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domingo, 6 de noviembre de 2022

Los humanos del futuro serán naturalmente artificiales

 

Los humanos del futuro serán naturalmente artificiales

El pensamiento que puso al hombre como medida de todas las cosas ya no sirve para explicar el mundo. Nos encontramos en la era del posthumanismo. Desde el arte, el cine y los libros, se buscan alternativas para hibridar masculino y femenino, persona y animal, biología y tecnología




Navegamos en una época en la que un periódico puede leerse como un inventario de calamidades. Desde las profundidades de la era del Antropoceno se escuchan los estertores del capitalismo. Los recursos se agotan, se extinguen las especies, proliferan los virus, los desastres supuestamente naturales se solapan con las crisis económicas y políticas, la tecnología nos vigila, estallan las guerras. De todas las esquinas de un mundo global, desde diferentes disciplinas, activistas, filósofos y artistas buscan alternativas inadvertidas hasta ahora en los espacios liminares. Los postulados del humanismo ilustrado, ese que puso al hombre y su razón como medida de todas las cosas —y que con hombre se refería, al pie de la letra, al varón, amén de blanco, heterosexual y occidental—, llevan décadas siendo refutados por un método de pensamiento cruzado (la famosa interseccionalidad): una mirada feminista, queer y trans, antirracista, anticolonialista. Las taxonomías binarias desde las que (nos) hemos explicado la realidad, la oposición entre femenino y masculino, persona y animal, biología y tecnología, se desmoronan. Se buscan nuevas definiciones para la vida, lo natural, lo humano. Todo esto lo cuentan los libros, lo enseñan las películas. Y, quizá por encima de todo, lo demuestran las obras de arte.

El posthumanismo hunde sus raíces en Nietzsche y su rastro se extiende hasta pensadores como Jacques Derrida y Donna Haraway, autora del Manifiesto Cíborg (1985), un alegato por la hibridez. Tal como lo plantea una de sus principales teóricas en la actualidad, la profesora italoaustraliana Rosi Braidotti, se sustenta en la convicción de que la aparente dicotomía naturaleza-cultura es en realidad un continuo. La autora acaba de publicar Feminismo posthumano, la última entrega de una trilogía conformada por Lo posthumano (2015) y El conocimiento posthumano (2020), todos en Gedisa, donde argumenta que el feminismo, en particular vertientes como la indígena, debe considerarse precursor y contenedor de los principios posthumanistas. Más que sentar dogmas, sus ensayos constituyen un catálogo de propuestas comunes. También ofrecen un listado de ejemplos a través del arte y la cultura, desde el (mal) referente de las innumerables películas de desastres y robots asesinos (“que solo consiguen hacer dinero y deprimir a la gente”) al papel simbólico de una estrella como Lady Gaga, emblema de un feminismo emanado del materialismo pop que desafía “las normas de género y sus cánones del decoro”. Para Braidotti, que lleva “15 años viendo emerger la cuestión de lo posthumano en la cultura y los medios”, la actividad cultural representa “la vanguardia de lo que la gente hace en la vida real”. De ahí que resulte un elemento crucial para ilustrar su pensamiento. “Pero mi decisión de mirar al arte y la cultura, al mundo real, me mantiene en lucha con la pureza de la disciplina, que considero muy patriarcal, autoritaria y masculina”, asegura.

En la avanzadilla de esa avanzadilla, las artes visuales suelen marchar un paso o dos por delante. Prospectan el terreno, brujulean y, en ocasiones, dan con un camino. Para muestra, la de la Bienal de Venecia de este año, titulada The Milk of Dreams y comisariada por Cecilia Alemani, donde las artistas participantes —la práctica totalidad son mujeres y disidentes de género— despliegan una panoplia de creaciones articuladas en torno a tres pilares temáticos construidos, justamente, sobre las teorías de Braidotti: el sentido del cuerpo y su capacidad de transformación; las relaciones con la tecnología y la conexión con la naturaleza. “Cuando empecé a hacer visitas a estudios de artistas, vi que muchos abordaban la noción de lo humano”, comenta la comisaria sobre el germen del proyecto, abierto hasta el 27 de noviembre, y que cuenta con un antecedente en la Bienal de 1992, titulada, precisamente, Post-human. “Pero la verdadera revelación llegó con la pandemia, cuando quedó patente que estas teorías se están haciendo realidad, que verdaderamente necesitamos imaginar otras jerarquías”.

