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martes, 8 de septiembre de 2026

Si Dios (o los dioses) y una civilización superior no son la respuesta a la pregunta "¿por qué hay algo en lugar de nada?", ¿cuál podría ser?

¿Por qué hay algo en lugar de nada?

A esta cuestión se ha intentado responder desde la ciencia, la filosofía y la teología. Nos ha dejado ideas estimulantes (¿vivimos en una simulación? ¿Dios existe?) y otras en apariencia desconcertantes, como que el mundo simplemente está ahí y eso es todo

La Vía Láctea vista desde Chile, donde se está construyendo el Telescopio Extremadamente Grande. ... P. Horálek (ESO)



Estamos ante “la pregunta fundamental”, según escribía Heidegger en su Introducción a la metafísica. Una pregunta que Leibniz se plantea en sus Principios de la naturaleza y la gracia fundados en razón (1714): ¿por qué hay algo en lugar de nada? ¿De dónde salen el universo, nuestra galaxia, nuestro planeta, la línea 5 de metro y este periódico? ¿No sería más fácil que no hubiera nada, “pues la nada es más simple y más fácil que algo”, como escribía Leibniz?

A la pregunta se ha intentado responder desde la ciencia, desde la filosofía y desde la teología, pero, como advierte al teléfono el filósofo Jesús Zamora Bonilla, catedrático de Filosofía de la Ciencia en la UNED, a veces se han mezclado dos cuestiones muy relacionadas, pero que son más diferentes de lo que parece: la primera, por qué existe algo; y la segunda, por qué lo que existe es justamente esto que vemos, nuestro universo con sus leyes físicas concretas.

Podemos entender mejor la diferencia si vamos a una de las respuestas tradicionales a la pregunta: Dios lo hizo todo. Es lo que pensaba Leibniz, por ejemplo, o filósofos contemporáneos como Alvin Plantinga y Richard Swinburne. El problema, recuerda Zamora Bonilla, es que también podemos preguntarnos por qué existe Dios.

Nos encontramos con el mismo escollo si planteamos una versión contemporánea de la creación y sugerimos que el universo es un experimento, como en ese episodio de Los Simpson en el que Lisa funda sin querer una civilización en un diente que se le ha caído. El físico de la Universidad de Stanford Andrei Linde especula en Why Does The World Exist (¿por qué existe el mundo?), libro de Jim Holt, con la posibilidad de que quizás no haga falta mucho para fabricar un universo en un laboratorio: “Una cienmilésima de gramo de materia” bastaría para crear un pequeño vacío que diera lugar a miles de millones de galaxias.

También podríamos vivir en una simulación de realidad virtual. En un artículo de 2003, el filósofo Nick Bostrom apunta que una civilización lo suficientemente avanzada podría simular mundos enteros con seres conscientes. Esto deja tres posibilidades: que las civilizaciones se extingan antes de alcanzar esa capacidad tecnológica; que la alcancen, pero decidan no simular esos mundos (o no los suficientes), o que existan tantas simulaciones que lo más probable es que vivamos en una de ellas.

Pero estas especulaciones tampoco acaban de responder a la pregunta de por qué hay algo en lugar de nada: supongamos que vivimos en una simulación creada por un estudiante de instituto para su trabajo de fin de curso; igual que ocurría con la hipótesis de Dios, eso explicaría nuestro universo, pero no el universo del estudiante.

Si Dios (o los dioses) y una civilización superior no son la respuesta a la pregunta, ¿cuál podría ser? Una de las teorías científicas con más soporte a la hora de aclarar cómo se pasó de la nada al Big Bang es la de la fluctuación cuántica, que parte del trabajo, en los años ochenta, del físico Aleksandr Vilenkin, director del Instituto de Cosmología en la Universidad de Tufts. Esta teoría, que desarrolla el físico Lawrence M. Krauss en su libro Un universo de la nada (Ediciones de Pasado y Presente, 2015), explica que el vacío es inestable, lo que permite la formación de pequeñas burbujas de espacio-tiempo que se forman de manera espontánea. Alessandra Silvestri, profesora de Física Teórica de la Universidad de Leiden, explica por videollamada que esta hipótesis no está demostrada, pero hay indicios que la sostienen. Por ejemplo, la estructura actual del universo, que es consistente con lo que se esperaría en este escenario.

