domingo, 12 de julio de 2026

...¿estamos preparados para nuestro primer contacto con una inteligencia extraterrestre?

Cómo responder a un marciano

La Academia Internacional de Astronáutica actualiza su declaración de principios sobre la conducta a seguir en la búsqueda de inteligencia extraterrestre

Delaney Anne Cuthbert, en un momneto de 'El día de la revelación' de Steven Spielberg.



Lo único que sé sobre El día de la revelación, la última película de Steven Spielberg, es que no le ha gustado a Carlos Boyero —lo que no es precisamente una noticia de primera página—, así que no te preocupes que no puedo hacer espóiler. Entiendo, en cualquier caso, que la cinta reflexiona sobre el posible descubrimiento de que no estamos solos en el cosmos, y sobre cuál sería la reacción de la humanidad ante esa evidencia. Ya conocía precedentes de ficción que tratan el mismo tema, como la novela Contact, publicada en 1985 por el astrofísico y divulgador Carl Sagan y llevada al cine en 1997 por Robert Zemeckis, con Jodie Foster y Matthew McConaughey. Aunque esta película no le gusta a nadie más que a mí, sigo pensando que Contact es la especulación más interesante que se ha escrito sobre la cuestión, y la que tiene una mayor profundidad científica. Ya veré la nueva de Spielberg, nunca tengo prisa con estas cosas.

Lo que no sabía es que el asunto había saltado hace tiempo a la estantería de no ficción. La Academia Internacional de Astronáutica, con sede en París, ha actualizado este año su declaración de principios sobre la conducta a seguir en la búsqueda de inteligencia extraterrestre. La declaración pretende, entre otras cosas, establecer directrices para que los expertos confirmen los posibles indicios de vida extraterrestre inteligente, comuniquen las evidencias y encuentren un equilibrio entre informar a la población de los descubrimientos y “una consideración apropiada de la seguridad y la exposición de los científicos individuales implicados”. No especifica contra qué o quién deben defenderse estos científicos, aunque se entiende que no es contra los marcianos, sino más bien contra los congéneres, lleven o no galones.

La academia de París considera crucial “mantener los mayores estándares de responsabilidad e integridad científicas durante el proceso, incluido el reconocimiento de los intereses de la humanidad en el descubrimiento”. Para saber cuáles son los intereses de la humanidad hará falta una inteligencia extraterrestre, desde luego, pero bueno, queda bien por escrito. Luego dice que, si los medios y las redes sociales preguntan algo, los científicos deberán dar respuestas “rápidas, exactas y honradas”. Esa sí que es buena. “Las declaraciones y conclusiones especulativas o no confirmadas deben ser identificadas claramente como tales”. Se ve que estos astronautas no tienen mucha práctica en tratar con los medios.

Pero lo mejor viene luego: qué les tendríamos que responder a los extraterrestres. La Academia Internacional de Astronáutica, como buen organismo oficial, propone nombrar un subcomité. No hay nada que le guste más a un burócrata que un subcomité. Este debería reclutar a expertos en ciencia, ética, derecho, sociología y comunicación. Es curioso que se hayan olvidado de contratar a un lingüista, que algo tendrá que decir sobre mandar mensajes a las estrellas, pero el caso es que habrá que decidir dos cuestiones capitales: ¿hay que responder o no? Y, en caso afirmativo, ¿qué decimos? “Estas consultas deben conducirse a través de Naciones Unidas y otros cuerpos internacionales representativos”, decreta la academia. Vano deseo, ya que será Elon Musk quien responda.

Entonces, ¿estamos preparados para nuestro primer contacto con una inteligencia extraterrestre? Tres comentarios sobre esto. Primero, una de las formulaciones de la ley de Murphy: toda estrategia militar dura exactamente hasta el momento de enfrentarse con el enemigo. Segundo, una de las llamadas leyes de Clarke (por el escritor Arthur C. Clarke): toda tecnología lo bastante avanzada resultaría indistinguible de la magia. Y tercero, lo que le dijo Isaac Asimov a su editor: sería materialmente imposible vencer a una inteligencia hostil capaz de llegar a la Tierra. Dicho lo cual, un ejercicio de fin de semana para el lector: ¿en qué lenguaje nos podemos entender con los marcianos? Venga, a trabajar.


