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sábado, 18 de enero de 2025

No podemos vivir sin dormir más de lo que podemos vivir sin comer

Cuidado con lo que sueñas

Si dormimos para reparar nuestro cerebro fatigado, ¿a qué viene esa actividad narrativa aún más agotadora que la propia vigilia?

'El sueño de Jacob' (1639, óleo sobre lienzo) de José de Ribera, en la colección del Prado.



Ha habido mucha investigación sobre el sueño, pero muy poca sobre los sueños. Pese a que usamos la misma palabra para ambas cosas, se trata de dos conceptos muy distintos. El sueño es un proceso muy complejo, con secuencias de fases que se agrupan en bloques de secuencias de fases, y los sueños solo ocurren en una pequeña fracción de esos procedimientos. Aunque seguimos sin tener del todo claro cuál es la función biológica del sueño, no hay duda de que debe ser muy importante, puesto que ocurre en todo tipo de animales, de los elefantes a las moscas, y por tanto ha permanecido durante 500 millones de años de evolución en este planeta. La evolución es implacable con las cosas inútiles, e incluso con las que sirven de poco, y cuando algo persiste durante todo ese carro de años es porque cumple una función esencial. No podemos vivir sin dormir más de lo que podemos vivir sin comer. Eso está claro.


Pero ¿de qué sirven los sueños? Sí, esas narraciones que parecen escritas por un guionista con graves problemas de adaptación, absurdas en el mejor de los casos y enfermizas en el peor, a menudo fuentes de un desasosiego tan intenso que el mero hecho de despertar parece una bendición divina. Si dormimos para reparar nuestro cerebro fatigado, ¿a qué demonios viene esa actividad narrativa aún más agotadora que la propia vigilia? Una vez descartada su función premonitoria como un negocio de chamanes farsantes, y una vez olvidadas las ocurrencias pseudocientíficas de Freud y sus forofos, ¿por dónde tiramos para explicar esta paradoja desconcertante? Que un problema sea difícil no es excusa para renunciar a resolverlo. La evolución nos ha dotado de una mente racional; intentemos usarla.


He estado varios años perplejo por un sueño recurrente en el que estoy en algún lugar de trabajo, por lo general un laboratorio o algún tipo extraño de instituto de investigación lleno de pasillos interminables y aparatos misteriosos y, para mi infinito desasosiego, no tengo la menor idea de lo que hacer allí, de adónde dirigirme por esos corredores deshumanizados ni de cómo funcionan esas máquinas engorrosas. Mi principal ocupación es ocultarme de los demás, y en particular de mis jefes, en un intento patético de disimular el hecho evidente de que no estoy haciendo nada. No ya nada útil, sino nada en absoluto.


Sé que es fácil interpretar ese sueño como una simple metáfora de mi inutilidad en la vida real —y así lo hacen mis amigos cada vez que se lo cuento—, pero esa explicación no me convence. Hace siglos que no trabajo en ningún laboratorio. ¿Por qué no sueño que estoy sin hacer nada en la redacción de un periódico, por poner un ejemplo tonto? Es cierto que trabajé en laboratorios durante 10 años, pero mis desapariciones eran para ir a la biblioteca, lo que me sigue pareciendo una excelente práctica. Y, ya puestos a perder el tiempo, ¿por qué no lo pierdo mismamente en un bar? Vale que yo seré un inepto, pero mi subconsciente tampoco es que se luzca mucho en este caso.

Aprendo ahora que los sueños recurrentes de este tipo son muy comunes. Tres de cada cuatro adultos los han experimentado. Son distintos de los sueños inducidos por estrés postraumático, porque estos últimos son idénticos a la experiencia real que los provocó, mientras que el sueño recurrente varía cada vez de escenario y de personajes secundarios. Los más comunes consisten en sentirse atacado o perseguido, llegar tarde a algo importante o fracasar en alguna tarea, y casi siempre son angustiosos y están dramatizados en exceso, como si estuvieran redactados por un mal novelista. En cierto modo son pura emoción sin razón, y en ese sentido nos conectan con nuestra naturaleza más animal y primitiva. Que les den.


sábado, 9 de marzo de 2024

Sobre los sueños y su significado...