Pero si se confirmara esta teoría aún tendríamos otro problema: ¿por qué existen esas leyes físicas y no otras? El vacío cuántico no es lo mismo que la nada de los filósofos: ese vacío es el estado de mínima energía en nuestro universo y en la nada no hay ni universo ni leyes que expliquen una espuma cuántica.

Una solución especulativa a este problema es imaginar un multiverso, como sugiere la teoría de los muchos mundos propuesta por primera vez por el físico Hugh Everett en 1957. Esta teoría también ayudaría a explicar la idea del “ajuste fino”: sus defensores recuerdan que las leyes físicas están tan bien calibradas que cambios muy pequeños harían imposible que surgiera la vida, lo que da a entender (en su opinión) que esas leyes se crearon para nosotros por Dios (o un dios).

Si hay infinitos universos, que haya uno con estas leyes concretas deja de ser un misterio: nuestro universo solo es uno de los que se pueden regir por leyes que permiten la vida. Nos ha tocado la lotería, pero habíamos comprado todos los números. Aun así, de nuevo, seguiríamos sin una respuesta definitiva: este universo existe porque hay infinitos universos, pero ¿por qué hay un multiverso en lugar de nada?

Quizás la pregunta no tenga sentido y es, como sugiere Bonilla, una pseudopregunta. Ludwig Wittgenstein escribía en el Tractatus Logico-Philosophicus que “lo místico no es cómo es el mundo, sino que el mundo sea”, pero apenas unas líneas más abajo concluía que “el enigma no existe”. Esta cuestión no es más que un pseudoproblema: hablar de por qué hay algo en lugar de nada no tiene sentido, es algo que excede los límites de nuestro entendimiento.

No estaba solo: el filósofo francés Henri Bergson consideraba que la idea de la nada absoluta era absurda: “No tiene más significado que un círculo cuadrado” es “un espejismo conjurado por nuestra imaginación”. El pensador alemán Adolf Grünbaum también opinaba que es un falso problema y que ni siquiera tiene sentido hablar de lo que pasó antes del Big Bang ya que entonces no había tiempo. Bonilla apunta una idea parecida cuando recuerda que ni siquiera la noción de causa tiene sentido fuera del universo: preguntarse qué causó el universo es como preguntarse dónde está el universo o, como decía Grünbaum, qué hay al norte del Polo Norte. El cosmos, simplemente, es. O como apuntaba el británico Bertrand Russell, “diría que el universo simplemente está ahí, y eso es todo”.

Pero esto tampoco nos convence. Siempre buscaremos un resquicio para preguntarnos si puede haber alguna explicación completa, o más completa, que explique también qué hay detrás de esas “fluctuaciones cuánticas”. A fin de cuentas, lo que estamos preguntándonos es qué hacemos aquí y por qué, y nos debatimos entre el deseo de trascendencia (¿esto es todo lo que hay?) y la voluntad de que nuestra vida tenga sentido por sí misma (¡esto es todo lo que hay!).

¿Podremos hallar una respuesta? El físico Alberto Casas, autor de La ilusión del tiempo, es optimista: “El ingenio humano ha demostrado ser capaz de muchas cosas que parecían imposibles”, como deducir y verificar un dato en apariencia tan absurdo como que el universo comenzó hace 13.800 millones de años con un Big Bang. La duda de Leibniz puede parecer extravagante, pero “la ciencia también es especulación, imaginación”.

Bonilla apunta que este interrogante sirve como estímulo, como “gimnasia mental”. Pero advierte de que no hay “absolutamente ninguna forma de encontrar una respuesta ni por la ciencia, ni por la mística ni por nada. Simplemente es una cuestión que nunca podremos resolver. Y, por lo tanto, tampoco merece mucho la pena preocuparse por ella”.

Pero lo seguiremos haciendo. Ya lo decía el filósofo estadounidense Sidney Morgenbesser a quienes le planteaban la pregunta: “Si no hubiera nada, aún os seguiríais quejando”.


domingo, 23 de junio de 2024

¿Podemos dejar de ser amigo de alguien que no piensa más o menos como nosotros?

 ¿Y si mi mejor amigo se vuelve terraplanista?


'La muerte de Séneca' (1871), de Manuel Domínguez Sánchez (Museo del Prado). 
El cuadro muestra al filósofo rodeado por sus amigos tras cortarse las venas 
después de haber sido condenado a muerte por Nerón.


