Así que sí, sabemos que nuestro cerebro es realmente muy flexible”.


La distinción entre genética y experiencia, o entre naturaleza y crianza, no es tan nítida como puede parecer. Lo habitual es pensar que los genes construyen el cerebro y que después el entorno toma el relevo modificando la fuerza de las conexiones entre neuronas (sinapsis) o estableciendo nuevos contactos. Pero formar nuevas conexiones y modular las viejas requiere reactivar los mismos genes que construyeron el cerebro en primer lugar. Le planteo esta cuestión.


“La forma en que pensamos sobre la biología del cerebro es que la experiencia implica cambios a todos los niveles, de manera que sí, tiene usted razón, los genes tienen que estar implicados en la plasticidad cerebral. Es cierto que lo habitual es investigar la plasticidad al nivel de las células neuronales y de las sinapsis que forman, refuerzan o debilitan, pero la principal razón es que eso es más fácil de medir. La experiencia modifica el cerebro a todos los niveles, y la distinción entre sinapsis y genes no es real, sino una frontera arbitraria trazada por nosotros, los observadores humanos”, responde.


Un siglo largo de neurología ha establecido que el córtex (o corteza cerebral), la capa exterior que le da al cerebro su aspecto arrugado, está dividida en cientos de áreas especializadas: en ver, en oír, en hablar, en proyectar, en gestionar las emociones y todo lo demás. Sin embargo, los anatomistas no han encontrado grandes diferencias entre la arquitectura de circuitos de unas áreas y otras, y tampoco se conocen genes específicos de cada zona. ¿Qué quiere decir esto? Una de las lecciones del nuevo libro de Eagleman es que el cerebro es la misma cosa en todas partes. “El córtex usa el mismo truco, la misma arquitectura de circuitos, en cualquier área. La única razón por la que observamos distinciones —esta área se dedica a la información visual, esta otra a la audición— es porque cada una recibe distintos cables de entrada”, afirma el neurocientífico.


Por ejemplo, la información de los ojos entra por el nervio óptico hasta la parte de atrás del cerebro, y por eso esa zona se convierte en lo que llamamos córtex visual, pero si te quedas ciego ese mismo córtex se convierte en auditivo, táctil u otras cosas. Así que no hay nada fundamental en esa compartimentación del cerebro, según explica Eagleman: es solo una cuestión de qué cables de entrada están enchufados a un área o a otra, es decir, de qué tipo de información recibe.



Misteriosa evolución

La evolución del cerebro es de momento tan misteriosa como su funcionamiento. Los seis millones de años que nos separan de los chimpancés son apenas un pestañeo en las escalas evolutivas, y algunos científicos creen que la clave está en el mero aumento del tamaño del córtex, que se ha triplicado respecto a los chimpancés y los australopitecos. Eagleman es uno de ellos. “Nuestro córtex es mucho mayor que el de cualquiera de nuestros primos animales, y esto es una gran parte del cambio mágico respecto a ellos. Hay otros cambios paralelos, como una gran laringe que nos permite comunicarnos con rapidez a través del lenguaje hablado, o un pulgar oponible que es una gran ayuda también, pero la diferencia principal es el tamaño de nuestro córtex”.


El científico prosigue: “Eso implica que hay mucho más territorio entre el input y el output (la información de entrada y de salida), de modo que, cuando uno recibe información sensorial y tiene que emitir una respuesta, en la mayoría de los animales esas dos áreas están muy cerca una de otra, pero en nuestro caso están más separadas. El resultado es que, cuando ves algo, puedes tomar otro tipo de decisiones. Si me pones comida delante, puedo tomar en consideración que estoy a dieta, o que no quiero comer eso ahora porque estoy haciendo ayuno intermitente, o lo que sea, antes de tirarme sobre la comida”.


Eagleman enseña neurociencia en la Universidad de Stanford, California, pero su trabajo como investigador y docente se le queda muy corto a su mente profunda e inquieta. Es el jefe ejecutivo de Neosensory, una empresa que contribuyó a fundar y que se dedica a desarrollar tecnología para que los ciegos y los sordos puedan recuperar parte de sus facultades reclutando zonas del cerebro que normalmente se dedican a otras cosas para sustituir al sentido perdido. También es el jefe científico de BrainCheck, una plataforma digital para ayudar a los médicos a diagnosticar problemas cognitivos.