La revisión por pares es imperfecta, cara, lenta y a veces injusta, pero sigue siendo lo único que separa un descubrimiento de una nota de prensa bien redactada.

¿Una ciencia sin filtros? La polémica sobre la revisión por pares

El anuncio de la creación de la vida en un laboratorio es una prueba más de que la ciencia avanza hacia un sistema de publicación sin revisión con consecuencias inciertas

Una persona lee una revista científica. ... Victor Sanjuan


Hace unos días, los periodistas de ciencia sufrimos una pequeña arritmia al recibir una alerta en el móvil con una noticia de The New York Times, que tenía un titular muy sugerente: “Esta célula se alimenta, crece y se reproduce. Y es artificial”. Ese vuelco en el corazón lo conoce cualquier periodista; ocurre cuando la competencia publica una noticia que él o ella no tiene. Pero los reporteros científicos nos alertamos de otra manera: “¿Me he comido un embargo?”

Y es que la ciencia avanza de una forma muy especial, que poca gente conoce. Un investigador o grupo de ellos puede pasar meses o años trabajando en un descubrimiento, y cuando lo hace, remite esa investigación a revistas como Nature o Science, las más importantes en ciencia. Estas publicaciones someten ese descubrimiento a lo que se llama “revisión por pares”, es decir, se lo remiten a otros científicos del mismo campo, que pueden rechazar el estudio o pedir cambios a esa investigación, en un proceso que puede durar años y que resulta absurdamente caro. Una vez admitida su publicación, los periodistas recibimos “embargadas” esas investigaciones, es decir, las podemos leer con varios días de antelación, para poder hacer así nuestro trabajo con el tiempo necesario para entender y valorar el descubrimiento. De ahí mi arritmia: si se ha creado vida artificial, el estudio debería haber sido publicado por Nature y Science y, si no lo he visto, no es que sea mala periodista, es que ni siquiera sé leer. Pero no: el Times había publicado una investigación que le pasaron, y que estaba sin revisar.

¿Hizo mal el Times? En esto hay una verdad incómoda: el sistema está podrido. Publicar en abierto en Nature cuesta 12.850 dólares por artículo. La revisión, que debería durar semanas, se eterniza hasta dos o tres años, mientras los editores exigen experimentos adicionales que devoran becas, tiempo y talento, sin que después se mueva una coma de las conclusiones. Los críticos de este modelo lo dicen con crudeza: los editores dejaron de valorar si un descubrimiento era importante y empezaron a medir el mérito por kilos de datos, para blindarse ante cualquier decisión discutible. El resultado es un peaje absurdo pagado, casi siempre, con dinero público. Y un negocio redondo: el investigador entrega el trabajo gratis, otro colega lo revisa gratis y la editorial cobra por publicarlo y, después, por dejar que lo leamos. Ningún otro sector se atrevería a tanto.

Por eso, cada vez más investigación se difunde en preprints, esos borradores que se publican sin pasar el filtro de otros expertos. La revisión por pares empieza a parecer opcional. ¿Estamos ante el final de la ciencia tal y como la conocemos?

Aquí asoma la inevitable inteligencia artificial, que sus defensores presentan como el bisturí capaz de amputar toda la grasa ceremonial de la revisión por pares y, de paso, el gran negocio de las editoriales científicas: si una máquina verifica en horas lo esencial de un paper, el tribunal de sabios lentos y carísimos sobra.

Ojalá fuera tan sencillo. Porque el problema de la célula artificial no es que sus autores tuvieran prisa, sino que confundieron anunciar con demostrar. La revisión por pares es imperfecta, cara, lenta y a veces injusta, pero sigue siendo lo único que separa un descubrimiento de una nota de prensa bien redactada. Cuando la eliminamos, no democratizamos la ciencia: la dejamos a merced de quien tenga mejor gabinete de comunicación. Y eso, en tiempos de bulos con bata blanca, es jugar con fuego.

La solución no es dinamitar el filtro, sino arreglarlo: revisión más rápida, más barata y más transparente. Mientras tanto, cada vez que alguien nos venda vida artificial en rueda de prensa, los periodistas debemos hacer lo que ya hacíamos, que es lo que haría cualquier buen revisor: pedir los datos, dudar, esperar y preguntar.