La artista Lynn Hershman Leeson lleva décadas experimentando con el cíborg, ese ser nacido del matrimonio del humano y la máquina. Sus filmes, que hablan de mujeres ciegas que consiguen percibir imágenes por medio de un ordenador y de individuos que se transforman en sus propios datos (Seduction of a Cyborg; Logic Paralyzes the Heart), conviven en The Milk of Dreams con obras como To See the Earth before the End of the World, instalación donde Precious Okoyomon representa la invasión colonialista de la naturaleza a través de figuras esculpidas en plantas; y la videoinstalación The Severed Tail, de Marianna Simnett, protagonizada por criaturas con rasgos animales y humanos que recuerdan a las quimeras de La isla del doctor Moreau. Entre las muchas irradiaciones del posthumanismo, si hay una idea que se impone sobre las otras entre los artistas de la Bienal, apunta Alemani, es la de que “nuestra concepción del cuerpo humano se desmorona”. Y si hay un pensador paradigmático en ese campo, ese es Paul B. Preciado. En Dysphoria mundi (Anagrama, 2022), argumenta que, para él, la condición transgénero no tiene que ver con la disforia —considerada un trastorno psiquiátrico—, sino con una forma de disidencia contra el sistema “petrosexorracial”. “No somos simples testigos de lo que ocurre. Somos los cuerpos a través de los que la mutación llega para quedarse”, declara en el ensayo. “La pregunta ya no es quiénes somos, sino en qué vamos a convertirnos”. Cuando Wynnie Mynerva, artista de género no binario y sensación del último Arco, se cosió la vagina para “ganar libertad” y mostró la operación en un vídeo, estaba canalizando esas ideas por medio del arte.


Habitando el mismo planeta, existen especies con las que posiblemente compartamos más de lo que pensábamos. La excepcionalidad humana está siendo revisada y puesta en cuestión desde el punto de vista animal, un reino donde ya no somos soberanos. Las implicaciones, de la alimentación a los afectos, de la ciencia a la ecología, se ramifican. De ello trata el ensayo Humanimales (Galaxia Gutenberg, 2022), en el que Marta Segarra se vale de la ficción (cada capítulo comienza con una breve historia) y de las referencias artísticas para ilustrar sus tesis. “Una cosa que planteo es que las definiciones varían con el tiempo, y eso también puede aplicarse a lo que entendemos por arte y cultura”, dice la investigadora. No solo se refiere a que algunas especies podrían ser capaces de crear estéticamente, sino también a la fluidez de lo que comprendemos como tal. Cultura puede ser tanto el vídeo de una canción pop como Perra (2022), donde Rigoberta Bandini canta que le gustaría convertirse en una, como los libros de una premio Nobel como Olga Tokarczuk. Títulos como Sobre los huesos de los muertos (Siruela, 2009; que cuenta con una adaptación fílmica, Spoor, de 2017) representan la visión posthumanista de la unidad de todos los seres encarnada en el pensamiento de Bruno Latour.


Quizá, la cuestión que ha provocado una mayor fascinación en el imaginario colectivo sea la de la comunión de la carne con la máquina. No se trata de un propósito novedoso —ponerse gafas implica mejorar el cuerpo con la tecnología—, sino expandido. Aquí entra en juego el transhumanismo, una corriente engendrada en Oxford por teóricos como Nick Bostrom que, aunque en ciertos apartados se toca con el posthumanismo, en otros se repelen. “En ambos casos hablamos de modificar la figura tradicional del ser humano”, abunda el filósofo Fernando Broncano, autor de La melancolía del cíborg (Herder, 2009), “pero el transhumanismo es una forma de trascender hacia arriba, para alcanzar un estado superhumano, mientras que el posthumanismo crítico es una forma de trascender hacia abajo, dejando atrás la visión antropocéntrica”. Frente a las promesas tecnocapitalistas y cuasirreligiosas de una vida eterna con la mente descargada en la nube, se trata de reformular nuestro posicionamiento en relación con aquello que nos rodea. Y no solo hablamos de las posibilidades de la tecnología (el smartphone, escribe Paul B. Preciado, ya ha creado “una nueva forma de existencia cíborg”), sino de la ciencia en su sentido más amplio: inteligencia artificial, ingeniería genética, reproducción asistida…