 

¿Sueña tu gato con sardinas en lata?

Si compartimos la actividad onírica con muchos animales, quiere decir que los sueños han permanecido durante decenas o cientos de millones de años en este planeta



Un perro juega con un gato. ... WESTEND61 (GETTY)





Ríos de tinta se han derramado sobre los sueños y seguimos sin saber qué significan, si es que significan algo. Tal vez sean reflejos distorsionados de la realidad, o una ventana a la actividad del subconsciente. Por supuesto, también hay y siempre ha habido quien los considera mensajes premonitorios, aunque eso ni tiene apoyo empírico ni la menor pinta de ser cierto. La charlatanería sobre el asunto ya era cargante incluso antes de Freud, y después inspiró a artistas visionarios como Salvador Dalí o Alfred Hitchcock por su inmenso poder de seducción plástica y narrativa. En ámbitos académicos nunca han faltado las hipótesis. Una sostiene que los sueños no reflejan la experiencia del día, sino justo lo que le ha faltado al día, como intentando compensar las carencias de la vida real. Los sueños cumplirían ahí el mismo papel que las novelas, solo que personalizadas para cada lector.


Los neurocientíficos Francis Crick y Christof Koch propusieron que el cerebro desaprende durante el sueño el atracón de datos que se ha metido durante el día, y que los sueños representan toda esa información irrelevante que se está yendo por el tubo abajo. Y desde luego tenemos la idea más perturbadora de todas, cuyo epítome acaso sea La vida es sueño de Calderón. Si los sueños son alucinaciones, ¿qué nos garantiza que nuestra experiencia consciente no sea otra alucinación? “Es obviamente posible”, escribió Bertrand Russell, “que lo que llamamos vigilia no sea más que una pesadilla inusual y persistente; no creo que yo esté soñando ahora mismo, pero no puedo probarlo”. Ya saben cómo son los filósofos. Me pregunto con qué soñaría Russell.


Pero prometí hablar de tu gato, y no lo estoy haciendo. Sí, los perros y los gatos sueñan, a juzgar por los movimientos rápidos de sus ojos mientras duermen (rapid eye movements, REM), que son la marca de agua de nuestro sueño REM, el sueño con sueños. Según la psicóloga Deirdre Barrett, de la Universidad de Harvard, caben muy pocas dudas de que perros y gatos tienen algún tipo de actividad cognitiva que se parece mucho a nuestros sueños. Pero ¿con qué sueñan? Hay indicios indirectos de que el contenido de sus sueños refleja su actividad diaria, como correr, comer, acorralar una presa o tomar el sol, pero nadie lo sabe realmente. Los sueños son una de esas cosas que se estudian peor en animales que en personas, porque estas al menos pueden contar con qué estaban soñando. Las técnicas de imagen cerebral están aún lejos de resolver esta cuestión.


El razonamiento evolutivo, sin embargo, nos conduce a una conclusión segura. Si compartimos la actividad onírica con perros, gatos y muchos otros animales, quiere decir que los sueños han permanecido durante decenas o cientos de millones de años en este duro planeta. Los biólogos saben que, si una cosa aguanta tanto tiempo en este planeta duro, tiene que ser muy importante. Cuando algo no sirve de gran cosa, la selección natural se lo carga sin el menor escrúpulo. Es la “naturaleza roja en diente y garra”, como dijo Tennyson. Entonces, ¿para qué sirven los sueños?

