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domingo, 24 de noviembre de 2024

Fruto de esta fascinación por la vida cerebral podemos decir que vivimos en tiempos de neurolatría

La neura de la filosofía

‎ Ilustración de Fede Yankelevich


Miquel Seguró

23 de noviembre de 2024
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Todo lo que tiene que ver con el funcionamiento del cerebro nos fascina. Tenemos asumido que en el cerebro se esconde el misterio de nuestra vida anímica, así que nos parece de lo más evidente que su estudio nos apasione tanto. Si antiguamente se consideraba que el centro neurálgico de nuestro ser se encontraba en el corazón, donde incluso se alojaban los “recuerdos” (del latín, cor-cordis), ahora asumimos que todo sucede en la cabeza. Alguien podrá decir que algo debe quedar de aquella comprensión ancestral cuando decimos que para las cosas importantes hay que seguir lo que nos susurra el corazón, pero en el fondo sabemos que son las conexiones cerebrales las que dictan sentencia.

Fruto de esta fascinación por la vida cerebral podemos decir que vivimos en tiempos de neurolatría, una doctrina que obliga a explicar y avalar cualquier cosa por medio de la neurociencia para revestirla de autoridad. Es incluso habitual encontrar en la prensa del día noticias que informan de algún nuevo avance neurocientífico relacionado con fenómenos centrales de nuestra vida. Son informaciones que rápidamente captan nuestra mirada porque a través de ellas aspiramos a esclarecer algunos de los misterios de la vida que tanto nos traen de cabeza (el circuito del amor, el de la empatía, el de la violencia o el de la bondad, por ejemplo). Noticias, pues, a través de las cuales aspiramos a descubrir la sinapsis filosofal de la vida.

Hace poco más de un año algunos medios de comunicación se hicieron eco de un evento que está llamado a cambiar sustancialmente nuestra aproximación al tema. Se trata de un atlas que recoge y detalla los conocimientos sobre el cerebro evidenciados por un macro-proyecto iniciado hace ya unos años que se presume que tendrá mucha incidencia en las múltiples derivadas relacionadas con este órgano tan complejo y enigmático. La magnitud del hito puede llegar a ser de proporciones y consecuencias nunca vistas ahora porque la única certeza que de verdad tenemos acerca del cerebro es que por ahora no sabemos mucho sobre él.

El tercer jueves de cada mes de noviembre se celebra el Día Mundial de la Filosofía (este año fue el pasado jueves), y creo que la efeméride es una buena ocasión para reclamarnos a todos los que nos dedicamos a la filosofía (y por extensión a todas las disciplinas humanísticas) prestar más atención a los descubrimientos que se van realizando en el campo de las ciencias, particularmente en el de las neurociencias. A veces parece que la gente de filosofía tengamos un no sé qué receloso hacia estos conocimientos, como si hubiera algo en ellos que nos hiciera sentir inseguros o heridos en el orgullo, cuando en realidad no hay por qué. Si algo hacen las neurociencias es ensanchar el debate sobre temas tan centrales para la filosofía como pueden ser la ética, la teoría del conocimiento o la espiritualidad. El peligro (si es que se lo puede llamar así) de que las neurociencias acaparen el discurso y que la gente de filosofía y de letras nos quedemos sin voz es más un miedo (si es que se le puede también llamar así) que una realidad. Entre otras cosas porque la importancia de la ciencia y de su valor para la sociedad no nace de un dato meramente científico.

En efecto, el valor de la ciencia para una determinada sociedad se afianza en datos pero se corrobora por medio del reconocimiento cultural de esos datos. A la ciencia se la representa en nuestra escala de valores también por la validación cultural y social que obtiene. Así lo advirtió el psiquiatra y filósofo existencialista Karl Jaspers hace unos cuantos años y así lo comprobamos cada día. De hecho, una de las cuestiones que continuamente aparece en relación al cerebro es el misterio de su plasticidad, una dinamicidad que implica muchos interrogantes filosóficos y sociales que superan de largo el “mero” dato científico. Saber por qué esperamos tanto de la neurociencia, de sus conocimientos y de qué forma esos conocimientos pueden y deben revertir en la vida social y personal son asuntos que no sólo pueden responderse solo desde el microscopio.

