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domingo, 19 de enero de 2025

En su frasco también han surgido “protocélulas”, unas estructuras que considera la antesala de la vida. “Es alucinante”, proclama.

Un experimento recrea el mundo sin vida y surgen protocélulas, un paso previo a los seres vivos: “No hay un soplo divino”

Los investigadores, de un laboratorio español, observan por primera vez la aparición de compartimentos junto a los ingredientes básicos de los organismos


Las "protocélulas" microscópicas observadas en el experimento del equipo de Juan Manuel García Ruiz.
Christian Jenewein y Alicia Rivera



El geólogo Juan Manuel García Ruiz cuenta todavía asombrado que él y sus colegas han creado “un protomundo” en su laboratorio, a apenas 1.500 metros de la playa de La Concha, en San Sebastián. Suena trascendental, y lo es, pero se trata de un pequeño recipiente transparente, de tres litros, en el que básicamente han metido un vaso de agua, metano, nitrógeno y amoniaco, añadiendo descargas eléctricas para imitar el salvaje ambiente de la Tierra primitiva. Es una versión más del célebre experimento de Stanley Miller, un químico estadounidense de 22 años que en 1952 demostró que era sencillo crear los ladrillos básicos de los seres vivos en ese caldo primigenio. García Ruiz, sin embargo, se ha topado con una sorpresa mayúscula. En su frasco también han surgido “protocélulas”, unas estructuras que considera la antesala de la vida. “Es alucinante”, proclama.


El investigador, nacido en Sevilla hace 71 años, relata que su experimento apenas duró dos semanas. Enseguida se formó una capa superficial, como la nata en la leche, y el agua clara se volvió de color marrón amarillento. Las imágenes al microscopio son desconcertantes. Aparecen multitud de diminutas estructuras curvilíneas, que cualquier observador atribuiría a seres vivos, pero no lo son. Son simplemente moléculas autoorganizadas.


“Siempre nos hemos aproximado al origen de la vida siguiendo el texto bíblico, como si hubiera un soplo divino, un momento en el que ya es irreversible. Lo que nuestro estudio sugiere es que no ha debido de ser así, sino que esto es una evolución química de millones de años, absolutamente azarosa, como la evolución biológica posterior, y que va aumentando la complejidad con el tiempo. Puede llegar a estructuras autoorganizadas y, en algunos casos, a estructuras autoensambladas, como la vida”, expone García Ruiz. “Este tipo de protomundos deben de existir en miles de millones de planetas en el universo. Y esos protomundos pueden llegar a algo tan complejo como la vida o a nada. No hay un diseño inteligente, no hay un soplo divino, pero tampoco hay ninguna reacción fundamental”, subraya el geólogo, del Donostia International Physics Center.


El veinteañero Stanley Miller escribió sus resultados en una decena de párrafos en febrero de 1953 y cambió la forma en la que la humanidad se veía a sí misma. Mostró que bastaban tres gases, agua y descargas eléctricas para crear en el laboratorio aminoácidos, los componentes de las proteínas, que son las máquinas biológicas que forman la materia viva. El equipo de Juan Manuel García Ruiz ya repitió el experimento de Miller en 2021, pero cambió el recipiente original de vidrio por uno de teflón. Su conclusión fue una noticia que dio la vuelta al mundo: allí no surgió ningún ladrillo de la vida. La sílice —un mineral formado por silicio y oxígeno— presente en el vidrio era esencial. El año pasado, un consorcio encabezado por García Ruiz recibió 10 millones de euros de la Unión Europea para estudiar el papel de la sílice en el origen de la vida.


El nuevo experimento ha generado aminoácidos y también las cinco nucleobases que son el ingrediente fundamental del ADN, pero la gran novedad es la aparición simultánea de esas “protocélulas”. El geólogo explica que son una especie de vesículas huecas, que compartimentan el espacio encerrando los ladrillos de la vida y facilitando que reaccionen entre ellos, un paso clave en aquel inmenso océano primitivo. “Estas protocélulas también debieron aparecer en el experimento de Miller y en los posteriores, pero nadie las había buscado hasta ahora”, sostiene García Ruiz, que ha liderado la investigación junto a su colega alemán Christian Jenewein.


Sus resultados implican que la vida terrícola podría haber surgido cientos de millones de años antes de lo que se pensaba, durante el Hádico, el periodo geológico que comenzó hace 4.600 millones de años, con la formación del planeta Tierra, y finalizó hace unos 4.000 millones de años. García Ruiz destaca que sus “protocélulas” están formadas, con ayuda del burbujeo, por unidades repetidas de ácido cianhídrico, una sencilla molécula con un átomo de hidrógeno, otro de carbono y otro de nitrógeno. “Hay varios estudios que sugieren que a partir de esos polímeros de ácido cianhídrico se puede crear todo, todo lo que necesitas para llegar a los ladrillos básicos de la vida”, apunta el geólogo. Su estudio se publica este lunes en la revista PNAS, de la Academia Nacional de Ciencias de Estados Unidos.


