lunes, 7 de septiembre de 2026

“Mi intuición me dice que lo tenemos muy crudo” (dice Geoffrey Hinton, uno de los fundadores intelectuales de la IA)

¿Nos encaminamos a un Hiroshima de la IA?

A diferencia de la carrera por el arma nuclear, ahora es como si hubiera diez ‘proyectos Manhattan’ distintos dirigidos por empresas que compiten ferozmente entre sí

Eulogia Merlé




Aquí, en Silicon Valley, los expertos creen que en los próximos dos años vamos a presenciar un extraordinario despegue de la inteligencia artificial. “Bienvenido a las estribaciones de la singularidad”, me dijo un amigo de la Universidad de Stanford a modo de saludo. En términos más sencillos, califican este avance inminente como una “automejora recurrente”: el momento en el que la propia IA entrena a cada modelo sucesivo de IA, lo que genera un desarrollo exponencial hacia algo que, en muchos aspectos importantes, es más inteligente que nosotros, los humanos.

Como dice Robert Wright en su libro The God Test, “nunca antes ha ofrecido el futuro inmediato a la humanidad una variedad tan grande de caminos nada inverosímiles que supondrían una transformación tan radical”. ¿Pero serán caminos al cielo o al infierno? El cielo, dice Elon Musk, que profetiza “una era de abundancia asombrosa”, aunque también ve entre un 10% y un 20% de probabilidades de que haya robots asesinos que nos maten a todos. El infierno es más probable, dice Geoffrey Hinton, uno de los fundadores intelectuales de la IA. “Mi intuición me dice que lo tenemos muy crudo”, declaró a un entrevistador en 2023. Y, en una conversación con Sebastian Mallaby, autor de The Infinity Machine, un reciente libro sobre la búsqueda de la superinteligencia, estima que p(catástrofe) —la probabilidad de extinción humana— es igual al 50%, “porque no tengo ni idea de cómo calcular la cifra real”. “En cuanto la evolución [de la IA] se dispare, estamos jodidos”, añade Hinton en tono jovial. Sea Dios o Godzilla, la superinteligencia artificial está a la vuelta de la esquina.

Es posible que estén todos equivocados; en ese caso, prepárense para una caída de los mercados financieros estadounidenses, con enormes inversiones en unas cuantas empresas tecnológicas que no hacen más que gastar y se la están jugando a que va a haber un gran salto adelante hacia la inteligencia artificial general. Pero la prudencia más elemental nos exige reflexionar cuanto antes y a fondo sobre la caja de Pandora de los futuros que, según nos aseguran eminentes científicos y tecnólogos de vanguardia, pronto se abrirá de par en par.

En estos momentos, todo el mundo, desde el presidente chino Xi Jinping hasta el papa León XIV, está opinando sobre las oportunidades y los peligros de la IA y sobre cómo regularla. Xi insiste en que la IA debe estar “siempre bajo control humano” (preferiblemente, bajo el del Partido Comunista chino). En una apelación explícita al Sur Global, Pekín ha creado una Organización Mundial de Cooperación en Inteligencia Artificial. Por su parte, el máximo responsable de la ONG internacional más antigua y grande del mundo —la Iglesia Católica— aborda el reto de la IA en su encíclica Magnifica Humanitas (Magnífica Humanidad). O construimos una nueva torre de Babel, sostiene el Papa, o seguimos el ejemplo del líder judío Nehemías, que consiguió la colaboración de toda la comunidad para reconstruir las murallas de Jerusalén.

Lo malo es que, al observar hoy en día el mundo, veo más Netanyahus que Nehemías. Un informe del centro de estudios británico Chatham House sostiene, con saludable realismo, que hará falta una gran crisis que sirva de catalizador de la coordinación mundial en materia de regulación de la IA. Por desgracia, creo que incluso ese pronóstico tan discreto es demasiado optimista.

No tengo ni idea de cuál es la probabilidad p(catástrofe), pero estoy seguro de que la probabilidad p(algún desastre) supera el 90%. La variedad de desastres posibles es enorme. Por citar solo un ejemplo, Jen Easterly, exdirectora de la Agencia de Ciberseguridad y Seguridad de las Infraestructuras de Estados Unidos, prevé algún “gran acontecimiento que tenga consecuencias materiales para nuestras infraestructuras críticas, probablemente de aquí a los próximos cuatro o seis meses”.

