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jueves, 19 de septiembre de 2024

“Este sistema me permitió recuperar sensaciones y emociones perdidas: siento como si estuviera moviendo mi propia mano”

 

Desarrollan la primera prótesis biónica que funciona con imanes en vez de electrodos: “Parece mi propia mano”

Daniel, de 34 años, con la primera prótesis biónica sin electrodos. 
Scuola Superiore Sant’Anna


Antonio Martínez Ron
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Dos años después de haber perdido su mano izquierda en un accidente, Daniel puede coger un huevo sin romperlo, usar un destornillador o cortar pan con un cuchillo. Y lo hace mediante la primera mano biónica conectada a su cuerpo magnéticamente, sin cables ni electrodos. Un sistema que permite los movimientos finos de los dedos gracias a pequeños imanes implantados en los músculos que le quedaron en la zona seccionada.

Los detalles de este avance, enmarcado dentro del proyecto MYTI , financiado por el Consejo Europeo de Investigación, se publican este miércoles en la revista Science Robotics. El estudio describe la estrategia que ha permitido a este italiano de 34 años usar la mano biónica para atarse los cordones de los zapatos y sacar pastillas de un blíster. “Este sistema me permitió recuperar sensaciones y emociones perdidas: siento como si estuviera moviendo mi propia mano”, dice Daniel.

Las prótesis que se ponen habitualmente a los pacientes amputados son ‘mioeléctricas’, funcionan mediante electrodos colocados en la superficie de la piel o insertados en los nervios que captan las corrientes eléctricas que traducen al movimiento de la prótesis. Esta tecnología depende en gran medida de las señales del cerebro para controlar las prótesis que carecen de la capacidad de reproducir los movimientos diestros de la mano humana natural, según los autores, y a menudo son rechazados por los pacientes al cabo de un tiempo.

Imanes que dirigen el movimiento

La nueva estrategia, desarrollada por un equipo de investigación del Instituto de Biorobótica de la Scuola Superiore Sant'Anna de Pisa y coordinado por Christian Cipriani, se basa en el control “miocinético”, es decir, la descodificación de las intenciones motoras traduciendo el movimiento de los músculos y no la señal de los nervios. La estrategia consiste en implantar una serie pequeños imanes, de unos pocos milímetros, en los músculos residuales del brazo amputado e instalar un sistema en la prótesis que traduce estos cambios en la posición de los campos magnéticos en movimientos para abrir y cerrar los dedos con precisión.

“En el antebrazo hay 20 músculos y muchos de ellos controlan los movimientos de la mano. Muchas personas que han perdido una mano siguen sintiéndola como si todavía estuviera en su sitio y los músculos residuales se mueven en respuesta a las órdenes del cerebro”, explica Cipriani. “Los imanes tienen un campo magnético natural que se puede localizar fácilmente en el espacio. Cuando el músculo se contrae, el imán se mueve y un algoritmo especial traduce este cambio en un comando específico para la mano robótica”.

En abril de 2023, Daniel fue sometido a una intervención quirúrgica en la que se le implantaron seis imanes en el brazo. En cada uno de ellos, el equipo de cirujanos y médicos localizó y aisló cada músculo, colocó el imán y comprobó que el campo magnético estuviera orientado de la misma manera. Un localizador magnético transcutáneo situado en la prótesis detecta los desplazamientos del imán causados por contracciones musculares voluntarias del sujeto, que los investigadores combinan con algoritmos de reconocimiento de patrones para estimar la intención del usuario y mover el brazo robótico. 

Hacia prótesis más precisas y duraderas

“Este resultado es el fruto de un camino de investigación de décadas”, resume Cipriani. “Por fin hemos desarrollado una prótesis funcional que responde a las necesidades de una persona que ha perdido una mano”. A su juicio, estos implantes permitirán en el futuro realizar tareas que exigen una gran destreza, como tocar el piano. “Hemos tomado conciencia de que podemos hacer mucho para mejorar su vida y la de muchas otras personas”, añade Marta Gherardini, primera autora del estudio. “Esta es la mayor motivación que nos impulsa a continuar nuestro trabajo y a hacerlo cada vez mejor”. 

Los autores sugieren que las prótesis futuras podrían soportar amputaciones más severas y reducir las tasas de abandono por parte del usuario. Y, con algunas adaptaciones, el dispositivo podría integrar y traducir la flexión del codo, las contracciones del brazo superior y el ángulo de la muñeca para abrir o cerrar la mano biónica, algo que de momento no puede hacer.  