Además de escribir unos libros divulgativos de enorme calidad, escribe y presenta la serie de televisión The Brain with David Eagleman (el cerebro con David Eagleman) y el podcast El cosmos interior con David Eagleman. Si hay una columna vertebral de toda esa actividad frenética, es aprovechar el conocimiento del cerebro para ayudar a la medicina de formas innovadoras y creativas.


La siguiente pregunta era inevitable. Y sí, Eagleman ha usado ChatGPT. Asegura que la parte fascinante de estos modelos grandes de lenguaje (large language models, LLM, el tipo de sistemas al que pertenece ChatGPT) es que ahora mismo estamos más en un tiempo de descubrimiento que de invención. De la mayoría de las cosas que hemos inventado en el pasado —una lavadora o una cafetera— sabemos exactamente cómo funcionan, puesto que las hemos ideado nosotros, afirma. Pero estos LLM están llenos de sorpresas y hacen cosas que nadie esperaba, ni siquiera sus programadores. “Esto es asombroso. Creo que lo que hacen realmente muy bien es hallar conexiones en las que no habíamos pensado. Los modelos LLM han leído todo lo que se ha publicado en el mundo, tienen una memoria que lo abarca todo y pueden encontrar víncu­los insospechados si les haces la pregunta correcta”.


Eagleman cree que esa habilidad de ChatGPT es extremadamente valiosa para la ciencia. “Cada mes salen 30.000 nuevos papers (artículos científicos revisados por pares) y yo no puedo leer todo eso, pero el LLM sí puede. He publicado un trabajo hace poco en el que propongo que hay descubrimientos científicos de dos niveles. Los de nivel uno consisten en reunir cosas que yo simplemente no sabía, y ChatGPT puede ser útil ahí. Pero eso es diferente de los descubrimientos de nivel dos, que requieren imaginar un modelo que no existe”.


“Albert Einstein”, sigue Eagleman, “se preguntó cómo vería la luz si estuviera montado en un fotón, y ese experimento mental le condujo a la teoría especial de la relatividad. Lo que hizo no fue reunir cosas que ya estaban en la literatura científica, sino imaginar un nuevo modelo y desarrollar una simulación con él. Y eso no estoy tan seguro de que la inteligencia artificial pueda hacerlo de momento. Creo que por eso los científicos tenemos trabajo todavía”.


Pero Eagleman también es un escritor. Y también cree que conservará el trabajo en esa otra faceta suya, porque, mientras que ChatGPT puede escribir respuestas “sorprendentemente molonas” sobre cuestiones diversas, como escritor no es particularmente creativo. “Usted y yo podemos estructurar los párrafos o hacer una llamada a un pasaje anterior, y ChatGPT está lejos de eso, al menos de momento. Así que no, tampoco estoy preocupado como escritor”, afirma.


Pero le digo que la IA le puede copiar:


—Usted es un maestro en encontrar analogías, metáforas y ejemplos ilustrativos. Quizá el modelo pueda analizar sus libros e imitarle en todo eso—, le pregunto.


—Escribir es duro, usted lo sabe —responde cortésmente—. Me asombraría realmente que ChatGPT llegara a escribir un buen libro en 10 años, pero no estoy convencido de que pueda hacerlo. Escribir un buen libro implica poner juntas nuevas ideas, nuevos modelos, pensar sobre ellos y preguntarse: ¿qué tipo de historia puedo contar para empezar este capítulo e introducir ese concepto? ¿Cómo enlazarlo con lo que vendrá luego y luego y luego? Mientras escribo un libro estoy pensando en todos esos niveles a la vez, y en cómo puede ser la experiencia del lector, y cómo hacer una referencia a lo anterior, cómo está sonando el ritmo, es como si estuvieras componiendo una sinfonía. Como ChatGPT y el resto de LLM solo piensan en qué palabra escribir a continuación, no pueden pensar en todos los niveles a la vez.


Eagleman explica que lo que resulta tan difícil de imaginar sobre ChatGPT es que “se ha leído todos los libros que han existido, todos los blogs y las páginas web, y recuerda todo eso. Lo que esto ilustra es que, a un nivel fundamental, nosotros somos también algo parecido a una máquina estadística, y que si copias esas estadísticas y sabes qué palabra va cerca de otra en cada texto que ha producido la humanidad, el resultado es mucho mejor de lo que habíamos imaginado”.



Mente/máquina

Una de las áreas de investigación de Eagleman son las interfaces mente/máquina, pequeños paneles de electrodos que se implantan en el cerebro para ayudar a personas ciegas o sordas. ¿Cómo consiguen estos electrodos conectar con las neuronas correctas?