El biólogo mexicano Antonio Lazcano recuerda que, hace justo 100 años, el científico soviético Aleksandr Oparin publicó su revolucionario libro El origen de la vida, en el que defendía la hipótesis de que los primeros organismos fueron el resultado de la evolución química de moléculas en el caldo primigenio de la Tierra primitiva. En plena Guerra Fría, el joven estadounidense Stanley Miller se subió a los hombros del soviético. “El mérito del trabajo de García Ruiz es el haber seguido la evolución de moléculas sencillas hasta la formación de complejas estructuras microscópicas en un mismo sistema”, aplaude Lazcano, fundador del Laboratorio de Origen de la Vida de la Universidad Nacional Autónoma de México.


El investigador mexicano, sin embargo, es cauteloso. “Yo no las llamaría protocélulas, porque eso sugiere una continuidad evolutiva que está lejos de demostrarse, y que no corresponde con su composición química”, señala. “Hacen bien en escribir que pueden haber sido microrreactores que permitieran otras reacciones, pero aún estamos lejos de la construcción de una secuencia detallada y realista de la evolución que llevó de los componentes inorgánicos y las moléculas de la Tierra prebiótica a los primeros organismos, entre otras razones porque aún no nos ponemos de acuerdo en cuál podría ser una buena definición de las primeras formas de vida”, advierte Lazcano.


El propio García Ruiz recalca esa incertidumbre. “Yo diría que la conclusión de nuestro trabajo es que, hoy en día, la diferencia entre lo vivo y lo no vivo es menos nítida que nunca, tanto morfológicamente como químicamente”, apunta el geólogo, que también es investigador emérito del Instituto Andaluz de Ciencias de la Tierra (CSIC), en Granada, donde su equipo realizó parte de los experimentos. García Ruiz alerta de que las misiones espaciales traerán en los próximos años rocas de Marte y podrían detectarse en ellas aminoácidos, las nucleobases del ADN e incluso estas “protocélulas”, pero eso no significará que se hayan descubierto rastros de vida extraterrestre.


El filósofo de la biología Kepa Ruiz Mirazo, experto en el origen de la vida y los modelos protocelulares, también aplaude el “excelente trabajo” de García Ruiz. “La relevancia y el interés específico de esta investigación, más allá de situar los primeros pasos hacia la vida en épocas muy remotas, radica en que la síntesis de moléculas orgánicas a la Miller va aquí acompañada de la formación de compartimentos con un tamaño, morfología y topología similares a los de una célula”, resalta Ruiz Mirazo, de la Universidad del País Vasco.


“Queda por resolver —y espero que este grupo aborde ahora el reto de demostrarlo— si ese tipo de estructuras supramoleculares cerradas y huecas pudieron acoplarse a alguna química prebiótica con la que coevolucionar hacia formas de organización realmente protocelular, estableciendo mecanismos de intercambio de materia y energía con su entorno”, advierte Ruiz Mirazo. “Desde mi perspectiva, la encapsulación de precursores biomoleculares, aunque sí es necesaria (como defienden los autores del artículo), no es por sí misma condición suficiente para que un compartimento sea concebido como protocélula. No obstante, así avanza la ciencia, en todos sus campos: cuanto más significativo sea un logro, más cuestiones abiertas plantea a su alrededor. Seguir investigando por esta senda, sin duda, ampliará horizontes en la búsqueda de nuestros orígenes más profundos y lejanos, como entidades biológicas que somos”, opina este investigador.


El geólogo Juan Manuel García Ruiz prepara una expedición en 2026 a Kenia, al Valle del Rift, un paraje que considera relativamente similar al de la Tierra primitiva, con lagos alcalinos y sílice en abundancia. Mientras tanto, su grupo continuará repitiendo el experimento de Miller en nuevas versiones, por ejemplo, cambiando la temperatura y añadiendo ingredientes, como el azufre, el fósforo y el monóxido de carbono. “Vamos a extender el tiempo y vamos a empezar a cocinar, a ver qué pasa”, anuncia.

