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domingo, 24 de noviembre de 2024

toda lengua es potencialmente equiparable a toda otra, ...

La filosofía estará donde una lengua pueda acogerla

Por desazonadoras que sean las circunstancias, estas no deben ser excusa para que el hombre renuncie a la tarea esencial de simbolizar y conocer


Facultad de Filosofía de la Universidad Complutense de Madrid. ... Samuel Sánchez



Cada año tiene lugar en noviembre el Día Mundial de la Filosofía y la UNESCO llama a las instituciones culturales a celebrarlo con énfasis. Este año además se da la circunstancia de que tuvo lugar en Roma el Congreso Mundial de Filosofía, eslabón en la cadena de los celebrados quinquenalmente desde hace más de un siglo, en muy diferentes lugares: Atenas o Estambul, pero también Seúl, Pekín o Moscú. Esta diversidad geográfica es ya indicativa del carácter efectivamente mundial de la filosofía, reivindicado en el título de ambos eventos: la filosofía saltando barreras geográficas y lingüísticas y situándose en la intersección de múltiples disciplinas.


Una mirada a las publicaciones filosóficas de los últimos años o simplemente al programa del congreso de Roma, muestra que la filosofía aborda desde interrogantes planteados por la inteligencia artificial o la física cuántica, al análisis de las causas sociales de discriminación en la historia del pensamiento, pasando por cuestiones relativas a la pluralidad de civilizaciones, problemas de la biodiversidad y el entorno, o la diferencia entre percepción estética y juicio científico. En suma: todo el espectro de temas que plantea, por un lado, la interrogación sobre el ser de las cosas naturales y, por otro lado, la interrogación sobre aquello que concierne al ser del hombre. Pero, se preguntará quizás el lector, si se tratan asuntos tan dispares, ¿qué justifica su inserción bajo la rúbrica general de filosofía? Respuesta difícil, que remite a la pregunta sobre qué se entiende por filosofía.


Las esferas del espíritu humano pueden dividirse en dos categorías: aquellas que son universales antropológicos, es decir, que se hallan presentes en toda sociedad de seres de lenguaje, y aquellas que tienen fecha, lugar y hasta lengua de nacimiento. Ejemplo paradigmático de las primeras es la música. La antropología da testimonio de que no hay comunidad humana sin música, y hay razones para afirmar que la música es inherente al fenómeno mismo del lenguaje, de manera que una comunidad humana sin música equivaldría a una comunidad “humana” sin lenguaje. Pues bien.


Algunos sostienen que la filosofía es también una disposición universal, cuyo fondo invariante se diversifica en la pluralidad de las civilizaciones, de tal manera que cabría hablar de una filosofía hindú, china, olmeca, o griega. Se daría en toda cultura una serie de interrogantes que cabría calificar de “filosóficos” en un sentido laxo, pues ¿qué colectivo humano no se ha preguntado sobre el ser humano, su origen y su destino? Sin duda, en el confucionismo o el hinduismo interrogantes de este tipo han dado lugar a tentativas de respuesta que han contribuido a una concepción del mundo.


Sin embargo, para otros, la filosofía difiere de una mera concepción del mundo. La filosofía propiamente dicha tendría arranque en las costas de Jonia y en la lengua griega, apareciendo como resultado de una reflexión sobre la naturaleza (physis), que sería embrionariamente ya una física, pero que genera interrogantes que no tienen respuesta ateniéndose a la ciencia natural, y exigen la consideración del papel del ser humano. Así, aunque todas las concepciones del mundo hurgan en la cuestión del ser del hombre, la originalidad del planteamiento griego residiría en que esta cuestión surgiría como resultado de una reflexión racional sobre el entorno natural. Todas las modalidades de la filosofía (ética y estética incluidas) llevarían la marca de este origen.


Entre estas dos posiciones, una tercera, a mi juicio muy interesante y que posibilita hallar un hilo conductor en la multiplicidad temática que la filosofía presenta. El pensamiento jónico, arranque formal de la filosofía, se hallaría profundamente marcado por civilizaciones como la mesopotámica, la egipcia o la del valle del Nilo. Así, la filosofía sería un confluir de diversas concepciones del mundo en la emergencia que supondría el pensamiento jónico. Lo esencial sería el salto cualitativo que la disposición filosófica supone en la forma de abordar problemas comunes a toda cultura humana.


