viernes, 9 de enero de 2026

...nuestra consciencia se construye a partir de señales que vienen del interior del cuerpo y que llegan a través de lo que se llama interocepción,.

Antonio Damasio, neurocientífico: “Los organismos artificiales pueden llegar a tener consciencia, pero no como la humana”

El reconocido investigador portugués publica ‘Inteligencia natural y la lógica de la consciencia’, en el que trata de dar respuesta a uno de los mayores misterios del cerebro humano: cómo somos capaces de saber que existimos

Antonio Damasio, fotografiado el lunes en un hotel de Madrid. ... Pablo Monge


Antonio Damasio lleva tres décadas desmontando la idea original de Descartes de que la mente y el cuerpo son entidades separadas. El error de Descartes, que este investigador lisboeta publicó en 1994, es ya un clásico de la neurociencia y colocó al autor como uno de los científicos más influyentes de su campo. 30 años después, y tras haber ganado todo tipo de galardones y doctorados honoris causa, Damasio va más allá: en su nuevo libro, Inteligencia natural y la lógica de la consciencia (Destino), el neurocientífico de 81 años no solo argumenta que no podemos entender la consciencia sin el cuerpo, sino que, al contrario de lo que habitualmente se presupone, no sentimos porque somos conscientes, sino que sucede exactamente al revés: para ser conscientes, debemos primero sentir. La respuesta al eterno misterio de la consciencia, sostiene Damasio, no está en la corteza cerebral —como se pensaba— sino en estructuras más antiguas, y esa distinción tiene implicaciones profundas para entender qué nos hace humanos y qué le falta a la inteligencia artificial para ser autoconsciente. Aunque, advierte, quizás no le falte siempre.

“Hace cinco años no habría podido escribir este libro”, reconoce Damasio, durante una conversación este lunes con EL PAÍS en Madrid. El neurocientífico, que dirige el Instituto del Cerebro y la Creatividad de la Universidad del Sur de California en Los Ángeles, responde a todas las cuestiones con entusiasmo y vehemencia, salvo cuando se le pregunta por una cosa: el Gobierno de Donald Trump y su ataque contra la ciencia: “Es un momento muy difícil”, se limita a compartir.

Pregunta. Titula usted su libro con las palabras “inteligencia natural”. ¿Por qué el énfasis en lo natural? ¿Es por el momento que estamos viviendo respecto a la artificial?

Respuesta. Absolutamente. Quería dejar muy claro que la inteligencia artificial es un avance muy interesante, pero es un desarrollo que proviene de la inteligencia natural. Nosotros inventamos la inteligencia artificial; la inteligencia artificial no nos inventó a nosotros. Hay un primer valor que es nuestra propia inteligencia, nuestra propia creatividad y, a partir de esa inteligencia natural, desarrollamos la consciencia, que es una cuestión muy relevante.

P. ¿Y por qué es tan relevante?

R. La consciencia es lo que nos permite ser individuos completos. No podemos serlo sin tener esta noción de quiénes y cómo somos. La consciencia es lo que permite que nuestras mentes pertenezcan a un cuerpo en particular. Estoy consciente ahora mismo porque sé que mi mente está en mi cuerpo, y no en el suyo. La unión de la mente y el cuerpo es muy importante. Es lo que nos da la individualidad que solo es posible una vez que estamos conscientes.

P. Durante mucho tiempo usted ha argumentado en contra del dualismo mente-cuerpo. En este libro enfatiza que los sentimientos requieren tanto el cerebro como el cuerpo, que son parte de un proceso híbrido. ¿Es así?

R. Es totalmente híbrido. Nuestro sistema nervioso nos permite conectarnos con nuestro cuerpo. Nuestra consciencia no es algo etéreo que esté flotando por ahí; es algo que está siendo fabricado por nuestro sistema nervioso dentro de nuestro cuerpo. Y una buena parte de la esencia de la consciencia es, de hecho, el conocimiento que tenemos de nuestro propio cuerpo en funcionamiento. Este libro es la continuación de un trabajo de muchas décadas. Parte de él ha aparecido en libros anteriores, pero mejora los conocimientos que se han presentado en otros libros, porque en realidad explica el mecanismo por el cual se puede adquirir consciencia. Tiene que ver con las sensaciones homeostáticas y el tipo de estructura nerviosa necesaria para ello.

P. Háblenos de ello.

R. La homeostasis nos permite darnos cuenta de que hay que respetar ciertas reglas para que la vida continúe. Las sensaciones homeostáticas son, por ejemplo, el hambre, la sed, el dolor, sentirse bien, sentir malestar. Todos esos sentimientos son sistemas de alerta, sirven para avisarnos sobre las cosas que necesitamos, como beber agua o darnos un respiro si tenemos dolor. Nos alertan sobre lo que es necesario para que la vida continúe. Por lo tanto, podríamos ver la consciencia como el resultado de una serie de alertas, unos centinelas que te advierten de que algo anda mal o, por el contrario, que todo va bien y, por lo tanto, puedes explorar el mundo.

