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miércoles, 13 de septiembre de 2023

Sobre el creciente recelo de la derecha ante la ciencia...

Negar las alarmas, dudar de los datos y los expertos: por qué la derecha recela de la ciencia

Los más conservadores desconfían de los científicos porque perciben que su identidad está en riesgo, influidos por las élites populistas y tras décadas de desinformación


Tres mujeres sostienen diferentes pancartas durante una manifestación negacionista, el 11 de diciembre de 2021 en Madrid.
CARLOS LUJÁN (EUROPA PRESS)


La derecha más radical tiene problemas con la ciencia. Es algo que innumerables estudios habían observado, pero desde la pandemia el problema se ha agravado porque gana importancia y se extiende socialmente. Y esa tensión asoma a menudo en el discurso político, en episodios como el que se vivió en torno a la dana en Madrid y la probabilidad de que sufriera un diluvio histórico. Las críticas contra la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet) y las alarmas de las autoridades, por parte de políticos y periodistas de derechas, llegaron mucho antes de que se cerrara el plazo de alerta roja. Algunos ciudadanos se lanzaron a la calle con el único ánimo de mostrar en redes sociales cómo desafiaban las peticiones de prudencia de las autoridades. Finalmente, al margen de alardes y controversias, murieron ocho personas.


Esta negación amenaza no solo la convivencia y la toma de decisiones informadas; también pone en peligro la vida misma de los ciudadanos de derechas, como demuestra lo sucedido en Estados Unidos en torno a la vacunación contra la covid. Un estudio publicado este verano por la Universidad de Yale muestra que, desde que las vacunas están disponibles, los votantes republicanos están muriendo a un ritmo muchísimo más alto que los demócratas.


El trabajo, publicado por la Asociación Médica de EE UU, analizó más de medio millón de muertes (en Ohio y Florida) y las cotejó con el censo de votantes registrados. El resultado de su análisis es demoledor: el exceso de mortalidad entre los votantes republicanos “fue un 43% más alto” que el de los demócratas. “La brecha fue mayor en los condados con tasas de vacunación más bajas”, concluye. Los votantes conservadores dudan de las vacunas y mueren, alentados por el populismo anticientífico.


El fenómeno es muy complejo y no para de crecer. En EE UU, la confianza en los científicos se desplomó en apenas un par de años en el flanco derechista de la ciudadanía: entre 2019 y 2021, mientras se mantenía por encima del 90% entre los demócratas, el procentaje de republicanos que se fían de investigadores médicos pasó de un 88% a solo un 66%. La desconfianza conservadora en los científicos en general ha crecido en ese periodo del 14% al 36%.


En España también se observa ya cómo esa parte de la sociedad se desengancha de lo científico. La socióloga Celia Díaz Catalán estudia la percepción que tienen los españoles de la ciencia y “en general, la confianza es alta, pero hay una mayor desconfianza en la ideología extrema de derechas”. El 40% de los ciudadanos más de derechas creen que muchas teorías científicas están completamente equivocadas, frente al 22,8% de la media general de todos los españoles; y un 54% de los derechistas opina que la gente confía en los científicos mucho más de lo que debería, el doble que la media. Estos datos son novedosos, pero hay una marea que venía de antes, según los datos de Díaz: “Ya se veían muchas más reticencias a considerar positivos los resultados de la ciencia. En general, la gente de la derecha desconfía más de este tipo de instituciones”.


En sus trabajos para la Fundación Española para la Ciencia y la Tecnología, Díaz también ha descrito que las posiciones más a la derecha de la escala ideológica presentan una menor capacidad de discernir entre la información verdadera y falsa. Y también mayor tendencia a difundir las falsas. En EE UU también se ha observado, según un trabajo que concluyó en 2021 que “esto se explica en parte por el hecho de que las falsedades más compartidas tienden a promover posiciones conservadoras”. Un estudio monumental realizado con la ayuda de Facebook acaba de mostrar que el 97% de las fake news de esa red las consumen usuarios de derechas.