El ser humano es una forma de vida siempre por descubrir. ¿Qué somos los seres humanos? La radicalidad y profundidad de esta cuestión hizo que el filósofo Immanuel Kant (de quien este año celebramos el tricentenario de su nacimiento) afirmara que en ella se engloban el resto de grandes preguntas que a su juicio nos rondan por la cabeza: ¿qué puedo saber? ¿qué debo hacer? ¿qué puedo esperar? El Día Mundial de la Filosofía es también una buena fecha para recordar que aunque no lo hagamos de forma consciente, constantemente nos estamos cuestionando a nosotros mismos. Y justamente por estar viviendo en tiempos de neurolatría, transhumanismos y artificios inteligentes se hace más urgente tematizar qué somos los homo sapiens sapiens y qué papel jugamos en la trama de la vida.

La filosofía y las humanidades no pueden darle la espalda a las ciencias experimentales porque se estarían boicoteando a ellas mismas, pero al mismo tiempo las ciencias experimentales deben dar la cara por las muchas implicaciones existenciales que sus investigaciones comportan, puesto que las ciencias también están sujetas a la vulnerabilidad y contradicción de la experiencia humana.

Es probable que nunca lleguemos a responder satisfactoriamente la pregunta de las preguntas kantiana: de la misma forma que el cerebro va modulándose a sí mismo a medida que respira la humanidad se va haciendo a sí misma a medida que camina. Todo hace indicar que cualquier eventual solución al enigma de saber quiénes somos tendrá más que ver con la acción performativa que con la reflexión teórica. Pero ni en esas tenemos excusa para dejar de estar atentos a todo lo que ocurre en la diversidad de los campos del conocimiento. Tanto en los científicos como en los humanísticos. A fin de cuentas nuestro cerebro es tanto de ciencias como de letras, se dediquen los cuerpos que lo acogen al trabajo del microscopio en el laboratorio o de los libros en las bibliotecas. Para qué fatigarlo con batallitas de gremio que, además, lo distraen inútilmente.

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*Miquel Seguró es autor de ‘La vida también se piensa’ (2018) y ‘Vulnerabilidad’ (2021).


sábado, 5 de septiembre de 2015

ANSIA

(El último caso del doctor Sacks)

'Ansia’ es un texto póstumo del neurólogo fallecido el domingo pasado. En él incide en las conexiones entre el cerebro y lo que nos hace humanos


