miércoles, 8 de enero de 2014


Antes de ser encuadernado en forma de libro, todo lo que Ortega y Gasset escribió a lo largo de su vida lo vertió primero en artículos de periódico. Su gloria alcanzó la cima entre 1914 y 1936, periodo en el que fundó Revista de Occidente y El Sol
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Cualquier problema político o social recibía de su pluma un toque de distinción que luego rumiaban sus discípulos Nadie era nada si no pertenecía a la minoría selecta, la ganadería, que Ortega acuñó para reconocer a los suyos.
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Ortega y Gasset, en el asiento trasero, a la izquierda de la foto,
con Serapio Huici, consejero de Calpe, y Nicolás Urgoiti, propietario de El Sol, en una excursión en 1918.
FUE ORTEGA Y GASSET realmente un filósofo profundo, un pensador original o solo un gran periodista divulgador de la filosofía alemana? ¿Fue un intelectual a la altura de los tiempos o un personaje políticamente ambiguo, navegante en la palangana de Pilatos, precursor del fascismo, un estilista encantador de serpientes, amigo de toreros y marquesas? ¿Un certero y arrogante arquero de la modernidad o un precavido hombre público, que a la mínima dificultad, tanto filosófica como política, hurtaba el bulto? La estela que dejaba Ortega estuvo siempre envuelta en polémica. Despertaba por igual la rendida admiración de sus discípulos, la chanza de algunos políticos jabalíes y el odio del nacionalcatolicismo. Una cosa es cierta: Ortega y Gasset fue, sin duda alguna, el gran mandarín del pensamiento español de entreguerras, cuya brillante cabeza ofuscó cuantas ideas germinaban alrededor, salvo las que proyectaba el otro faro, Miguel de Unamuno, con el que compartió el brillo y la fama, en medio del erial de la filosofía escolástica, que estaba todavía en manos de Donoso Cortés, de Balmes y de algún tonsurado más. En Ortega primaba el individualismo y la inteligencia clara; en Unamuno el torrente convulso de la propia agonía, que arrastraba algunas pepitas de oro en medio del barro. Al principio se admiraban. Al final llegaron a odiarse. Unamuno siempre quería cobrar un duro más por artículo. De otro lado, estaba Eugenio d’Ors, cuyo mérito consistía en que todo lo que decía en catalán sonaba a griego.

Vástago de la burguesía madrileña Ortega estudió bachillerato con los jesuitas de El Palo, en Málaga. Luego hizo Filosofía y Letras con los jesuitas de Deusto. Se doctoró en la Complutense con la tesis sobre los terrores del milenio; amplió estudios durante tres años en Leipzig, Berlín y Marburgo e i mpostado por el neokantismo de Herman Cohen, regresó de Alemania lleno de prestigio intelectual que se debía, aparte del talento, a que era el único entre sus congéneres que sabía alemán y al arte que tenía de componer un ceño sombrío como de estar pensando en cosas muy severas solo al alcance de un cerebro privilegiado. Ganó la cátedra de metafísica de la Complutense y a través de un verbo copioso de floridas metáforas su pensamiento comenzó a manar desde la tarima. Al principio tuvo veleidades socialistas, pero pronto fue sanado por un liberalismo radical. “No soy socialista por lo que el socialismo me pueda quitar, sino por lo que me quiera dar”, decía.

En este personaje se produjo una temprana trasmutación: de llamarse Pepe Ortega, en plan castizo, siendo todavía muy joven, comenzó a ser saludado con un respetable don José, quien solía volver a Alemania a abrevar de nuevo en el manantial preclaro del saber idealista, a dar conferencias y a recibir homenajes, pero un año realizó una visita extraordinaria, que muestra otro perfil de su carácter. Según cuenta el torero Domingo Ortega, el filósofo lo invitó a acompañarle al carnaval de Berlín. “Me obligó a ir vestido de corto; él se disfrazó con una pamela y una bata larga; estaba muy gracioso. La gente, allí en Alemania, lo admiraba mucho, sobre todo las chavalas de 18 años. Qué tío, las chicas lo adoraban, lo manoseaban”. Por su parte, coqueto y retrechero, él también admiraba a esas mujeres “con los senos en punta”, según escribió, como su amiga, la ricahembra madrileña, la marquesa de Llanzol, pero llega una edad en que las mujeres no es que no te miren, es que ya no te ven.