Una adaptación muy rápida

Antonio Oliviero, jefe de Neurología del Hospital Nacional de Parapléjicos (Toledo), considera que los autores han hecho una aproximación similar a la de la prótesis mioeléctrica, pero con la ventaja de usar el músculo acoplándole pequeños imanes. “Cuando la persona piensa en el movimiento y el músculo se deforma, la atracción de estos imanes cambia y hay un sensor que lo interpreta y lo traslada al brazo robótico”, explica. “Esta prótesis no es menos compleja, pero parece que sí permite un aprendizaje más rápido, de apenas seis semanas”. En su opinión, se trata de una aproximación interesante, sencilla y que probablemente permita que muchos pacientes la puedan utilizar sin tener los problemas que a veces tienen con las prótesis tradicionales y por los que dejan de usarlas. 

Jaime Ibáñez Pereda, investigador de la Universidad de Zaragoza y experto en interpretación de señales biomédicas, considera que se trata de una aproximación muy inteligente. “Si ponemos imanes en los músculos, luego toda la complejidad tecnológica se pone en el brazo robótico, el paciente solo necesita los imanes”, señala. La principal limitación, destaca, es que solo lo han probado en un sujeto, pero también que la prótesis es muy dependiente de la posición, y en el momento en que el sujeto movía el codo se perdía la precisión, aunque proponen adoptar mejoras para evitarlo. 

En general, destaca el experto, este tipo de prótesis puede tener la ventaja de que los imanes insertados son más biocompatibles y hay menos posibilidades de que el cuerpo los rechace o crezca tejido que empeore la señal y obligue a renovarlos cada cierto tiempo, como pasa con los electrodos.

“También es posible que el usuario la sienta de una forma un poco más natural, porque la fuerza que aplica el mover la mano se deriva de cuánto se deforma el músculo en vez de la actividad eléctrica, lo que puede ser más intuitivo”, añade. Sin embargo, también se genera más incertidumbre, ya que la cantidad de movimiento que genera y se puede “traducir” —especialmente en pacientes muy dañados— es limitada, mientras que en la lectura de la señal eléctrica el rango es más amplio y se pueden detectar señales más débiles.  

Una vía hacia las sensaciones táctiles

“El artículo presenta un cambio de paradigma interesante, innovador y potencialmente disruptivo”, asegura la ingeniera biomédica Francesca Lunardini a elDiario.es. En su opinión, este enfoque innovador presenta varias ventajas, en comparación con los sensores electromiográficos tradicionales: la interfaz presenta dimensiones reducidas y, lo más importante, no requiere alimentación inalámbrica ni cables.

“Pero la característica potencialmente disruptiva de la tecnología propuesta es su posible función de comunicación bidireccional: por un lado, sirve como sensor para medir y detectar la intención del usuario mientras, por el otro, puede aprovecharse como actuador para provocar sensaciones vibrotáctiles y cinestésicas naturales”, destaca Lunardini. En otras palabras, que el paciente sienta el miembro. “Esto podría conseguirse, por ejemplo, activando vibraciones remotas en los imanes para activar los receptores musculares propioceptivos”. 

“El artículo actual, con un estudio de seis semanas en un amputado transradial, no sólo demuestra la viabilidad clínica del enfoque para el control de la mano biónica, sino que también reporta resultados muy prometedores”, concluye la especialista. “Aunque es necesario abordar algunas limitaciones conceptuales y técnicas, los resultados allanan el camino hacia una solución innovadora de interacción hombre-máquina, capaz de proporcionar al usuario una comunicación directa bidireccional con la prótesis, como la mano natural”.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Los humanos del futuro serán naturalmente artificiales

 

Los humanos del futuro serán naturalmente artificiales

El pensamiento que puso al hombre como medida de todas las cosas ya no sirve para explicar el mundo. Nos encontramos en la era del posthumanismo. Desde el arte, el cine y los libros, se buscan alternativas para hibridar masculino y femenino, persona y animal, biología y tecnología




Navegamos en una época en la que un periódico puede leerse como un inventario de calamidades. Desde las profundidades de la era del Antropoceno se escuchan los estertores del capitalismo. Los recursos se agotan, se extinguen las especies, proliferan los virus, los desastres supuestamente naturales se solapan con las crisis económicas y políticas, la tecnología nos vigila, estallan las guerras. De todas las esquinas de un mundo global, desde diferentes disciplinas, activistas, filósofos y artistas buscan alternativas inadvertidas hasta ahora en los espacios liminares. Los postulados del humanismo ilustrado, ese que puso al hombre y su razón como medida de todas las cosas —y que con hombre se refería, al pie de la letra, al varón, amén de blanco, heterosexual y occidental—, llevan décadas siendo refutados por un método de pensamiento cruzado (la famosa interseccionalidad): una mirada feminista, queer y trans, antirracista, anticolonialista. Las taxonomías binarias desde las que (nos) hemos explicado la realidad, la oposición entre femenino y masculino, persona y animal, biología y tecnología, se desmoronan. Se buscan nuevas definiciones para la vida, lo natural, lo humano. Todo esto lo cuentan los libros, lo enseñan las películas. Y, quizá por encima de todo, lo demuestran las obras de arte.

