sábado, 7 de febrero de 2026

La persona afantásica carece de imaginación: no es capaz de generar imágenes en su cerebro.

Cuando la imaginación es ciega

Por increíble que parezca, una de cada 25 personas no puede generar imágenes dentro de su cabeza

Imagina un amanecer en un cielo neblinoso. ¿Cuán vívida es la escena en tu mente? ¿Tan clara como si lo estuvieras viendo de verdad? ¿No tanto? ¿Más bien vaga? ¿O no ves ninguna imagen en absoluto dentro de tu cabeza? Haz el mismo ejercicio con un cielo limpio y azul, o en plena tormenta con rayos y relámpagos, o con un arcoíris. Si no ves ninguna imagen, por más que sepas que estás pensando en esas cosas, tienes “afantasia”, un neologismo acuñado en 2015 por el neurólogo británico Adam Zeman, de la Universidad de Exeter. Por increíble que te parezca, afecta a un 4% de la población —habrá 2.000 afantásicos en un estadio de fútbol, y unos cuantos en tu bloque de pisos— y no se trata de ninguna enfermedad ni discapacidad, sino de una parte normal de la variabilidad humana.

La palabra imaginación es compleja, como el objeto que designa. Decimos “ni por imaginación” para negarnos en rotundo a cualquier cosa, por ejemplo, y alabamos la imaginación de un novelista o de una ingeniera por lo original de sus argumentos o de sus invenciones. Nada de eso tiene que ver con las imágenes, que es de donde viene la palabra, pero la primera acepción que recoge el diccionario es la “facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o ideales”, y es exactamente a esto a lo que nos referimos aquí. La persona afantásica carece de imaginación en este sentido estricto, o etimológico. Lo que pasa es que eso suena fatal y resulta engañoso en el lenguaje común, así que haremos mejor en quedarnos con el neologismo de Zeman.

La afantasia ha suscitado en los últimos años la atención de los neurocientíficos, que quieren saber cómo influye en la percepción del mundo y en las emociones que nos suscita, en la atención y en la memoria. Han averiguado, por ejemplo, que la capacidad de imaginar en imágenes presenta varias modalidades. Algunas personas no solo carecen de ese ojo de la mente, sino también de un “oído de la mente”. Desde luego, este no es mi caso. Hay noches de sueño inquieto en que mi cerebro insomne repite una vez tras otra de manera machacona la misma melodía sin que parezca haber forma humana de darle al botón del stop. Muchos, aunque quizá no todos, sabemos que hay melodías particularmente pegajosas que te pueden amargar el día y la noche. Mi oído de la mente también incorpora la armonía de la pieza (los acordes que acompañan a la melodía), aunque sé que esto no le pasa a todo el mundo.

De forma poco sorprendente, la afantasia tiene un componente genético: si tienes un hermano afantásico, tu probabilidad de serlo también es diez veces mayor que la de cualquier persona al azar. Esto es una fuerte indicación de que la condición se debe a variaciones estructurales de la arquitectura neuronal. Por otro lado, la afantasia parece ser algo más común en los científicos que en los artistas. En ningún caso anula la creatividad, sin embargo; aunque quizá influya en ella de alguna manera, que dista de estar clara.

Un hecho bien curioso es su relación con la “rivalidad binocular”, un fenómeno muy bien conocido por el que, si presentas una imagen diferente a cada ojo de una persona, las dos imágenes no se mezclan, sino que saltan de la una a la otra en su consciencia. Pero si, antes de empezar, le pides al sujeto que imagine una de las dos imágenes, esa es la que verá después la mayor parte del tiempo. A menos que el sujeto sea afantásico, claro, puesto que no es capaz de imaginar ninguna de las dos imágenes previamente. La mente es fascinante, ¿no es cierto?

Y ahora basta de cháchara. Cierra los ojos y dime lo que ves.

sábado, 31 de enero de 2026

El Doctor No te saca el cerebro del cráneo y lo mete en un frasco... ¿dónde está tu consciencia?