“Sabemos el área que interesa controlar. Por ejemplo, si se trata de mover un brazo robótico, pinchas la zona del córtex que normalmente controla el brazo, y además no registras una neurona, sino una colección entera. En una situación normal, si alguien te pone un peso en la muñeca, no tardarás en modular tus órdenes cerebrales para mover el brazo en esa nueva situación y no tirar la taza de café, y con los pacientes pasa lo mismo. Nuestro cerebro está acostumbrado a los cambios en el cuerpo, es como si dijera: este es el objetivo que quiero alcanzar, así que ¿cómo llego allí con lo que tengo? Por eso las interfaces mente/máquina no necesitan contactar con las neuronas exactas. La persona sabe que quiere mover un brazo robótico, y encuentra cómo hacerlo”.


El córtex está hecho de unas unidades repetitivas llamadas columnas, diminutas en superficie pero con millones de neuronas en una organización estereotipada de circuitos. Se repiten una y otra vez a lo largo de todo el córtex, dice Eagleman, “como las costillas de una serpiente”. Todo el mundo está interesado en saber qué hace esa columna, esa especie de unidad básica del cerebro. Hay muchos datos, pero no entendemos aún de qué va. Según él, “lo que hace la estructura del córtex es convertir los datos en representaciones que resulten útiles para actuar en el mundo, y ello requiere abstraer los detalles”.


¿Alcanzarán las máquinas una forma de consciencia? “Todo el mundo tiene una opinión sobre ello, pero realmente no lo sabemos. La consciencia es el misterio central no resuelto de la neurociencia. Una idea es la hipótesis computacional, donde todo son algoritmos, y si replicamos esos algoritmos en silicio tendremos consciencia. Otras escuelas piensan que hay algo particular en la biología del cerebro que aún no hemos descubierto”.


Es increíble lo que da de sí una ensalada.



viernes, 24 de febrero de 2023

CONSCIENCIA

 

¿Quién habla cuando decimos “yo”?

La consciencia, eso que perdemos al dormirnos y recobramos al despertar, es un fenómeno mental. Y como todo fenómeno mental debe consistir en la actividad de ciertos circuitos neuronales. Pero, ¿cómo funciona? El neurocientífico Anil Seth trata de explicarlo con rigor y claridad en su último libro


Resonancia magnética de un cerebro humano. ... BUNYOS / GETTY IMAGES


El filósofo estadounidense John Perry dijo: “Si te dedicas a pensar en la consciencia el tiempo suficiente, o te conviertes en pampsiquista o te metes a administrativo”. Vaya alternativa. El pampsiquismo sostiene que la consciencia es una propiedad fundamental del universo, como la velocidad de la luz o la carga del electrón, y que por tanto está presente en todas las cosas, desde las piedras hasta los átomos de cesio, en mayor o menor medida. Entre creer eso y meterse a administrativo, casi prefiere uno lo segundo. Y el pampsiquismo, en todo caso, es solo uno de los muchos ‘ismos ―fisicalismo, idealismo, dualismo, funcionalismo, misterianismo— con que los pensadores han disfrazado su ignorancia sobre un problema científico fundamental. ¿Qué es la consciencia? ¿Qué es eso que llamamos yo?


Esta, nada menos que esta, es la cuestión de la que trata el último libro de Anil Seth, La creación del yo: una nueva ciencia de la conciencia, recién editado por Sexto Piso. Y lo menos que se puede decir del autor es que está a la altura de ese desafío formidable. Seth es un neurocientífico cognitivo de la Universidad de Sussex, Reino Unido, y basta leerle para saber que su mente se ha expandido desde allí hasta la profundidad filosófica más abisal. Los neurocientíficos recuerdan en esto a los cosmólogos, porque en ambos casos su tema de investigación está condenado a invadir unos territorios que hasta ahora regentaban la filosofía, la metafísica y la religión. La escritura de Seth es cristalina, creativa e inspiradora, capaz de convertir un asunto inextricable en una buena lectura. Tiene un talento extraordinario y la mejor formación imaginable para abordarlo.


