sábado, 31 de enero de 2026

El Doctor No te saca el cerebro del cráneo y lo mete en un frasco... ¿dónde está tu consciencia?

Tu cerebro en un frasco

El avance de los sistemas de inteligencia artificial y de los minicerebros a partir de células madre plantea nuevas preguntas sobre la consciencia

Imagen conseguida mediante resonancia magnética de un cerebro humano adulto y sano.


Hagamos un experimento mental. El Doctor No te saca el cerebro del cráneo y lo mete en un frasco con todos los nutrientes necesarios para mantenerlo vivo. Pone especial cuidado en conectar tus ojos y tus oídos, que siguen puestos en tu cabeza como siempre, a unos cables de alta tecnología que los mantienen unidos a las zonas correctas del cerebro, es decir, las áreas primarias del procesamiento visual y auditivo. Lo que tus ojos ven y tus oídos oyen llega por tanto al cerebro como siempre. Así que allí estás tú, mirando tu cerebro metido en un frasco. Bien, ahora responde: ¿dónde está tu consciencia?

Como tienes unos conocimientos básicos de neurología, tú sabes que tu consciencia debe estar en algún lugar de ese órgano de kilo y medio metido en un frasco allí delante de ti. Pero lo que sientes no es eso en absoluto. Lo que tú sientes es lo mismo que antes de que el Doctor No empezara la operación: que  estás detrás de tus ojos y en medio de tus dos oídos. Es evidente, ¿no? El Doctor No ya puede llevarse tu cerebro a la habitación de al lado o al planeta Mongo, que tú vas a seguir estando donde estás ahora, detrás de tus dos ojos y en medio de tus dos oídos, ¿no es cierto?

De hecho, si el Doctor No se llevara tu cuerpo con el cráneo vacío al planeta Mongo y dejara el cerebro en el frasco aquí en la Tierra, tú declararías estar en el planeta Mongo, por más que supieras que tu cerebro —el sustrato neuronal de tu consciencia— sigue en la Tierra metido en un frasco. Es algo desconcertante, porque la consciencia es producto de la actividad del cerebro, no de la actividad de la retina ni del tímpano, y es lícito decir que está metida en ese frasco, por mucho que tú creas que está en Mongo. ¿Y si el Doctor No, con esa mala uva que le caracteriza, corta ahora los cables que unen el frasco a los ojos y los oídos? ¿Volvería la consciencia al frasco, como el genio de la lámpara cuando ha concluido su jornada laboral? ¿O desaparecería de repente?

Bien, ahora que te habré amargado el sábado por completo, dejémonos de experimentos mentales y volvamos al planeta Tierra. Hay casos tan graves de epilepsia que solo se pueden tratar mediante una intervención radical llamada hemisferotomía (no confundir con la hemisferectomía, explicaré esto enseguida). Consiste en aislar el hemisferio cerebral que causa los ataques. Eso significa desconectarlo del resto del cerebro y de los nervios que traen las señales sensoriales y sacan las órdenes a los músculos, aunque respetando los vasos sanguíneos para dejarlo vivo (en la hemisferectomía, en cambio, el hemisferio se extirpa directamente).

Tras una hemisferotomía, los neurólogos pueden examinar el hemisferio aislado del mundo con las técnicas habituales, como la resonancia magnética y el electroencefalograma. Y los resultados revelan con claridad que ese hemisferio desconectado sigue funcionando con relativa normalidad, dentro de lo que cabe. Las redes neuronales conocidas mantienen su actividad intacta, hasta donde estas técnicas de imagen pueden determinar. El hemisferio aislado, que es lo más parecido que podemos tener al frasco del Doctor No, parece estar en una especie de sueño profundo. No es tan extraño. Al fin y al cabo, durante el sueño REM —el sueño con sueños— persiste una forma de consciencia pese a que estamos desconectados de los sentidos y de los músculos.

La cuestión no es un mero ejercicio de filosofía pura. El avance de los sistemas de inteligencia artificial y de los minicerebros obtenidos de células madre planteará pronto la posibilidad de que un cerebro en un frasco tenga una forma de consciencia. Y esto es todo por hoy.


domingo, 18 de enero de 2026

...no parece haber una física, sino dos... ¿Cómo pueden dos teorías correctas ser incompatibles?