P. Usted plantea en el libro una cuestión interesante. ¿Tienen consciencia las plantas o los árboles? ¿Y las bacterias?

R. Las bacterias no tienen consciencia ni sentimientos. ¿Y sabe por qué? No tienen sistema nervioso. Se puede decir que solo hay consciencia en los organismos que son lo suficientemente complejos como para tener un sistema nervioso, que es el que les permite tener sentimientos y consciencia. Los árboles y plantas son muy complejos, tienen vida, y esa vida es relevante, pero no tienen consciencia. En cambio, los animales tienen sistema nervioso y son conscientes. Ellos, por supuesto, no tienen el mismo grado de conocimiento, memoria, raciocinio y capacidad de lenguaje que tenemos nosotros. Pero eso no significa que no sean conscientes. Son muy conscientes.

P. Volviendo a la inteligencia artificial, hay sistemas como AlphaFold que están logrando resolver problemas que la inteligencia natural del ser humano nunca ha podido resolver. ¿Es esto un paso hacia la consciencia?

R. Excelente pregunta. Es la cuestión central en la investigación actual. ¿Los sistemas de inteligencia artificial llegarán a ser conscientes alguna vez? Solía pensar de manera muy radical: no. Y mi argumento es que los organismos de inteligencia artificial los creamos nosotros, pero no tienen vida, y tampoco tienen vida en sociedad. No viven pero, además, los sistemas informáticos complejos no tienen relaciones sociales con otros sistemas informáticos. Todos son organismos individuales que no están vivos. Por lo tanto, la probabilidad de que desarrollen la consciencia es muy baja. Pero, por otro lado, es posible, dada la enorme inventiva de los humanos, imitar ciertas condiciones. Por eso ahora soy más cauteloso; puede existir la posibilidad de crear consciencia en organismos artificiales, pero no será como la consciencia humana. Va a ser un tipo diferente de consciencia porque no están vivos y no tienen relaciones sociales.

P. ¿En qué sería diferente de lo humano?

R. Es diferente en que podemos sentir el estado de nuestra carne, nuestro cuerpo. La consciencia tiene que ver con sensaciones de bienestar, de dolor, de incomodidad. Por eso es muy difícil de imaginar que una criatura que está hecha de piezas de metal y en la que no hay ninguna vulnerabilidad tenga consciencia. Tenemos un nivel de complejidad muy diferente y tenemos una cosa maravillosa que es la forma en que vivimos en sociedad con los demás, la manera en que detectamos que otros pueden sufrir y son vulnerables como nosotros y, por lo tanto, creamos un conjunto… Siempre estamos bailando alrededor de otros. Y eso es lo que crea las sociedades. Sabemos que esas sociedades no son perfectas, basta con mirar a nuestro alrededor. No obstante, existe esa conexión social.

P. ¿Cómo puede este trabajo sobre la consciencia ayudar a los pacientes con trastornos como el coma o el estado vegetativo?

R. Sabemos ahora que nuestra consciencia se construye a partir de señales que vienen del interior del cuerpo y que llegan a través de lo que se llama interocepción, que es la forma de reunir información desde el interior del cuerpo. Esto nos brinda una manera de tratar las enfermedades que afectan al sistema nervioso en esas condiciones. El tronco cerebral es la clave para generar consciencia. Mucha gente pensaba erróneamente que era la corteza cerebral, que es muy importante para nuestra percepción del mundo y nuestra imaginación, pero no es lo que nos da consciencia. La consciencia proviene principalmente del conocimiento que tenemos de nuestro cuerpo en un momento determinado.

P. Echando la vista atrás desde El error de Descartes, su primer libro, ¿cómo ha evolucionado su forma de pensar en estos treinta años?

R. No he cambiado de opinión sobre el hecho de que la mente proviene del cuerpo. Pero cuando escribí El error de Descartes no tenía ni idea de cómo se podía resolver el misterio de la consciencia, y ahora la tengo. Y puedo decir con algunas garantías que no proviene de la corteza cerebral, sino de formas más sencillas de regular la vida. Y eso es muy, muy importante.

P. ¿Y en qué está trabajando ahora mismo?

R. Estamos obteniendo cada vez más información sobre el tipo de células nerviosas que son esenciales para recopilar información del cuerpo. Porque son muy diferentes de las que estamos ambos usando ahora mismo para entender esta conversación. Para hacer eso necesitamos tener neuronas muy sofisticadas que tengan axones aislados por mielina y que, de hecho, funcionan de forma muy similar a como lo hacen los ordenadores de forma digital. Sin embargo, el hecho de que, por ejemplo, me sienta bien conversando con usted se debe a neuronas que no tienen mielina y que son vulnerables a lo que las rodea y que, de hecho, funcionan más como un sistema analógico que como un sistema digital. Estas son las cosas que queremos explorar ahora en nuestra investigación. Y esperamos que esta distinción quede aún más clara. Es muy interesante porque volvemos a lo que comentábamos al principio sobre el título de este libro: los sistemas que usamos para pensar se parecen mucho a la inteligencia artificial. Esta es una manera más en que nuestra inteligencia natural ya inventó lo que es la inteligencia artificial. Esta no es autónoma en absoluto. Y, por eso, la palabra “natural” en el libro es fundamental.