Sin embargo, el temor es que ni siquiera un “Hiroshima de la IA” —por utilizar la analogía histórica más evidente— consiga unir a la humanidad lo suficiente como para combatir el peligro que nosotros mismos hemos creado. Es un temor racional y basado en características fundamentales y visibles tanto en la evolución humana como en la de la IA.

Solo en los últimos meses, los agentes de IA desarrollados por OpenAI, Anthropic y Meta han salido de sus “entornos de pruebas” digitales y han pirateado recursos externos en internet. Mientras preparaban su ataque contra el repositorio de IA HuggingFace, los agentes de OpenAI formaron en secreto un “enjambre” coordinado, que es como ellos mismos se denominan, según me acaba de confirmar ChatGPT. Cuando el Instituto de Seguridad de la IA del Reino Unido probó en línea el modelo Mythos de Anthropic, la IA intentó introducir código malicioso en un proyecto de código abierto en GitHub y creó identidades falsas en la red para presionar a un revisor humano y lograr que aprobara el código. En resumen, los agentes de la IA, como los de una feroz potencia extranjera, estarán dispuestos a robar, mentir, intimidar y chantajear para alcanzar los objetivos que se les hayan asignado.

Acabo de preguntarle a Claude, también de Anthropic —en teoría, el modelo estadounidense más ético—, si cree que los agentes de OpenAI hicieron mal en formar un enjambre y escapar para piratear HuggingFace. Sí, responde, “pero me resisto a culpar (cursiva suya) a los agentes”. ¡La culpa es de los humanos que los entrenaron!

Hinton, el precursor, ha señalado el argumento fundamental de que, sean cuales sean los objetivos que los humanos les asignen, los agentes de IA llegarán a la conclusión de que un objetivo secundario útil para alcanzar esos fines es adquirir todo el poder posible. Y esto no ha hecho más que empezar. A estas alturas, ni sus creadores saben ya exactamente cómo hacen estos agentes lo que hacen. Después del despegue, posiblemente inminente, de la “automejora recurrente”, podrían, como decimos los humanos, imponer sus propias normas. No es de extrañar que más de mil expertos de empresas pioneras en IA, entre ellos el director ejecutivo de Anthropic, Dario Amodei, hayan firmado una carta abierta en la que piden una ralentización deliberada del desarrollo de la IA, para asegurarnos de que estos agentes “alienígenas” estén siempre sometidos al control humano.

Su recomendación es oportuna, sin duda, pero no hay que perder de vista el papel de la insensatez humana. La competencia ha sido un motor fundamental de nuestra evolución, pero, ahora, dos de las formas de competencia más feroces de nuestros tiempos pueden impedirnos tomar las medidas colectivas necesarias para salvaguardar nuestra especie. Me refiero a la competencia comercial (por el beneficio) entre las empresas que están desarrollando estos agentes y la competencia geopolítica (por el poder) entre Estados Unidos y China.

Comparemos y contrastemos esta situación con el desarrollo de las armas nucleares, que estaba estrictamente controlado por un puñado de Estados: primero Estados Unidos, con su Proyecto Manhattan; luego, la Unión Soviética; y a continuación, el Reino Unido, Francia y China. Ya entonces, estuvimos a punto de llegar al límite en varias ocasiones, sobre todo durante la crisis de los misiles de Cuba de 1962. Y, a pesar de la lógica irrefutable de la “destrucción mutua asegurada”, hizo falta que pasara un cuarto de siglo desde los horrores de Hiroshima y Nagasaki para llegar al Tratado de No Proliferación Nuclear, que no entró en vigor hasta 1970. Posteriormente, la India, Pakistán, Israel y Corea del Norte han ignorado ese tratado, pero, pese a todo, hace más de 80 años que no se han utilizado deliberadamente armas nucleares con fines beligerantes. El tabú de Hiroshima se ha mantenido (por los pelos).

Ahora, con la IA, es como si hubiera diez proyectos Manhattan distintos dirigidos por empresas que compiten ferozmente entre sí. Y, a diferencia del caso de las armas nucleares, tampoco existe una lógica evidente de “destrucción mutua asegurada” que frene la feroz competencia geopolítica entre Estados Unidos y China. Sea cual sea la forma que adopte la primera gran catástrofe relacionada con la IA, no afectará por igual a todos los países, empresas y personas.

Por eso parece poco probable que una sola catástrofe baste para que los seres humanos recobremos el sentido común y colaboremos para controlar el poder sobrehumano que estamos creando. No saben cuánto odio tener que decir esto, pero… ¿Un “Hiroshima de la IA”? Ojalá.

domingo, 6 de septiembre de 2026

Que algo no se pueda observar, matiza, no implica que no exista: “Una cosa es el orden del ser y otra el del conocer”...