El posthumanismo hunde sus raíces en Nietzsche y su rastro se extiende hasta pensadores como Jacques Derrida y Donna Haraway, autora del Manifiesto Cíborg (1985), un alegato por la hibridez. Tal como lo plantea una de sus principales teóricas en la actualidad, la profesora italoaustraliana Rosi Braidotti, se sustenta en la convicción de que la aparente dicotomía naturaleza-cultura es en realidad un continuo. La autora acaba de publicar Feminismo posthumano, la última entrega de una trilogía conformada por Lo posthumano (2015) y El conocimiento posthumano (2020), todos en Gedisa, donde argumenta que el feminismo, en particular vertientes como la indígena, debe considerarse precursor y contenedor de los principios posthumanistas. Más que sentar dogmas, sus ensayos constituyen un catálogo de propuestas comunes. También ofrecen un listado de ejemplos a través del arte y la cultura, desde el (mal) referente de las innumerables películas de desastres y robots asesinos (“que solo consiguen hacer dinero y deprimir a la gente”) al papel simbólico de una estrella como Lady Gaga, emblema de un feminismo emanado del materialismo pop que desafía “las normas de género y sus cánones del decoro”. Para Braidotti, que lleva “15 años viendo emerger la cuestión de lo posthumano en la cultura y los medios”, la actividad cultural representa “la vanguardia de lo que la gente hace en la vida real”. De ahí que resulte un elemento crucial para ilustrar su pensamiento. “Pero mi decisión de mirar al arte y la cultura, al mundo real, me mantiene en lucha con la pureza de la disciplina, que considero muy patriarcal, autoritaria y masculina”, asegura.

En la avanzadilla de esa avanzadilla, las artes visuales suelen marchar un paso o dos por delante. Prospectan el terreno, brujulean y, en ocasiones, dan con un camino. Para muestra, la de la Bienal de Venecia de este año, titulada The Milk of Dreams y comisariada por Cecilia Alemani, donde las artistas participantes —la práctica totalidad son mujeres y disidentes de género— despliegan una panoplia de creaciones articuladas en torno a tres pilares temáticos construidos, justamente, sobre las teorías de Braidotti: el sentido del cuerpo y su capacidad de transformación; las relaciones con la tecnología y la conexión con la naturaleza. “Cuando empecé a hacer visitas a estudios de artistas, vi que muchos abordaban la noción de lo humano”, comenta la comisaria sobre el germen del proyecto, abierto hasta el 27 de noviembre, y que cuenta con un antecedente en la Bienal de 1992, titulada, precisamente, Post-human. “Pero la verdadera revelación llegó con la pandemia, cuando quedó patente que estas teorías se están haciendo realidad, que verdaderamente necesitamos imaginar otras jerarquías”.

La artista Lynn Hershman Leeson lleva décadas experimentando con el cíborg, ese ser nacido del matrimonio del humano y la máquina. Sus filmes, que hablan de mujeres ciegas que consiguen percibir imágenes por medio de un ordenador y de individuos que se transforman en sus propios datos (Seduction of a Cyborg; Logic Paralyzes the Heart), conviven en The Milk of Dreams con obras como To See the Earth before the End of the World, instalación donde Precious Okoyomon representa la invasión colonialista de la naturaleza a través de figuras esculpidas en plantas; y la videoinstalación The Severed Tail, de Marianna Simnett, protagonizada por criaturas con rasgos animales y humanos que recuerdan a las quimeras de La isla del doctor Moreau. Entre las muchas irradiaciones del posthumanismo, si hay una idea que se impone sobre las otras entre los artistas de la Bienal, apunta Alemani, es la de que “nuestra concepción del cuerpo humano se desmorona”. Y si hay un pensador paradigmático en ese campo, ese es Paul B. Preciado. En Dysphoria mundi (Anagrama, 2022), argumenta que, para él, la condición transgénero no tiene que ver con la disforia —considerada un trastorno psiquiátrico—, sino con una forma de disidencia contra el sistema “petrosexorracial”. “No somos simples testigos de lo que ocurre. Somos los cuerpos a través de los que la mutación llega para quedarse”, declara en el ensayo. “La pregunta ya no es quiénes somos, sino en qué vamos a convertirnos”. Cuando Wynnie Mynerva, artista de género no binario y sensación del último Arco, se cosió la vagina para “ganar libertad” y mostró la operación en un vídeo, estaba canalizando esas ideas por medio del arte.


