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domingo, 20 de octubre de 2019

Hobbes no conocía a los lobos

La palabra “discusión” proviene del verbo discutere, que significa sacudir algo y separarlo en distintos fragmentos para poder examinarlo. Así es como entendía Leibniz el análisis racional: separar algo en sus distintas partes para así comprenderlo y luego volver a unir las piezas. La razón parece que sea incapaz de ver las cosas en su conjunto sin antes haberlas diseccionado, y a falta de aquella otra manera de comprender que hemos olvidado, esta no parecía del todo mala. La palabra “debate”, en cambio, proviene del verbo battuere, que significa golpear, por lo que un debate es un combate. Nada que ver, por tanto, con la racionalidad.
Y si cuando el diálogo se transforma en discusión, y el objeto en cuestión —en este caso, el cuerpo social— se pone sobre la mesa, lo que tenemos es un cadáver del que se nos entrega el resultado de la autopsia, cuando la discusión se convierte en debate, lo que tenemos es la jauría disputándose los miembros del cadáver. Ni lo uno ni lo otro resulta evidentemente útil para la vida del organismo múltiple y plural de las sociedades actuales.
No está de más recordar que la guerra de todos contra todos, de la que los debates políticos (lo de político aquí es un eufemismo) son la fiel representación, es el legado que nos dejaron los pueblos patriarcales que invadieron la vieja Europa hace varios milenios. La rapiña, la colonización, el imperialismo, la esclavitud, la expoliación, son las formas del ansia que caracteriza a las sociedades guerreras. La economía de producción (y el valor que le otorga a la ganancia) no es sino la versión moderna de la cultura del ansia y su legitimación.

domingo, 20 de noviembre de 2016

Hemos nacido en tiempos difíciles

El padre de la ecofilosofía propone una ética participativa que supere la contraposición del hombre con la naturaleza


El filósofo austriaco Karl Popper, en 1990 en Barcelona.
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"La filosofía académica de nuestro tiempo, escrita por puros cerebros, se ha vuelto ilegible para la gente corriente e incluso para quienes están mejor formados”, constata Henryk Skolimowski: se erige “como un curioso monumento en ruinas”. Ante las ruinas (se sabe) sólo cabe la contemplación respetuosa y el alivio de no tener que vivir en ellas, pero el autor explora otra vía, la del desplazamiento. Nacido en Polonia en 1930 pero doctorado en Oxford y con una larga experiencia docente en Estados Unidos, Skolimowski propone desplazar el centro de la discusión filosófica del ámbito del sujeto al de su interacción con el mundo.
No se trata de negar la larga y muy rica tradición del pensamiento occidental, cuyo tema ha sido de forma predominante el individuo, sino, afirma el autor, de proponer un nuevo comienzo para el cual éste se inspira en los presocráticos: en su recurso a la imaginación, en la fuerza poética de sus ideas, en su uso de los símbolos, en su condición (por fin) de pioneros, los presocráticos le permiten desembarazarse de un pensamiento filosófico absorto en su propia contemplación para avanzar hacia un modelo presidido por la mente y por la forma en que ésta adquiere un conocimiento del mundo que es, esencialmente, cocreador: al contemplarlo, la mente participa de él y contribuye a su existencia, al tiempo que, como es evidente, se crea a sí misma y al sujeto. Un “nuevo concepto de persona” surge así en reemplazo de modelos “antiguos [que] se han vuelto completamente inservibles”; de acuerdo con él, el hombre es, sencillamente, una cierta sensibilidad en interac­ción permanente con lo que la rodea. “Nuestros esfuerzos participativos deben favorecer la vida a largo plazo”, sostiene Skolimowski, quien es considerado el padre de la ecofilosofía: la supervivencia del mundo y la nuestra dependen de que nuestra sensibilidad “evolucione” (la expresión es del autor) hacia formas de interacción que contemplen la responsabilidad y la compasión hacia todas las criaturas vivientes.
“Necesitamos crear formas participativas de vida que vayan más allá de las maneras de participación que ejemplifican el bingo o el carrusel del consumo”, afirma Skolimowski. En La mente participativa revisita las concepciones de empiristas y racionalistas, destaca las figuras del filósofo austriaco Karl Popper y de Pierre Teilhard de Chardin, da cuenta de las formas de comprender el mundo que han caracterizado el pensamiento occidental desde su origen, rechaza (por considerar que ya no funcionan, en el sentido de que no permiten vivir “mejor” o “evolucionar”) tanto la religión como el conocimiento científico y el pensamiento racional (que el autor considera una respuesta a las demandas del medio no más sofisticada ni útil que la que ha garantizado la supervivencia de formas de vida supuestamente “inferiores”, como las amebas); también discute la teoría de la verdad como correspondencia, revisa la función de los símbolos en “la evolución del hombre” (en una elección por completo injustificada escoge sólo tres: el Buda sobre la flor de loto, la cruz cristiana y la Shiva danzante), diseña la relación entre la mente y el mundo como una espiral de conocimiento, propone (finalmente) un modelo en el marco del cual el “yo individual” se inserta en el “yo social/cultural”, el cual, a su vez, participa del “yo cósmico/universal”: de esta serie de participaciones y pertenencias se extrae la naturaleza del hombre, pero también la propuesta de una ética participativa que supere el agotamiento de las formas tradicionales de pensamiento filosófico y las categorías monolíticas que contraponen al hombre con la naturaleza y a su esencia de lo que éste hace consigo y con los demás. Al fin y al cabo, “hemos nacido en tiempos difíciles y, de forma justificada, podríamos sentir lástima de nosotros mismos. […] Los periodos críticos como el nuestro destruyen muchas almas menores, pues suponen un reto para nuestra esencia última, [pero] aquellos que la asuman prevalecerán y darán testimonio de la fibra indestructible de la condición humana”.
La mente participativa. Henryk Skolimowski.
Traducción de Juan Arnau y Su Lleó.
Atalanta, 2016. 484 páginas. 29 euros