Tu cerebro en un frasco

El avance de los sistemas de inteligencia artificial y de los minicerebros a partir de células madre plantea nuevas preguntas sobre la consciencia

Imagen conseguida mediante resonancia magnética de un cerebro humano adulto y sano.


Hagamos un experimento mental. El Doctor No te saca el cerebro del cráneo y lo mete en un frasco con todos los nutrientes necesarios para mantenerlo vivo. Pone especial cuidado en conectar tus ojos y tus oídos, que siguen puestos en tu cabeza como siempre, a unos cables de alta tecnología que los mantienen unidos a las zonas correctas del cerebro, es decir, las áreas primarias del procesamiento visual y auditivo. Lo que tus ojos ven y tus oídos oyen llega por tanto al cerebro como siempre. Así que allí estás tú, mirando tu cerebro metido en un frasco. Bien, ahora responde: ¿dónde está tu consciencia?

Como tienes unos conocimientos básicos de neurología, tú sabes que tu consciencia debe estar en algún lugar de ese órgano de kilo y medio metido en un frasco allí delante de ti. Pero lo que sientes no es eso en absoluto. Lo que tú sientes es lo mismo que antes de que el Doctor No empezara la operación: que  estás detrás de tus ojos y en medio de tus dos oídos. Es evidente, ¿no? El Doctor No ya puede llevarse tu cerebro a la habitación de al lado o al planeta Mongo, que tú vas a seguir estando donde estás ahora, detrás de tus dos ojos y en medio de tus dos oídos, ¿no es cierto?

De hecho, si el Doctor No se llevara tu cuerpo con el cráneo vacío al planeta Mongo y dejara el cerebro en el frasco aquí en la Tierra, tú declararías estar en el planeta Mongo, por más que supieras que tu cerebro —el sustrato neuronal de tu consciencia— sigue en la Tierra metido en un frasco. Es algo desconcertante, porque la consciencia es producto de la actividad del cerebro, no de la actividad de la retina ni del tímpano, y es lícito decir que está metida en ese frasco, por mucho que tú creas que está en Mongo. ¿Y si el Doctor No, con esa mala uva que le caracteriza, corta ahora los cables que unen el frasco a los ojos y los oídos? ¿Volvería la consciencia al frasco, como el genio de la lámpara cuando ha concluido su jornada laboral? ¿O desaparecería de repente?

Bien, ahora que te habré amargado el sábado por completo, dejémonos de experimentos mentales y volvamos al planeta Tierra. Hay casos tan graves de epilepsia que solo se pueden tratar mediante una intervención radical llamada hemisferotomía (no confundir con la hemisferectomía, explicaré esto enseguida). Consiste en aislar el hemisferio cerebral que causa los ataques. Eso significa desconectarlo del resto del cerebro y de los nervios que traen las señales sensoriales y sacan las órdenes a los músculos, aunque respetando los vasos sanguíneos para dejarlo vivo (en la hemisferectomía, en cambio, el hemisferio se extirpa directamente).

Tras una hemisferotomía, los neurólogos pueden examinar el hemisferio aislado del mundo con las técnicas habituales, como la resonancia magnética y el electroencefalograma. Y los resultados revelan con claridad que ese hemisferio desconectado sigue funcionando con relativa normalidad, dentro de lo que cabe. Las redes neuronales conocidas mantienen su actividad intacta, hasta donde estas técnicas de imagen pueden determinar. El hemisferio aislado, que es lo más parecido que podemos tener al frasco del Doctor No, parece estar en una especie de sueño profundo. No es tan extraño. Al fin y al cabo, durante el sueño REM —el sueño con sueños— persiste una forma de consciencia pese a que estamos desconectados de los sentidos y de los músculos.

La cuestión no es un mero ejercicio de filosofía pura. El avance de los sistemas de inteligencia artificial y de los minicerebros obtenidos de células madre planteará pronto la posibilidad de que un cerebro en un frasco tenga una forma de consciencia. Y esto es todo por hoy.