Constituyendo una emergencia puntual en la historia humana, la filosofía no sería un universal antropológico, lo cual no significa que no esté a punto de serlo. Tampoco la ciencia en el sentido estricto del término (otra cosa es la técnica) se ha dado en toda comunidad humana, y, sin embargo, hoy constituye un patrimonio de la entera humanidad. De hecho, la universalización de la ciencia acarrea la universalización de la filosofía. Pues la filosofía se renueva cuando las disciplinas particulares abordan problemas que ya no responden a cuestiones técnicas internas, sino a ciertas aporías que estas presentan en relación con sus propias exigencias de inteligibilidad. Ejemplo emblemático: se puede alcanzar el premio Nobel de Física trabajando en un laboratorio con experimentos que suponen un cuestionamiento de principios esenciales del orden natural, así el llamado principio de localidad, sin plantearse lo que tal cuestionamiento supone para la concepción general del mundo y el estatus del sujeto del conocimiento. Pero si se da el paso hacia tal interrogación, surgen entonces múltiples interpretaciones, todas ellas compatibles con las descripciones y previsiones de la física, o sea, concordantes desde el punto de vista estrictamente técnico. Y como ese paso ha sido dado por los propios físicos, cabe decir que en nuestro tiempo la filosofía es el destino de la física.


En suma, la filosofía es hoy riqueza espiritual de toda la humanidad. Y aquí un asunto peliagudo. Desde una gran filosofía, con raíz en la lengua alemana y que ha marcado profundamente el siglo XX, se ha sustentado en ocasiones la idea de que ciertas lenguas serían particularmente aptas para la filosofía. Objeción inmediata. Descartes y Galileo escribiendo en lengua francesa e italiana (entonces lenguas consideradas no cultas) dos obras que han supuesto un hito a la vez científico, filosófico y hasta literario (El Discurso del método y el Diálogo, respectivamente, son también patrimonio de las literaturas francesa e italiana), mostraban que toda lengua es potencialmente equiparable a toda otra, aunque circunstancias históricas hayan marcado un destino privilegiado para algunas de ellas, empujando a muchas hacia los arcenes de la cultura.


Nacida en la lengua griega, como resultado de multitud de influencias, la filosofía estará presente simplemente allí donde una lengua esté en condiciones sociales de acogerla. En las universidades de Pekín, excelentes filólogos hurgan en los manuscritos de Platón y lo vierten a la lengua china. En la universidad pública de la isla de Malabo (Bioko en las lenguas autóctonas) funciona desde hace un tiempo un departamento de filosofía. En un reciente debate se habló de las posibilidades de abrir su enseñanza a las modalidades locales de la lengua bantú, y se avanzó que de alguna manera el problema es estrictamente técnico y presupuestario. Ejemplo bien cercano: hace cincuenta años era difícil encontrar textos filosóficos en euskera; hoy existen traducciones de Aristóteles, Kant, Descartes, etcétera, y los estudios de filosofía se pueden hacer íntegramente en esa lengua. Este trabajo de dignificación de una lengua (recuérdese, no indo-europea) se fue fraguando ya bajo el franquismo.


Pues, por desazonadoras que sean las circunstancias, estas no deben ser excusa para que el hombre renuncie a la tarea esencial de simbolizar y conocer, tarea que en una etapa del espíritu humano tomó forma de filosofía. Para indicar que aun en la penuria cabe la disposición filosófica, he señalado a veces que la filosofía es análoga a la hiedra parietaria, a la cual (indicaba Marcel Proust) “basta un rayo de luz para nacer”. Se ha hecho filosofía en campos de concentración, al igual que en un campo de concentración Olivier Messiaen compuso el Cuarteto para el fin de los tiempos.


Fruto de esta fascinación por la vida cerebral podemos decir que vivimos en tiempos de neurolatría

La neura de la filosofía

‎ Ilustración de Fede Yankelevich


Miquel Seguró

23 de noviembre de 2024
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Todo lo que tiene que ver con el funcionamiento del cerebro nos fascina. Tenemos asumido que en el cerebro se esconde el misterio de nuestra vida anímica, así que nos parece de lo más evidente que su estudio nos apasione tanto. Si antiguamente se consideraba que el centro neurálgico de nuestro ser se encontraba en el corazón, donde incluso se alojaban los “recuerdos” (del latín, cor-cordis), ahora asumimos que todo sucede en la cabeza. Alguien podrá decir que algo debe quedar de aquella comprensión ancestral cuando decimos que para las cosas importantes hay que seguir lo que nos susurra el corazón, pero en el fondo sabemos que son las conexiones cerebrales las que dictan sentencia.

Fruto de esta fascinación por la vida cerebral podemos decir que vivimos en tiempos de neurolatría, una doctrina que obliga a explicar y avalar cualquier cosa por medio de la neurociencia para revestirla de autoridad. Es incluso habitual encontrar en la prensa del día noticias que informan de algún nuevo avance neurocientífico relacionado con fenómenos centrales de nuestra vida. Son informaciones que rápidamente captan nuestra mirada porque a través de ellas aspiramos a esclarecer algunos de los misterios de la vida que tanto nos traen de cabeza (el circuito del amor, el de la empatía, el de la violencia o el de la bondad, por ejemplo). Noticias, pues, a través de las cuales aspiramos a descubrir la sinapsis filosofal de la vida.