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Manuel Ansede es periodista científico y antes fue médico de animales. Es cofundador de Materia, la sección de Ciencia de EL PAÍS. Licenciado en Veterinaria en la Universidad Complutense de Madrid, hizo el Máster en Periodismo y Comunicación de la Ciencia, Tecnología, Medioambiente y Salud en la Universidad Carlos III


jueves, 23 de marzo de 2023

ORIGEN DE LA VIDA

 

Hubo vida durante la moción de autocensura

Que haya uracilo en un asteroide puede significar que nuestro planeta tomó los componentes básicos de la vida de las ancestrales colisiones de asteroides


Superficie del asteroide Ryugu fotografiada por la sonda japonesa 'Hayabusa 2'.
JAXA



En una cosa tiene razón Ramón Tamames: la Cámara debería acotar los tiempos de intervención. Drásticamente, añado yo. Seguir en directo la moción de censura —o de autocensura, visto el resultado— me ha dejado exhausto. Cualquiera que haya dado tres clases, dos charlas o una alocución de boda sabe lo extremadamente difícil que es sostener la atención del público durante 20 minutos, no hablemos ya de una hora. A menos que seas Cervantes o el mago Houdini, más vale que depongas tu verborrea y hagas un esfuerzo sincero por sintetizar y centrarte en lo esencial. La brevedad es un género. Para prolijo ya está el mundo.


Mientras duraba la moción de autocensura, y duraba, y duraba, descubro ahora que hubo vida durante esas eras oscuras, y a veces en sentido literal. Por ejemplo, unas muestras recogidas de un asteroide en pleno espacio contienen uracilo, una de las letras genéticas en las que se fundamenta toda la vida en la Tierra. Se trata de una pequeña molécula orgánica, basada en un hexágono de átomos de carbono y nitrógeno. Llamarla letra es una metáfora, pero muy certera, porque los genes son largas ristras de este tipo de moléculas, empalmadas como las cuentas de un collar, y en efecto conforman un texto que nuestras células leen como tú estás leyendo este, de izquierda a derecha, agrupando las letras en palabras y formando frases. El uracilo hallado en el asteroide es una letra, un fundamento esencial de nuestro código genético. Y nos puede haber llegado del cielo.


El sistema solar se formó hace 4.600 millones de años, y su infancia tuvo que ser difícil. Los planetas gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno) se formaron lejos del Sol y después empezaron a migrar hacia él, lo que detuvo la condensación progresiva de nuevos planetas en la zona entre Marte y Júpiter, que es donde se halla ahora el cinturón de asteroides. Son, por lo tanto, larvas de planeta (planetesimales) que nunca llegaron a formar uno. Son testigos del pasado profundo de nuestra vecindad cósmica, y un escaparate del tipo de materiales con los que se formó la Tierra. Que haya uracilo (la letra u) en un asteroide puede significar que nuestro planeta tomó los componentes básicos de la vida de las ancestrales colisiones de asteroides que recibió en los tiempos duros. Los aminoácidos que forman las proteínas y hasta la misma agua de los océanos pudieron llegar por el mismo procedimiento. La fórmula de la vida llegada del espacio. Esta es la manera arrebatada de interpretar el hallazgo.


Hay, sin embargo, otro modo más flemático de mirarlo, por si la lectora lo prefiere. Que haya uracilo en un asteroide muestra que es una molécula fácil de formar. Muestra que la generación de los componentes moleculares de la vida es un suceso probable, y no una extravagancia irrepetible de nuestro planeta. Indica que los ladrillos químicos que nos construyen pueden surgir de forma espontánea allí donde las condiciones físicas lo permiten. Y apuntan a que la evolución de la vida a partir de la materia inerte puede ser un fenómeno común.


Ahí lo tienen. Hemos sembrado de vida la galaxia en menos de lo que Tamames llegaba al primer etcétera de su discurso.


sábado, 18 de enero de 2020

Hallado el organismo que explica el origen de toda la vida compleja en la Tierra

Científicos japoneses observan por primera vez arqueas de Asgard, microbios cuyos ancestros dieron el primer paso para la aparición de animales y plantas hace 2.000 millones de años

Tras casi 15 años de trabajo, científicos japoneses han conseguido por primera vez sacar del fondo del mar y criar en cautividad arqueas de Asgard, el misterioso organismo que puede explicar el origen de todas las formas de vida complejas de la Tierra, incluidos los humanos.

 Todos los seres vivos que podemos ver a simple vista están hechos de los mismos ladrillos: células complejas con orgánulos internos llamadas eucariotas. Una persona es un conjunto de 30 billones de células eucariotas que cooperan entre sí con un objetivo común. Todas las plantas, animales y hongos son eucariotas.