La idea más aguda que conozco es de los neurocientíficos Don Vaughn y David Eagleman. Nuestros sueños son sobre todo visuales, con poco contenido olfativo o auditivo. Y las áreas cerebrales visuales, auditivas, olfativas y demás compiten sin cesar entre sí por el territorio. El planeta lleva 4.500 millones de años alternando entre el día y la noche, luego todos los seres vivos hemos evolucionado en ese contexto. Y de noche sigue entrando información por todos los canales sensoriales excepto por el visual. Así que soñamos para que las áreas visuales estén ocupadas de noche y no se vean invadidas por las demás. Es solo una idea, pero bien buena.


jueves, 26 de enero de 2023

Una nueva interpretación de los sueños

 

Una nueva interpretación de los sueños

Hay mucha investigación sobre el sueño, pero muy poca sobre los sueños. Quizá los científicos no se lo acaban de tomar en serio o, más probablemente, es un problema muy difícil de abordar con enfoques objetivos


La neurociencia nos debe un buen libro sobre los sueños. Si nadie lo ha escrito aún es porque no entendemos ese fenómeno chocante y misterioso, esa alucinación nocturna que ha alimentado el miedo de los ignorantes y el arte de los poetas desde que la especie se asomó al mundo. Por entender no me refiero a descifrar el significado de cada sueño concreto de un individuo particular, sino a comprender los principios generales que los rigen. Deben ser importantes, porque hasta en las moscas hay indicios de algo muy parecido al sueño REM, el sueño con sueños. Llámenlo deformación profesional, pero los biólogos saben que una cosa que aguanta 500 millones de años de evolución debe ser esencial para el organismo. Lo saben aun cuando no sepan por qué. Es ley de vida.


Cualquier discusión sobre el tema nos remite de manera automática a Freud, el neurólogo más polémico de todos los tiempos. La interpretación de los sueños, de 1899, se considera a menudo su obra maestra. Freud, cuya metodología nunca fue muy científica, mezcla allí una serie de indicios obtenidos de sus propios sueños con la experiencia anecdótica de sus pacientes para elaborar una teoría precaria sobre el papel fundamental de los sueños en la “economía de la psique”. La energía mental, consistente sobre todo en el impulso sexual, necesitaría según esto desquitarse por la noche de lo que no había logrado durante el día. No es ciencia, pero es una idea, y desde luego ha servido para gastar barriles de tinta durante el siglo XX y lo que va del siguiente.


Hay mucha investigación sobre el sueño, pero muy poca sobre los sueños. Quizá es que los científicos no se acaban de tomar en serio el asunto o, más probablemente, que se trata de un problema muy difícil de abordar con enfoques objetivos. Pero hay un par de descubrimientos recientes sobre los que me gustaría llamar la atención.


El primero es que la pandemia de covid ha alterado el contenido de nuestros sueños. La época del confinamiento nos tuvo a todos encerrados durante meses entre cuatro paredes, alérgicos a tocar el cartón de leche o el manojo de puerros que nos llegaban de las pocas tiendas que seguían abiertas, recelosos al cruzarnos con cualquier imprudente que no llevara mascarilla, ciegos a los labios de la gente. Por un lado, los psicólogos detectaron un incremento en la cantidad de sueños extraños que comentaban sus pacientes. Por otro, el contenido de esos sueños podía interpretarse fácilmente como un producto del estado de ansiedad generalizado que se derivaba del aislamiento social. Nadie ha dicho nada del impulso sexual.


El segundo descubrimiento es que el contenido de los sueños es capaz de predecir el párkinson y otras enfermedades neurológicas. Los neurólogos conocen un tipo de sueños que inducen a la acción inconsciente en la vida real. Sueñas que estás tirándole una piedra a Goliat y te despiertas para descubrir que le acabas de atizar un manotazo al cabecero de la cama. O a quien duerme contigo. Se llama RBD (trastorno de comportamiento durante el sueño REM), y precede a un tipo de enfermedades neurodegenerativas (sinucleinopatías) que incluyen el párkinson. Olvídate de Freud y aprende a mirar los sueños como un asunto clínico.