JAIME RUBIO HANCOCK 
FILOSOFÍA inútil
Viernes, 21/06/2024
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Buenas:

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Cada vez hay más partidos ultra y cada vez suenan más desquiciados. Si esto sigue así, a las próximas elecciones se va a presentar Falange Terraplanista, con un solo punto en el programa: desarrollar la tecnología necesaria para desvacunarnos.

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La aparición de nuevos partidos cada vez más ridículos nos ha traído sorpresas: amigos y familiares destapan en chats de WhatsApp afinidades inesperadas y, como es natural, a ellos les parece también extrañísimo que nosotros no estemos de acuerdo con sus ideas, por muy marcianas que nos parezcan.

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¿Podemos dejar de ser amigo de alguien que no piensa más o menos como nosotros? Es más, según lo que piense esta persona, ¿tenemos la obligación de dejar de ser sus amigos?


Hay dos extremos en los que parece fácil contestar a la pregunta. Si nuestro amigo cree que el mejor color del mundo es el azul y a nosotros nos gusta el verde, no pasa nada. Sería muy raro que alguien terminara una amistad por eso. Pero si nuestro amigo se hace literalmente nazi y quiere exterminar a los judíos, pues a lo mejor tiene sentido al menos poner algo de distancia.

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Lo más difícil son las zonas intermedias, como siempre. Es decir, cuando hay grandes desacuerdos sobre cómo vemos algunos asuntos importantes.

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Un argumento a favor de mantener la amistad es que tenemos obligaciones especiales con amigos y familia, que se diferencian de las obligaciones que tengo con cualquier persona, la conozca o no. Por ejemplo, si una pareja tiene hijos, tiene también la obligación de cuidarlos. Pero no tiene la obligación de cuidar a todos los bebés del mundo. Por supuesto, estas obligaciones especiales no bastan para mantener relaciones a cualquier precio. Por ejemplo, si no son recíprocas, como en el caso de los malos tratos.

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Los amigos se diferencian de la familia en que a veces los escogemos y a veces no son para siempre, pero también generan obligaciones. Séneca escribía en una de sus Cartas a Lucilio que hay que meditar antes de hacerse amigo de alguien. “Después de la amistad, todo se debe creer; antes, todo debe juzgarse”. Es decir, la cosa cambia después de 20 años, aunque solo sea por todas las vivencias que hemos compartido.



Para qué sirve un amigo


Estatua de Aristóteles en Atenas. / GETTY IMAGES


Aristóteles escribía en su Ética a Nicómaco que la amistad puede estar basada en el placer, en la utilidad o en la virtud. Aristóteles considera que la mejor forma de amistad es la tercera, la basada en la virtud: queremos a nuestros amigos por cómo son y porque nos empujan a ser mejores. Lo que significa que si creemos que un amigo (o un familiar) se equivoca (o si creemos que se equivoca), no deberíamos darle la espalda. De los amigos aprendemos y de nosotros aprenden también ellos, por poco que sea. Sobre todo con el ejemplo, y no tanto con las discusiones en WhatsApp. Decía Séneca que Platón y Aristóteles “aprendieron más de la conducta que de la doctrina de Sócrates”.

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Además, hemos de recordar dos cosas:

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1. Nunca estaremos de acuerdo en todo con todo el mundo. El filósofo británico Simon Critchley recordaba en un artículo en The New York Times que nuestras relaciones con los demás han de basarse en un principio de tolerancia y que siempre hay un área gris de negociación y aproximación.

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2. Sé que esto suena extraño, pero a lo mejor estamos equivocados nosotros (¡!). Escuchar opiniones diferentes nos ayuda a reevaluar las nuestras, sobre todo si es de gente en quien confiamos. Si solo tenemos cerca a personas que nos dan la razón, lo único que hacemos es retroalimentar un sistema de creencias.

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Hay que recordar lo que dijo Bertrand Russell en una entrevista. Le preguntaron si daría su vida por sus ideas y contestó: “No, podría estar equivocado”.



Amigos no polarizados


Una escena de la película 'Tres amigos' porque ya no sabía qué imagen poner. 
Steve Martin y Martin Short son muy amigos desde entonces. 
Su especial en Netflix es divertidísimo


Las amistades de personas que pertenecen a grupos diferentes ayudan a mitigar la polarización, precisamente porque contribuyen a una visión más compleja y moderada de los demás. Es más difícil creer que todos los rojos son el demonio o que todos los fachas nos quieren ejecutar si tenemos amigos de izquierdas o de derechas, según el caso. No los vemos como al otro, como a un enemigo, sino como a personas concretas que piensan de modo diferente. Y esto ayuda a que el debate público sea más civilizado y nos resulte más fácil llegar a acuerdos.