Hace poco más de un año algunos medios de comunicación se hicieron eco de un evento que está llamado a cambiar sustancialmente nuestra aproximación al tema. Se trata de un atlas que recoge y detalla los conocimientos sobre el cerebro evidenciados por un macro-proyecto iniciado hace ya unos años que se presume que tendrá mucha incidencia en las múltiples derivadas relacionadas con este órgano tan complejo y enigmático. La magnitud del hito puede llegar a ser de proporciones y consecuencias nunca vistas ahora porque la única certeza que de verdad tenemos acerca del cerebro es que por ahora no sabemos mucho sobre él.

El tercer jueves de cada mes de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía (este año fue el pasado jueves), y creo que la efeméride es una buena ocasión para reclamarnos a todos los que nos dedicamos a la filosofía (y por extensión a todas las disciplinas humanísticas) prestar más atención a los descubrimientos que se van realizando en el campo de las ciencias, particularmente en el de las neurociencias. A veces parece que la gente de filosofía tengamos un no sé qué receloso hacia estos conocimientos, como si hubiera algo en ellos que nos hiciera sentir inseguros o heridos en el orgullo, cuando en realidad no hay por qué. Si algo hacen las neurociencias es ensanchar el debate sobre temas tan centrales para la filosofía como pueden ser la ética, la teoría del conocimiento o la espiritualidad. El peligro (si es que se lo puede llamar así) de que las neurociencias acaparen el discurso y que la gente de filosofía y de letras nos quedemos sin voz es más un miedo (si es que se le puede también llamar así) que una realidad. Entre otras cosas porque la importancia de la ciencia y de su valor para la sociedad no nace de un dato meramente científico.

En efecto, el valor de la ciencia para una determinada sociedad se afianza en datos pero se corrobora por medio del reconocimiento cultural de esos datos. A la ciencia se la representa en nuestra escala de valores también por la validación cultural y social que obtiene. Así lo advirtió el psiquiatra y filósofo existencialista Karl Jaspers hace unos cuantos años y así lo comprobamos cada día. De hecho, una de las cuestiones que continuamente aparece en relación al cerebro es el misterio de su plasticidad, una dinamicidad que implica muchos interrogantes filosóficos y sociales que superan de largo el “mero” dato científico. Saber por qué esperamos tanto de la neurociencia, de sus conocimientos y de qué forma esos conocimientos pueden y deben revertir en la vida social y personal son asuntos que no sólo pueden responderse solo desde el microscopio.

El ser humano es una forma de vida siempre por descubrir. ¿Qué somos los seres humanos? La radicalidad y profundidad de esta cuestión hizo que el filósofo Immanuel Kant (de quien este año celebramos el tricentenario de su nacimiento) afirmara que en ella se engloban el resto de grandes preguntas que a su juicio nos rondan por la cabeza: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué puedo esperar? El Día Mundial de la Filosofía es también una buena fecha para recordar que aunque no lo hagamos de forma consciente, constantemente nos estamos cuestionando a nosotros mismos. Y justamente por estar viviendo en tiempos de neurolatría, transhumanismos y artificios inteligentes se hace más urgente tematizar qué somos los homo sapiens sapiens y qué papel jugamos en la trama de la vida.

La filosofía y las humanidades no pueden darle la espalda a las ciencias experimentales porque se estarían boicoteando a ellas mismas, pero al mismo tiempo las ciencias experimentales deben dar la cara por las muchas implicaciones existenciales que sus investigaciones comportan, puesto que las ciencias también están sujetas a la vulnerabilidad y contradicción de la experiencia humana.

Es probable que nunca lleguemos a responder satisfactoriamente la pregunta de las preguntas kantiana: de la misma forma que el cerebro va modulándose a sí mismo a medida que respira la humanidad se va haciendo a sí misma a medida que camina. Todo hace indicar que cualquier eventual solución al enigma de saber quiénes somos tendrá más que ver con la acción performativa que con la reflexión teórica. Pero ni en esas tenemos excusa para dejar de estar atentos a todo lo que ocurre en la diversidad de los campos del conocimiento. Tanto en los científicos como en los humanísticos. A fin de cuentas nuestro cerebro es tanto de ciencias como de letras, se dediquen los cuerpos que lo acogen al trabajo del microscopio en el laboratorio o de los libros en las bibliotecas. Para qué fatigarlo con batallitas de gremio que, además, lo distraen inútilmente.

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*Miquel Seguró es autor de ‘La vida también se piensa’ (2018) y ‘Vulnerabilidad’ (2021).