Volviendo a uno de los ismos mencionados antes, la idea central del misterianismo es que, aun cuando existiera una explicación científica de la consciencia, los humanos no seríamos capaces de descubrirla. Ni siquiera podríamos entenderla si unos marcianos avanzados nos la mostraran. Como dice Seth, sería como intentar explicarle las criptomonedas a una rana (sé lo que está pensando el lector: que no hace falta irse a los batracios para no entender eso). El físico teórico neoyorkino Brian Greene hizo un gag parecido en un vídeo donde intentaba explicar a su perro la relatividad general de Einstein. La cara de pena que ponía el perro era para verla. Es perfectamente posible que nuestro cerebro sea insuficiente para alcanzar ciertos conceptos, como lo son los de las ranas y el del perro de Brian Greene para alcanzar otros.


En lo que no está de acuerdo Seth es en que el problema de la consciencia sea uno de esos conceptos inalcanzables. “Es de un pesimismo injustificable”, escribe, “presuponer que la consciencia se encuentra dentro de ese inexplorable terreno de la ignorancia inherente a nuestra especie”. Es la actitud propia de un científico actual. La consciencia, eso que perdemos al dormirnos y recobramos cuando suena el despertador, es un fenómeno mental, y como todo fenómeno mental debe consistir en la actividad de ciertos circuitos neuronales. La investigación del cerebro está haciendo grandes progresos hacia una teoría general de la consciencia, y pocos científicos habrá hoy que duden de que vamos a alcanzarla.


La situación era completamente distinta hace solo treinta años, cuando Seth era un estudiante en la Universidad de Cambridge. El psicólogo Stuart Sutherland escribió por entonces: “La consciencia es un problema tan fascinante como esquivo. Es imposible especificar qué es, qué hace o por qué surgió en la evolución. Nada se ha escrito sobre ella que merezca leerse”. Muy pronto se escribiría. Quizá el científico más influyente en ese cambio de actitud fue Francis Crick, codescubridor de la doble hélice del ADN, el secreto de la vida, que emigró de Cambridge a California para concentrarse en el asunto y escribió con su colega Christof Koch una serie de artículos técnicos y un par de libros que disiparon muchos prejuicios. El filósofo Daniel Dennett contribuyó con su libro de 1991 Consciousness explained (La consciencia explicada).


El misterio del yo tiene mucho que ver con la cuestión general de la percepción. El propio Crick lo explicaba con una conversación real en que una mujer se sorprendía de que él se dedicara a investigar un problema tan anodino como la visión. “Me basta imaginar”, argumentó ella, “que la información que entra por los ojos forma dentro del cerebro una especie de televisión”. Crick respondió: “El problema es quién está viendo la televisión”. Creemos que nuestro yo es quien está percibiendo el mundo, pero la realidad es que el yo es una percepción más o, como dice Seth, una “alucinación controlada”. Este es un concepto central que el autor desarrolla con profundidad científica y sensibilidad literaria.


No tenemos aún una teoría científica de la consciencia, pero La creación del yo mostrará al lector que la investigación del cerebro ha entrado en una autopista que conduce hacia ella de forma inevitable. Las técnicas para examinar el córtex en plena acción se hacen cada vez más precisas, las hipótesis se van afilando y el estado del conocimiento roza ya los márgenes de una explicación satisfactoria. Lean el libro.


Y aprovecho que me estarán leyendo los editores para decirles que tenemos un problema con la palabra consciencia. Sé que dan unas ganas irrefrenables de quitarle la ‘s’, pero el problema es que consciencia y conciencia son dos conceptos enteramente distintos. El Diccionario de la Lengua Española lo recoge con nitidez. Echadle un vistazo.


...‘La creación del yo. Una nueva ciencia de la conciencia’. Anil Seth. Traducción de Albino Santos Mosquera. Editorial Sexto Piso, 2023. 398 páginas, 23,90 euros. ...


jueves, 29 de diciembre de 2022

Entrevista sobre el cerebro a Ricard Solé

Ricard Solé, físico: “Para aprender, el libro de papel es mucho más poderoso que cualquier medio digital”

El físico, comisario de una exposición sobre el cerebro, reflexiona sobre cómo ese órgano, que permitió la aparición del lenguaje o la comprensión del tiempo, nos hace humanos


Ricard Solé, físico y biólogo, director del Laboratorio de Sistemas Complejos del PRBB 
(Parc de Recerca Biomèdica de Barcelona).ALBERT GARCIA

En Solaris, la novela de Stanislaw Lem, los tripulantes de una estación de observación extraterrestre tratan de comunicarse con un ser inteligente muy distinto de los conocidos. Un océano protoplasmático, que parece vivo, pero con el que es imposible interaccionar, nos recuerda lo estrecha que puede ser nuestra imaginación cuando pensamos en inteligencia alienígena. Ricard Solé (Barcelona, 60 años), investigador de la ICREA (Institució Catalana de Recerca i Estudis Avançats) y director del Laboratorio de Sistemas Complejos de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, estudia, entre otras cosas, la existencia de los “espacios de cognición” que van más allá de los cerebros sólidos como el humano. La diferencia entre ese órgano, “con las neuronas colocadas en un lugar y conectadas entre sí, respecto a los cerebros líquidos, como las redes neuronales que son las colonias de hormigas o termitas, o el sistema inmunitario, que es una especie de cerebro líquido”.