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Es decir, cuando mantenemos una amistad con alguien que piensa diferente, estamos beneficiando a toda la sociedad (un poco) porque es más difícil que esa persona acabe creyendo lo que dicen en según qué grupos de Telegram. Y así contribuimos a la virtud del afecto cívico, de la amistad cívica, de la que también hablaba Aristóteles.

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Esto ocurre cuando coincidimos en los objetivos. Por ejemplo, acabar con el paro o mejorar la sanidad. Pero discrepamos en los medios más indicados para lograr este fin. Un liberal cree que debe primar la iniciativa privada y un socialdemócrata quiere que el Estado asegure la igualdad de condiciones de partida. Pero, como hay un mismo objetivo, se puede trabajar desde la diferencia para intentar llegar a acuerdos y resolver disputas, aunque no siempre se logre.

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Es como cuando quedamos para cenar con unos amigos y todos quieren ir a un sitio diferente: a uno le apetece sushi, otro conoce un italiano buenísimo, hay uno que quiere ir de tapeo... El objetivo final es el mismo, comer bien y pasar un buen rato. Solo hay que buscar un acuerdo.

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El problema viene cuando los fines no coinciden o no son compatibles. O cuando no podemos plantear el problema como una cuestión de medios y no de objetivos. Por ejemplo, cuando una persona cree que los derechos han de ser diferentes según el color de la piel, el género o la orientación sexual. Aquí ya es un poco más difícil resolver el problema. Volviendo al ejemplo de los amigos, sería como si uno de ellos quisiera que tú te quedaras en casa. Entonces ya no hay amistad y deja de tener sentido intentar mantenerla.




jueves, 18 de abril de 2024

Sobre la libertad...

 Ética del tabaco

algunas ideas de filósofos que pueden ser útiles si tenéis conversaciones sobre el tema...



JAIME RUBIO HANCOCK


Todo vuelve, incluidos los temas de conversación (y de discusión). Como el tabaco, ahora que el Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas han aprobado un plan para reducir el consumo y proteger a los fumadores pasivos.

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En este tema me dejo llevar por la pasión. Si me pongo a hablar del tabaco —mi imperio romano, junto con la presidencia de Trump—, solo necesirto tres o cuatro minutos para proponer la prohibición de fumar y penas de cárcel para los que tiran colillas al suelo. 

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No estoy orgulloso.

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Para no perderme y que este boletín termine en manos de la defensora del lector (con razón) me limitaré a exponer algunas ideas de filósofos que pueden ser útiles si tenéis conversaciones sobre el tema con alguien que no sea yo. Algunas ya las hemos tratado en otras entregas:



1. Kant y la autonomía. Para Immanuel Kant (1724-1804) las decisiones que tomamos en libertad, sin que estén condicionadas por ningún propósito, merecen un respeto especial, ya que expresan la naturaleza, la libertad, las preferencias y los valores de una persona. Nuestra autonomía y el respeto a la autonomía de los demás es el "principio supremo de la moralidad", como escribió en la Fundamentación de la metafísica de las costumbres.

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Pero para Kant —que fumaba en pipa, por cierto— la autonomía no quiere decir que podamos hacer lo que nos dé la gana. Kant creía que todo lo que hacemos ha de aspirar a convertirse en una ley universal que todos deberíamos seguir en las mismas circunstancias. Es una ley que respetamos sin que nos condicionen otros fines aparte de nuestro deber.


 / ALEXANDRA ESPAÑA


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2. Mill y el principio del daño. En Sobre la libertad, John Stuart Mill (1806-1973) defiende la necesidad de proteger al individuo de cualquier intromisión autoritaria ilegítima, en especial (pero no solo) del Gobierno. El único límite a nuestra libertad es el principio del daño: podemos hacer lo que queramos siempre que no dañemos a terceros y aunque nos perjudiquemos a nosotros mismos.

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Una de las dificultades viene de cómo definir el daño: yo puedo pensar que si salgo en calzoncillos a la calle en pleno invierno solo me perjudico a mí mismo. Pero si acabo en el hospital, ¿he perjudicado a los demás al causar un gasto en la sanidad pública? ¿Significa eso que la policía nos podría multar si no llevamos bufanda?