Todo un linaje de artistas ha ido sacando estas ideas a la superficie de lo sensible. Desde clásicos como Stelarc, el performer de la modificación corporal que advirtió de que el cuerpo se nos queda obsoleto, a directores como Julia Ducournau y su alucinante Titane (2021), una fábula oscura y ventral que explora la potencialidad de la confluencia entre géneros y entre las personas y las máquinas inspirada en parte en otro maestro del cine posthumano, David Cronenberg. En narrativa, Dave Eggers ofrece en El círculo (Random House, 2014) y El todo (Random House, 2022) una crítica demoledora a la dependencia de la tecnología y la vulnerabilidad que esta genera. Aunque, quizá, nadie como el Don DeLillo de Punto omega y Cero K haya sabido capturar y cuestionar el proceso de posthumanización. Su última novela, El silencio (Seix Barral), salió en 2020 pero está ambientada en este 2022. Más que una novela, es un signo de puntos suspensivos: ¿qué ocurriría si la tecnología desapareciera de un día para otro? ¿Seríamos capaces siquiera de comunicarnos?



Redactora en BABELIA, especializada en temas culturales. Antes de llegar al suplemento pasó por la sección de Cultura y El País Semanal. Previamente trabajó en InfoLibre. Estudió Historia del Arte y Traducción e Interpretación en la Universidad de Salamanca y tiene dos másteres: uno en Mercado del Arte y el otro en Periodismo (UAM/EL PAÍS).


sábado, 8 de febrero de 2020

Política y transhumanismo

El transhumanismo es un movimiento que cree que podemos y debemos utilizar la tecnología para controlar la evolución humana. Con mayor o menor toque místico, sus defensores ven el cuerpo como un mecanismo débil y traicionero en el que estamos atrapados: huele, se pudre, falla. La superación del homo sapiens viene en forma de avances que lo “aumenten”. Algunos, como los implantes, tienen recorrido; otros son excentricidades sin base científica. En medio del desierto de Arizona hay 117 cadáveres conservados en nitrógeno, de gente que pagó 200.000 dólares a una empresa de criopreservación para que los resuciten cuando supuestamente la tecnología lo permita. Los necrócratas, como los llama el periodista Mark O’Connell en Cómo ser una máquina (Capitán Swing), no son solo un puñado de excéntricos que crecieron fascinados por la carrera espacial —no es casualidad que la mayoría provengan de EE UU y Rusia— y devorando novelas de Asimov. Tienen dinero e influencia suficiente para sostener una industria y orientar los debates bioéticos o sobre el uso de la inteligencia artificial. Si analizamos las inversiones de los magnates de Palo Alto, cada vez van a más fondos para ampliar el potencial humano y frenar el envejecimiento. El problema no es la tecnología, insisten los transhumanistas, sino su posible mal uso. En eso tienen razón. Ray Kurzweil, director de Ingeniería en Google, hace 40 años desarrolló la primera máquina lectora de documentos impresos para ciegos cuando no existían los escáneres ni los sintetizadores de voz.

 Los seguidores del transhumanismo militan en todo el espectro político. El mismo Istvan se presentó con el Partido Libertario a gobernador de California, está a favor del aborto, los derechos LGTBI y la renta básica universal. Al mismo tiempo, quiere apretarle las clavijas a China y alerta de que las grandes tecnológicas están volviéndose demasiado de izquierdas. El transhumanismo es hoy un cajón de sastre que ordenar cuanto antes, consensuando conceptos básicos como qué es ser persona y qué es ser una máquina, quién tributa, cómo se regulan los avances sin frenarlos, a servicio de qué debe estar la medicina. De lo contrario, EE UU podría caminar hacia una sociedad de ricos biónicos frente a pobres que mueren de enfermedades curables. 
@anafuentesf
https://elpais.com/elpais/2020/02/07/opinion/1581095386_298702.html




sábado, 23 de septiembre de 2017

¿Vamos a vivir 140 años?



La investigación científica sobre envejecimiento vive un momento boyante. Hay avances, fluye el dinero, seduce a los gigantes de Silicon Valley. Detrás hay una gran perspectiva de negocio. E incluso un sector que empieza a hablar de inmortalidad.

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(...) 
la iglesia de la Vida Perpetua en Florida. 
El primer templo transhumanista.

 Este movimiento se ha convertido en el abanderado de la búsqueda de la inmortalidad. “Los transhumanistas militan, con el apoyo de medios científicos y materiales considerables, a favor de las nuevas tecnologías y del uso intensivo de células madre, la clonación reproductiva, la hibridación hombre/máquina, la ingeniería genética y las manipulaciones germinales, las que podrían modificar nuestra especie de forma irreversible, todo ello con el fin de mejorar la especie humana”. La definición pertenece al ensayo La revolución transhumanista (Alianza, 2016), del filósofo Luc Ferry, exministro de Educación y miembro del Consejo Económico y Social de Francia. Uno de los pocos que se han tomado en serio una corriente que “empieza a llegar a Europa y se irá amplificando con fuerza y rapidez en los próximos 10 años”. Entre sus miembros coexisten “desde los científicos más serios y las empresas más organizadas hasta personalidades controvertidas como Ray Kurz­weil, presidente de la ahora célebre Singularity University, el gran centro de investigación transhumanista financiado por Google en Silicon Valley”.

