La disonancia cognitiva es un “estado
de tensión que surge cuando una persona mantiene dos ideas, actitudes,
creencias u opiniones que son psicológicamente inconsistentes una con otra”,
como escriben los psicólogos Carol Tarvis y Elliot Aronson en su libro Mistakes Were Made (But Not By Me) (Se han
cometido errores, pero no por mí).
Cuando somos víctimas de estas tensiones y
discrepancias, muchas veces ni las reconocemos ni las rectificamos. Al
contrario, hacemos como los astrólogos (sobre todo los tauro) y nos mantenemos
firmes en nuestras creencias, incluso con más ahínco que antes.
De hecho, el estudio de la disonancia
cognitiva lo inició el psicólogo Leon Festinger después de que en 1954 Marian
Keech anunciara que el fin del mundo tendría lugar el 21 de diciembre. Todos
los humanos perecerían salvo su grupo de fieles, a quienes rescataría una nave
espacial. Los seguidores de Keech más comprometidos con la causa, los que
habían vendido sus propiedades confiando en que dejarían el planeta, no solo no
se enfadaron con su líder al ver que el mundo seguía tal cual el 22 de
diciembre, sino que aumentaron su fe y sus esfuerzos proselitistas.
Es decir, cuanto más nos comprometemos con
una idea, más nos cuesta renunciar a ella por muy evidente que sea nuestro
error.
La disonancia cognitiva no es algo que
pase solo a gente metida en sectas o a víctimas de teorías de la conspiración: es
común y nos afecta a todos. Pensemos en las excusas de los fumadores para no
dejar el tabaco a pesar de que saben que les puede matar: “en mi familia no hay
casos de cáncer”, “no todos los fumadores enferman”, “me compensa porque me
relaja”...
También la sufrimos a menudo cuando
hablamos de política. Tarvis y Aronson escriben de lo que ocurrió cuando los
estadounidenses supieron de forma definitiva que no había armas de destrucción
masiva en Iraq y que el presidente Bush había usado una mentira para invadir el
país:
- Muchos votantes republicanos se negaron a aceptar las pruebas y defendieron que sí había armas en Iraq.
- Los demócratas no se libraron de la disonancia: antes de la invasión, el 46% estaba a favor de la intervención militar; sin embargo, en 2006 solo un 21% recordaba haber estado de acuerdo. Es decir, más de la mitad “olvidó” haber creído en algún momento que la guerra estaba justificada
Hay dos formas de enfrentarse a la
disonancia: una ya la hemos visto, es la de hacer toda clase de piruetas
psicológicas para justificarnos; la segunda es más difícil y consiste en
admitir que estábamos equivocados y rectificar.
No es fácil: cuando alguien pone en
evidencia que estamos en un error, nuestro primer instinto es atrincherarnos y
defender nuestras ideas con argumentos cada vez más hostiles. Pero como explica
Kathryn Schulz en su libro En defensa del error, dudar acerca
de nuestras certezas impulsa “la curiosidad, la posibilidad y el asombro”,
además de la empatía, ya que nos abrimos más fácilmente a considerar otras
opiniones y puntos de vista.
Si queremos aprender de nuestras
equivocaciones, necesitamos aprender también a escuchar y a frenar nuestras
ganas de opinar todo el rato. Sobre todo, para no terminar siendo prisioneros
de ideas que hemos defendido con una pasión y agresividad desproporcionada.
Podemos acordarnos del ejemplo de los escépticos
griegos. Esta escuela de pensamiento surge en la Grecia helenística, en el
siglo III a. C., y es contemporánea a cínicos, estoicos y epicúreos. Sus
primeros representantes —Arcesilao, sexto sucesor de Platón al frente de la
Academia, y Pirrón de Ellis— sostenían que debemos resistirnos a los bandos en
las discusiones porque no existe un criterio de verdad universal. Pirrón
proponía que nos abstuviéramos de opinar (la epojé) para así alcanzar la ataraxia,
la paz mental, la tranquilidad.
En sus Esbozos pirrónicos y Contra los
matemáticos, Sexto Empírico expone una idea con la que podemos
estar más fácilmente de acuerdo que con esta renuncia radical al conocimiento.
El escéptico es alguien “comprometido con la investigación” y no alguien “que
llega a doctrinas ya establecidas y aboga por ellas”, como escribe A. C.
Grayling en su Historia de la filosofía. El
objetivo no es llegar a lo que nos parece la verdad y quedarnos ahí tan
ricamente, sino comprometernos con un proceso de aprendizaje continuo, de
investigación constante, porque sabemos que lo que pensamos puede estar
equivocado o simplemente ser incompleto.
Las obras de Sexto Empírico se tradujeron
al latín en el siglo XVI e influyeron en autores como Montaigne, Descartes,
Hume, los ilustrados… Hasta nuestros días: vemos su huella en los filósofos de
la ciencia, práctica que se define por su método y no por sus resultados. La
ciencia no es “la verdad”, sino el sistema que nos ayuda a darnos cuenta de
cuándo estamos equivocados.
Y conviene recordar que nos equivocamos mucho. Yo me equivoco varias veces cada día.
Es el editor de boletines de EL PAÍS y columnista en 'Anatomía de Twitter'. Antes pasó por Verne, donde escribió sobre redes sociales, filosofía y humor, entre otros temas. Estudió Periodismo en la UAB y Humanidades en la UOC. Es autor del ensayo '¿Está bien pegar a un nazi?' (Libros del KO).
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