sábado, 7 de noviembre de 2015

La naturaleza humana contra la madre naturaleza

La adicción al consumo de carbono es tan difícil de romper como la dependencia del tabaco

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La madre naturaleza nos ha estado mandando señales. El 2015 va en camino de ser el año más caluroso de la historia. Hace unas semanas el huracán Patricia, el más fuerte jamás registrado por los meteorólogos, generó vientos sostenidos de 320 kilómetros por hora, un récord.

Según la ONU, el número de tormentas, inundaciones y olas de calor es hoy cinco veces mayor que en 1970. Aunque parte de este aumento seguramente se debe a que ahora tenemos más y mejor información que entonces, todos los estudios evidencian la mayor frecuencia con la que ocurren fenómenos climáticos extremos: temperaturas extraordinariamente altas o bajas, lluvias torrenciales, sequías, incendios, etcétera. La cifra de personas desplazadas de sus hogares debido a desastres climáticos no tiene precedentes, y supera a la de los desplazados por conflictos armados.

Un reciente estudio concluye que hacia finales de este siglo algunos centros de población del golfo Pérsico “experimentarán niveles de calor y humedad intolerables para los humanos”. El sureste asiático también está expuesto a este tipo de amenaza. En estos análisis, “intolerable” no quiere decir muy incómodo; quiere decir que estar a la intemperie tan solo algunas horas implicará correr un riesgo mortal.

Después de décadas de debates, los científicos han concluido que estos cambios climáticos se deben al aumento de las emisiones de gases que produce la actividad humana. Aún quedan escépticos que dudan de esto, pero son cada vez menos. Y en algunos casos, el escepticismo es nutrido por tendenciosos “estudios científicos” financiados por actores que se verían perjudicados si el mundo se decide a cambiar la manera como produce y consume energía. Y sabemos que, hasta ahora, el mundo no ha sido capaz de actuar con eficacia para modificar su desastrosa trayectoria con respecto al calentamiento global.

Pero esta inacción ante una crisis cada vez más obvia no se debe, en esencia, a las manipulaciones de empresas y países que buscan proteger sus intereses a expensas del bien de todos.

Se debe a la naturaleza humana.

Nos cuesta mucho alterar hábitos y costumbres. Todas las investigaciones encuentran que la gran mayoría de quienes inician una dieta para bajar de peso la abandonan antes de lograr su objetivo. Quienes han intentado dejar de fumar saben lo difícil que es, dado lo adictiva que es la nicotina. También sabemos que no hay nada más eficaz para modificar hábitos, dietas y estilos de vida poco sanos que un infarto que no nos mata. En muchos, ese susto produce cambios positivos que parecían imposibles. ¿Será que necesitamos un gran susto colectivo para cambiar la forma en la que nos relacionamos con nuestro planeta?

¿Es que las señales que nos está mandado la naturaleza no son suficientes? Hasta ahora no. Pero todo apunta a que nos viene un infarto climático que obligará a la humanidad a hacer una dieta para la cual no está preparada.

La adicción que hoy día tiene el mundo al consumo de carbono es tan difícil de romper como la adicción al tabaco, al azúcar o al alcohol que tienen algunas personas. La manera en que alumbramos, calentamos o enfriamos nuestras casas y oficinas, nuestros medios de transporte o los productos que consumimos —de plásticos a hamburguesas— implican un alto consumo de carbono que, una vez emitido a la atmosfera como CO2, contribuye a calentar el planeta y a enloquecer el clima. Y esto tendrá que cambiar.

Si mantener una dieta resulta difícil para una persona, lo es aún más cuando muchos países la deben hacer colectivamente. Es costoso para todos. Por eso algunos países harán trampa. Otros pedirán que la dieta de los más gordos sea más severa que la de los más delgados. Y otros exigirán que los países que llevan desde la revolución industrial contaminando el planeta y su atmósfera sean quienes hagan la dieta, y no aquellos que aún están industrializándose.

La primera conferencia mundial sobre el medio ambiente se celebró en Brasil en 1992. La próxima tendrá lugar en París en unas semanas. Entre ellas ha habido muchas otras reuniones y muy poco progreso. La de París promete ser la que más avances logre y es probable que así sea.

Sin embargo, aun si tiene éxito, las metas que se plantean en cuanto a reducción de emisiones están por debajo de las necesarias para evitar que la temperatura aumente a niveles peligrosos. Así, la inercia de la naturaleza humana seguirá retando a la madre naturaleza. Sin importar que sepamos que, al final, la madre naturaleza siempre gana.

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