Esa reflexión sobre la definición de la inteligencia o la conciencia está también presente en la exposición Cerebros, de la que es comisario. La muestra, que se podrá ver en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid hasta junio de 2023, está organizada también por el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) y la Wellcome Collection de Londres, y explora cómo el arte, la ciencia y la filosofía han estudiado y representado a lo largo de la historia el cerebro. Desde la primera gran revolución de la neurociencia, protagonizada por Santiago Ramón y Cajal, al trabajo actual, que aúna los esfuerzos de ingenieros, matemáticos, físicos o biólogos para entender un órgano tan complejo como el cosmos, esta búsqueda es la indagación sobre qué significa ser humano, pero también sobre las enfermedades neurológicas o los miedos y posibilidades que genera la inteligencia artificial.


Pregunta. ¿La neurociencia nos permitirá responder preguntas sobre cuál es nuestra naturaleza, por qué le buscamos un sentido a la vida o si somos seres especiales entre los animales?


Respuesta. Por una parte, yo creo que sí, tarde o temprano acabaremos entendiendo estas cosas. En toda esa biosfera que no es humana hay como precursores de la conciencia y de la inteligencia, pero yo pienso que los humanos somos singulares, por el lenguaje complejo o por la capacidad para comprender las emociones del otro. Y también porque somos viajeros mentales en el tiempo. Podemos acceder al pasado de una forma muy rica y podemos imaginar muchísimos futuros posibles. Esa combinación da lugar a algo singular y extraño, a nuestra capacidad para pensar en nosotros mismos y saber que somos perecederos.


P. Pero hay otros animales capaces de reconocerse a sí mismos o de tener una cierta idea de lo que significa morirse.


R. Eso es complicado decirlo. Pero sí, hay precursores muy importantes de lo que nos hace especiales a los humanos en otros animales, como reconocerse en un espejo, como en el caso de los elefantes. Sabemos que ellos experimentan el duelo cuando un ser cercano ha fallecido. Sienten ese dolor que no es físico. Eso es muy importante, tanto desde el punto de vista de reconocer derechos en los animales como para comprender nuestros orígenes y el origen de la mente humana.


P. En la exposición hay reproducciones de las pinturas rupestres, que son una muestra del momento en que surge la mente humana moderna. ¿Cómo cree que se produce la emergencia de esa mente?


R. Nadie lo sabe. Se dice que la mente y el lenguaje no dejan fósiles, pero esas pinturas de Lascaux o Altamira son un poco como un fósil que nos indica que la mente ya estaba allí. Y se ven imágenes que parecen en movimiento, como si fuese una narración, que indica que la mente narrativa ya estaba allí. ¿Cómo emerge esto? El lenguaje permite una cosa muy relevante, y es que la información genética, una herencia basada puramente en los genes, sea reemplazada en gran medida por la información, que permite enseñar a los demás, narrando una historia que permanecerá tras la muerte del que la cuenta, y abriría la puerta a otras revoluciones, como nuestra capacidad de crear tecnología. Esto hace que cambie nuestra relación con la naturaleza, nos convierte en ingenieros de la biosfera, algo que también hacen animales como las termitas o las hormigas, pero de un modo distinto. Esos cambios comenzarían lentos al principio, pero cuando se juntan algo tan revolucionario como el lenguaje con la capacidad de comprender el tiempo, se produce un cambio que se acelera.


P. Noam Chomsky propuso que los seres humanos nacen con una estructura neuronal que hace posible aprender un lenguaje, que luego se concreta dependiendo de la cultura o el país en el que se nazca. Hay gente que aún piensa que el cerebro humano es como una tabla rasa en la que se puede dibujar cualquier cosa, que la cultura lo es todo y que no existe una naturaleza humana básica que nos condicione. ¿Este debate está superado para la neurociencia?