Habitando el mismo planeta, existen especies con las que posiblemente compartamos más de lo que pensábamos. La excepcionalidad humana está siendo revisada y puesta en cuestión desde el punto de vista animal, un reino donde ya no somos soberanos. Las implicaciones, de la alimentación a los afectos, de la ciencia a la ecología, se ramifican. De ello trata el ensayo Humanimales (Galaxia Gutenberg, 2022), en el que Marta Segarra se vale de la ficción (cada capítulo comienza con una breve historia) y de las referencias artísticas para ilustrar sus tesis. “Una cosa que planteo es que las definiciones varían con el tiempo, y eso también puede aplicarse a lo que entendemos por arte y cultura”, dice la investigadora. No solo se refiere a que algunas especies podrían ser capaces de crear estéticamente, sino también a la fluidez de lo que comprendemos como tal. Cultura puede ser tanto el vídeo de una canción pop como Perra (2022), donde Rigoberta Bandini canta que le gustaría convertirse en una, como los libros de una premio Nobel como Olga Tokarczuk. Títulos como Sobre los huesos de los muertos (Siruela, 2009; que cuenta con una adaptación fílmica, Spoor, de 2017) representan la visión posthumanista de la unidad de todos los seres encarnada en el pensamiento de Bruno Latour.


Quizá, la cuestión que ha provocado una mayor fascinación en el imaginario colectivo sea la de la comunión de la carne con la máquina. No se trata de un propósito novedoso —ponerse gafas implica mejorar el cuerpo con la tecnología—, sino expandido. Aquí entra en juego el transhumanismo, una corriente engendrada en Oxford por teóricos como Nick Bostrom que, aunque en ciertos apartados se toca con el posthumanismo, en otros se repelen. “En ambos casos hablamos de modificar la figura tradicional del ser humano”, abunda el filósofo Fernando Broncano, autor de La melancolía del cíborg (Herder, 2009), “pero el transhumanismo es una forma de trascender hacia arriba, para alcanzar un estado superhumano, mientras que el posthumanismo crítico es una forma de trascender hacia abajo, dejando atrás la visión antropocéntrica”. Frente a las promesas tecnocapitalistas y cuasirreligiosas de una vida eterna con la mente descargada en la nube, se trata de reformular nuestro posicionamiento en relación con aquello que nos rodea. Y no solo hablamos de las posibilidades de la tecnología (el smartphone, escribe Paul B. Preciado, ya ha creado “una nueva forma de existencia cíborg”), sino de la ciencia en su sentido más amplio: inteligencia artificial, ingeniería genética, reproducción asistida…


Todo un linaje de artistas ha ido sacando estas ideas a la superficie de lo sensible. Desde clásicos como Stelarc, el performer de la modificación corporal que advirtió de que el cuerpo se nos queda obsoleto, a directores como Julia Ducournau y su alucinante Titane (2021), una fábula oscura y ventral que explora la potencialidad de la confluencia entre géneros y entre las personas y las máquinas inspirada en parte en otro maestro del cine posthumano, David Cronenberg. En narrativa, Dave Eggers ofrece en El círculo (Random House, 2014) y El todo (Random House, 2022) una crítica demoledora a la dependencia de la tecnología y la vulnerabilidad que esta genera. Aunque, quizá, nadie como el Don DeLillo de Punto omega Cero K haya sabido capturar y cuestionar el proceso de posthumanización. Su última novela, El silencio (Seix Barral), salió en 2020 pero está ambientada en este 2022. Más que una novela, es un signo de puntos suspensivos: ¿qué ocurriría si la tecnología desapareciera de un día para otro? ¿Seríamos capaces siquiera de comunicarnos?



Redactora en BABELIA, especializada en temas culturales. Antes de llegar al suplemento pasó por la sección de Cultura y El País Semanal. Previamente trabajó en InfoLibre. Estudió Historia del Arte y Traducción e Interpretación en la Universidad de Salamanca y tiene dos másteres: uno en Mercado del Arte y el otro en Periodismo (UAM/EL PAÍS).