“Los científicos exageran”


Díaz cree que en el episodio de la dana fue “llamativo” por las mareas de fondo que mostró: “Se vio que hay un caldo de cultivo que se está fraguando, se está generando esa representación social de la exageración científica, de que le falta consistencia. No se habló de las medidas políticas para mitigar los efectos, sino directamente si el pronóstico era falso, si la ciencia se equivoca”. Y añade: “Es peligroso, porque si se señala a toda la investigación científica, sirve para negar otras cosas más adelante”. Al tachar de exagerada o falsa la ciencia hoy y aquí, se abre la puerta a tomar ese atajo más veces, siempre en función de lo que convenga a nuestros intereses, ideología o identidad.


La investigadora Kathleen Hall Jamieson, experta en comunicación y cofundadora de FactCheck.org, lo resume de este modo: “Cuando la ciencia dice que necesitamos reducir las emisiones de carbono, algunos conservadores escuchan: los científicos quieren hundir la economía. Cuando los científicos dicen que el uso de mascarillas y la vacunación frenarán la propagación de la covid, algunos conservadores escuchan: los científicos quieren socavar mi derecho a decidir qué es lo mejor para mí y mi familia, y están tratando de aumentar el poder del gobierno para dirigir mi vida”.


Por eso, la experta en comunicación de riesgos Maricarmen Climént reconoce que en su campo el factor ideológico ha de tenerse muy en cuenta: “No todos están en el mismo contexto para aceptar la información. Está muy vinculado a lo que las personas sienten. La ideología es un problema, es un elemento más a considerar, porque la gente tiene sesgos e ideas preconcebidas”. Cuando el Gobierno alerta sobre los efectos nocivos de la carne roja o los dulces, hay quien ve amenazada su identidad, su forma de vida, y responde defendiéndolo con más fuerza y dudando de los estudios científicos: posando en redes con chocolatinas y chuletones.


Muchos especialistas explican que el rechazo de la derecha surge de esas disonancias cognitivas, el choque entre lo que dice la ciencia y determinados valores o visiones de cómo debe ser el mundo: “Si tenemos que renunciar a usar el coche para cada cosa, puede ser doloroso para mucha gente”, explica Díaz. De ahí que, por ejemplo, se minimice la importancia de la emergencia climática: “En España prácticamente no hay negacionistas, lo que sí ha cambiado en estos últimos años es la idea de la verdadera gravedad de los efectos del cambio climático, fundamentalmente en la derecha”. Después del éxito del Brexit, hoy Nigel Farage batalla contra las zonas libres de coches acompañado de carteles que rezan: “Parad la mentira del aire tóxico”.


Otro atajo mental de lo más sencillo y universal es pensar lo mismo que dicen personas de las que me fío ante problemas o situaciones complicados, o que escapan a nuestro entendimiento: por ejemplo, opinar como los políticos a los que voto. Este es uno de los argumentos más extendidos para explicar el recelo de las personas conservadoras hacia los científicos: que los azuzan las élites políticas.



Trump abucheado por los suyos


Pero hay argumentos en contra: “El problema es complejo”, resume Jamieson por email. “Las vacunas contra la covid fueron creadas bajo la administración Trump y lo abuchearon cuando supieron que estaba a favor de la vacunación”. En agosto de 2021, Donald Trump fue abroncado por sus propios seguidores en un mitín en Alabama tras reconocer: “Creo totalmente en vuestras libertades, pero recomiendo que os vacunéis. Yo lo hice, es bueno, vacunaos”. Santiago Abascal, el líder del ultraderechista Vox, no quiso revelar si se había vacunado contra la covid y, hoy, la nueva portavoz parlamentaria de su grupo es una negacionista de la pandemia.


Estudiosos del fenómeno tienen claro que hay una palanca que accionó definitivamente determinadas actitudes: la desinformación propagada deliberadamente por los poderes económicos, interesados en socavar la credibilidad de la ciencia. Por cada estudio que advertía del calentamiento, pagaban otro manipulado para ponerlo en cuestión. Por cada médico que criticaba el tabaco, pagaban otro para rebatirlo. Son los mercaderes de la duda, como los bautizaron Naomi Oreskes y Erik Conway. Así se ha ido sembrando la percepción de que la ciencia es endeble, inconsistente, interesada y opinable. Los estudios serían solo el pretexto que usan los gobiernos para intervenir en nuestras vidas, justo lo que venden determinadas industrias. Y sus intereses influyen abrumadoramente en los conservadores proempresariales del Partido Republicano.


