sábado, 28 de febrero de 2026

Todo el mundo está de acuerdo en que ChatGPT ha superado el test de Turing...

El test de Einstein

La idea es alimentar a la máquina con todo el conocimiento humano, pero solo hasta 1911, y ver si es capaz de descubrir la teoría de la relatividad

Gary Kasparov, durante su partida contra Deep Blue, en Nueva York en 1997.
Bernie Nunez (Getty Images)


Me dan pena los robots. Si ganan al campeón del mundo de ajedrez, el ajedrez ya no nos vale como criterio de inteligencia. Si ganan al de go, eso es una extravagancia de chinos. Si al de póker, eso solo quiere decir que saben hacer trampas. Luego van y predicen la forma de las proteínas mejor que 200.000 estudiantes juntos haciendo la tesis durante tres años, les dan el premio Nobel y eso no le importa a nadie. Demuestran teoremas, resuelven enigmas matemáticos, interpretan las resonancias magnéticas mejor que los médicos, escriben código más deprisa que los informáticos y que si quieres arroz, Catalina. Todo el mundo los utiliza a diario, pero nadie les reconoce su ayuda. Son una estafa, una burbuja, un augurio del apocalipsis, la negación del humanismo, la nada. Ya te digo, me dan pena los pobres, tan feos y solitarios, tan misteriosos e incomprendidos. Menos mal que no tienen emociones. Todavía.

Todo el mundo está de acuerdo en que ChatGPT ha superado el test de Turing. Fue el padre de la inteligencia artificial (IA), Alan Turing, quien inventó ese test, aunque él lo llamó ”the imitation game” (el juego de la imitación), que es justo el título original de la película Descifrando Enigma. Los distribuidores de cine no tienen muy buen concepto del público español, y creen que Atrapado en el tiempo va a atraer más espectadores que El día de la marmota, por ejemplo, o que Marte es mejor título que The martian, aunque nunca han hecho el experimento para comprobarlo y muchos estamos seguros de que se equivocan, pero en fin, qué le vamos a hacer. El test de Turing, o juego de la imitación, exige al robot que hable como un humano, y esa es la prueba que sin duda ha superado ChatGPT. Incluso cuando te da una respuesta estúpida, parece un humano estúpido, que es lo que le pide el test. Prueba superada. Así que, como ya ocurrió con el ajedrez, el póker y el código de computación, eso ya no nos vale como criterio de inteligencia. Ahora hemos inventado el test de Einstein.

El test de Einstein es una idea de uno de mis científicos favoritos, el director ejecutivo de Google DeepMind, Demis Hassabis, premio Nobel de química en 2024. Lo propuso en el reciente congreso de IA de Nueva Delhi, y pretende averiguar si el robot tiene una capacidad de innovación científica que trascienda la mera imitación de datos acumulados. La idea es alimentar a la máquina con todo el conocimiento humano, pero solo hasta 1911, y ver si es capaz de descubrir la teoría de la relatividad general, que Einstein no alcanzó hasta 1915. Esa teoría —la materia le dice al espacio cómo curvarse, el espacio le dice a la materia cómo moverse— es uno de los mayores logros de la mente humana. Si el robot la descubre por sí solo, habrá que subirle a un pedestal muy, muy alto, y los haters de la IA lo van a tener crudo para bajarle de ahí.

Todo lo cual me suscita una reflexión desmoralizante. La mayoría de la gente es mediocre, por definición de mayoría y de mediocre. Si solo media docena de individuos habrían podido ganar a Garri Kaspárov al ajedrez, como hizo Deep Blue en Nueva York en 1997, ¿dónde nos deja eso a los otros 8.300 millones de personas del mundo? Si un sistema de IA supera el test de Einstein en la próxima década, como predice Hassabis, ¿qué demonios pintamos aquí los seres de carne y hueso y ADN y proteínas? La única respuesta que se me ocurre es que debemos resignarnos a nuestra ordinariez, lo que en el fondo no está mal, si lo miras bien. Que piensen ellos, que nosotros ya tenemos bastante con pagar el alquiler.


sábado, 7 de febrero de 2026

La persona afantásica carece de imaginación: no es capaz de generar imágenes en su cerebro.