Al primero que desbancó con su talento fue a su propio padre, José Ortega Munilla, escritor y periodista de fama, que había esposado a la heredera del fundador y dueño del diario El Imparcial, don Eduardo Gasset Artime. A la hora de dirimir qué fue realmente Ortega y Gasset, si un filósofo o solo un insigne periodista, él mismo dijo un día que había nacido encima de una rotativa. En realidad todo lo que pensó y escribió a lo largo de su vida lo había vertido primero en artículos de periódico antes de ser encuadernado su pensamiento en forma de libro.

Un día, durante un acto académico, ¿o sería en el tiro de pichón o en un té con pastas en casa de la marquesa de Villavieja?, fue presentado por Romanones al rey Alfonso XIII. “Majestad”, dijo el conde, “le presento al catedrático don José Ortega”. ¿Catedrático de qué? “De Metafísica”. “¡¡Atiza!!”, exclamó horrorizado el monarca. Si estaban en el tiro de pichón a continuación sonaría una voz: “¡Pájaro!”, seguida de dos escopetazos. Así tiraba el rey a pichones; así cazaba al vuelo Ortega las ideas, pero la broma le salió cara al monarca. Esa frivolidad borbónica, precedida por el desplante que le hizo al filósofo al negarse a recibirlo en palacio, desembocó en una inquina personal. El famoso artículo El error Berenguer, que terminaba con la exclamación catoniana, Delenda est Monarchía, supuso la puntilla y el arrastre del Borbón.

La gloria orteguiana alcanzó la cima entre 1914 y 1936. En ese periodo fundó y dirigió la revista España; fundó y dirigió la editorial y Revista de Occidente, por la que pasó todo el pensamiento moderno; creó y alimentó personalmente su propia revista El Espectador y cuando por disputas familiares se apartó agriamente de El Imparcial, fundó e inspiró el periódico El Sol, a su mayor honra y homenaje. Nadie era nada si no pertenecía a la minoría selecta, el hierro de la exquisita ganadería intelectual que Ortega acuñó para reconocer a los suyos. Mientras tanto, el pensamiento del maestro se diluía en conferencias, artículos, ensayos, tertulias y viajes. No había ningún tema de nuestro tiempo contra el cual Ortega no disparara, la España invertebrada, la revolución de las masas, la deshumanización del arte, cualquier problema político, social o estético recibía de su pluma un toque de distinción, que era la alfalfa fresca recién segada que luego rumiaban sus discípulos. Unas veces daba charlas de pie con una mano en la cintura, como un flamenco, otras blandía una manzana en el aire para impartir una lección de perspectiva. De hecho, tenía algo de torero, aunque su figura recordaba más a la del picador, que siempre habla con frases redondas.

Durante las Cortes Constituyentes de la República, cuando el jabalí Indalecio Prieto lo veía entrar en el hemiciclo del Congreso exclamaba: “Aquí llega la masa encefálica”. El elitismo aristocratizante de Ortega proyectado en La Agrupación de Intelectuales al Servicio de la República que había fundado con Marañón y Pérez de Ayala pronto resbaló en la grasa del pueblo. “No es esto, no es esto”, exclamó Ortega. Otro dictamen del oráculo político.

Fue la guerra civil la que rompió el encanto intelectual de Ortega. Un primer exilio molesto en París, el escándalo para sus devotos discípulos al ver que elegía refugio en Lisboa donde gobernaba otro dictador, el frailuno Salazar; un viaje fracasado a Buenos Aires en 1941 con un recibimiento frío de las élites de Victoria Ocampo, que en otro tiempo lo acogieron como a un héroe de la inteligencia; vuelta a Lisboa y regreso a España en 1945. Aquí la universidad le había preservado el sueldo de catedrático, pero mientras unos le invitaban a resistir y dar la cara contra el régimen, otros dentro del franquismo le tiraban de la manga para atraerlo a la causa. El dictador se quejó de que Ortega llevaba un tiempo ya en Madrid y no había ido al Pardo a cumplimentarle. Tertulias, conferencias famosas en el cine Barceló, depresión, enfermedad, y finalmente otra incógnita. Ortega había siempre dado la espalda a la Iglesia, pero alrededor de su lecho de muerte revoloteó el agustino Félix García, experto en descabellar con la extremaunción a agnósticos de renombre. El fraile entró en la alcoba del moribundo. ¿Ortega confesó sus pecados, besó el Crucifijo? El fraile dejó el interrogante en el aire. Una tarde de octubre de 1955 el ilustre filósofo, el insigne periodista, regaló el alma a la inmortalidad. Su entierro fue un acto de afirmación contra la España negra.

Artículo publicado por MANUEL VICENT 
en el suplemento BABELIA de EL PAÍS 04.01.14 ... pag.19

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