Es lo que opina Oreskes, que acaba de publicar un estudio en la revista Science, que demostraba que Exxon y otras petroleras sabían la catástrofe que estaban desatando. En un artículo reciente, Oreskes y Conway escriben: “La desconfianza conservadora contemporánea hacia la ciencia no tiene que ver realmente con la ciencia. Es un daño colateral, un efecto colateral de la desconfianza en el gobierno. Por lo tanto, para reconstruir la confianza en la ciencia, no podemos simplemente defender la ciencia como proyecto o demostrar la integridad de los científicos. Debemos abordar, y contrarrestar, las narrativas conservadoras predominantes de que el gobierno frena la prosperidad y amenaza las libertades de la gente, cuando en realidad está trabajando para sostener y distribuir equitativamente la prosperidad y proteger a su pueblo de amenazas graves como el cambio climático”.



Peligro para la convivencia


Es algo parecido a lo que sucedió recientemente durante la dana, y antes durante la pandemia. La derecha discutía la ciencia de los contagios en la hostelería para cargar contra los gobiernos que imponían restricciones y así proteger esos intereses económicos. Se discute la probabilidad (70%) estimada de chaparrón “porque eso tiene consecuencias sociales y económicas”, como escribió el presidente andaluz, Juan Manuel Moreno, contra las restricciones, reclamando “rigor”, antes incluso de que cayera la peor parte de lluvia.


“Se está jugando a combatir a los científicos, incluso a las instituciones. Esta vez [con la dana] se ha ido directamente contra la Aemet. Hay que tener mucho cuidado, porque se está generando una desconfianza en las instituciones. Esto es realmente peligroso para la convivencia en sociedad”, alerta Celia Díaz Catalán. Santiago Abascal reclamó que la alerta que saltó en los móviles en Madrid para proteger a la población sea solo para quienes quieran recibirla, “pero que no se instalen por defecto” porque se debe respetar a quien no la quiera.


¿Pero hay algo más? La influencia de las élites populistas, el capitalismo, décadas de desinformación, las disonancias cognitivas y la identidad en riesgo pueden ser factores que expliquen el rechazo. Sin embargo, hay investigadores que han apuntado recientemente hacia mecanismos subyacentes. Stephan Lewandowski, uno de los mayores expertos en la psicología de la percepción de la ciencia, ha publicado varios artículos en los que postula que el recelo hacia la investigación es algo intrínseco a la mente conservadora y no está dictada por el pragmatismo político.


A su juicio, y según señalan sus estudios, la cosmovisión derechista choca con el propio sistema científico, por el trabajo desinteresado, la universalidad del conocimiento y los resultados propiedad común de toda la comunidad científica: “Los conservadores tienen menos probabilidades de respaldar las normas de la ciencia y, por lo tanto, tienden desconfiar más de los resultados científicos en general”.


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Jefe de sección de Ciencia, Tecnología y Salud y Bienestar. Cofundador de MATERIA, sección de ciencia de EL PAÍS, ejerce como periodista desde 2006. Antes, trabajó en Informativos Telecinco y el diario Público. En 2021 recibió el Premio Ortega y Gasset.



sábado, 1 de abril de 2023

Eliza, Terminator y el peligro encubierto de ChatGPT

El tecnocapitalismo más voraz concentra hoy todo el poder de la inteligencia artificial, mientras se distrae a la opinión pública con una fantasiosa distopía en forma de máquinas que someten a la humanidad


Ilustración promocional de 'Terminator'.... CORDON


Era 1966 cuando Joseph Weizenbaum, pionero de la inteligencia artificial en el MIT, descubrió que tenía algo incómodo entre manos. Había desarrollado uno de los primeros chatbots, una computadora capaz de fingir una conversación humana con razonable éxito. Se llamaba Eliza, y se convertiría en un hito para esa tecnología incipiente. Pero también en un punto de inflexión para su inventor, después de observar el efecto que ejercía sobre las personas. Weizenbaum quedó horrorizado tras dejar que su secretaria usara Eliza: al cabo de un rato, le pidió que saliera de la habitación para tener intimidad en su conversación con la máquina. La anécdota sirve para leer con perspectiva el fenómeno actual del ChatGPT.