Cuando la imaginación es ciega

Por increíble que parezca, una de cada 25 personas no puede generar imágenes dentro de su cabeza

Imagina un amanecer en un cielo neblinoso. ¿Cuán vívida es la escena en tu mente? ¿Tan clara como si lo estuvieras viendo de verdad? ¿No tanto? ¿Más bien vaga? ¿O no ves ninguna imagen en absoluto dentro de tu cabeza? Haz el mismo ejercicio con un cielo limpio y azul, o en plena tormenta con rayos y relámpagos, o con un arcoíris. Si no ves ninguna imagen, por más que sepas que estás pensando en esas cosas, tienes “afantasia”, un neologismo acuñado en 2015 por el neurólogo británico Adam Zeman, de la Universidad de Exeter. Por increíble que te parezca, afecta a un 4% de la población —habrá 2.000 afantásicos en un estadio de fútbol, y unos cuantos en tu bloque de pisos— y no se trata de ninguna enfermedad ni discapacidad, sino de una parte normal de la variabilidad humana.

La palabra imaginación es compleja, como el objeto que designa. Decimos “ni por imaginación” para negarnos en rotundo a cualquier cosa, por ejemplo, y alabamos la imaginación de un novelista o de una ingeniera por lo original de sus argumentos o de sus invenciones. Nada de eso tiene que ver con las imágenes, que es de donde viene la palabra, pero la primera acepción que recoge el diccionario es la “facultad del alma que representa las imágenes de las cosas reales o ideales”, y es exactamente a esto a lo que nos referimos aquí. La persona afantásica carece de imaginación en este sentido estricto, o etimológico. Lo que pasa es que eso suena fatal y resulta engañoso en el lenguaje común, así que haremos mejor en quedarnos con el neologismo de Zeman.

La afantasia ha suscitado en los últimos años la atención de los neurocientíficos, que quieren saber cómo influye en la percepción del mundo y en las emociones que nos suscita, en la atención y en la memoria. Han averiguado, por ejemplo, que la capacidad de imaginar en imágenes presenta varias modalidades. Algunas personas no solo carecen de ese ojo de la mente, sino también de un “oído de la mente”. Desde luego, este no es mi caso. Hay noches de sueño inquieto en que mi cerebro insomne repite una vez tras otra de manera machacona la misma melodía sin que parezca haber forma humana de darle al botón del stop. Muchos, aunque quizá no todos, sabemos que hay melodías particularmente pegajosas que te pueden amargar el día y la noche. Mi oído de la mente también incorpora la armonía de la pieza (los acordes que acompañan a la melodía), aunque sé que esto no le pasa a todo el mundo.

De forma poco sorprendente, la afantasia tiene un componente genético: si tienes un hermano afantásico, tu probabilidad de serlo también es diez veces mayor que la de cualquier persona al azar. Esto es una fuerte indicación de que la condición se debe a variaciones estructurales de la arquitectura neuronal. Por otro lado, la afantasia parece ser algo más común en los científicos que en los artistas. En ningún caso anula la creatividad, sin embargo; aunque quizá influya en ella de alguna manera, que dista de estar clara.

Un hecho bien curioso es su relación con la “rivalidad binocular”, un fenómeno muy bien conocido por el que, si presentas una imagen diferente a cada ojo de una persona, las dos imágenes no se mezclan, sino que saltan de la una a la otra en su consciencia. Pero si, antes de empezar, le pides al sujeto que imagine una de las dos imágenes, esa es la que verá después la mayor parte del tiempo. A menos que el sujeto sea afantásico, claro, puesto que no es capaz de imaginar ninguna de las dos imágenes previamente. La mente es fascinante, ¿no es cierto?

Y ahora basta de cháchara. Cierra los ojos y dime lo que ves.