3. El pluralismo de Isaiah Berlin. Este filósofo británico (1909-1997) destacó por su análisis y defensa de la libertad, en especial de la llamada “libertad negativa”: la ausencia de impedimentos, interferencias y control por parte de los demás. Se trata de un área de libertad personal que se debe preservar a toda costa. Solo debería haber un mínimo de prohibiciones que asegurara la convivencia, pero deberíamos, por ejemplo, poder reunirnos con quien queramos, decir lo que pensemos o, por qué no, tomar las drogas que nos apetezcan (un café pasadas las tres de la tarde, por ejemplo). 

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Pero nuestros valores, incluida la libertad, entran en conflicto unos con otros y nunca pueden ser absolutos. Por ejemplo, no somos libres para conducir borrachos o a 200 kilómetros por hora porque nuestra libertad entra en conflicto con la seguridad de los demás. Lo difícil es saber cuánto ceder y a cambio de qué. Por ejemplo, ¿debe primar el derecho de tiendas y supermercados a abrir y cerrar cuando quieran o se deben imponer algunos horarios para proteger al pequeño comercio?


Isaiah Berlin, con un cigarrillo. / John Chillingworth/Picture Post/Hulton Archive/Getty Image

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[Inciso: ¿podemos hablar de libertad si tomamos una decisión que puede convertirnos en adictos? O, como dice el dilema libertario clásico: ¿puedo aceptar libremente un contrato que me convertirá en un esclavo?]

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4. La libertad positiva de Isaiah Berlin. A la “libertad negativa”, Berlin añadía la positiva, que es la posibilidad de alcanzar nuestras metas y objetivos. No es solo que nadie me pueda prohibir que vaya a la universidad, sino que el Estado tiene el deber de garantizar que nadie se quede fuera solo por no poder pagarse los estudios.

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Esta segunda libertad nos ayuda a fijarnos en cuestiones de justicia y de equidad, y a intentar desmontar trabas estructurales a la libertad como el racismo y el sexismo. Pero, en opinión de Berlin, también presenta riesgos, ya que abre la puerta a que una sociedad autocrática —o con tendencias autocráticas— decida por nosotros cuáles son las metas y objetivos que debemos alcanzar.

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5. Wolff y el rechazo a la autoridad del Estado. El filósofo estadounidense Robert Paul Wolff (nacido en 1933) defiende un “anarquismo filosófico” que parte de la autonomía de Kant. Esta idea consiste en que nadie debería aceptar la autoridad de los demás, incluida la del Estado. Esto no significa que debamos desobedecer las leyes, pero sí que no las debemos cumplir solo porque sean leyes. Debemos decidir por nosotros mismos.

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Por prudencia (y para evitar la cárcel) está no saltarse la ley, pero hemos de ser conscientes de que no hay diferencia entre si un amigo o el Estado nos dicen que no se puede robar. Somos nosotros quienes hemos de llegar a la conclusión de que no se debe robar. Tenemos el deber de desarrollar nuestras propias ideas éticas con independencia de lo que diga la ley, coincidan o no con ella.


miércoles, 6 de septiembre de 2023

Sobre las utopías...

 Cómo se fabrica el futuro


Retrato de Tomás Moro realizado por Hans Holbein.








¿Podemos volver a ser optimistas con la tecnología? Este domingo publiqué un artículo en Ideas en el que hablaba del optimismo crítico o pragmático, a medio entre la utopía y el catastrofismo.

Y en este boletín quería aprovechar para hablar de las utopías, y no solo de las tecnológicas, para dar un poco de contexto al artículo. La palabra viene del libro de Tomás Moro publicado en 1516, Utopía, que significa "ningún lugar" en griego y que era el nombre de una isla imaginaria en la que vivía una sociedad perfecta, o casi.

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Esta sociedad estaba planificada bajo ideas humanistas, liberales (para el siglo XVI) y cristianas, aunque sin imposición de la religión y sin excesos ascéticos. Incluso las mujeres podían ser sacerdotes... aunque solo las viudas. No se veía mal el placer, pero había que llegar virgen al matrimonio. A cambio, el divorcio estaba admitido en algunos casos. Como escribe Bertrand Russell en su Historia de la filosofía occidental, la vida en esta utopía, “como en muchas otras, sería intolerablemente aburrida. La diversidad es esencial a la felicidad y en Utopía difícilmente la hay. Este es un defecto de todos los sistemas políticos planeados, tanto los reales como los imaginarios”. Aunque, para ser justos, más que proponer una sociedad perfecta, Moro quería criticar la sociedad en la que vivía.