Relaciones imprevistas

László Barabási cree que las matemáticas de la teoría de cuerdas son ideales para describir los árboles de dendritas que forman nuestras neuronas




Normalmente no me atrevería a escribir sobre esto, pero la realidad que emana de la Casa Blanca, o de lo que queda de ella después de tirar el ala Este para hacer un salón de baile de Luis XIV, es tan exótica, tan angustiosa y taciturna, que incluso las áreas más impenetrables de la ciencia brillan en comparación como planetas en el cielo del ocaso. Así que, si quieres descansar un rato del sueño espeso de lo inverosímil, acompáñame en este viaje por las arquitecturas que están trazando las mentes más brillantes de nuestro tiempo. Tal vez te abran el apetito después de un año de náuseas.

Los físicos tienen fama de gente soberbia, pero lo cierto es que llevan un siglo azorados por lo que en su disciplina se considera un pecado mortal: que no parece haber una física, sino dos. En la escala de los átomos y más abajo rigen los extraños códigos de la mecánica cuántica, donde una partícula puede estar en dos sitios a la vez y los gatos están vivos y muertos al mismo tiempo. Pero las cosas más grandes, como las manzanas, los planetas y el universo entero, obedecen a una legislación distinta, una donde la materia le dice al espacio cómo curvarse y el espacio le dice a la materia cómo moverse, un mundo parsimonioso y elegante por donde nuestra intuición puede navegar sin sobresaltos. Lo llamamos relatividad general, pero eso es lo de menos.

Tanto la mecánica cuántica como la relatividad general son teorías extremadamente exitosas que, cada una a su escala de tamaño, predicen la realidad con un montón de decimales. Pero son incompatibles entre sí. Esto no es solo el principal problema al que se enfrenta la física desde hace un siglo, sino también un enigma filosófico desconcertante. ¿Cómo pueden dos teorías correctas ser incompatibles? Además, ¿en qué momento tenemos que saltar de una física a la otra? Un átomo y todo lo que tiene dentro —electrones, quarks y demás— son física cuántica, vale, pero ¿y dos átomos? ¿Y 200 átomos? ¿Cuándo tenemos que dejar un libro en la estantería y sacar el otro? Todo esto es francamente embarazoso, ¿no crees?

Durante el último medio siglo, gran parte del joven talento físico se ha sentido atraído por una posible solución llamada teoría de cuerdas. Postula que las partículas, como el electrón o el fotón, no son puntos, sino líneas, como minúsculas cuerdas de guitarra. La misma cuerda vibra de una forma y eso es el fotón, vibra de otra y eso es el electrón. Lo que llamamos partículas serían distintas notas musicales producidas por la misma cuerda, un átomo sería un acorde y el universo una sinfonía. Precioso. Para los físicos, el gran atractivo de esta teoría es que disipa la incompatibilidad entre las dos físicas. (Las ecuaciones de la relatividad se deshacen cuando se aplican a un punto, pero no cuando se aplican a una cuerda). Por desgracia, las matemáticas de la teoría de cuerdas requieren que el mundo tenga 11 dimensiones, y no han logrado hacer una predicción que pueda someterse a prueba experimental. Los físicos críticos dicen por eso que la teoría de cuerdas no es una ciencia, sino una filosofía. Y una bien extraña, cabría añadir.

Acaba de surgir, sin embargo, un giro inesperado de guion. El físico Albert-László Barabási, uno de los científicos más originales y creativos de nuestro tiempo, cree que las matemáticas de la teoría de cuerdas son ideales para describir los árboles de dendritas que forman nuestras neuronas. Lo acaba de publicar en Nature, y tienes el paper en abierto a tu entera disposición. Si decides leerlo, remángate y cancela todos tus compromisos para el fin de semana. La relación imprevista entre la relatividad, la mecánica cuántica y la consciencia es droga dura, pero la Casa Blanca es aún peor.

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