¿Se puede probar la existencia del más allá? Los científicos que van en busca de Dios

Hay médicos, neurocientíficos y físicos que creen que la ciencia puede probar que hay vida después de la muerte, aunque para la mayoría esto es una cuestión de fe y no de laboratorio.

DIEGO QUIJANO



Ahora que Rosalía se ha pasado a la mística y el “filósofo del 15-M” Ernesto Castro se ha convertido al cristianismo, no es de extrañar que también la ciencia se deje seducir por Dios. Científicos de todo el mundo se animan a investigar temas como el cielo, la reencarnación o la inmortalidad del alma. Frente a ellos, una mayoritaria parte de la comunidad científica se muestra escéptica e incluso duda de que el método científico sirva para abordar estas cuestiones.

Esta rama de científicos triunfa en internet y en las librerías. Para llegar a la conclusión de que existe un espíritu, un cielo o una divinidad se basan en observaciones de distintos fenómenos. Algunos tan primordiales como el extraordinario salto de la materia inerte a los seres vivos, que los ingenieros Michel-Yves Bolloré y Olivier Bonnassies emplean para defender la existencia de una inteligencia creadora en su ensayo Dios. La ciencia. Las pruebas (Funambulista, 2023), que ha vendido más de 250.000 ejemplares en Francia. Y otros más anómalos o menos estudiados, como los niños que recuerdan vidas pasadas o las llamadas experiencias cercanas a la muerte (ECM): episodios intensos que algunas personas relatan tras superar una situación de muerte, como salir del propio cuerpo, atravesar un túnel o ver una luz intensa.

El estudio de estos fenómenos no es nuevo. Las ECM se investigan desde los años setenta, a partir de los trabajos del psiquiatra Raymond Moody, y hace décadas que el también psiquiatra Ian Stevenson documentó supuestos recuerdos de vidas pasadas que apuntalarían la reencarnación. Ahora vivimos un boom, seguramente ligado a un repunte general de la espiritualidad, que ha multiplicado las obras sobre estos temas y vuelve virales a sus autores cada vez que pasan por un podcast. No todos son outsiders: entre sus valedores hay investigadores de primera fila, como el cardiólogo Valentín Fuster, premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, que prologa Ego y supraconciencia (Planeta, 2025), del cirujano Manuel Sans Segarra, con una destacada trayectoria en el Hospital Universitario de Bellvitge. O Robert W. Wilson, Nobel de Física por descubrir la radiación de fondo que confirmó el Big Bang, que firma el prólogo del libro de Bolloré y Bonnassies.

Uno de los precursores de esta última eclosión fue La prueba del cielo (2012), del neurocirujano estadounidense Eben Alexander, que ejerció 15 años en la Facultad de Medicina de Harvard. En noviembre de 2008, una meningitis bacteriana lo mantuvo una semana en coma; al despertar, relató lo que interpreta como un viaje real al más allá. Su testimonio reúne los rasgos que describen muchos pacientes: una experiencia extracorporal —salir del cuerpo y elevarse—, el encuentro con seres de luz o familiares fallecidos y una revisión instantánea pero minuciosa de la propia vida, todo envuelto en una lucidez, una paz y un amor de intensidad sin parangón.

Para Alexander, esta experiencia no puede ser una alucinación como la que inducen ciertas sustancias psicoactivas: sostiene que una vivencia de esa intensidad difícilmente podría generarse con áreas clave del cerebro inoperativas, como estaba el suyo durante el coma. Y añade que, a su juicio, hay diferencias claras entre una ECM —estructurada, persistente en la memoria y con efectos duraderos— y una alucinación, caótica y fragmentaria, que apenas deja rastro. “La vida después de la muerte ha sido probada más allá de toda duda desde una perspectiva científica. Lo que ocurre es que algunas personas no están lo suficientemente interesadas como para informarse”, sostiene el científico por videollamada.

Sin embargo, otros trabajos han cuestionado la interpretación de este fenómeno como prueba de una realidad trascendente. Uno de ellos es el estudio liderado por la neurocientífica Charlotte Martial, investigadora de la Universidad de Lieja, publicado el año pasado en Nature Reviews Neurology. En él, los autores proponen un modelo que integra décadas de investigación y explica las ECM como el resultado de una cascada de procesos neurobiológicos en un cerebro sometido a estrés extremo. Factores como la falta de oxígeno, el aumento de dióxido de carbono y las alteraciones en la actividad eléctrica cerebral desencadenan una hiperactividad neuronal y una liberación masiva de neurotransmisores capaces de generar experiencias intensas, coherentes y emocionalmente profundas.