LEONARDO DA VINCI / ROYAL COLLECTION
En 2006 vino a verme Walter B., hombre extrovertido y simpático de 49 años. Cuando era adolescente, tras lesionarse la cabeza, había sufrido brotes epilépticos, que, al principio, eran ataques de déjà vuque podían producirse varias docenas de veces en un día. En ocasiones oía música que no podía oír nadie más. No tenía ni idea de lo que le estaba ocurriendo y, por miedo al ridículo o algo peor, guardó en secreto sus extrañas experiencias.
Por fin, consultó a un médico que le dio un diagnóstico de epilepsia del lóbulo temporal y le recetó una sucesión de fármacos. Pero sus ataques se hicieron más frecuentes. Tras diez años de probar distintos medicamentos, Walter consultó con otro neurólogo, un experto en el tratamiento de la epilepsia intratable, que sugirió un enfoque más radical: cirugía para extraer el centro de las convulsiones en su lóbulo temporal derecho. La operación ayudó un poco, pero unos años más tarde, necesitó una segunda intervención, más extensa. Esta segunda cirugía, unida a la medicación, controló mejor sus convulsiones, pero casi de inmediato empezó a tener efectos secundarios.
Walter, que antes comía con moderación, empezó a sentir un apetito desaforado. “Empezó a ganar peso”, me dijo después su esposa. “Se levantaba a mitad de noche y se comía todo un paquete de galletas, o un queso entero con un paquete de galletas saladas”. “Comía todo lo que veía”, dijo Walter. Además se volvió muy irritable: “Me pasaba horas despotricando contra cosas absurdas en casa. Una vez, cuando volvía en coche desde el trabajo, un conductor se me echó encima en una incorporación, así que aceleré y no le dejé pasar. Le hice una peineta, empecé a gritarle y arrojé una taza de metal contra su coche. Él llamó desde el móvil a la policía, que me paró y me puso una multa”.La atención de Walter era total o inexistente. “Me distraía con tanta facilidad”, me dijo, “que no podía empezar ni terminar nada”. Pero al mismo tiempo solía quedarse “atascado” en varias actividades: por ejemplo, ocho o nueve horas tocando el piano.
Todavía más inquietante fue que desarrolló un apetito sexual insaciable. “Quería hacer el amor todo el tiempo”, dijo su mujer. Pasó de ser un marido cariñoso y comprensivo a ser rutinario. No recordaba lo que era tener intimidad. Tras la operación tenía ganas de practicar el sexo constantemente, por lo menos cinco o seis veces al día. Y nada de preliminares. No quería más que terminar de una vez.
Solo había unos breves momentos en los que se sentía saciado, y, a los pocos segundos del orgasmo, quería volver a empezar, una y otra vez. Cuando su mujer le dijo que estaba agotada, Walter buscó otras salidas. Hasta entonces siempre había sido un marido devoto y entregado, pero ahora su deseo sexual, su ansia, le hicieron olvidarse de la relación monógama y heterosexual que había disfrutado con su mujer.
Para él era moralmente inconcebible forzar sexualmente a nadie y pensó que la pornografía en Internet era la solución menos dañina; podía ayudarle a liberar la tensión y darle satisfacción, aunque fuera solo a través de fantasías. Pasaba horas masturbándose en el ordenador mientras su mujer dormía.
Después de que empezara a ver pornografía de adultos, varias webs le invitaron a comprar y descargarse pornografía infantil, y así lo hizo. También le entró curiosidad por otras formas de estímulo sexual; con hombres, con animales, con obsesiones sexuales. Alarmado y escandalizado por estas nuevas necesidades, tan alejadas de su naturaleza sexual anterior, Walter empezó a mantener una terrible lucha para controlarse a sí mismo. Siguió yendo al trabajo y teniendo vida social. En esos momentos podía mantener acallados sus impulsos, pero de noche, a solas, cedía a sus deseos. Invadido por una profunda vergüenza, no contó a nadie su situación y mantuvo una doble vida durante más de nueve años.
Entonces sucedió algo inevitable: unos agentes federales aparecieron en su casa a detenerle por posesión de pornografía infantil. Fue aterrador, pero al mismo tiempo, un alivio, porque ya no tenía que esconderse ni disimular; para él fue “salir de las sombras”. Su secreto quedó al descubierto, a la vista de su esposa y sus hijos, y de sus médicos, que de inmediato le recetaron una combinación de fármacos que disminuyeron –prácticamente eliminaron– sus impulsos sexuales, hasta el punto de que pasó de una libido insaciable a una libido casi inexistente. Según su mujer, rápidamente “volvió a ser cariñoso y comprensivo”. Fue, dijo, como si “hubieran desconectado un interruptor que estaba estropeado”, en el que no había una posición intermedia entre “apagado” y “encendido”.
En el periodo entre su detención y su juicio vi varias veces a Walter, y me dijo que sentía miedo, sobre todo de las reacciones de sus amigos, sus colegas, sus vecinos. Sin embargo, nunca pensó que un tribunal pudiera considerar que había cometido un delito, teniendo en cuenta su condición neurológica.
Walter se equivocaba. Quince meses después de su arresto, su caso llegó ante el juez y le procesaron por descargarse pornografía infantil. El fiscal insistió en que su supuesta enfermedad neurológica no tenía relevancia, que era una excusa. Walter, afirmó, había sido siempre un pervertido, una amenaza para la población, y debía cumplir la pena máxima prevista, veinte años de prisión.
El neurólogo que había sugerido la operación del lóbulo temporal y había tratado a Walter durante casi veinte años testificó como experto, y yo envié a la juez una carta en la que explicaba los efectos de la intervención en el cerebro. Ambos dijimos que la enfermedad de Walter era poco frecuente pero conocida, el síndrome de Klüver-Bucy, que se manifiesta como un ansia insaciable de comer y mantener relaciones sexuales, en ocasiones acompañada de irritabilidad y distracción, todo por motivos puramente fisiológicos.
Las reacciones extremas que mostraba Walter eran típicas de daños en el sistema central de control; pueden ocurrir, por ejemplo, en pacientes de párkinson tratados con levodopa. Los sistemas normales de control tienen un término medio y reaccionan de forma modulada, pero los de Walter estaban siempre en posición de “adelante”; no tenía sensación de haber consumado, solo el deseo de más cada vez. Cuando sus doctores se dieron cuenta del problema, la medicación controló esas ansias, pero a costa de una especie de castración química.
En el juicio, su neurólogo subrayó que Walter ya no sentía los impulsos sexuales, y que en realidad nunca había tocado a nadie que no fuera su esposa. En mi carta al tribunal, escribí:
“El señor B. es un hombre de gran inteligencia, gran sensibilidad y verdadera delicadeza moral, que en un periodo dado actuó en contra de su naturaleza bajo los estímulos de un impulso fisiológico irresistible... Es totalmente monógamo... No hay nada en sus antecedentes ni su mentalidad actual que haga pensar que es un pedófilo. No constituye un riesgo para los menores ni para ninguna otra persona”.
Al final, la juez se mostró de acuerdo en que no se podía considerar a Walter responsable de tener el síndrome de Klüver-Bucy. Pero sí era culpable, dijo, de no haber informado más pronto del problema a sus médicos y de mantener durante años un comportamiento que, al sostener una industria criminal, era dañino para otras personas. “Su delito tiene víctimas”, subrayó.
Le condenó a 26 meses de prisión, seguidos de 25 meses de arresto domiciliario y otros cinco años sujeto a supervisión. Walter aceptó la sentencia con notable ecuanimidad. Consiguió sobrevivir a la vida en la cárcel con relativamente pocas repercusiones y empleó bien su tiempo: creó un grupo musical con otros presos, leyó todo lo que pudo y escribió largas cartas (a mí me escribía con frecuencia sobre libros de neurociencia).
Sus convulsiones y su síndrome de Klüver-Bucy siguieron bajo control gracias a los fármacos, y su mujer le apoyó durante sus años de prisión y de arresto domiciliario. Ahora que está en libertad, han reanudado en gran parte sus vidas anteriores.
Cuando le vi hace poco, era evidente que estaba disfrutando de la vida, aliviado de no tener más secretos que ocultar. Irradiaba una paz que nunca había observado en él.
“Me encuentro verdaderamente bien”, dijo.
© Oliver Sacks, 2015.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia

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lunes, 31 de agosto de 2015

La ceguera como don

Cada texto de Sacks es una lección de montaje, o de edición. Monta o edita la existencia de sus pacientes

 31 AGO 2015 
Oliver Sacks, en una imagen de junio de 2009. / CHRIS MCGRATH (AFP)
Lo primero que conviene aclarar en un taller de escritura es que la literatura y la vida son territorios autónomos, incluso cuando aceptemos en toda su extensión la idea de que la literatura es metáfora de la realidad o no es nada. Como territorios autónomos, cada uno tiene sus propias leyes. Así, la realidad es la comarca de lo contingente, entendiendo por contingente aquello que puede pasar o puede no pasar, sin que sea posible saber por qué pasa o no. En un texto literario, en cambio, todo lo que sucede debe ser necesario. Lo decía aquel escritor ruso que ahora no me viene (cuando aparece una pistola en la primera página de un cuento, alguien debe matarse con ella en la última). Por cierto, que la diferencia entre contingencia y necesidad se muestra, con calidades humorísticas, en Amanece, que no es poco, la película de Cuerda.
La realidad, en otras palabras, puede permitirse el lujo de ser caótica porque tiene a su favor el hecho de haber sucedido. Nadie se la plantea en términos de verosimilitud. No leemos la prensa con el mismo tipo de exigencia con el que leemos una novela. Sin embargo, hay discursos que hablando de ella, de la realidad, tienen un comportamiento semejante al literario. Es el caso del historial clínico, en el que, cuando es bueno, todas las piezas encajan entre sí como deberían encajar en un relato. ¿A qué se debe este misterio? A la mirada del médico que, de todo lo que escucha y observa, selecciona y articula solo aquello que puede poner al servicio del sentido.
Oliver Sacks es, desde este punto de vista, un maestro. En Un antropólogo en Marte, por ejemplo, cuenta la historia de un ciego que, cuando se va a casar, en torno a los 40 años, decide ir al médico para averiguar el origen de su ceguera, sobre el que jamás se había preguntado. Y resulta que solo tiene unas cataratas, por lo que en buena lógica, si se le operara, volvería a ver (había perdido la visión sobre los tres o cuatro años). Así se hace, y el hombre recupera la vista para alegría de su entorno. Su vida personal, en cambio, se convierte en un infierno. Ya no se atreve a cruzar la calle, que antes atravesaba sin problemas con la simple ayuda del bastón. Y las copas de cristal, sobre el mantel dispuesto para el almuerzo, le parecen objetos amenazantes hasta que logra “verlas” con el tacto. La recuperación de la vista, en resumen, le ha arruinado la vida. Cuenta entonces Sacks que el hombre no para hasta que logra quedarse ciego de nuevo. “Y en esta ocasión recibe la ceguera como un don”.
He ahí un cuento circular perfecto, obtenido de la bruta realidad, que hasta el mismísimo Cortázar habría envidiado. Cada texto de Sacks es una lección de montaje, o de edición. Monta o edita la existencia de sus pacientes del tal modo que construye historiales clínicos que sirven por igual a la ciencia y a la literatura. Si este hombre no pasara a la historia de la una, debería pasar a la de la otra. ¿Pero por qué no permitirle, como a Freud, tener un pie en cada disciplina?

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