(Guillermo Abril... DOMINGO 17 DE SEPTIEMBRE DE 2017)

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domingo, 12 de febrero de 2017

Retos de un futuro posthumano

Chips subcutáneos, métodos electromagnéticos para potenciar nuestro cerebro, prótesis externas. La incorporación de la tecnología a nuestro cuerpo y mente abre una nueva era
La ideología transhumanista –sobre la cual se ha debatido poco en nuestro país- pretende ofrecer a nuestras sociedades contemporáneas un relato futurista que dé una cobertura filosófica, moral e, incluso, espiritual a la dimensión tecnológica del proyecto neoliberal postmoderno en este siglo XXI.
Para esta corriente tecno-optimista, tenemos ante nosotros la responsabilidad de conducir el proceso evolutivo de la humanidad y de transformar radicalmente (mejorar) al ser humano, mediante la interacción e implementación en nuestro cuerpo y mente de tecnologías emergentes más allá de los condicionamientos y límites que nos impone la naturaleza, de la que somos parte inescindible.
Según el movimiento transhumanista, y tal como afirma uno de sus insignes oráculos, el ingeniero de Google Ray Kurzweil, la Singularidad será un acontecimiento que sucederá dentro de unos años con el aumento espectacular del progreso tecnológico, y debido al desarrollo de la inteligencia artificial y a la convergencia de las tecnologías NBIC (Nanotecnología, Biotecnología, Tecnologías de la Información y de la Comunicación y Neuro-Cognitivas). Esa situación ocasionaría cambios sociales, culturales, políticos y económicos inimaginables, imposibles de comprender o predecir por cualquier humano anterior al citado acontecimiento. En esta fase de la evolución el transhumanismo predice que se producirá la fusión entre tecnología e inteligencia humana, dando lugar a una era en que se impondrá la inteligencia no biológica de los posthumanos. A lo largo de este proceso el transhumanismo quiere difundir una ideología y una cultura favorables al “mejoramiento humano” (del inglés “human enhancement”) a través de la adopción de unas mejoras artificiales en el ser humano (genéticas, orgánicas, tecnológicas) con el objetivo declarado de hacerlo más inteligente, más longevo, más perfecto, más feliz, incluso para que pueda llegar a alcanzar la inmortalidad cibernética y la conquista del universo. No obstante, esta cosmovisión puede comportar riesgos. ¿Estamos preparados para ese cambio radical o bien pensamos que hay que conservar nuestro patrimonio genético y seguir siendo personas humanas, con nuestras limitaciones, pero conservando nuestra libertad y dignidad inalienables?
Constatamos que la aspiración de perfeccionarse es intrínseca a la naturaleza humana, que ha aunado los mecanismos selectivos propios de la evolución con la transmisión del saber científico-técnico (desde el fuego, el hacha y la rueda al ordenador, el cohete y el automóvil) y cultural (como el lenguaje, las artes, la religión). Autores clásicos como Ovidio (Metamorfosis) ya soñaban en “mutaciones” de los seres humanos que hoy constituyen la pretensión de los transhumanistas, que auguran así un “humano mejorado” (o “transhumano”) primero y de un “posthumano” superior después. Como afirmaba Günther Anders, uno de los padres de la tecnoética, el ser humano actual padece de “envidia prometeica”: se descubre inferior a las máquinas que él mismo ha fabricado y aspira a transformarse radicalmente usando la tecnología a su alcance.
Así, podría definirse el mejoramiento humano como el intento de perfeccionamiento, transitorio o permanente, de las condiciones orgánicas y/o funcionales actuales del ser humano mediante la tecnología. No se trata ya de la loable curación de personas enfermas, sino de potenciar de tal modo a las personas sanas, mediante el impresionante arsenal tecnológico en desarrollo, de modo que se genere un abismo entre humanos mejorados y no mejorados. Tecnologías de uso dual como los chips subcutáneos que nos permiten abrir puertas sin usar llaves pero que también nos geolocalizan, prótesis externas e internas al estilo de Blade Runner que nos doten de superpoderes, técnicas genéticas como el CRISPR que sirven tanto para acabar con peligrosos parásitos como para modificar nuestro ADN de forma eficiente y permanente, métodos farmacoquímicos o electromagnéticos de aumentar artificialmente –y sin esfuerzo- nuestras funciones cerebrales como la memoria, la agudeza sensorial o la capacidad de cálculo, o intervenciones con células troncales que regeneren nuestros tejidos viejos o dañados, son algunos de los ejemplos de aumento de nuestras capacidades que nos convertirían en transhumanos.