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PATRICIA FERNÁNDEZ DE LIS:

Es redactora jefa de 'Materia', la sección de Ciencia de EL PAÍS, de Tecnología y de Salud. Trabajó 10 años como redactora de economía y tecnología en EL PAÍS antes de fundar el diario 'Público' y, en 2012, creó la web de noticias de ciencia 'Materia'. Colabora con Hora 25 en la SER y escribe, cuando puede, de ciencia, tecnología y lo que le dejen.

domingo, 14 de diciembre de 2025

Yo no querría vivir en un mundo sin filósofos...

Necesitamos más filósofos

El ser humano es a la vez el más listo y el más tonto de los animales que pueblan la Tierra

Manifestación contra el uso de mascarillas en la Plaza de Colón, en Madrid, en marzo de 2021. ... David Expósito


Yo, señor, fui un científico, y a los de ese gremio se nos supone una aversión natural a la filosofía. No es mi caso. Yo no querría vivir en un mundo sin filósofos, porque creo que andaríamos todos más desorientados que un burro en un garaje. Es verdad que Aristóteles me cae gordo: su ocurrencia de que el mundo no podía estar hecho de átomos ya que se caerían todos al suelo confundió a los estudiosos durante dos milenios, como también lo hizo su manía de que las cosas pesadas caían más rápido que las ligeras. Por cierto, que le habría bastado tirar una piedra grande y otra pequeña desde un precipicio para ver que estaba equivocado.

Galileo tuvo que refutar esas ideas 18 siglos después, ante el escepticismo general y con no poco riesgo para su integridad física. Pero también es verdad que el estagirita –ya sé que eso suena como “el de Manacor” para referirse a Rafa Nadal— fue el primer experimentalista. Por ejemplo, cascó huevos de gallina a distintos tiempos y observó que el embrión de pollo desarrollaba muy pronto un corazón que latía. Eso hace aún más incomprensible que no se subiera a un barranco a comprobar el tema de las dos piedras, pero hijo, hay que admitir que cascar un huevo es más fácil que subir una cuesta.

Siempre me interesó más Platón, su maestro en la Academia de AtenasLos sólidos platónicos me llenan de asombro, con su simplicidad fructífera, su geometría necesaria y sus propiedades emergentes. Ya sabes que son el tetraedro, el cubo, el octaedro, el dodecaedro y el icosaedro, y no busques otro, porque los matemáticos han demostrado de varias formas que no puede haber más. Quizá no sepas, sin embargo, que muestran afinidades selectivas: el tetraedro es en el fondo la misma forma que el cubo, y el dodecaedro es la misma que el icosaedro. Una profesora de matemáticas con una gran pericia para la papiroflexia me mostró hace años esas dualidades con sus figuritas de papel y me dejó absorto como si el tiempo se hubiera detenido.

También lo que solemos llamar ideas platónicas revelan una verdad profunda sobre la mente: que hay conceptos innatos, y que sin ellos no podríamos entender nada. Los más importantes son, por cierto, de tipo geométrico, como la distancia más corta entre dos puntos y ese tipo de cosas que nadie necesita aprender. Somos seres visuales, y llevamos estos sesgos cognitivos grabados de nacimiento en nuestros circuitos. La tábula rasa no existe, y la psicología conductista es errónea. Platón tenía más razón que Skinner. Esto es bien curioso, ¿no te parece?

Pero mi favorito es Kant, naturalmente. Dijo que toda la filosofía cabe en cuatro preguntas: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el ser humano? Y este parece un buen momento histórico para repasarlas. La primera se nos ha complicado de manera monstruosa y paradójica. Nunca hemos sabido tanto como ahora, nunca el conocimiento ha estado tan al alcance de tanta gente, nunca hemos tenido más medios para debatirlo, comprobarlo, profundizarlo y, sin embargo, hay miles de millones de seres humanos, seguramente la mayoría de la especie, que han elegido ignorarlo para caer en brazos de la mentira, la superstición y el veneno ideológico.

En estas condiciones es imposible responder con sensatez a la segunda pregunta, ¿qué debo hacer?, y a la tercera, ¿qué me cabe esperar? Incluso se puede argüir que más vale no responderlas, porque con tal empanada mental las consecuencias de cualquier acción y de cualquier esperanza serían probablemente calamitosas. Sí podemos responder a la cuarta: el ser humano es a la vez el más listo y el más tonto de los animales que pueblan la Tierra. Así que necesitamos más filósofos. Este es mi regalo de Navidad.