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Moro le puso nombre a las utopías, pero no era la primera propuesta de sociedad perfecta. Por ejemplo, Platón ya ideó un estado ideal, en su caso aristocrático: en contra de la democracia, pero también de la tiranía y de la oligarquía.

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En cuanto a su reverso, la distopía, fue una palabra acuñada por John Stuart Mill en una intervención parlamentaria de 1868. No era una crítica a Moro ni a Platón, sino a la política británica sobre las tierras irlandesas: “Lo que normalmente se llama utópico es algo demasiado bueno como para llevarse a la práctica, pero lo que ustedes proponen es algo demasiado malo como para llevarse a la práctica”.

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De distopías hemos aprendido bastante: la historia (sobre todo) del siglo XX y la ciencia ficción muestran cómo los intentos por llevar a cabo una sociedad perfecta, con planes en apariencia meticulosos y logiquísimos, acaban desembocando en una catástrofe inhumana y tiránica.



Los ideales no son el problema


En La sociedad abierta y sus enemigos, Karl Popper critica precisamente esta apariencia racional de las utopías, que las hace especialmente peligrosas. Para el filósofo, el problema no es que el objetivo de las utopías parezca irrealizable: hoy en día disfrutamos de muchas cosas que en su momento parecían inalcanzables. El problema viene de cómo estos planes proponen reconstruir por completo la sociedad. Esto suele traer consigo “consecuencias prácticas difíciles de calcular, dada nuestra experiencia limitada”. Es decir, lo temible de las utopías no es necesariamente el objetivo, sino el método, que implica muchos cambios a la vez con consecuencias impredecibles.


Además, hemos de tener en cuenta el hueco, a menudo insalvable, entre lo ideal y lo real. Como escribe Robert Nozick en La vida examinada, cuando fracasa una utopía (o incluso una propuesta política que en principio parece realista), sus partidarios se defienden diciendo que no se aplicó bien o que se aplicó “demasiado poco”. Para Nozick, eso es trampa porque omite que la diferencia entre lo que propone una teoría y cómo se acaba aplicando también es algo que hemos de tener en cuenta.


Por ejemplo, el ideal comunista de cooperación sin clases ni privilegios ha supuesto en la práctica totalitarismo y censura. “Esta no es toda la historia acerca de cómo opera en el mundo el ideal comunista, pero es parte de esa historia”. Y el capitalismo puede proponer un ideal de intercambio libre y voluntario, con países que cooperan gracias al comercio y con individuos que obtienen por su trabajo lo que los demás creen que merecen. Pero todo esto ha venido asociado en la práctica con la explotación de trabajadores y, en muchos casos, con el apoyo a regímenes dictatoriales. Por cierto, Nozick aprovecha incluso para apuntar una crítica a su libro más conocido, Anarquía, estado y utopía, en el que sentó las bases del liberalismo contemporáneo.




Sin prisa, pero sin pausa


Todo esto no significa que debamos renunciar a los ideales. Recordemos que Popper no tiene problemas con los objetivos, sino con los medios. El filósofo Francisco Martorell Campos escribe en Soñar de otro modo que las utopías han entregado “al progreso social cuantiosas ideas”. Apunta que a menudo se olvida “que la democracia fue en origen una utopía” y que “los avances sociales se consiguen únicamente mediante la protesta y la movilización ciudadanas, a veces tras décadas o siglos de insistencia”.

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Como vemos, la utopía amenaza con el desastre, pero si renunciamos a ella corremos el peligro de quedarnos estancados. En el artículo cito un posible terreno medio entre el conformismo y la amenaza de la distopía: la protopía, término acuñado por Kevin Kelly, cofundador de la revista de tecnología Wired. Estas protopías son proyectos de cambio gradual y continuado, en la línea de lo que defendía Popper: no nos inventamos sociedades perfectas de cero, sino que introducimos cambios paulatinamente, comprobamos sus resultados y, si es necesario, damos marcha atrás. Esto de dar marcha atrás es importante: a veces se nos olvida, pero no estamos obligados a aceptar todo lo que proponga el típico señor de Silicon Valley que se cree más inteligente de lo que es en realidad.

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En conclusión y respondiendo a la pregunta con la que empezaba el texto: sí, podemos ser optimistas, también con la tecnología. Pero este optimismo requiere de trabajo, de reflexión y de no hacer mucho caso a los emprendedores en busca de fondos.


viernes, 4 de agosto de 2023

Sobre la libertad...