R. No es un asunto cerrado. Tenemos un cerebro muy grande y nos consideramos muy inteligentes, pero si aíslas a un humano de la cultura y del lenguaje, que es como una especie de virus que infecta los cerebros, queda un individuo totalmente estúpido, porque ¿qué capacidad tiene realmente para manejarse en su entorno sin haber aprendido antes del resto?


P. La tecnología cambia nuestro entorno y eso acaba por cambiar nuestra mente. ¿Puede hacer eso la inteligencia artificial?


R. La inteligencia artificial, que ahora está muy de actualidad, ya tiene casi 40 años de edad. Las ideas que ahora se están desarrollando con mucha rapidez ya existían, pero ahora tenemos grandes masas de datos. Hay resultados muy poderosos, como cuando vemos cómo interiorizan e imitan el estilo de un pintor como Van Gogh, pero estamos extremadamente lejos de crear un cerebro artificial, una mente creativa. Lo vemos con esto que ha salido ahora del ChatGPT, este sistema que emplea lenguaje natural. Si uno se entretiene un rato con estos sistemas, creo que es inevitable sentirse decepcionado. La parte realmente creativa, interesante, que maneja conceptos realmente originales, no está.


P. Los humanos que pintaron Altamira y los miembros de las sociedades primitivas en general necesitaban una variedad de conocimientos muy amplia para sobrevivir. Ahora estamos muy especializados, recibimos un sueldo por un trabajo muy concreto y después conseguimos todo a través de la cooperación social a gran escala. ¿Cómo cree que nos va a afectar este estilo de vida tan especializado y la exposición a tecnologías como las pantallas, que han reducido nuestra capacidad de prestar atención a temas complejos durante mucho tiempo? ¿Esto se puede reflejar en cambios físicos de nuestro cerebro?


R. Los cambios físicos del cerebro pasan a una escala temporal muy grande. Sí que le diré que a mí, que me crie en un sistema de educación más tradicional, en el que había que invertir tiempo en pensar, en emplear la memoria, y escribir un ensayo te requería una reflexión sobre diferentes partes de un problema, me produce cierta preocupación que eso se pueda perder. La neurociencia nos ha enseñado que el libro de papel, para aprender, para comprender, memorizar o establecer relaciones entre partes de un discurso es mucho más poderoso que cualquier medio digital. Pese a que se hable de lo maravillosos que son los medios digitales, para la educación eso está lejos de ser cierto.


P. ¿Hay una interpretación científica del significado de los sueños, se sabe qué función cumplen?


R. Explicado de una forma muy general, sabemos que soñar es importante para sedimentar y filtrar los recuerdos. De toda la enorme cantidad de información que cada día recibimos, el cerebro hace un filtrado durante el sueño a nivel molecular, que desde el punto de vista de la evolución es una forma de asegurarte de que tu comprensión del mundo es correcta, que no te vas a confundir cuando se te acerque alguien y no sepas si es un depredador o un familiar. Francis Crick tenía una teoría sobre los sueños con un aspecto bastante divertido. Nosotros tenemos este legado evolutivo de limpiar las memorias y, además, cualquier cosa que suceda en nuestro entorno tiene que tener una lógica narrativa. Cuando dormimos o estamos soñando, y esto es una conjetura, la idea es que en ese proceso de filtrado nosotros no simplemente vemos imágenes, sino que pasamos por historias, quizá porque la mente narrativa está ahí siempre. Lo que decía un poco jocosamente Crick era que, si eso es cierto, la peor idea que podemos tener es ir al psicoanalista a explicarle lo que hemos soñado, porque el cerebro ha estado intentando eliminar cosas que nosotros vamos a reforzar. Hasta cierto punto es una broma, pero creo que algo de eso hay.


P. Algunos científicos se han planteado elaborar una teoría de la mente a través de los mitos comunes que contaban muchos pueblos primitivos que nunca han tenido contacto, pero, aun así, cuentan historias muy similares. ¿Tiene sentido?


R. Todos los humanos en el planeta compartimos arquitectura neuronal. Eso quiere decir que compartimos una forma de comprender nuestro entorno, una forma de tener expectativas. Porque el cerebro en gran medida es un sistema para hacer predicciones y tener expectativas muy claras. Si observo algo que me parece una cara, para mí va a ser una cara. Culturalmente, el hecho de que de forma recurrente las culturas tengan expectativas de cierto tipo o creen mitos de cierto tipo, o incluso acaben construyendo sociedades de cierto tipo, es posible que sea inevitable por la propia naturaleza evolutiva que nos ha llevado hasta aquí.