Para adelantar el advenimiento de la Singularidad, el transhumanismo nos propone tres elementos fundamentales: la Superinteligencia, la Superlongevidad y el Superbienestar.
En relación con la Superinteligencia, esta corriente de pensamiento insiste en que la explosión predictiva de la capacidad de computación alumbrará una inteligencia artificial que, tal vez, llegue a adquirir incluso una consciencia simulada en silicio. Si al final los humanos nos integrásemos –voluntariamente- en las tecnologías convergentes podríamos, según ellos, llegar a estar en contacto directo con esa inteligencia artificial. El resultado sería que nos fusionaríamos efectivamente con ella y sus habilidades se convertirían en las nuestras. Eso impulsaría a la especie humana, en opinión del filósofo transhumanista Nick Bostrom, a un periodo de Superinteligencia
Respecto a la Superlongevidad, Aubrey de Grey, experto en investigación sobre el envejecimiento, sostiene, desde una visión transhumanista, que nuestras prioridades están fundamentalmente sesgadas y que tenemos que empezar a pensar seriamente en prevenir la enorme cantidad de muertes debidas al envejecimiento. Algunos transhumanistas van más allá y financian procesos criónicos, o incluso proyectos de una inmortalidad cibernética, que se nos antojan utópicos.
Finalmente, el filósofo transhumanista David Pearce expone que el Superbienestar tiene como objetivo, en primer lugar, investigar y eliminar el sufrimiento, y en segundo lugar, alcanzar la abundancia y la felicidad para todos, o sea, un nuevo “paraíso terrenal”.
Las propuestas del transhumanismo nos interpelan y no podemos ni debemos huir de nuestra responsabilidad, como seres humanos, de dar una respuesta coherente de acuerdo a nuestra naturaleza, libertad y dignidad. Urge evitar que el mejoramiento sea solo para ricos o para una elite perteneciente a una noocracia no democrática que domine el mundo, o que se haga sin tener en cuenta los riesgos asociados a las nuevas tecnologías y a nuestra propia ignorancia del ser humano y de la naturaleza. Debemos evitar que las personas seamos transformadas en un sensor o en un producto tecnológico del capitalismo neoliberal –le llamen transhumano o posthumano- que sirva únicamente a intereses privados y a las fuerzas desbocadas del mercado y/o de la guerra. Estos retos no dejan de ser los que han existido a lo largo de toda nuestra historia, pero asumen ahora una dimensión tal que, por primera vez, se plantea una intervención directa en el proceso evolutivo que puede llevar a nuestra desaparición como especie. ¿Qué hace al ser humano tan diferente del resto de seres vivos y, nos atrevemos a decir, tan único, tan singular? No es la ciencia y la técnica, sino la cultura, la educación, las humanidades, como afirma el biólogo Edward Wilson en su reciente libro The Meaning of Human Existence (2015). Un ser humano que posee la extraordinaria tarea de cuidar, de forma responsable, el planeta Tierra, y no de contribuir a su destrucción prematura, de proteger al más débil y vulnerable y no de menospreciarlo o eliminarlo, de orientar el innegable progreso científico-técnico hacia el bien de todos y no solo de algunos privilegiados. Sean o no ilusorias las aspiraciones del transhumanismo la sociedad debe tomar conciencia de las mismas, abrir un amplio debate interdisciplinar y ejercer, desde un pensamiento crítico, una auténtica democracia real favorable al interés colectivo y al bien común. Construyamos pues, mediante una ética global que respete la dignidad inalienable de las personas, y bajo los principios civilizatorios de Libertad, Igualdad y Fraternidad recogidos en la Declaración Universal de la ONU (1948), una auténtica Humanidad para el siglo XXI.

... 3 ENE 2016
Albert Cortina, abogado y urbanista. Director del Estudio DTUM.
Miquel-Àngel Serra, doctor en Biología. Gestor de investigación en la Universidad Pompeu Fabra.
Coordinadores y autores del libro “¿Humanos o posthumanos? Singularidad tecnológica y mejoramiento humano” (Fragmenta Editorial, 2015)