 No eres libre y por eso estás leyendo este boletín


El universo, visto como una mesa de billar con billones de bolas y billones de tacos. Y algunos agujeros negros. 

La metáfora se me escapa de las manos / TARASOV VL / GETTY IMAGES





Buenas:

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¿Quién será el próximo presidente del Gobierno? Quizás podríamos saberlo si nos esforzáramos un poco: el pensador ilustrado Pierre-Simon Laplace imaginó un intelecto sobrehumano capaz de conocer todas las fuerzas de la naturaleza y de analizar todos los datos de todo lo que existe. En este caso, podría predecir el futuro porque conocería todas las causas y todos sus efectos, y además nos lo contaría para ahorrarnos estas semanas de sufrimiento. Tendría en cuenta incluso el efecto de habernos adelantado lo que va a ocurrir.

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Claro que esto igual solo vale para los objetos: un astrónomo puede calcular dónde estará Venus dentro de 700 años, pero es imposible adivinar qué van a hacer Feijóo o Sánchez dentro de dos minutos porque son personas libres y, por tanto, impredecibles. A lo mejor Feijóo se jubila y Sánchez abandona la política para dedicarse a su verdadera pasión: la cocina (estoy inventando).

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O quizás no: nacemos con unos genes que nos predisponen a una forma de pensar y de actuar, y nos hemos criado en un país con una cultura concreta, al cuidado de unos padres que, junto con la escuela, nos educaron de una forma determinada. Tampoco somos inmunes a la influencia de amigos, compañeros de trabajo, la publicidad o el contexto económico. Es decir, a la hora de la verdad no tenemos mucho margen para actuar. Como decía Spinoza, creemos que somos libres solo porque ignoramos las causas que determinan nuestras acciones. 


El debate entre el destino y el libre albedrío se remonta ya a Homero, que hablaba de cómo nos vemos “presos de fuerzas más allá de nuestro control”. Los estoicos aseguraban que nuestras acciones están marcadas por el destino y que hemos de aceptarlo. En la Edad Media y en la Edad Moderna también se debatía sobre el determinismo religioso: si Dios ya sabe lo que vamos a hacer, ¿podemos cambiar el futuro? ¿O Dios conoce todos los futuros posibles?

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En la actualidad, la idea del destino o de la predeterminación viene sustituida por lo que sabemos de nuestro cerebro, pero los temores son los mismos: que no tenemos más opción que hacer lo que hacemos. Al fin y al cabo, no estamos al margen de la naturaleza: no hay un alma detrás de nuestros actos e ideas, sino que estamos sujetos a una “red de causas”, lo que incluye una multitud de variables y de factores que interactúan y que causan nuestro comportamiento y nuestras acciones. El neurocientífico David Eagleman apuntaba en su libro Incógnito que “no podemos encontrar en el cerebro el hueco físico en el que deslizar el libre albedrío -el causador sin causa- porque parece que no hay ninguna parte de la maquinaria que no siga una relación causal con las otras partes”.



Sujetos a la naturaleza


En filosofía hay un debate entre deterministas y compatibilistas:

Los deterministas creen que todas nuestras acciones tienen una o varias causas, las conozcamos o no, y, por tanto, no somos libres. De lo contrario, nuestras acciones se deberían al azar… Y tampoco seríamos libres, porque no habríamos decidido esas acciones igual que no decidimos qué número va a salir cuando tiramos un dado.

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Esto no significa que seamos autómatas o zombis. Por ejemplo, en La nada nadea, el filósofo Jesús Zamora Bonilla explica que los humanos tomamos decisiones voluntarias, pero niega que “1) tales elecciones habrían podido ser distintas, exclusivamente por nuestra voluntad, de como han sido y 2) que haya algo en nuestro yo que podamos considerar como ‘la causa última y autónoma’ de que la decisión haya sido la que fue”.

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Al fin y al cabo. Si:

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  1. Todos los sucesos ocurren en función del estado de la naturaleza en el instante inmediatamente anterior.
  2. Un suceso “autodeterminado” es una imposibilidad física.
  3. Y nosotros y nuestro cerebro formamos parte de la naturaleza...

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Entonces no hay más remedio que admitir que las elecciones que tomamos son las únicas que resultan compatibles con las leyes de la naturaleza, dado el estado del universo en el instante previo a nuestra decisión.