Eliza, en su versión Doctor, había sido creada como una parodia de las respuestas de los psicoterapeutas que devolvían en forma de preguntas las afirmaciones de los usuarios. La intención era “demostrar que la comunicación entre una persona y una máquina era superficial”, pero al ver que su secretaria y muchas más personas se abrían por completo al dialogar con Eliza, Weizenbaum descubrió una verdad muy distinta. “No me había dado cuenta de que incluso cortísimas exposiciones a programas relativamente simples podrían inducir poderosos pensamientos ilusorios en gente normal”, escribió posteriormente.


El programa de Weizenbaum era muy básico, lejos de la sofisticación de las actuales inteligencias conversacionales que acaparan titulares y llenan las redes con ejemplos espectaculares. Pero el efecto que provocan es el mismo que Eliza, como demostró el ingeniero de Google convencido de que LaMDA, otra de estas máquinas, tenía la conciencia de un niño de siete años. Seguimos proyectando capacidades humanas en las máquinas porque nosotros, los humanos, también estamos programados para charlar. Como explica el neurocientífico Mariano Sigman, lo que nos define como especie es que somos animales conversacionales: nos definimos, moldeamos y realizamos a través de las palabras que compartimos con otros. Dialogar está en nuestro ADN y el cerebro resuelve esa disonancia cognitiva aceptando que ese programa, aunque sepamos que es una caja negra de silicio, es un ser que quiere comunicarse con nosotros.


Después de Eliza llegaría Parry, que simulaba ser un esquizofrénico, y más tarde Alice o Siri, o las más recientes y conocidas para el público español, como Irene de Renfe y Bea en Bankia (asistentes virtuales desarrolladas en España). En lo peor de la crisis de reputación del banco, con la investigación a Rodrigo Rato por sus presuntos delitos, fue Bea la que mantuvo en pie la página web de la entidad con su capacidad para darle palique a quienes entraban en tromba para saturar sus sistemas y tumbar el portal. La gente no podía resistirse a volcar su indignación con insultos personificadores hacia ella.


Weizenbaum no entendía que la gente tomara a Eliza como el primer paso hacia una máquina que pudiera simular la inteligencia humana. Pensaba que era una fantasía peligrosa y que era “monstruosamente erróneo” entenderlo como algo más que un simple programa que ejecutaba una función. Weizenbaum abandonó Eliza y se convirtió en un crítico de la idea de que las máquinas podían ser inteligentes, porque inocular ese marco mental en la sociedad sería “un veneno de efecto retardado”.


Las palabras de este pionero resuenan ahora en objeciones como la que hace Emily Bender, que insiste en repetir que ChatGPT no tienen nada de mágico, sino que tan solo se trata de un loro. Un loro sofisticadísimo y con muchas lecturas (”estocástico”, matiza ella), pero un loro. Esta lingüista computacional es una de las mayores críticas de los impulsores de estos programas que ya lo inundan todo. Herramientas que serán muy útiles y que revolucionarán muchas actividades, sin lugar a dudas, pero que adolecen de regulación y transparencia. Bender reclama que las compañías que impulsan estos chats dejen de hablar en primera persona, como si fueran un ser consciente: “Deben dejar de hacerla parecer humana. No debería estar hablando en primera persona: no es una persona, es una pantalla”. “Quieren crear algo que parezca más mágico de lo que es, pero en realidad es la máquina creando la ilusión de ser humana”, denuncia Bender. “Si alguien está en el negocio de vender tecnología, cuanto más mágica parezca, más fácil será venderla”, zanja. Es un truco comercial al que no podemos resistirnos. Como Geppetto, queremos que el niño de madera sea un niño de verdad.


Liberando a Skynet

Ahora, las grandes tecnológicas están liberando por todos sus servicios programas inteligentes en los que llevaban años trabajando, pero que no se habían atrevido a diseminar entre los usuarios hasta que llegó la moda, el hype, de ChatGPT. Por ejemplo, Google va a incluirla en su herramienta para empresas, Workspace, y Microsoft dentro de Office. Eso ha generado una explosión de interés y también críticas interesantes (e interesadas), como la carta abierta que firmaban el miércoles un millar de especialistas en la que pedían una moratoria de seis meses en el desarrollo de chatbots. “Los laboratorios de IA han entrado en una carrera sin control”, denuncian, “para desarrollar e implementar mentes digitales cada vez más poderosas que nadie, ni siquiera sus creadores, pueden entender, predecir o controlar de forma fiable”. La carta la firma Elon Musk, que impulsó en su origen OpenAI —la empresa que ha creado ChatGPT— y que, tras intentar controlarla, ahora trata de zancadillear.