 En la Tierra hay otros dos grandes dominios de la vida, el de las bacterias y el de las arqueas. Estas últimas, más primitivas, sin orgánulos internos, son el dominio más misterioso e interesante, pues desde hace unos años se piensa que hace unos 2.000 millones de años una arquea se tragó a otro microbio, lo asimiló y se transformó en la primera célula compleja. Fue el primer paso hacia nosotros, y aún no se sabe cómo sucedió.

https://elpais.com/elpais/2020/01/17/ciencia/1579284583_584643.html

jueves, 2 de marzo de 2017

Hallada la evidencia de vida más antigua que se conoce

El descubrimiento de tubos y filamentos fósiles de hace 4.000 millones de años indica una alta probabilidad para la evolución rápida de la vida


Tubos de hematita en las fumarolas hidrotermales, que representan los microfósiles más antiguos.
MATTHEW DODD / EPV

El origen de la vida no es el problema más acuciante de la investigación biológica, pero sí el más profundo, y tal vez el más filosófico. Algunos científicos lo abordan intentando reproducirlo en el laboratorio, y otros explorando las rocas más antiguas del planeta en busca de sus evidencias más remotas. Esta segunda línea de indagación acaba de hacer un descubrimiento deslumbrante. Y de batir un récord histórico.
Un equipo internacional de geólogos, paleontólogos y nanotecnólogos han hallado unas estructuras tubulares y filamentosas que, según interpretan, representan bacterias fósiles. Y las han hallado en unas rocas canadienses (el cinturón Nuvvuagittuq) que provienen de fumarolas hidrotermales del fondo oceánico de hace 3.770-4.280 millones de años. La Tierra tiene 4.500 millones de años, de modo que estos microfósiles representan las evidencias de vida más antiguas de las que hay constancia hasta ahora. Y ya no queda mucho margen para seguir viajando hacia el pasado.
Los microfósiles más antiguos confirmados hasta ahora tienen 3.500 millones de años. Eso es 1.000 millones de años después del origen de la Tierra, pero los primeros cientos de millones de años del planeta fueron un verdadero infierno geológico. En el Sistema Solar recién formado, el diluvio permanente de meteoritos, cometas y otros objetos celestes aún mayores –como el que nos arrancó la Luna de un solo y brutal impacto— generaron unas condiciones no ya incompatibles con la vida, sino incluso con los procesos químicos que la precedieron.
El nuevo hallazgo, que se remonta a 3.770-4.280 millones de años atrás, solapa ya con aquella época infernal. Si los microfósiles canadienses representan vida bacteriana, debe tratarse de algo muy parecido a las primeras formas de vida en la Tierra. Y ya eran bastante variadas en aquella época primigenia. Matthew Dodd, del University College de Londres, y sus colegas de Leeds (Reino Unido), Ottawa (Canadá), Crawley (Australia) y los servicios de inspección geológica de Noruega y Estados Unidos presentan su investigación en el artículo principal de Nature.
El cinturón de Nuvvuagittuq, en Quebec, contiene algunas de las rocas sedimentarias (originadas por la acumulación de sedimentos en el fondo del mar) más antiguas que conoce la geología. En sus orígenes, estas rocas eran parte de una fumarola hidrotermal (un géiser submarino) donde abundaban las emanaciones de hierro. En esas cunas ricas en energía y minerales, piensan muchos científicos, surgieron las primeras formas de vida –las primeras bacterias— hace alrededor de 4.000 millones de años, cuando los meteoritos empezaron a amainar.
“Nuestro descubrimiento”, dice Dodd, “apoya la idea de que la vida emergió en fumarolas calientes del fondo del mar, poco después de que se formara el planeta. Esta rápida aparición de la vida en la Tierra encaja con otras evidencias recientes de túmulos datados en 3.700 millones de años atrás que fueron configurados por microorganismos”.

Bandazos geológicos

La datación de los fósiles más antiguos de la Tierra ha sufrido considerables bandazos en los últimos tiempos. Hace 15 años, era común en la literatura científica citar las alfombras bacterianas descubiertas por William Schopf, y datadas en 3.900 millones de años. Más tarde los geólogos las pusieron en cuestión, pues descubrieron mecanismos abióticos (independientes de la vida) capaces de generar esas arquitecturas. Desde entonces, los fósiles bacterianos más antiguos, y aceptados por todos los paleontólogos, se han datado en 3.500 millones de años.
El nuevo hallazgo vuelve a retrasar la fecha, incluso más que en los cálculos de Schopf. Dodd y sus colegas han dedicado lo mejor de su trabajo a argumentar, con datos y sistemas de análisis de vanguardia, que sus tubos y filamentos canadienses son producto de procesos bióticos (asociados a la vida), y que son muy similares a otras estructuras mucho más modernas que se aceptan sin discusión como biológicas. Algunas son fósiles, y otras siguen vivas en las fumarolas oceánicas actuales.
“Nuestros descubrimientos”, dice Dodd, “demuestran que la vida se desarrolló en la Tierra en un tiempo en que tanto la Tierra como Marte tenían agua líquida en la superficie, lo que plantea una cuestión emocionante sobre la vida extraterrestre. Nuestra predicción, por tanto, es que se hallarán evidencias de vida en Marte de hace 4.000 millones de años. De lo contrario, la Tierra será una excepción muy especial”.