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Nuestras decisiones son impredecibles, ya que desconocemos todas esas causas que además forman parte de sistemas caóticos y complejos. Pero que sean impredecibles no significa que sean libres o que no tengan ninguna causa.



Una libertad compatible con las leyes de la física


Los compatibilistas admiten que nuestras decisiones están influidas por muchos factores, pero aun así defienden que hay margen para el libre albedrío. Simon Blackburn escribe en The Big Questions que la libertad consiste en nuestra respuesta a razones y a hechos. Una persona no es una máquina, que responda de forma invariable a unos estímulos concretos. A nosotros nos mueven razonamientos, amenazas, recompensas… No tenemos la soberanía “de un espíritu sin causa”, pero sí la autonomía de un sistema neurológico y anatómico que trabaja en respuesta a razones.

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También habría que distinguir entre causas condicionantes y causas determinantes, según escribe Daniel Dennett en Bombas de intuición. Todo tiene una causa, pero hay causas que no son inevitables. No somos autómatas programados para actuar de una forma determinada, sino que podemos reflexionar sobre nuestras acciones y sus consecuencias, y además comunicarlas a los demás. Podemos vetar nuestros impulsos e incluso vetar nuestros vetos.

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Según esta perspectiva, yo estoy predispuesto a que me gusten las camisas azules y a ponerme una en cuanto tengo la oportunidad. Llegado a las condiciones que se daban esta mañana, con camisas azules limpias en mi armario, era muy probable que acabara poniéndome una. Pero podría haberme decidido por una verde. O por una camiseta gris. Tenemos margen de maniobra, por escaso que sea (jamás habría salido de casa con una camiseta de tirantes).



¿Y qué hacemos con los delincuentes?


¿Pero qué culpa tenía el pobre Hannibal Lecter de ser como era?


Supongamos que el determinismo está en lo cierto y que el resultado de la investidura dependerá de un mecanismo de causas y efectos que ya está en marcha. ¿Esta excusa podría valerle a un delincuente? Alguien que, por ejemplo, asesina a periodistas que escriben boletines muy largos podría decir lo mismo, que él es así y que sería injusto castigarle, incluso aunque no tuviéramos más remedio que meterlo en la cárcel para que no asesinara a más periodistas.

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De hecho, el sistema legal se basa en que somos seres racionales y libres. No solo se nos castiga por haber incumplido una ley, sino por haberlo hecho intencionadamente o, como en el caso de un conductor borracho que causa un accidente sin querer, por no haber puesto los medios suficientes para evitar lo ocurrido.

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Esto tiene consecuencias reales. Por ejemplo, hace unos años, una estadounidense fue tratada con benevolencia por el juez porque un tumor cerebral la había llevado a robar ropa por valor de 2.500 dólares. Salió del juicio con una multa y libertad condicional.

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Pero incluso si el libre albedrío no existe, tampoco tenemos dispensa para cometer delitos (o ser maleducados, o saltarnos un semáforo en rojo). Zamora Bonilla recuerda que “el criterio que suele utilizarse para atribuir a alguien la culpabilidad no es tanto el de si lo que hizo fue inevitable, sino solo el de si su acción fue voluntaria o involuntaria”. Y nuestras acciones quizás están determinadas, pero no por eso dejan de ser voluntarias.

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Además, cuando decidimos castigar algunas acciones, lo que hacemos es añadir otras consecuencias “al enorme conjunto de consecuencias” que tiene cada uno de nuestros actos. El posible resultado de una pena de cárcel puede ser una causa más que me motive a no robar un banco. Mi decisión seguirá sin ser libre, pero habrá entrado en juego otra motivación.



Entonces, ¿qué camisa me pongo?


De momento, no hay respuesta definitiva al problema de la libertad y es probable que nunca la haya, porque no es fácil saber, por ejemplo, si en exactamente las mismas circunstancias, yo me habría puesto la misma camisa o habría podido escoger otra.

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En todo caso, no olvidemos la advertencia de Dennett: le echamos la culpa de todo lo malo que hacemos a la biología o a cómo nos criaron, pero no tenemos inconvenientes en ponernos todas las medallas cuando algo nos sale bien. Nadie ha rechazado un Nobel porque no tiene ningún mérito: "¡No tenía más remedio que escribir esos libros! ¡Soy una marioneta del destino!".

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Además y como escribe también Eagleman, “la explicación no supone la exculpación”. “Yo soy así” puede explicar por qué alguien llega tarde o suelta inconveniencias, pero no es una disculpa ni una excusa.