¿Cuál es el problema? Que los riesgos que describen Musk y los demás firmantes son futuristas y de ciencia-ficción, no los reales y acuciantes. Hablan del peligro de crear “mentes no humanas que eventualmente podrían superarnos en número, ser más astutas, obsoletas y reemplazarnos” y de que podríamos “perder el control de nuestra civilización”. Eso no va a pasar ni hoy ni mañana: no estamos en un momento en el que Skynet, la malvada inteligencia, vaya a liberar un Terminator como en la famosa película. La mayor amenaza que tenemos hoy con la inteligencia artificial es que sus capacidades están concentrando más poder, riqueza y recursos en un pequeño puñado de empresas: Google, Microsoft, Facebook, Amazon, etcétera. Precisamente, las mismas compañías que están acaparando todos los desarrollos y la investigación en ese campo, esquilmando las universidades, y dirigiendo todos los avances hacia sus intereses comerciales, como denunciaba un estudio reciente en Science. Por ejemplo: el primer firmante de esa carta, junto a Musk, es Yoshua Bengio, padre de la inteligencia artificial desde la Universidad de Montreal, que vendió su empresa de aprendizaje profundo a Microsoft y pasó a convertirse en asesor de la compañía. Ahora, Microsoft ha invertido 10.000 millones de dólares en OpenAI, para después integrar el chatbot en su buscador. Las empresas más poderosas del planeta fagocitan hoy todo un campo esencial de investigación, mientras la carta alerta de una futurible distopía en forma de Terminator.


Sin embargo, la gente desconfía. Un estudio reciente preguntó a más de 5.000 españoles por su percepción de la inteligencia artificial y dio con un resultado llamativo: el temor a esos desarrollos surge del recelo hacia los intereses económicos de quienes los promueven. Para entendernos: no se teme a Terminator, sino a Cyberdyne Systems, la empresa que en esa ficción gestaba el programa Skynet sin reparar en las consecuencias de abrir esa caja de Pandora.


Weizenbaum desarrolló Eliza con un objetivo, pero al entrar en contacto con los humanos se convirtió en una cosa distinta. Sus intenciones daban igual, porque las personas lo percibían de otro modo. Originalmente, el lema de Facebook era “muévete rápido y rompe cosas”. Cuando Mark Zuckerberg liberó Facebook entre los jóvenes universitarios, ¿para qué servía? Para recordarte el cumple de tu amigo del cole, dejarte ligotear con gente de tu entorno y permitirte compartir pensamientos con el mundo. ¿Cuál fue la capacidad emergente? Colaborar en genocidios, como ha quedado confirmado en varios puntos del planeta. ¿Por qué ocurrió algo así? Por la codicia de sus dueños, que ya conocían el impacto en la humanidad, pero también sabían que echarle el freno perjudicaba su cuenta de resultados.


Y ahora, ¿por qué no paramos de hablar de estos programas inteligentes, que llevaban desarrollando de forma opaca durante años? Porque todas estas compañías tienen prisa por hacer dinero en la nueva “carrera sin control” de los servicios de internet. Llegados a este punto, da igual lo que haga la máquina o cómo lo haga, si es un loro estocástico o listísimo. Lo que importa es quién lo impulsa, por qué y lo que ese loro nos hace a nosotros, al margen de las intenciones originales, como pasaba con Eliza. Y ahí deberíamos poner el foco con políticas que regulen los avances, exijan transparencia y limiten la concentración de ese nuevo poder.


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Jefe de sección de Ciencia, Tecnología y Salud y Bienestar. Cofundador de MATERIA, sección de ciencia de EL PAÍS, ejerce como periodista desde 2006. Antes, trabajó en Informativos Telecinco y el diario Público. En 2021 recibió el Premio Ortega y Gasset.