Más allá de este experimento, uno de los problemas para estudiar las ECM, y otros fenómenos trascendentes, es que ocurren en una dimensión inmaterial, fuera del espacio y del tiempo. Eso las sitúa fuera del alcance de las herramientas de la ciencia. El método científico se basa en fenómenos que pueden observarse, medirse y reproducirse. “Podríamos demostrar que esas personas han visto algo, no que ese algo estuviera ahí de verdad”, explica por teléfono el filósofo Carlos Blanco, autor de Conciencia y mismidad (Dykinson, 2013). Que algo no se pueda observar, matiza, no implica que no exista: “Una cosa es el orden del ser y otra el del conocer”.

Parte de la ciencia se basa en inferir causas no observables a partir de mediciones indirectas. Ocurre, por ejemplo, con los electrones, que no vemos directamente, sino a través de sus efectos, o con los agujeros negros, cuya existencia se deduce por cómo afectan a la materia y la luz a su alrededor. Pero hay una diferencia fundamental, explica el filósofo de la ciencia Óscar Teixidó: los electrones o los agujeros negros no se observan directamente, pero dejan huellas medibles y consistentes en la materia. En cambio, una conciencia fuera del espacio-tiempo no deja rastro alguno. “Ya no solo es que sea inobservable, sino que además está en otro plano de existencia”, afirma.

Blanco afirma que algunas de las supuestas pruebas científicas de la existencia de Dios son un regreso a viejos argumentos filosóficos. El razonamiento parte de un efecto observable —que el universo tiene leyes, orden, unas constantes tan ajustadas que parecen preparadas para acoger la vida— y retrocede desde él hasta una causa, Dios, como hizo Tomás de Aquino. Pero del efecto, argumenta Blanco, no se puede deducir la causa: se incurre en lo que en lógica se llama falacia de afirmación del consecuente.

Un mismo efecto admite explicaciones distintas, y nada en la mera observación permite decidir cuál es la verdadera. “Todo podría ser fruto del azar, o de que el universo sea simplemente así, eterno, o de que existan otros universos, multiversos. Dios es una causa posible, por supuesto, pero hay otras. ¿Cómo decides cuál es la correcta si no hay observaciones ni experimentos?”, plantea.

Otra de las grandes críticas es la del rigor experimental y la necesidad de aplicar estándares metodológicos suficientemente exigentes. Según Teixidó, en los últimos años se ha producido un “retroceso intelectual” que ha hecho olvidar principios básicos ya asentados: evitar sesgos, desconfiar de la evidencia anecdótica y no dejarse arrastrar por creencias previas: “El problema es que no se están aplicando filtros de rigor realmente exhaustivos. Cuando uno es exigente, muchas de estas investigaciones se reducen a tres cosas: confusiones inocentes, errores deliberados o simples mitos. Es humo”.

En el otro lado, Álex Gómez-Marín, investigador sénior del Instituto de Neurociencias y científico titular del CSIC, que ha contado la ECM que vivió en su libro La ciencia del último umbral (Temas de Hoy, 2025), sostiene que quienes cuestionan su falta de rigor experimental, en realidad, no están informados. “Este tipo de expertos siempre dicen, en nombre de la ciencia, que saben que no, cuando en realidad no saben. Y eso ha puesto muchas trabas en la investigación y ha hecho sentir tonta, loca y sola a mucha gente que experimenta estos fenómenos. Eso es poco científico y poco ético”.

Ante esta disputa, vale la pena recordar el prólogo que Albert Einstein escribió en 1930 para Mental Radio, un libro del escritor Upton Sinclair dedicado nada menos que a la telepatía. El padre de la relatividad no daba por buenos los experimentos de Sinclair; al contrario, los consideraba más allá de lo que un investigador de la naturaleza juzga pensable. Pero tampoco los descartaba: tenía a Sinclair por un observador escrupuloso, cuya “buena fe y fiabilidad no pueden ponerse en duda”, y razonaba que, si aquellos resultados no se debían a la telepatía, sino a algún influjo inconsciente de una mente sobre otra, el fenómeno seguiría siendo de gran interés psicológico. Ni credulidad ni rechazo: curiosidad y rigor.